jueves, 16 de julio de 2015

UN POEMA DE EAVAN BOLAND




CUARENTENA


En la peor hora de la peor estación 
del peor año de todo un pueblo,
un hombre sale de su taller con su esposa.
Él caminaba -ambos caminaban- hacia el norte.

Ella estaba enferma por la fiebre del hambre y no podía mantenerse en pie.
Él la levantó y se la echó a la espalda.
Él caminaba hacia el oeste y oeste y el Norte,
hasta que al anochecer llegaron bajo las estrellas de helada.


Por la mañana fueron encontrados muertos
de frío. De hambre. De las toxinas de toda una historia,
pero los pies de ella se mantenían contra el pecho de él.
El último calor de su carne fue el último regalo para ella.


No dejes que ningún poema de amor llegue a este umbral.
No hay lugar aquí para la alabanza inexacta
de la gracia fácil y de la sensualidad del cuerpo.
Sólo hay tiempo para este inventario sin piedad:


su muerte juntos en el invierno de 1847.
También lo que sufrieron. Cómo vivieron.
Y qué hay entre un hombre y una mujer.
Y en qué oscuridad se puede demostrar mejor.



(Trad.: Antonio Linares Familiar)

jueves, 2 de julio de 2015

SABÁTICO




Ser nadie engancha
como heroína quemada.

Otoño de 2003. Desciendo
a una depresión de quince meses.
Nunca he llegado tan lejos
a puro pulmón.

No estoy hablando de una
melancolía de niños pijos:
hablo de sudar hasta poner
gris la almohada
y no salir de la casa
en ningún momento durante semanas
y semanas.

Hablo de pedir
dinero a quienes venían
a preocuparse por mí,
y deber cuatro meses
de renta del cuarto.

A veces releo lo que escribí
y nada tiene que ver
con lo que yo recuerdo.

No recuerdo casi nada.

Tampoco a la mujer
que tanto nombraba.

¿Quién era el fantasma, yo
o las personas que quería
y estaba diluyendo?

Durante quince meses me alimenté
casi exclusivamente de patatas.

Mi cuerpo las rechazaba: recuerdo
-eso sí que lo recuerdo- la náusea,
sobre todo al final.

Ni una palabra se dice en mis textos
sobre esas patatas.

Las robaba -como el gel,
el papel higiénico o la pasta
de dientes.

Y no las mencionaba.

Hablaba de mi alma y de mi amor
y de noches sin estrellas.

La mala poesía engancha
como heroína quemada,
pero yo no tenía para fumar,
ni para beber, ni para corromperme.

Todo el tiempo peleándome
por el dinero del alquiler
con una técnica de sparring,
o más bien de saco.

De saco de patatas.

Defecando
puré.

Hecho
puré.

¿Construí con eso un personaje
verosímil, avancé en mi poesía,
me convertí en artista yonqui
seduje a alguna chica del wild side?

No.
Esas cosas nunca están
al alcance de los pobres.

Si acaso aprendí
a no olvidar hablar de las patatas,
de las cosas que te comes
y te mantienen en pie.
A construir, con ese asunto
algún tipo de diálogo
o al menos una pregunta
que alguien contestase.