sábado, 28 de enero de 2017

ABUELOS CON ESCOPETA








No sé si Pedro Vera estará al día de la actualidad literaria hispánica, pero pardiez que da para unos cuantos #RancioFacts. La gota que ha colmado, al menos para mí, el vaso (de pus) ha sido el reciente artículo de Javier Marías sobre... bueno, un poco sobre todo, como siempre: la ignorancia de todo el mundo, el totalitarismo de la corrección política, la banalidad del teatro actual, etcétera. El texto es para mayor bochorno un calco de aquél de este verano con el que Mario Vargas Llosa presumía de no tener ni puta idea de arte contemporáneo. En fin. Bloom los cría y ellos se juntan. Y se juntan, claro, en El País.


(El "palo de escoba" que tanto indignaba a Vargas Llosa es esta obra
 del artista rumano André Cadere, Round Wooden Bar (1977) )

Hace unos años, más de diez ya, ay, la literatura en este idioma atravesaba un efímero proceso de replanteamiento. Acordaos. Se hablaba de literatura mutante, se hablaba de postpoesía, se hablaba de -no os riáis, cabrones- generación nocilla, nuevo drama, etcétera etcétera. Eran tiempos sanamente jacobinos, ricos en textos críticos donde moría hasta el apuntador, si entendemos por apuntador "reseñista en Babelia". Acordaos, venga. En esa época teníais blog. Joder, os sabíais hasta los atajos de teclado del blogger. Anyway. En esos días se emitió una declaración radical de verdad: el crítico literario que más seguíamos (o sea, Vicente Luis Mora) dijo que para escribir poesía era recomendable tener conocimientos de filosofía. Yo me imagino que con eso perdería bastantes seguidores. Los que nos quedamos con nuestro maestro shaolín, sin embargo, nos pusimos a darle cera, quitarle cera a, no sé, Deleuze, por ejemplo. Yo me atraganté cómo no con la primera meseta.



Os vais a reír, pero llevo desde entonces con esa admonición en la cabeza. La uso todo el rato. A mi conveniencia, claro está. Porque yo leo las cosas que escriben estos cuñadosaurios rex y se me ocurre que tal vez para escribir en España, escribir en general, novelas, artículos, premios Planeta o listas de la compra, para ser un escritor barra a de renombre, habría que tener conocimientos de arte, un mínimo, o tampoco estaría mal tenerlos de -agarraos- política. Y me da mucha envidia la literatura francesa, donde los escritores conservadores no solo saben mucho de filosofía y de arte y de política, sino que no necesitan disfrazarse de extremocentros (según la genial definición de Íñigo L. Lomana -@percy_vaughan-, artículo al que seguro que volvemos enseguida), y sobre todo son prosistas maravillosos, divertidos, perfectamente disfrutables hasta para un marxista perrofláutico como yo, desde el virtuosismo ácido de Emmanuel Carrére hasta el nihilismo caníbal de Michel Houellebecq. A este lado de los Pyrénées tenemos que conformarnos con los folletines de Arturo Pérez Reverte, flamante premio Tragsa de periodismo gracias a palmarias fascistadas como ésta. Por cierto que la escopeta se la tiene que haber comprao hace poco en el Decathlon, porque sale mucho en sus intervenciones recientes :D. Pero ey, quién quiere aprender ná de política cuando puede sacarse la posta lobera (sic) y callar a todo el mundo. No hay mejor representación gráfica de prosa cipotuda (o tal vez escopetuda) que esa fijación por enseñar la escopeta que le ha entrado a este hombre de un tiempo pacá.


Oquei, oquei, tengo que hacer un distingo: de entre la monotonía y mediocridad de la literatura conservadora hispánica sobresale ampliamente una figura que nos cabrea y fascina a partes iguales. Estoy hablando cómo no de Juanma, ese hombre que lo hace todo en España, a quien tanto amamos odiar. Capaz de mucho, al menos de hacernos reír (que no es poco) con textos tan locos como éste, con un Mel Gibson desatado repartiendo pollazos y follando a chorro (sic-k) en nombre de la Cristiandad. Al menos, De Prada no aburre, después de soltar estas cosas, con declaraciones tipo yo no soy de izquierdas ni de derechas, que es una frase que uno no rechaza ya porque no le encuentre sentido, sino por empacho. Por cansina. Porque en el trabajo ponen Los 40 Albertriveras y la repiten mil veces. Tanto, que cuando alguien cambia de estrangis a Juanma FM, da hasta alivio, coñe.

