jueves, 2 de julio de 2015

SABÁTICO




Ser nadie engancha
como heroína quemada.

Otoño de 2003. Desciendo
a una depresión de quince meses.
Nunca he llegado tan lejos
a puro pulmón.

No estoy hablando de una
melancolía de niños pijos:
hablo de sudar hasta poner
gris la almohada
y no salir de la casa
en ningún momento durante semanas
y semanas.

Hablo de pedir
dinero a quienes venían
a preocuparse por mí,
y deber cuatro meses
de renta del cuarto.

A veces releo lo que escribí
y nada tiene que ver
con lo que yo recuerdo.

No recuerdo casi nada.

Tampoco a la mujer
que tanto nombraba.

¿Quién era el fantasma, yo
o las personas que quería
y estaba diluyendo?

Durante quince meses me alimenté
casi exclusivamente de patatas.

Mi cuerpo las rechazaba: recuerdo
-eso sí que lo recuerdo- la náusea,
sobre todo al final.

Ni una palabra se dice en mis textos
sobre esas patatas.

Las robaba -como el gel,
el papel higiénico o la pasta
de dientes.

Y no las mencionaba.

Hablaba de mi alma y de mi amor
y de noches sin estrellas.

La mala poesía engancha
como heroína quemada,
pero yo no tenía para fumar,
ni para beber, ni para corromperme.

Todo el tiempo peleándome
por el dinero del alquiler
con una técnica de sparring,
o más bien de saco.

De saco de patatas.

Defecando
puré.

Hecho
puré.

¿Construí con eso un personaje
verosímil, avancé en mi poesía,
me convertí en artista yonqui
seduje a alguna chica del wild side?

No.
Esas cosas nunca están
al alcance de los pobres.

Si acaso aprendí
a no olvidar hablar de las patatas,
de las cosas que te comes
y te mantienen en pie.
A construir, con ese asunto
algún tipo de diálogo
o al menos una pregunta
que alguien contestase.

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