domingo, 27 de diciembre de 2015

DÍA 0

Cruzo las piernas en la postura del loto y cierro los ojos. Por unos momentos lo único que percibo es el sonido del llanto de la perra, sus uñas rascando la puerta. Trato de quedarme ahí, en la escucha, alejar de momento los jirones de discurso, como si estuviese meditando. Llegan otras percepciones: el temblor del párpado izquierdo, el alivio paulatino del picor de ojos, el rechinar de dientes, que ahora es continuo. Intento concentrarme en mi propia respiración, colocarme fuera de mi monólogo interior, ser un espectador silencioso de mí mismo. Y ahí estoy por fin: en el centro de un sofá lleno de objetos, ante el portátil pero con la cabeza echada hacia atrás, apoyada en el respaldo, la cara hacia el techo. El temblor del párpado y el rechinar de dientes no se notan tanto desde fuera. Me veo inmóvil en el centro del mediodía. La luz es sucia y la banda sonora la pone un animal hambriento y desesperado. Mi perra, que aúlla y araña, y echa a rodar el discurso, me devuelve a mi interior, reinicia el análisis.

El análisis, la exploración. Las ramificaciones de todo esto. Del minibar de mis diagnósticos (depresión, ansiedad, bruxismo, agorafobia, alcoholismo, aislamiento, ciclotimia, paranoia) trato de sacar cada día un cóctel diferente. No me resigno a una larga enfermedad contenida con dosis pautadas de fármacos estables. De hecho, ese pensamiento eleva mi ansiedad (de 6/10 a 8/10 en la crisis del sábado). Es importante para mí no ver nada a partir del mes que viene. Cambio las dosis del Lorazepam y de la Paroxetina, o los interrumpo y retomo al azar. Por ahora soy un pasajero de la entropía.

Hay una pieza, muy famosa, de Tracey Emin llamada "My bed". Se trata en efecto de una cama deshecha en la que la artista pasó una crisis personal, y contiene toda la parafernalia, un poco capciosa, que asociamos con estos procesos: suciedad, desorden, botellas vacías y condones usados, tejidos arrugados y paquetes vacíos de tabaco. Yo, en cambio, no me tiendo en mi cama desde hace dos meses. Lo hace mi perra, Nina. Nina es "My bed". Sus costillas. Su encierro. 

Abro los ojos y vuelvo a lo que estaba haciendo. Pertenezco al PEV y esta noche empieza la campaña de las generales. Aunque ya llevamos muchas semanas a todo vapor, estos quince días que quedan para el 30M van a ser frenéticos. En doce minutos empieza la reunión -por Mumble- del subcomité de Difusión, y en el grupo de Telegram de los que somos partidarios de un enfoque más, digamos, agresivo estamos preparándonos para imponer nuestras propuestas. Antes de cerrar los ojos estaba espiando por internet a los "mencheviques", como nos gusta llamarlos de broma, para ver si están o no conectados y prever cuántos de ellos faltarán al Mumble. Al mismo tiempo chateo por Facebook con uno de ellos e intento apaciguarlo (o, más bien, intento que vaya encajando lo que se va a aprobar a continuación). Si las cuentas no me fallan, seremos doce contra nueve. He conseguido mantenerlos en minoría también en los subcomités de Redes, Argumentario y Prensa, pero sospecho que van a emprender algún tipo de acción contra mí en Extensión, que sí controlan, y en alguno de los subcomités invisibles.

Por eso es tan importante para mí en este momento conseguir que García Mena, el famoso escritor y "desencantado" del PIR, se manifieste a favor del PEV en su artículo de mañana (primer día de campaña) para El País. Lo está escribiendo en este momento. Mena y yo somos conocidos y el mérito me lo apuntaría yo. Ya le he enviado tres whatsapps (sin respuesta) y no puedo tensar más esa cuerda, pero por DM estoy pidiendo a tuiteros simpatizantes que lo elogien en mensajes con lemas ligeramente pevistas. A algunos les estoy mandando el tuit ya redactado, otros los estoy programando en Hootsuite para nuestras cuentas zombi. Estas tareas me mantienen hiperactivo hasta las tres.

Horas desde la última vez que Nina comió y salió a la calle: 36.

Toda la vida he estado fascinado con esos letreros que se colocaban en las fábricas y que indicaban el número de días que habían pasado desde el último accidente. Se parecen a las cuentas que hacen los Alcohólicos Anónimos: quince días sin beber, quince meses, quince años, etcétera. No me fascinan, obviamente, porque me parezcan un estupendo mecanismo de seguridad y motivación. Al revés: me parecen un recordatorio de que la entropía pende sobre nuestras cabezas, de que la shit happens, de que hay inevitables Fukushimas acechando en el futuro próximo para poner a cero cualquier estúpida cuenta, cualquier castillo de arena de la lechera interpuesto en su camino. De pequeño solía esperar lo peor para que no ocurriera; el pesimismo como magia blanca. Después desarrollé la costumbre de salir de los exámenes diciendo que me habían salido fatal. Más o menos por esa época, en la universidad, empecé a llevar la cuenta de todo lo oscuro. Como por ejemplo así:

Días consecutivos bebiendo: 110.

O:

Días de retraso en el pago del alquiler: 75.

Me mantengo fiel a este sistema, pero no puedo decir que esté llenando mi vida de alegría, precisamente.

El PEV, las cuentas de la vieja y el whisky John Cor son el contrapeso a la depresión infinita que me acecha a poco que cierre los ojos. Si mi vida estuviese en una balanza, y perdóname esta manía de metaforizar continuamente, uno de los platos estaría vacío y, sin embargo, pesaría más.