(#WaitingForMel)

Un texto que también ha dado mucho que hablar últimamente, al menos en el submundo antagonista en que se mueve el menda, ha sido el de Javier Cercas en -¡oh, sorpresa!- El País sobre el PCE y Carrillo y la faz incorrupta de la Santa Transición. Y lo sorprendente no es que Cebrián y los suyos toquen el pito en su cruzada contra Unidos Podemos y aparezca nada menos que Cercas como un elefante de guerra en el campo de batalla, no. Ni lo claro que tenía el muchacho que el objetivo era romper la línea de la confluencia envenenando a unos contra otros, tampoco. Lo sorprendente es la capacidad del señor de encarar una misión así sin tener ni pajolera idea de política, pasar por el intenso debate sobre la crisis de régimen que estamos viviendo como Vargas Llosa por la Tate o Marías por el teatro, definir "populismo" citando a -agarraos otra vez- Gaspar Llamazares, rematar el asunto con los dos o tres tópicos que se sabe ("el resultado no fue el que la izquierda quería; pero tampoco el que quería la derecha", "la construcción de un sistema político donde todos cupiésemos"), etecé etecé. No sé si habéis leído "Anatomía de un instante": las 480 páginas son así. Una documentación apabullante, una producción que ni Stanley Kubrick, una construcción sólida, sí. Caracterización de personajes, mucha, muchísima, todos excepcionales, todos patriotas, todos trabajando y poniendo en primer lugar el bien de España, como Cánovas y Sagasta. Pero, ¿política? Cero cero, como la Buckler de tu cuñao desde que le ha dado por el running.



¿Pensaréis que estoy loco si os confieso que a veces, cuando entro en Facebook y le doy demasiado rápido a la ruedecilla del hámster ratón, todos estos cuñadismos se me mezclan y confunden, y como resultado visualizo a, no sé, Javier Cercas entrando a ARCO con una escopeta de postas loberas en ristre? ¿A Mel Gibson recriminándole a cipotazos a Javier Marías no haber entendido su Hamlet (Franco Zeffirelli, 1990)? ¿Solo veo yo un hilo que une las posturas y posturitas de todos estos cuñadosaurios rex? Me explico, sí. Lo que yo venía a postular es que hay cierto vacío, cierto déficit  en estos variados análisis, y que lo que llena ese hueco es una nostalgia, un desasosiego. Y esta nostalgia se expresa de una forma explícita (el teatro comodiosmanda, el arte quesentienda, la izquierda tranquilicaenelrincón, el imperio de Felipe II y Cristo Rey, respectivamente) y otra implícita y común que es la que yo entiendo que explica tanta salida de tiesto y tanta ansiedad reciente: la inquietud general ante la zozobra de esa época de oro del régimen cultural que los puso donde están. Esos dorados ochentas, noventas de las cosas claras y el chocolate espeso, Alfaguara y Planeta, El País y El Mundo, Babelia y El Cultural, Muñoz Molina y Sánchez Dragó. Ese clima político de perfiles bien definidos, de fronteras claras como en aquel mapamundi de Ptolomeo con el cual, si se te ocurría irte un par de millas a la izquierda según se sale de Finisterre, te caías en el Gran Abismo Exterior. Ese pacto de caballeros, ese es bien. Ese nunca hablar de economía, nunca hablar de régimen, nunca de alianzas militares, esa extraordinaria placidez, heredada de la generación anterior, que permitía a los intelectuales orgánicos hacer como Él y no meterse en política. Ese prestigio del apolítico, ese consenso general sobre la vulgaridad de las ideologías. Esa hegemonía, en suma, que mantenía a tan amplia mayoría en la alabanza de los trajes nuevos del emperador. Cómo no va a producir desasosiego ver de golpe a tanta gente gritando que está desnudo, si en su momento decidimos comentar que nos encantaba (o que nos disgustaba) su corte y confección. Hasta los gremios más comprometidos y bullangueros, como el de la poesía, edificaron por entonces un palacete al abrigo de la academia y el dinero público. Villa Experiencia, se llamaba, y pedían carné para entrar. Firmaban manifiestos y cosas, pero se llevaban bien con la Junta. Tal era su life vest under your seat.

(Ejemplar del Mapamundi de la Cosmographia de
 Ptolomeo, perteneciente a la Biblioteca Nacional)


Insisto en que, para mí, la clave de todo este resquemor reside en esa nostalgia. Poca broma, la nostalgia. Con la nostalgia se construyen regímenes fascistas, sin ir más lejos. Es un material tan explosivo que resulta imposible mantener alejados de él a los fabricantes de bombas, a los hijos de Putin, a los pelos de Trump. La incurable nostalgia del partido en nuestro gobierno mantiene clausuradas las cunetas del país. Cómo no iban a su vez a sacarse la escopeta y el crucifijo, nuestros cuñadosaurios rex. El mundo ha cambiado, pero ellos siguen en la misma posición. Lo que antes era marginal y no necesitaba ni comentarse, ahora es el tema de que todo el mundo habla. Ya sé que no habéis leído a Gramsci, pero poned en Google "Crisis de régimen", a ver si reconocéis los síntomas. Por eso ese palo de escoba incomprensible parece súbitamente estorbar, querido Mario. De ahí la sensación de que el feminismo te empuja a decir cosas que tú no querías, querido Marías. Por eso se meten con tu Carrillo, amigo Cercas. De ahí el deseo de cargar la escopeta, o de que venga Mel Gibson desnudo para defenderos, querido Arturo, querido Juanma.


