domingo, 27 de diciembre de 2015

DÍA 0

Cruzo las piernas en la postura del loto y cierro los ojos. Por unos momentos lo único que percibo es el sonido del llanto de la perra, sus uñas rascando la puerta. Trato de quedarme ahí, en la escucha, alejar de momento los jirones de discurso, como si estuviese meditando. Llegan otras percepciones: el temblor del párpado izquierdo, el alivio paulatino del picor de ojos, el rechinar de dientes, que ahora es continuo. Intento concentrarme en mi propia respiración, colocarme fuera de mi monólogo interior, ser un espectador silencioso de mí mismo. Y ahí estoy por fin: en el centro de un sofá lleno de objetos, ante el portátil pero con la cabeza echada hacia atrás, apoyada en el respaldo, la cara hacia el techo. El temblor del párpado y el rechinar de dientes no se notan tanto desde fuera. Me veo inmóvil en el centro del mediodía. La luz es sucia y la banda sonora la pone un animal hambriento y desesperado. Mi perra, que aúlla y araña, y echa a rodar el discurso, me devuelve a mi interior, reinicia el análisis.

El análisis, la exploración. Las ramificaciones de todo esto. Del minibar de mis diagnósticos (depresión, ansiedad, bruxismo, agorafobia, alcoholismo, aislamiento, ciclotimia, paranoia) trato de sacar cada día un cóctel diferente. No me resigno a una larga enfermedad contenida con dosis pautadas de fármacos estables. De hecho, ese pensamiento eleva mi ansiedad (de 6/10 a 8/10 en la crisis del sábado). Es importante para mí no ver nada a partir del mes que viene. Cambio las dosis del Lorazepam y de la Paroxetina, o los interrumpo y retomo al azar. Por ahora soy un pasajero de la entropía.

Hay una pieza, muy famosa, de Tracey Emin llamada "My bed". Se trata en efecto de una cama deshecha en la que la artista pasó una crisis personal, y contiene toda la parafernalia, un poco capciosa, que asociamos con estos procesos: suciedad, desorden, botellas vacías y condones usados, tejidos arrugados y paquetes vacíos de tabaco. Yo, en cambio, no me tiendo en mi cama desde hace dos meses. Lo hace mi perra, Nina. Nina es "My bed". Sus costillas. Su encierro. 

Abro los ojos y vuelvo a lo que estaba haciendo. Pertenezco al PEV y esta noche empieza la campaña de las generales. Aunque ya llevamos muchas semanas a todo vapor, estos quince días que quedan para el 30M van a ser frenéticos. En doce minutos empieza la reunión -por Mumble- del subcomité de Difusión, y en el grupo de Telegram de los que somos partidarios de un enfoque más, digamos, agresivo estamos preparándonos para imponer nuestras propuestas. Antes de cerrar los ojos estaba espiando por internet a los "mencheviques", como nos gusta llamarlos de broma, para ver si están o no conectados y prever cuántos de ellos faltarán al Mumble. Al mismo tiempo chateo por Facebook con uno de ellos e intento apaciguarlo (o, más bien, intento que vaya encajando lo que se va a aprobar a continuación). Si las cuentas no me fallan, seremos doce contra nueve. He conseguido mantenerlos en minoría también en los subcomités de Redes, Argumentario y Prensa, pero sospecho que van a emprender algún tipo de acción contra mí en Extensión, que sí controlan, y en alguno de los subcomités invisibles.

Por eso es tan importante para mí en este momento conseguir que García Mena, el famoso escritor y "desencantado" del PIR, se manifieste a favor del PEV en su artículo de mañana (primer día de campaña) para El País. Lo está escribiendo en este momento. Mena y yo somos conocidos y el mérito me lo apuntaría yo. Ya le he enviado tres whatsapps (sin respuesta) y no puedo tensar más esa cuerda, pero por DM estoy pidiendo a tuiteros simpatizantes que lo elogien en mensajes con lemas ligeramente pevistas. A algunos les estoy mandando el tuit ya redactado, otros los estoy programando en Hootsuite para nuestras cuentas zombi. Estas tareas me mantienen hiperactivo hasta las tres.

Horas desde la última vez que Nina comió y salió a la calle: 36.

