viernes, 3 de febrero de 2017

UN POEMA DE CRISTINA MORANO

(foto de Elena Merino)



Matilde y yo sacamos el pesado
macetón de jazmín de su casa
para ponerlo en mi balcón,
luego rozó las flores con los dedos
y se marchó camino de la clínica
para operarse a corazón abierto.
Volvió,
pero no quiso que le devolviera
el jazminero.
En el gesto de trabajar conmigo,
mano a mano, cifraba un mensaje
 de despedida:
usa el tiempo para poner algo
a salvo, y que el perfume
continúe en la noche de los otros.

 Cristina ha publicado hoy este poema en su Facebook. ¿Y yo, qué he hecho, hoy? Leerlo. Y llorar mucho, a continuación. ¿Pero llorar por qué? Buena pregunta, compa. Muy buena.

Rebobinemos. ¿Quién diablos es, Cristina Morano? Cristina Morano es una escritora y diseñadora castellanomurciana, activista y feminista, de mediana edad. No tiene wikipedia. Ha publicado seis libros, cinco de poesía , uno de prosa. Vive con sus gatos. Somos amigos desde hace tantos años que me da vergüenza hacer el cálculo. ¿Y es exitosa? Otra buena pregunta. Lo es, sí. Ha ganado los premios, ha publicado en las editoriales buenas, la han seleccionado en las antologías chulas, ha visitado los grandes festivales. Pero el canon no la deja entrar. Y cuando me pregunto por qué me acuerdo siempre al mismo tiempo de aquella advertencia que nos lanzaba en su Años de andanzas nada magistrales Jean Améry, nada menos que en 1971, contra el peligro de contaminar la cultura de capitalismo, permitiendo un marco de competencia en que el pez grande (y rico en capital simbólico) se come al chico, como si de un docu sobre arrecifes se tratase:

El capitalismo monopolista refleja fielmente sus abusos en el juego de sociedad intelectual que convierte en norma el hallazgo y la transmisión de pocos nombres, pocos pensamientos y pocas formas de lenguaje. El nombre se convierte en etiqueta de calidad para la compra. Acaba siendo comparable a la empresa gigante que devora a todas las demás del mismo ramo. A lo peor todo concluye en que cada vez más personas hablan y escriben simultáneamente sobre cada vez menos fenómenos intelectuales. Y esta es toda la triste grandeza de la actividad intelectual en la sociedad capitalista.

 Y también me acuerdo de que cuando se me olvida esa página del pobre Améry, y me dejo llevar por los argumentos, digamos, anarcocapitalistas que flotan en torno a la literatura, el que me trae de vuelta a la razón es éste, que creo que he emitido ya más de mil veces, por toda la internet: me vale madre un canon que le dé la espalda a Cristina, o a David González. Si no son ellos quienes visitan los Institutos Cervantes, o son entrevistados en los suplementos, entonces es que algo falla. Si aceptamos canon como animal de compañía, como artefacto de legitimación simbólico-industrial (que es el sentido que le daba Améry), podemos echarle un vistazo crítico a sus filtros: el académico, que sirve para compartimentar el objeto artístico; el comercial, que actúa degradándolo a su suerte mercantil; el ideológico, que le extrae su valor simbólico para legitimar con él el conjunto de la catenaria. Pero la catenaria está en seria crisis: la long tail que representa la multiplicidad de elecciones ha ido minando la potencia de los grandes éxitos; el aumento de opciones al margen ha socavado la omnipresencia de los elegidos, exponiendo al mismo tiempo las ruecas y engranajes de la máquina. Y bueno, pues a esa máquina no le sirve una poeta como Cristina. No es una figura de peso en el campo de lo teórico, ni es profesora universitaria (pero enseña cuanto sabe, a quien tenga al lado, cuando haga falta). No viene con cartera de clientes, ni sus poemas se viralizan nunca, ni tiene cuenta de YouTube o Instagram (pero sí amigos que la leemos siempre). Por fin, no es un rostro prominente de eso que se llamaba antes literatura comprometida (pero trabaja todos los días, muchas horas, en el movimiento municipalista de su ciudad, y cuando acaba sigue luchando desde su columna en la edición murciana de eldiario.es). La sociedad del espectáculo descrita por Debord mira a Cristina como a mercancía subóptima (tal vez por eso, sus libros nos ofrecen refugio de esa sociedad). Puestos a concebir la literatura como una carrera (¿ y por qué no una carrera ciclista?), se hace evidente que, en esa carrera, Cris no tiene el maillot amarillo. Ni el de la reina de la montaña. Ni equipo, ya que estamos. Joder, casi estoy por decir que no tiene ni bicicleta. Y sin embargo.

