jueves, 29 de enero de 2015

VÍCTOR LENORE - INDIES, HIPSTERS Y GAFAPASTAS. CRÓNICA DE UNA DOMINACIÓN CULTURAL (CAPITÁN SWING, 2014)




Sí, ya lo sé: a buenas horas traigo yo el tema éste aquí, que está más pasado que las hombreras. Pero tengo una buena excusa: con este texto le doy la bienvenida a Rubén Ángel, flamante colaborador de La Galla Ciencia. Va por las vueltas que le hemos dado al asunto, bróder.

Indies, hipsters y gafapastas, así todos juntos cual churras y merinas, son la infantería del ejército de dominación cultural del capitalismo, según Lenore. Los que aplastan con su estética corrupta y sus medios hegemónicos las propuestas emancipadoras de escenas como el rap, el reggaetón, la world music o, yo qué sé, el dubstep norcoreano. De eso va este libro. Y es verdad que, así a bocajarro, uno visualiza el cliché del niño pijo entregaíto al festivaleo, las drogas de moda y el Urban Outfitters y se predispone a darle la razón.

Pero, entonces, recuerda.

¿Qué recuerda? La adolescencia, los primeros 90, lo que entraba por las orejas recién abiertas. La ingenuidad, vale, admitida la ingenuidad. La necesidad de pertenencia, claro. Sense of belonging, aquella canción de Television Personalities que versionaban Los Planetas, lo explicaba muy bien.

Vamos, Víctor, tú también puedes. Retrotráete, weón.

A un mundo sónico verdadera y directamente capitalista: a ese pop de los 80 donde todo el mundo era guapo y salía maquillado y producciones fastuosas y ultratecnológicas se daban codazos por copar las listas de ventas. A la caída del muro de Berlín, a la explosión de la autoayuda, al fin de la historia, a la primera guerra de Irak (cuando invadir países era de izquierdas), al trompeteo ubicuo del neoliberalismo thatcheriano, que aplastaba a milicos argentinos y mineros con un solo golpe triunfal. A la guerra de las galaxias de Reagan, a ritmo de caja Roland TR-909.

Retrotráete. Uno ponía la radio y todos y cada uno de los sonidos decían: triunfa. Folla. Sé divina. O: sé más bestia que nadie, más joven, pásatelo mejor. Está de moda ahora lamentarse de que el rock radical vasco estaba infrarrepresentado en los mass media de los 80. Una polla. Todo lo que no fuera asertividad confiada, inocuidad retro y tecnología consumista estaba infrarrepresentado. No, la Movida no estaba infrarrepresentada. Sacad vosotros vuestras propias conclusiones.

Con esas coordenadas estéticas e ideológicas, la vida del típico adolescente de provincias (y no me hagáis repetir, llegados a este punto, el topicazo de que el indie en España siempre fue una cosa muy de provincias) era una pura alienación. Las pobres tribus urbanas murcianas daban la impresión de constituir comparsas para carnaval, con sus peinados cliché y sus cosmovisiones de cartón piedra, sus bandas fetiche y sus convicciones postizas, su arrogancia con acné.

¿Qué nos quedaba, a los niños de los 80? ¿A los que no nos encandilaba la fotografía übercolorida de Robert Zemeckis, ni las texturas tecnológicas de los años dorados de la industria del pop? ¿A quienes no nos creíamos la fanfarria lacada (y hombrerada) de la luna de miel del pensamiento único?

Una ética de resistencia.

Sonidos subóptimos, del garage al lo-fi. Actitudes subóptimas, sin la arrogancia del punk ni el exhibicionismo del glam, sin el compromiso impostado de la canción de autor de la época. Voces llenas de dudas. Historias a medio, sin el digestivo planteamiento-nudo-desenlace del pop regente. Costumbrismo antiépico. Amateurismo y desafinación, fracaso infratrágico, inadaptación gratuita, etcétera.

Llenar con todo eso nuestros pisos francos, desde donde imprimíamos octavillas (o más bien fanzines) que declaraban que era posible la disidencia. Desapuntarse. No querer triunfar, renunciar a quedarse con todo. Dijese lo que dijese Raisa Gorbachev, en el anuncio de Pepsi. Poblamos nuestro imaginario con héroes subóptimos, neuróticos, dubitativos. Los personajes de Coupland, los de Jaime Hernández, los de Daniel Clowes, los de Iván Zulueta y Jaime Chávarri. Las historias de amor subóptimo y grisura del Pablo García Casado de Las afueras (DVD, 1997), con sus formas lacónicas y, por decirlo así, infraelaboradas, por traer aquí también un ejemplo de poesía que, según su propio autor, era imposible de comprender en su complejidad estética sin haber escuchado a Belle & Sebastian. Era necesario poner bien cerca la oreja de esas voces casi inaudibles, porque por la otra entraba un estruendo insoportable.