(-Melania, cari, esta noche yo haré de Julieta.)

Y ahora va el típico párrafo que al final casi siempre uno borra, ése en el que no se dan nombres porque a muchos de los aludidos los tienes en Facebook. Porque vamos a ver ¿hay también neocuñaos? ¿Existen nuevas generaciones de literatos moernos que continúan la linde de sus mayores? Pues voy a atreverme a postular que sí, y que se les reconoce por:

- Practicar una literatura limpia de polvo y paja ideológicos (polvos y pajas del otro tipo hay a cascoporro). Vamos, como la de sus mentores, que a veces suscita la sospecha de que se han pasado la década del crack sentados en los butacones de la RAE y discutiendo el punto y coma. Pues lo mismo, pero en la Fundación Antonio Gala. Cosa que no veo mal, ojo. Quizás debería ir adelantando ya que los he leído, a todos ellos, y que he disfrutado mucho con muchos de sus libros. Por si aca.

- Hiperpresencia en medios, redes, digitales, confidenciales, suplementos y hojas parroquiales. Ya, ya sé que son exigencias del mercado, pero tampoco hay que disfrutarlo, ¿no? ¿No se expone uno a decir incoherencias, si se impone la obligación de estar hablando todo el rato? ¿No pierde uno un poco bastante de credibilidad, si en un medio de un palo carga las tintas en una dirección, y viceversa?

- Extremocentrismo. Tal vez debido a esa hiperpresencia, o a que los periodistas les tiran de la lengua, el neocuñao es susceptible de hacer patente su extremocentrismo. Que es una postura tan respetable como la de cualquiera, obviamente, pero es una postura. Lo siento pero sí. Tiene nombre, además: tecnocracia, Tercera Vía, ¡nomenclatura, muchachos! Y tiene referentes. Que se pueden citar, para demostrar que uno sabe de qué está hablando. Junto al extremocentrismo cuñao suele venir aparejado cierto victimismo: me acosan, me obligan a posicionarme, me llaman cosas políticas que no entiendo, cualquier día me atrinchero. Bueno, amigos, es que nadie os estaba obligando a posicionaros, lo estáis haciendo ahora. Y a mí me estáis obligando a acordarme todo el rato de aquello que prescribía Vicente Luis Mora. Porque, queridos: no, esos trabajos de campo que me habéis traído en sucio (contar los iPhones que has visto en el 15M, contar los abuelos que has tenido en cada bando) no valen como pensamiento político.

- Vehemencia. Tendencia al cabreo. Bueno, dados los referentes, a quién le extraña, ¿no? Tal vez vislumbraban un futuro plácido, entrando en las editoriales buenas, codeándose en las mesas de novedades con los grandes saurios, y fíjate ahora. Ahí al lado de gente mal como, no sé, Marta Sanz, o Carlos Pardo, o Cristina Morano. Peor aún: junto a todos esos ensayos extraños que parecen haberse puesto ahora de moda sobre, este, guerras culturales, que uno huele que pueden estar refiriéndose a él pero no consigue poner el dedo encima (entre otras cosas, porque habría que leérselos). Las rockstars de la 'Generación Gramsci', como las llama, tal vez un poco sobrado de énfasis, Víctor Lenore: Alberto Santamaría, César Rendueles, Owen Jones... Y esas portadas impactantes que les suelen poner los de Capitán Swing, malditos robaplanos, no sale bien el libro de uno en ninguna instagram. Por no hablar, en el campo de la poesía, del trauma de los cien mil hijos de San Luis García Montero, que no solo ven abrirse día sí día también una nueva brecha en forma de editorial independiente, sino que ahora, además, han de capear el boom lírico de raperos, adolescentes, cantautores y youtubers (si os interesa este último fenómeno os dejo el excelente análisis que acaba de publicar el poeta Unai Velasco en dos partes: la uno y la dos).


(Ni izquierdas, ni derechas, ni líneas que os separen de Mí.)

Y para acabar, algo que debería haber colocado al principio: el por qué. ¿Por qué me he lanzado a escribir estas dos mil y pico palabras que me pueden costar hasta algún amigo? ¿De qué va esto, de comisariado político de la literatura actual? Pues no. Más bien al revés. Más bien de alegría, va esto. De cuánto me gusta ver romperse la hegemonía silenciosa. De cómo me emocionan los maxmix que te encuentras ahora en las mesas de novedades de cualquier librería. De lo mucho que nos enriquecen y despiertan e iluminan muchas de las nuevas editoriales, ole sus coños, claro que sí. De lo interesante que me parece el debate sobre las guerras culturales, y lo fantástico que es que estos asuntos lleguen al gran público. De la ternura que me despiertan ciertos renombrados gruñones de mi quinta, quejándose de estas cosas por twitter o facebook o instagram. De los bailes que se está marcando el canon, que tenía los pies de barro, veis que sí, y ahora parece que juega a la desesperada con un hula-hoop invisible, con una piñata invisible, no sé si será para siempre, pero mientras dure, qué demonios, dejadme que disfrute el carnaval.