Ya en contexto, yo tenía un par de cosas que decir. La primera tiene que ver con otro filtro, relacionado con los que acabo de apuntar: el de la edad. Pero tranquilo todo el mundo, que no voy a emprender el enésimo alegato contra la efebocracia en la poesía española actual. Aunque no os lo creáis, a mí también me cansa esa obligación continua de tomar partido, y no lo voy a hacer ahora. Quien quiera entender esto como una crítica a la poesía joven, pues allá él con su error. Pero sí voy a decir esto: que para escribir un poema como éste, en el que aparentemente no hay nada, solo dos mujeres que trasplantan un jazminero, hay que tener unos años encima. Sí. Te tienen que haber partido la jeta y el corazón unas cuantas veces, y haberlos partido tú otras cuantas. Esto es así. Uno no escribe así sin haber visto su vida desmoronarse alguna vez y haber tenido que reconstruirla desde los escombros. Sin saber por propia experiencia el valor de cada piedra, no hay nada que hacer. E insisto, la poesía joven es bien. Cuando uno es joven suele hablar de sí mismo. O de cuánto sabe. Pero no de cuanto sabe. Y esa sabiduría es cara, muy cara, porque no se puede comprar; y dura de ganar, como la vida de los pobres; y lenta, pardiez, muy lenta. Un proceso muy arduo y lento ha de desarrollarse ininterrumpido en el tiempo, casi por milagro, para que uno pueda hablar en esos términos, colocar esa luz de maestro holandés sobre esas dos mujeres en silencio y esa planta.

Una última cosa, que seguro que ya hasta os la esperabais: este poema es, también, profundamente político. O bueno, poelítico. Vayámonos al cierre, a los tres últimos versos, que contienen este usa el tiempo para poner / algo a salvo que casi he estado por decir que me tatuaría (hasta que he comprendido que ya lo he hecho). Ese verso y medio es una proclama política. No obviamente la de quien solo la entiende como acaudillamiento y vasallaje, no la de quien la concibe como una profesión, pero sí la de aquéllos que, como Cristina, tratan de coser día a día la ética y la estética de lo que tienen al lado. Una política del cuidado que nos ayude a conducirnos con dignidad en la perspectiva micro, acaso tan importante como los grandes relatos, la epistemología política de la postmodernidad, esa teomaquia distorsionada de gramscianos, deseantes y laclausianos que los izquierdistas tratamos de seguir con interés, sin conseguirlo siempre. Y mucho, mucho ojo con considerar, como ese pensador español que curra en EE.UU. que no me apetece googlear ahora mismo, que lo único "real" es la experiencia inmediata y lo político colectivo un engaño. Ojo con eso, chavalada, que es una trampa y de las gordas. Lo que estoy diciendo es justo lo contrario: el profundo sentido político de nuestras acciones diarias, el poder atómico de tomar esa decisión, la de poner / algo a salvo. En un libro reciente, traducido y publicado por Acuarela, el Comité Invisible redefinió (de una forma bastante radical) el término comunismo: la propiedad de lo común, la porosidad a los dolores de quienes tenemos al lado, la capacidad de un individuo de reaccionar al daño y la opresión del que está en contacto. En ese sentido, lo común se emparenta con la resistencia foucaultiana, y construye un parapeto a la sociedad del espectáculo, ahora según César Rendueles inoculada 24/7 por vía intradigital. En este poema aún sin título, las dos acepciones de común (lo comunitario y lo cotidiano) se unifican y abren un espacio, de humildad pero también de absoluta dignidad, desde el cual cambiar el mundo ya no es posible, pero tampoco dejarlo como está.