lunes, 19 de enero de 2015

UN POEMA DE PEDRO MONTEALEGRE




Pedro Montealegre murió el otro día. A mí me sonaba vagamente su nombre, y ahora he comprobado que lo asociaba correctamente, con el colectivo Alicia Bajo Cero. Pero no había leído nada suyo. Un poeta chileno de mi quinta, la del 75, un poeta de la diáspora latinoamericana que se instaló en Manises, a la vuelta del siglo.

A Montealegre lo he conocido de muerto. Cosas muy hermosas se han escrito sobre él estos días, y sus poemas han sido copiados y pegados por todas partes. Poemas como (tomad aire) éste:

Yo te daré esta miel y este mal: ponte ahora a crujir; te daré este panal
de abejas asesinas; ponte ahora a cremar y a crujir; mete tus labios
en la ranura aquélla y di: rajar. Di: despertar
en otro meridiano –en la aridez de tu cama. Verás un hombre
–troca en falo a otro–, una mujer rota, su pie en la espuma:
sus manos son copas. Su materialidad es copa. Dice palabras
¿qué nombre tienen? En su útero hay niñas –un cisne de celofán,
un cisne de papel de caramelo rojo – cada 28 días
cambia el sitio a las urbes. Y tú, allí, con tu máquina de afeitar,
tu áloe, tu radio irradiando la mesa ¿se trata de la rabia?
No se llaman muertos –no hay alguna manera. Los ricos son lo otro
–di: nos termina concerniendo de un modo, asfixiándonos con esdrújulas
llenas de metal– esas sílabas con que se hace una imagen
–ceros y unos– fonemas de fuel –arrojada a la playa–
morfemas de gases invernadero sobre el invernadero
–ínfimo– de un ojo. Es un ojo y no se llama ballena;
la pupila es Jonás: grita desde adentro: ¡déjame ir! ¡Déjame ir!
dijo la muchacha a la otra que la miraba, oh, espejo del gimnasio.
Es tu currículum: 12 millones 883 mil 827: ¿cómo te llaman,
que vengo de París? Dime tu apodo al final del trazado.
Me llaman hora. Me llaman niña y Marx sueña conmigo.



De la particular tensión de su poesía, y en particular de La pobre prosa humana (Amargord, 2012), se percibe la pelea por ampliar el espacio lingüístico -que si nos ponemos wittgensteinianos equivale al espacio, a secas- de la vida del homo sapiens sapiens. Ahora bien, esta pelea puede convertirse, también, en un mecanismo (“El surrealismo huele a Francia. Y crea sus tribunales, y lanza sus excomuniones, y condena a todo el mundo a trabajos forzados, es decir, a la escritura automática y a sus estúpidos jueguecitos...", nos recordaba el otro día Alberto Santamaría que decía Deleuze). Montealegre, que sabía esto, y también que el poema es solo un proyectil que no se mueve sin pólvora, formó parte de la revoltosa Unión de Escritores del País Valenciano, del colectivo Alicia Bajo Cero, del II Foro Social de las Artes y de la revista Lunas Rojas.

Yo, esta madrugada, quería añadir una subversión más a su haber, antes de que se cierre para siempre. Y mira que es raro (a lo mejor no tanto) que se cierre del todo el poemario de la vida de alguien que solo tiene treinta y nueve años. Pero he pensado que no está tan mal. Nada, nada mal. Llegar aquí, vivir lo que te toque, añadir un poema o dos a un mundo parecido al de El Bosco, como decía Lawrence Ferlinghetti y, a continuación, que tus amigos y tus lectores escriban resplandecientes epitafios sobre ti, con un rotulador permanente. En una esquinica te escribo esto, Pedro Montealegre. Por tu vida buena.

1 comentario:

  1. Pedro es uno de los mejores poetas de este siglo. Y nunca se le hizo ni caso cuando estaba vivo. Gracias por rescatarlo.

    PD: SI no me equivoco, esa foto la tengo en mi cámara, es del café de Las Horas, Naufragio en los bares... :)

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