viernes, 15 de enero de 2016

DÍA 1

Tras agotar el paro, los ahorros y vender en eBay, segundamano.es y Wallapop todas mis pertenencias mínimamente recomercializables, poseo 82,05€. También he vendido la mayoría de los muebles y electrodomésticos que había en el piso en el que vivo, desde las camas (excepto un colchón) hasta la tostadora, pasando por la vajilla, la tele o el sofá. Trabajo tumbado junto a una ventana que da al patio de luces, solo que yo lo llamo patio de wifis. Seguramente esto no importa, pero qué sí.

Barajo deshacerme también de la vieja plancha de mi casero (la tabla la coloqué por ocho euros el mes pasado en Wallapop, y me apaño con una toalla y la esquina del colchón), pero esa idea choca con otra de mis taras: la de la normalidad obligatoria. No estoy seguro de poder salir de casa si no voy disfrazado de la cabeza a los pies de cajero de la CAM, camisas de Springfield de cuadros metidas por dentro y bien planchadas, gafas sin montura, afeitado apurado, etcétera. Y es cierto que esta apariencia tiene obvias ventajas, y pasar desapercibido facilita el hurto en las grandes superficies bla bla blá. Pero es que yo no sé si podría no hacerlo, dar un paso en la calle sin el disfraz, esto es.

En su artículo para El País, García Mena pide directamente el voto para el PEV, sin escatimar acusaciones hacia el PIR y sus dirigentes principales. Es un gran triunfo para mí, pero mientras programo a los bots para que tuiteen el enlace y trato de orientar los comentarios del encendido debate que se genera en la web del diario, percibo cierto ruido de fondo en mi cabeza que me impide disfrutarlo como debería. Se trata de la plancha, y en general de todos los aparatos que van a dejar de funcionar cuando me corten la luz, cosa que no va a tardar demasiado en ocurrir, dado que el recibo tenía fecha para la semana pasada y mi cuenta está vacía desde hace tres. A no ser que mi querido casero haya sido notificado de la incidencia y haya decidido hacer frente al pago para evitar los gastos por reconexión, posibilidad ésta más bien lejana y que no estoy en condiciones de comprobar, la interrupción del suministro es inminente y debería prepararme para afrontarla. Los preparativos subconscientes para esta interrupción, tan inconveniente para mis muchas taras, constituyen el desagradable runrún adicional, ahora me doy cuenta, de fondo en mi cabeza.

El plan de emergencia me exige obviamente lavar y planchar toda mi ropa cuanto antes, así como hacer acopio de velas, linternas y pilas. Maldigo mi estupidez por haberme permitido entrar en la campaña con esa tarea pendiente. A las 11:30 y a las 13:30 expongo mis directrices en reuniones por Mumble de dos subcomités. Todo se me aprueba. Acabo a las tres en punto y salgo a toda mecha por la puerta con mi botella vacía de butano bien atada a los ruedines. Peinado, perfumado y medicado (6/10). Temblor moderado de párpado, sonrisa hierática, vamos allá. Dispongo de 120 minutos de batería del móvil en estado de espera (30 de conversación), pero me veo obligado a ir al Eroski del Infante, un poco apartado. Debo darme prisa, por tanto. Además, he de dar un pequeño rodeo para pasar por detrás de una churrería móvil recién instalada al otro lado del puente. 7/10.

El churrero es un señor venal, de unos sesenta años, obeso, peludo y sonrosado. Hago la aproximación por detrás, para no ser visto, y con la prestanza de mi 7,5/10 y en perfecto silencio sustituyo mi botella vacía de butano por una llena de las que hay dispuestas a espaldas del chiringuito. Termino de asegurarla y acabo de ponerme en marcha otra vez cuando oigo el grito de una señoruca, desde una ventana del edificio de enfrente.

- ¡José Pedro! ¡Que te están robando el butano!

8/10. Echo a correr, lastrado por los ruedines pero con la esperanza de desaparecer antes de que el señor churrero me dé alcance. Miro hacia atrás y constato su escasa agilidad (apenas dobla las rodillas para avanzar, y balancea su enorme cuerpo hacia los lados, como un tentetieso). A una distancia de aproximadamente veinte metros puedo escuchar sus resoplidos. Tiene el móvil en una oreja, presumiblemente para denunciarme, pero dudo que consiga hablar. Trato de zigzaguear por el Infante, una zona sin duda pésima para ello, y en ese momento suena mi teléfono. 9/10. Descuelgo. Es el director de campaña EN PERSONA. Guau.

-¿Te pillo bien?
-Sí, sí claro, Juan Andrés. Perfectamente.
-¿Estabas en el gimnasio? ¿En plena campaña y en el gimnasio? ¡Te voy a tener que echar una reprimenda! Ja ja ja ja ja.
- Ja ja ja.
- Ja ja ja. Noo, hombre, era broma. Me parece muy sano. Mentalmente, quiero decir. Ja ja ja ja.

Seguimos un rato así, hasta que me doy cuenta de que estoy frente a una comisaría de policía. Miro hacia atrás y, dado que no veo al churrero, decido saltar un pequeño seto y ocultarme en él con el butano. Hay un chico de mi edad fumándose tranquilamente un chino. Puede que fuésemos juntos al instituto. Le hago la señal de la victoria y sonríe como desde muy lejos. Un coche patrulla sale, con la sirena encendida, de la base. Por un momento no oigo nada. El dire continúa.

