sábado, 24 de junio de 2017

LEER A TROPOVSKI EN UNA OLA DE CALOR



Vaya por delante que leer a Tropovski en una ola de calor es lo natural, como lo es, no sé, leer a Kafka en un ministerio, o a Borges en una biblioteca.

Ay, el calor. Nietzsche opinaba que el calor es enemigo de la civilización, pero ¿de qué lado estaba, Fede, en esa lucha? Un quintacolumnista, del calor, es lo que era.

¿Hay una línea de trincheras entre la civilización y el calor? ¿Una tierra de nadie? Si la hay, pardiez que pasa por Murcia.

¿Se sigue estudiando una cosa que se llama (o se llamaba) Romanística? Los romanistas (si es que siguen existiendo mal que bien, en esa especie de survival zombie postapocalíptico -postBolonia- de la universidad de Españistán) tienen una curiosa teoría: las lenguas romances más alejadas del Lazio resultaron más conservadoras en su evolución, y por eso el gallego o el rumano se parecen más al latín que el catalán, el francés o el dálmata. Imaginemos a un tipo asomado a un acantilado, en Finisterre (o frente a un bosque negro, en los Cárpatos), mordiendo cada sílaba de una lengua en descomposición como quien reza un avemaría: para salvarse de lo que tiene enfrente.

La escritura de frontera suele ser por eso -si hacemos caso- conservadora, como la provinciana pero con cierta ansiedad añadida, y también, como es natural, con algo caricaturesco -bizantino- en su fundamentalismo metropolitano. Qué decir de la de Murcia, zona en que conviven en neurótica armonía ambos rasgos. A veces la literatura resultante es de una belleza conmovedora, como una carta de amor desaforado a alguien que no recuerda muy bien tu nombre ni de qué os conocéis. Otras veces (menos), alguien se tira con el boli al otro lado, donde hay dragones.

A mi todo esto me hace pensar en Ballard, claro, a quien tanto y tan bien (y por algo será) han leído, los escritores murcianos de mi generación. ¿No creció Ballard en Shanghai, del otro lado de la frontera de que hablaba Nietzsche? ¿No se instaló, al volver a la metrópoli, en nada menos que Shepperton, Surrey -probablemente el distrito más provincianodino de la conurbación de Londres-? ¿No hablaba su primera novela, El mundo sumergido, de una ola de calentamiento global que derrite los polos, la civilización y el logos en una enmarañada selva pantanosa poblada por especies desconocidas?

José Óscar López, el Ballard de Quitapellejos.

Sobre la inmersión como frontera, ¿no es verdad que este texto de José Óscar:

Pasa un avión y deja una estela igual que la de un barco. Comprendes que el mundo está sumergido.

entronca con éste, de Cristina Morano:

 Por la calle empedrada pasa un hombre a caballo,
 la estela de un avión señala el horizonte.

 Pasa, niebla,
 absuélvenos de nuestro pasado.

en una misma fe de lo borroso, lo fugaz y lo sumergido? De alguna manera, siempre he vinculado en mi cabeza acalorada a Jose con esos personajes de Schuiten que leen, siguen leyendo (pero ¿por qué?) fragmentos a-islados de una civilización recién desaparecida:


Con ese lenguaje burlón y desquiciado, con esas subordinadas tan propias funcionando a modo de homenaje a mundos perdidos, Tropovski no teme al calor. Él es el calor. El detective salvaje que te encuentras en Sonora cuando te pierdes. Pero él no anda perdido. ¿Qué hace allí, entonces? Ah, literatura.

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