jueves, 4 de febrero de 2016

DÍA 2

Nuestra vida no tiene más sentido que la interferencia. A las 10:20 AM del segundo día de campaña -primer sábado-, justo cuando la gente está abriendo sus redes sociales con ese humor liviano del principio del finde, encontrándose un buen elenco de rostros conocidos y positivos pidiendo el voto para el PEV, y exactamente en el momento en que la bola de nieve de la viralidad echaba a rodar cuesta abajo, tras veinte minutos de bombardeo del hashtag, salta la noticia de la muerte de David Bowie y yo me echo a llorar. Adiós trending topic, adiós #ArtistasPorElPEV, adiós todo. Las redes son una fortaleza invadida por la elegía (cuando no por el epigrama barato), y pasarán horas, si no días, hasta que vuelva a ser posible colocar nuestros materiales de campaña. Para colmo, la figura de Bowie es especialmente popular entre nuestro electorado potencial, de modo que la inmensa interferencia causada por su muerte nos perjudica más que a nadie. Incluso más que al PIR. Es una catástrofe. Me reclino en el colchón sin saber aún cómo llegué a él anoche. Junto a mí descansa, para mi pareja perplejidad, la botella robada de butano, a modo de mesilla de noche. Me giro hacia la pared y descubro que la mitad izquierda del colchón está embarrada, como mi ropa, que aún llevo puesta. Los zapatos no están a la vista. No sé si bebí, pero me percibo bajo el efecto de la Paroxetina. ¿Cuándo me la tomé? Enigmas. Sucesos. Ch-ch-ch-changes.

Días desde la última vez que me masturbé (o tuve sexo): 110. 

¿Qué me importa a mí, David Bowie? Bueno, supongo que algo. Ha estado en mi vida, un poco como imagen -o ruido- de fondo, desde siempre. No soy tan viejo como para haber participado del glam:  cuando empecé a escuchar música este hombre era parte de ese pasado demasiado reciente y abundante en maquillaje, saxofones y posturitas.  Mi generación respetaba más otros referentes: los Smiths, por ejemplo, o la Velvet. Hablamos Bowie como segunda lengua, una no nativa, estudiada más tarde y con un poco de condescendencia. Veo que la gente cuelga fotos de "Dentro del laberinto" y se sube a una ola de emociones nostálgicas y retro, pero se olvida mencionar que por nada del mundo se habría comprado, en los noventa, un disco de un actor de películas infantiles.

Si la pregunta es, en cambio, qué me importa a mí, ahora, David Bowie, la respuesta sería: mucho. Para mal. A las once soy convocado a un Mumble urgente sobre el asunto. Ha sido una idea de última hora de Juan Andrés. Entro y me encuentro con que Alberto S. Z. me está despellejando en directo. Con una voz marcadamente transformada por la ira, nuestro Coordinador de Comunicación suelta que pero cómo os atrevéis a convocar a ese mierda seca sin mi aprobación, y luego que me las vais a pagar. No voy a parar hasta veros convertidos en cadáveres políticos, hijos de perra, nadies. Nadie pide la palabra. Juan Andrés está online, pero no se manifiesta. La consigna parece ser dejarlo desahogarse. Este pichafloja QUÉ HOSTIAS HACE AQUÍ. Quién me ha pedido permiso, mongólicos. Toda internet hablando del MARICÓN DE MIERDA ÉSE Y POR QUÉ, ¿eh? ¿Quién tiene la culpa, retrasados? ¿Me vais a decir que no la tiene nadie? Venga, valientes, decidme que no la tiene nadie. OS VOY A EMPALAR. Al primero que abra la boca se la reviento.


El cabreo es casi comprensible. Los mismos artistas-por-el-PEV que debían estar ahora mismo difundiendo los materiales de #ArtistasPorElPEV pasan el día llorando a Bowie profusamente. Cuesta trabajo no entrar a comentar con hostilidad sus publicaciones, que consisten todo el rato en fotos con él o en una competición por subir, en formato vídeo de Youtube con sonido horroroso, el tema menos conocido del Maestro (sic).