- (...) y otra cosa que nos preocupa es que los de la agrupación autonómica me han dicho que no te conocen de nada, que no te ponen cara y que por la sede no has pasado ni a saludar...
- Uf, es una larga historia, sabes... (Y tan larga. Por un momento empiezo a ordenar una versión presentable de mi cuadro clínico para contársela, pero descarto a tiempo y resoplo.)
- No te preocupes lo más mínimo. Ya sabemos lo que hay y quiero decirte que cuentas con mi respaldo personal frente a ellos. Te aseguro que nada me aburre más que la guerra de pandillas que se traen en las autonomías... ¡Yo ya no me acuerdo ni de por dónde va el culebrón murciano, hombre! Pero una cosa está clara: en estos momentos, la pieza imprescindible eres tú. No sé qué tienes contra ellos ni qué tienen ellos contra ti. Ni me importa. Un día que vengas por Madrid me das tu versión y yo te prometo que si hay que actuar se actúa. Pero desde luego, ahora en campaña, lealtad. Me gusta tu lealtad. Me inspira. Como lo oyes: me inspira tu lealtad, tu compromiso, tu capacidad de trabajo. Tus memorándums enviados a las  02:38 AM. Tu actividad. A veces lo comentamos, sabes. "No os lo vais a creer, ¡está en tres Mumbles a la vez!". Alberto S. Z. se ríe mucho contigo. Contigo, eh. No de ti, ja ja ja. Y lo que más me inspira ¿sabes qué es? Que no estás aquí pegado a mi culo dándome la puta brasa y sugiriéndome contraprestaciones. Tu entrega, compañero, tu dedicación, tu conocimiento, tu determinación, tu bla bla bla bla blá.

¿Por qué me está hablando el dire como si yo fuera un musulmán más? Me suscita la duda: ¿habla este pendejo así con todo el mundo, o me considera un borrego? Mi vecino de seto, ese yonqui del montón, se tira al suelo repentinamente y me hace señas para que lo imite. En efecto, se oye de cerca una voz enlatada que bien podría venir del transmisor de un municipal. Me arrojo al barro tratando de mantener el móvil en la oreja y tapar la botella de butano con un cartón al mismo tiempo. Suena el primer aviso de "fin de batería". 8,5/10.

¿A quién buscan los agentes? ¿Al ladrón de butano disfrazado de auxiliar administrativo, o al yonqui del montón? ¿Cómo era su nombre, Cardona, Perona, Metadona? La humedad del barro atraviesa mi camisa de cuadros y empapa mi costado derecho. Es una sensación reconfortante, las cosas como son. 8/10. Pierdo por unos momentos la cobertura, o tal vez desconecto la atención de la encíclica motivadora que estoy recibiendo de mi director de campaña, y me doy cuenta de que mi cómplice se ríe en silencio frente a mí. Dios mío, se está desencuadernando de risa sobre un charco de barro. Es muy contagioso, además. Trato de silenciar mis carcajadas, yo también. Con éxito relativo.

- Porque nos jugamos algo tan imp Perdona, pero ¿de qué te estás riendo exactamente?

8,5/10 ¿Qué contestar a eso? ¿Y cómo? ¿Qué se dice cuando te interpela, muy serio, un personaje de una peli de Coixet pero tú estás en pleno rodaje de una de quinquis? Tomo aire. Visualizo al dire en alguna de sus múltiples fotos, de ésas que ruedan profusamente por internet. La de ayer por ejemplo, en la que sale con su bonita familia de anuncio de cereales, jugando en un prado. Se me ocurre (8/10) algo en el último momento.

- Ay, discúlpame, Juan Andrés. Es que se me ha acercado mi hija de tres años y está intentando meterme un gusanito en la boca. Voy a devolvérsela a su madre, dame un segundo.

A Cardona le entra una convulsión nerviosa de la risa. El dire se aplaca inmediatamente. Un montón de recelos subconscientes contra mi figura desaparecen de su psique nada más entrar en escena la nena y la mamá. Retoma, por tanto, la chapa de autoayuda. Está cayendo el sol y en el seto, bajo la sombra protectora de un raquítico sauce llorón, se ha formado un hermoso habitáculo, una pequeña familia a resguardo de las Fuerzas y Cuerpos y provista de móvil, bombona y chino. Una comunidad resiliente que se ríe en la cara del Poder envuelta en una luz dorada, invadida a cada poco por las sirenas azules del contingente municipal. Perona y yo, empoderados y silenciosos, cubiertos de barro, invulnerables.

En apenas media hora empieza el Mumble más importante del día, en mi correo se acumulan las decisiones por tomar y una acción de campaña en la que he invertido más de doscientas horas de trabajo (Artistas por el PEV) pende de un hilo. En cualquier momento puedo ser localizado por la policía junto a la prueba de mi hurto y detenido. La batería de mi móvil está a punto de expirar, dejando con la palabra en la boca a mi director de campaña. De hecho, el segundo pitido de aviso acaba de sonar (8,5/10). Metadona se encoge y se lleva con vehemencia un dedo a los labios, advirtiendo de una amenaza que bien podría ser la aproximación de una patrulla. Algo está a punto de ocurrir y oigo:

- ¿y sabes lo que te digo? Que te tomes el resto del día libre, que te cubrimos. Un abrazo.

Y eso hago. Me meto el móvil, ya muerto, en el bolsillo, y me pongo de pie.