miércoles, 7 de octubre de 2015

ÁNGEL GÓMEZ ESPADA - "LOS HIJOS DE ULISES" (LETOUR1987, 2015)



Ayer se presentó este estupendo libro en Murcia. Se suponía que yo iba a participar en el acto con unas palabras, pero finalmente unos problemas puericulturales me lo impidieron. Que queden aquí a modo de descargo:

EL VIAJE A (NINGUNA) ÍTACA

Destaca Pilar Adón, desde el prólogo de esta obra, la apabullante conexión con la actualidad que la caracteriza, y a poco que conozca uno la obra de Ángel eso será lo primero que le llame la atención: si sus poemarios hasta la fecha se situaban deliberadamente al margen del vértigo del día a día (que no fuera) para aprehender un sentido, en “Los hijos de Ulises” el autor abandona su remanso lateral para bregar en el centro de la corriente de la contemporaneidad. También menciona Adón a T.S. Eliot; en efecto, es difícil pensar en esta obra, en la conjunción de herramientas atemporales y materiales de actualidad que le da su peculiar y único sabor, sin recurrir al concepto eliotiano de correlato objetivo. No es la intención de este poeta ponérselo difícil al lector, pero sí confía en una maquinaria compartida que voy a llamar, con todas las precauciones, “cultura clásica”. Sí confía, pese al tono descreído que adopta en sus poemas, en un vínculo sólido entre los textos y la sociedad en que se producen.


En efecto, se suma el plural del título a la forma verbal que lo abre: “somos”. La foto –el atributo- que sigue a ese verbo es más bien un espejo: somos nosotros, los hijos ni-nis de Ulises, con nuestra afasia, nuestra irrelevancia, nuestra inmovilidad. Infectados de consumismo, de indolencia, de spleen, de lotofagia crónica, pero no por ello menos víctimas de un buen número de agresiones colectivas. “La verdad es concreta” era el lema de Bertolt Brecht, otro autor en que solemos pensar cuando hablamos de vínculos entre la lírica y la épica macroeconómica. No falta a ese lema Ángel en esta obra, recorrida por los relatos y denuncias de –pongamos- la marea verde por la educación, la blanca por la sanidad, la negra por el empleo, la violeta de los emigrantes, las reivindicaciones de los jubilados o, incluso, los trabajadores autónomos.


Pero no empecéis todavía a agitar las manos, porque no encontraréis en estas páginas ni un gramo de fé quincemayista en una democracia real ya, o en un todos unidos contra los recortes, o en al menos un esto solo lo arreglamos entre todos. En esa teomaquia inalterable que presenta Ángel Manuel, Teo es un niño cabrón que disfruta pisando hormigas, y las hormigas somos nosotros. El guión ha sido escrito y la idea de fatum recorre la obra sin dejar un resquicio a la sorpresa o a la posibilidad de que David empalme un levo en tó la frente del gigante Goliat, pero no por falta de puntería o porque la cabeza del gigante sea a prueba de golpes, sino porque –como se nos informa en la página 80 desde la cita de José Emilio Pacheco: “El que derrota al monstruo / y ocupa su lugar/ se vuelve el monstruo”-, en el momento en que la piedra de David abandona la honda a las exactas velocidad y dirección como para partirle la madre a Goliat, los papeles se cambian, y David es Goliat. Kafkiano, ¿eh? Así es mi Angelito, bajo la capa de buen rollo.


Lucha hay a cascoporro. Lo que no hay es solución. Nec spe nec metu, creo que se llamaba eso, según Cicerón, y así está la cosa. Sin miedo ni esperanza, los hijos de Ulises recorremos los pasillos del centro comercial que han puesto en Ítaca, buscando una mortaja nueva en el Primark porque la que hizo mamá ya está pasada de moda.


No sabemos si la culpa es de la alienación galopante que nos causan el consumismo y las evanescentes relaciones virtuales que establecemos entre nosotros, o el O tempora, o mores (por volver un poco a Cicerón, de quien sospecho que este poeta bebe continuamente), pero la plaga de chichinabo ha invadido hasta nuestras relaciones con El que está allá arriba, que en este poemario aparece retratado como una especie de director de recursos humanos con la cabeza en otras cosas, la liga BBVA por ejemplo. Para completar la operación de desacralización también pasa por las páginas del libro la curia, representando el papel de encargao de tienda. No hay excomuniones, no hay diluvio universal, no hay siete plagas de Egipto. Por no haber no hay ni cincopadrenuestrosydoceavemarías. Silencio administrativo. Apagado o fuera de cobertura.


De eso va, Los hijos de Ulises. Del aquí y el ahora. En estos poemas, Ángel Manuel encara las grandes batallas políticas y socioeconómicas que estamos perdiendo todos los días tan de frente como lo hace en su faceta de periodista, o en su cuenta de Facebook, o con sus clientes en su trabajo. Los instrumentos aquí, sin embargo, son muy otros porque son netamente poéticos: la gran veta de la lírica latina, donde se ha formado como poeta y que da consistencia y profundidad a su lenguaje y familiaridad a sus topoi. Y creo que ésa es la singularidad que hace este libro sea tan atractivo: que a través de él imaginamos a Horacio en un CSO, a Ovidio en un desahucio, a Virgilio en un círculo de Podemos (creo que no habría salido en la lista de Pablo). La poesía como anclaje, como escudo contra la alienación, pero también como instrumento óptico, como Linterna Verde. La belleza de las imágenes que convoca Ángel (y estáis a punto de escuchar un buen puñado de ejemplos), como brújula de marear, como faro y guía. Y si no nos ayudan a encontrar el camino a Ítaca, al menos sí a acordarnos de ese lugar, que de repente aparece, entre la niebla del loto. Porque ya estamos allí, ya estamos en Ítaca, pero Ítaca era otra cosa, y la hemos perdido.