También era posible enfrentar al discurso dominante, desde la disidencia emocional, una educación sentimental para machos no-alfa. Y esas historias, donde el chico sufre y la chica toma decisiones, donde se llora y se baila y nadie habla de hacer realidad no sé qué sueños de consumo, estaban por inventar.

Dicho esto, también hay que reconocer que en esta, digamos, escena imperaban el solipsismo, la hiperestesia y una descreencia maximalista hacia todo lo colectivo, no solo los ritmos enlatados de consumo que he mencionado antes. La desconfianza y un agudo sentido del ridículo se extendían a cualquier movimiento de masas, desde los baños hippies de Woodstock a la fábrica de hits en que se había convertido la Movida madrileña, pasando por los cantautores que le pusieron la banda sonora a la Transición (como se puede apreciar en este gráfico documento sonoro).

Obviamente, semejante sesgo individualista implica un aumento de la desafiliación política, que es una crítica recurrente que se le suele hacer a la sociedad postmoderna. Lenore va por ahí en su crítica. Y es cierto. Recordad los 90, una década que veía vaciarse las calles, donde, prácticamente en solitario, apenas los irreductibles galos de Izquierda Unida contestaban aquella Gran Marcha Adelante del felipismo en la que no solo meternos en la OTAN o degradar los derechos de los trabajadores era de izquierdas, sino hasta encarcelar insumisos o recurrir al terrorismo de estado. Y, a continuación, acordaos del aznarismo. Malos tiempos, desde luego, para la lírica colectiva. Aunque, y esto también hay que decirlo, nunca vimos a ningún niñato de Nuevas Generaciones en ningún concierto de Sex Museum o El inquilino comunista.

Pero no estoy de acuerdo con ese cliché que pesa sobre el indie y que pinta a la muchachada a que pertenecí como una manada políticamente analfabeta que solo sabía irse de rave y escribir canciones de amor en plena bajona. En este punto me voy a apoyar, como suelo, en las tesis del crítico literario Martín Rodríguez Gaona, que interpreta la postmodernidad con una óptica más rica [En Mejorando lo presente. Poesía española última: postmodernidad, humanismo y redes (Caballo de troya, 2010)] y que defiende -y yo tras él- que, paralelamente al proceso de desafiliación, iban creciendo mecanismos críticos (de base antiburocrática-situacionista, pero también humanista) capaces de vacunarnos a todos contra un amplio espectro de alienación política, y cruciales en la respuesta -nada "repentina" ni "espontánea" a no ser que te dediques al "análisis" político en El País o La Razón- que habría de brotar, rizomática e ingobernable, solo un poco después. Es decir: que la zagalada que nació durante la transición, y que se pasó la adolescencia y la primera juventud riéndose de la nomenclatura cultural española y escuchando a Sonic Youth, no dudó a continuación en sentarse en las plazas de la revolución del quince de mayo. En una de ellas, en la de Murcia, escuché un concierto de Iván Ferreiro. Nacho Vegas suele acompañar a la PAH en las habituales ocupaciones de sucursales bancarias, y se lleva la guitarra. Sus músicos de siempre han formado una banda, que se llama León Benavente. Si aún no acabas de ver claro lo que te estoy contando, si para ti el indie equivale a evasión apolítica y toxicomanía, hazte un favor y dale a este play:





No hay nada más postmoderno que cambiar de raíz, nada más hipster que reinventarse. Ahora que los clichés de la década indie han devenido objetos de consumo masivo, ahora que no hay veinteañero que no adopte la pose hiperestésica del nerd inadaptado, abundan las solicitudes de desafiliación, cuando no los practicantes de autobiografía estalinista que pretenden no haber estado jamás allí. Pero ¿qué necesidad hay de cambiar el pasado? El indie implosionó en algún momento al final de la década de los 90 o principios de siglo: sus muchas contradicciones hicieron que dejase de tener sentido para la muchachada, mientras sus sonidos y tics estéticos iban siendo asimilados a marchas forzadas por una industria que no dejó caer la advertencia en saco roto, y substituyó el coolmaking por el coolhunting. Quienes habíamos hecho nuestra su ética y estética seguimos avanzando en nuestra biografía musical, ampliando en otras secciones nuestra discoteca personal, sin necesidad de borrarnos de nada. Sin reinventarnos. Y a mucha honra.

No hay comentarios:

Publicar un comentario