jueves, 9 de abril de 2015

EXHALACIÓN, INHALACIÓN

A veces uno intuye aquí o allá algún mito fundacional válido para hablar sobre qué cosa sea la poesía, cuáles sus métodos y cuál su alcance. ¿Y qué hace con esa fábula? ¿Interrumpir la conversación que estuviese desarrollándose alrededor de uno para cambiar abruptamente el tema y largarse una teoría seminal de la poiesis que se le acaba de ocurrir? No, ¿verdad? No. La verdad es que este tipo de narraciones sobran, un poco. Se percibe un desequilibrio, una hipertrofia de la parte meta en el conjunto de actividades que denominamos poesía. Un poco al revés de lo que ocurre, por ejemplo, en el proceloso mundo de la tintorería. Por un azar familiar que no viene al caso, he pasado tiempo junto a ellos, los tintoreros, y puedo aseverar que no ceden a la metatintorería ni siquiera tras el cuarto whisky de después de un congreso. Jamás les he escuchado dispararse a bocajarro un mal "¿Qué es para ti la tintorería?", y sus publicaciones colegiales carecen sana y absolutamente de consideraciones del tipo: "Me llamo José Pedro y, antes de empezar, tengo que hablaros de mi particular tintorética". Ellos van más bien a la forma de sacar la mancha de sangre de la blusa de seda, o al eterno dilema: ¿cobrarle o no cobrarle al cliente que recoge el edredón con siete meses de retraso?

Todo este rollo tan obvio lo cuento porque es lo que he tenido en mente estos días, después de dar con la enésima metáfora fundacional. Un género literario tan aburrido que merece ser lo que es: un género literario. Una pajuela.

El caso es que, en el transcurso de mis pesquisas, he dado con una coincidencia etimológica. La palabra hebrea חַוָּה y la griega Ζωή tienen tres cosas en común: en primer lugar, que son onomatopéyicas, rasgo que suele asociarse con el léxico primigenio; en segundo, que son polisémicas, y ambas pueden significar tanto "soplo" como "vida"; en tercero, por fin, que son nombres de mujer. Eva y Zoé.

Semejanzas así hacen pensar, más que en un préstamo entre lenguas, en una raíz primitiva en común. Muy, muy primitiva.

Anterior a la redacción del Génesis, donde dios insufla vida a los montones de barro (y a sus costillas) por el expediente de soplarles encima.

Tan anterior a todo que uno acaba pensando en una radiación de fondo del universo vivo, una respiración primigenia. Que no empezó con un Big Bang, sino con un suspiro. Como lo que decía Eliot:

This is the way the world ends
This is the way the world ends
This is the way the world ends
Not with a bang but a whimper.

Pero al revés.

Al revés.

¿Y todo esto qué diablos tiene que ver con la poesía? Ah, oquei, perdón. Estábamos hablando de poesía. ¿De qué poesía? De la buena, evidentemente. De un fragmento de Goethe o de Jayyam o de Safo o de Li Bai o de Mark Strand capaz de hacerte tragar aire un momento. Y qué aire tragas, a ver, cuando ocurre eso. Una pista: el acondicionado no es.

Tragas el aire nuestro de que hablaba Vilas. La vida como soplo, pero al revés. La vida cuando entra.

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