Días desde la última vez que puse un disco español: uf.

Paso el resto del día de Mumble en Mumble rumiando mi frustración por este asunto, mi creciente antipatía contra David Bowie y sus plañideros, especialmente los que se habían comprometido con el partido y ahora se avergüenzan de él (o al menos de apoyarlo en estos momentos de luto). Luto. Contrición. Homenajes. Hagiografías. Interferencias. Muerte. Exactamente lo último que necesita nuestra campaña a estas alturas. Promuevo la publicación en el Facebook oficial del vídeo de “The man who sold the world” junto al mensaje “Adiós, Maestro, y gracias por tu ejemplo. Seguiremos luchando desde la política contra quienes intentan vender el mundo”. Se estanca en unas cifras de megustas y compartidos más bien catastróficas, y genera mucha actividad hostil. Me veo obligado a poner a un par de tíos a borrar comentarios. El rechinar de mis dientes se puede escuchar desde el otro lado del patio de luces. 8,5/10.

Tumbado boca arriba, cavilo que todos y cada uno de los concursantes en una de estas gigantescas olas (más bien tsunamis) de planto buscan con ello participar de ese momento de fama, de la gloria de la interferencia. Pagan boletos de una Lotería Primitiva de la muerte que no les ha tocado, pero que esperan ganar algún día, cuando sea su turno. El reintegro, al menos. Pero para que esa esperanza perviva hasta ese momento, hay que alimentarla ahora, y éste es el Acontecimiento, lo (aparentemente) aperiódico.

Con los ojos cerrados, dejo que esa música, profundamente capitalista, de la aperiodicidad me envuelva. Escucho por primera vez Blackstar y me entrego a uno de mis pasatiempos favoritos, que consiste en inventarme negocios. Un proveedor online de plañideras digitales. Para que tu muerte no pase desapercibida, tete.

Todo empezaría con un atentado de márketing.  Habría que convertir en viral la noticia de la muerte del genetista sudafricano Kenneth Mann, luchador incansable por la preservación de la diversidad vegetal del continente. O por los derechos humanos, aún no lo tengo decidido. Su nombre sonaba cada año en las quinielas de los premios Nobel, pero las sospechas que pesaban sobre él, de haber espiado para los rusos, le apartaron del galardón.

Luego entraría la fase 2, el desmentido: la fuente original parece ser un misterioso proveedor de servicios de Internet que se dedica a la venta de popularidad póstuma en redes sociales, etecé.

Y así llegamos a la fase 3, la de la publi, con un sonriente Kenneth Mann anunciando mis productos en un pequeño vídeo: desde el paquete Local Hero (10 noticias en medios digitales locales, 1.000 compartidos de las fotos y materiales seleccionados del difunto y trending topic regional, por 800€) hasta el Blackstar (obituarios en los principales diarios online, 100.000 compartidos y TT global, por 30.000€). Para acabar, fundido a negro y, sobreimpresionado en blanco, con una buena tipo con serifa, como la Bookman Old Style o alguna así, una cita de Manuel Vázquez Montalbán: Para que alguien te llore en serio. Como lloran los niños cuando han perdido a sus padres entre la multitud.

De la última fase, la 4, que consiste en negociar con las aseguradoras y funerarias la inclusión de mi producto en sus catálogos, depende que me pueda retirar con golf o con petanca. De hecho, cuando llego a esas alturas de mi pasatiempo ya empiezo a aburrirme y acabo ensoñando más con la partida de petanca que con el plan de negocio.

¿Y no me aburro del PEV? No. No tiene nada que ver, el PEV, con mis ensueños diurnos. Mis ensueños diurnos son novelas cortas de las que uno sale igual que ha entrado. No comprometen a nada, no exigen nada, no transforman nada. No me apuesto los testículos ante mis enemigos por el resultado del siguiente capítulo, los personajes no están maquinando mi caída en desgracia y degradacion. No albergo esperanzas de que me den un trabajito en mis ensueños, tampoco.

A quién pretendo engañar, claro que me aburro.

Días desde el 15M: 1691.