Decido alimentarme por fin. Con las piernas dormidas alcanzo la cocina y preparo sopa con un huevo cocido. Experimento dificultades para mantenerme de pie, taquicardia moderada. Entorno los párpados y miro el reloj: García Mena ya ha entregado su artículo de mañana. Nina ha dejado de llorar. La ansiedad se eleva hasta 7/10. ¿Dónde metí el lorazepam esta mañana? El móvil emite el sonido de "batería baja". ¿Es esto un 8/10, o todavía no?

Días desde el último 8/10: 5.

Por un momento (aviso: aquí viene otra metáfora, copieteada de la peli ésa de Match Point) la bola toca el borde de la red y, mientras se eleva en el aire sin que se sepa si va a caer en el campo de la ansiedad o en el de la depresión, consigo verme como un personaje, uno previsible, mal construido, estereotípico, secundario, olvidable, un compendio carnavalesco y alegórico de disfunciones, un mal recurso para una catarsis que no va a producirse. 7/10. Casi 6/10 al bajar la bola. Dejo caer los párpados y me siento a rumiar en el suelo de la cocina, con una extraña sensación de liberación.

¿Me he dormido? La luz parece distinta, pero solo han pasado diez minutos cuando abro los ojos. El butano se ha acabado mientras y el caldo solo está templado. Los fideos se han ablandado un poco, pero el huevo sigue crudo. Consigo comerme la mitad de la mezcla y llorar copiosamente durante la ingesta, lo que me deja listo para las tareas de la tarde. El ruido de los platos reactiva además a Nina, que vuelve a aullar y rascar con la intensidad acostumbrada. Desaparece, por tanto, esa fuente adicional de miedo, y, aunque no suelo medir los estados de ansiedad baja, me encuentro excepcionalmente relajado (¿¡3/10!?). Vuelvo al sofá sin el temblor de párpado ni el rechinar de dientes. Parece un lugar distinto.

Hemos abierto un Titanpad para coordinar la actividad en Twitter del inicio de campaña. Básicamente, todo el PEV, con sus candidatos estrella a la cabeza, tiene que sacarse selfies pegando carteles y tuitearlas junto con mensajes motivadores y el hashtag definitivo. Esto suena sencillo pero no lo es. Hay que movilizar a los "musulmanes", como nos divierte llamar a las bases del partido, y asegurarse de que todo el mundo cumple correctamente con las instrucciones, que nadie utiliza el hashtag antes de tiempo (porque penaliza a la hora de alcanzar un Trending Topic) y que todos los nodos favean y retuitean el contenido de los demás, amplificando la acción. Además se hace necesario comisariar el proceso para eliminar salidas de tono o posicionamientos no deseados.

No resulta sencillo tampoco adaptar el lenguaje que usamos habitualmente en los subcomités al tono ilusionante y propagandístico que rige los espacios inferiores de coordinación, como los grupos de Facebook o Whatsapp. Entre los musulmanes se suelen producir disensiones, y raro es el día en que no salta alguno a reivindicar "la democracia interna" o algo así, en unos términos que hacen evidente que desearía acceder a niveles superiores, en lugar de compartir emoticonos en las mezquitas del PEV. A veces es conveniente conseguir que otro de los musulmanes-alfa acuse al revoltoso de "indisciplina" o algo así. Estas cosas se me dan particularmente bien. La promesa de ser incluido en un subcomité es muy poderosa con ellos ("¿tú tienes Telegram?" son las palabras mágicas). Más o menos, tenemos confidentes en todos los grupos de revoltosos que se han ido formando. Tal vez mi mayor mérito en el Comité sea éste, dicho sea de paso.

Sin embargo, la corriente emocional es intensa y favorece la colaboración. A las 23:30 se lanza el hashtag, que en seis minutos se convierte en el Trending Topic principal. Organizo una red de comisarios voluntarios para eliminar (solicitándolo primero en un tono proactivo y amable, cómo no) los contenidos discordantes. Voy copiando las cifras del SocialBro y pegándolas en el grupo del subcomité de Redes, cada una un guantazo para quienes han estado estos días cuestionando allí mi estrategia. A las 2:33 me entra un mensaje de Alberto S. Z. transmitiéndome unas palabras de felicitación del director de campaña, junto a "Él quería mandarte la felicitación directamente y todo, pero lo hemos convencido de que no difunda su número xD". Alberto S. Z. es un hijo de puta categoría XL y uno de los tiburones que más están engordando estos días (a base de comerse a otros tiburones), pero esto me indica que de momento he logrado vencer las críticas que han emitido los mencheviques contra mí (y que tal vez él mismo ha suscrito) en los comités invisibles de que forma parte.

Seguimos vivos, todo marcha y el día ha sido un éxito. A las cuatro en punto se me acaba el John Cor. Mi cuerpo ha dejado de tolerar el sofá, mis ojos la pantalla del portátil. El SocialBro indica que solo queda una actividad residual en redes. No puedo evitar levantarme. Doy unas zancadas hasta la puerta de la calle, me detengo un momento y, por fin, libero a Nina. Lleva casi dos días sin comer ni beber y, sin embargo, lo primero que hace es lanzarse a besarme, su prioridad llegar a tiempo a la calle para orinar y defecar allí. Ladra atronadoramente por la escalera, que baja a la carrera. Me arrastro tras ella, su cadera cada vez más visible, su cola agitándose de felicidad y me poseen la (auto)compasión y la tristeza. Me siento en un banco del parque mientras ella busca qué comer y beber. Para cuando me despierta a lametazos grasientos ya es pleno día. Concretamente el 412 desde que me dejaste.