Toda la vida he estado fascinado con esos letreros que se colocaban en las fábricas y que indicaban el número de días que habían pasado desde el último accidente. Se parecen a las cuentas que hacen los Alcohólicos Anónimos: quince días sin beber, quince meses, quince años, etcétera. No me fascinan, obviamente, porque me parezcan un estupendo mecanismo de seguridad y motivación. Al revés: me parecen un recordatorio de que la entropía pende sobre nuestras cabezas, de que la shit happens, de que hay inevitables Fukushimas acechando en el futuro próximo para poner a cero cualquier estúpida cuenta, cualquier castillo de arena de la lechera interpuesto en su camino. De pequeño solía esperar lo peor para que no ocurriera; el pesimismo como magia blanca. Después desarrollé la costumbre de salir de los exámenes diciendo que me habían salido fatal. Más o menos por esa época, en la universidad, empecé a llevar la cuenta de todo lo oscuro. Como por ejemplo así:

Días consecutivos bebiendo: 110.

O:

Días de retraso en el pago del alquiler: 75.

Me mantengo fiel a este sistema, pero no puedo decir que esté llenando mi vida de alegría, precisamente.

El PEV, las cuentas de la vieja y el whisky John Cor son el contrapeso a la depresión infinita que me acecha a poco que cierre los ojos. Si mi vida estuviese en una balanza, y perdóname esta manía de metaforizar continuamente, uno de los platos estaría vacío y, sin embargo, pesaría más.

Decido alimentarme por fin. Con las piernas dormidas alcanzo la cocina y preparo sopa con un huevo cocido. Experimento dificultades para mantenerme de pie, taquicardia moderada. Entorno los párpados y miro el reloj: García Mena ya ha entregado su artículo de mañana. Nina ha dejado de llorar. La ansiedad se eleva hasta 7/10. ¿Dónde metí el lorazepam esta mañana? El móvil emite el sonido de "batería baja". ¿Es esto un 8/10, o todavía no?

Días desde el último 8/10: 5.

Por un momento (aviso: aquí viene otra metáfora, copieteada de la peli ésa de Match Point) la bola toca el borde de la red y, mientras se eleva en el aire sin que se sepa si va a caer en el campo de la ansiedad o en el de la depresión, consigo verme como un personaje, uno previsible, mal construido, estereotípico, secundario, olvidable, un compendio carnavalesco y alegórico de disfunciones, un mal recurso para una catarsis que no va a producirse. 7/10. Casi 6/10 al bajar la bola. Dejo caer los párpados y me siento a rumiar en el suelo de la cocina, con una extraña sensación de liberación.

¿Me he dormido? La luz parece distinta, pero solo han pasado diez minutos cuando abro los ojos. El butano se ha acabado mientras y el caldo solo está templado. Los fideos se han ablandado un poco, pero el huevo sigue crudo. Consigo comerme la mitad de la mezcla y llorar copiosamente durante la ingesta, lo que me deja listo para las tareas de la tarde. El ruido de los platos reactiva además a Nina, que vuelve a aullar y rascar con la intensidad acostumbrada. Desaparece, por tanto, esa fuente adicional de miedo, y, aunque no suelo medir los estados de ansiedad baja, me encuentro excepcionalmente relajado (¿¡3/10!?). Vuelvo al sofá sin el temblor de párpado ni el rechinar de dientes. Parece un lugar distinto.

Hemos abierto un Titanpad para coordinar la actividad en Twitter del inicio de campaña. Básicamente, todo el PEV, con sus candidatos estrella a la cabeza, tiene que sacarse selfies pegando carteles y tuitearlas junto con mensajes motivadores y el hashtag definitivo. Esto suena sencillo pero no lo es. Hay que movilizar a los "musulmanes", como nos divierte llamar a las bases del partido, y asegurarse de que todo el mundo cumple correctamente con las instrucciones, que nadie utiliza el hashtag antes de tiempo (porque penaliza a la hora de alcanzar un Trending Topic) y que todos los nodos favean y retuitean el contenido de los demás, amplificando la acción. Además se hace necesario comisariar el proceso para eliminar salidas de tono o posicionamientos no deseados.

No resulta sencillo tampoco adaptar el lenguaje que usamos habitualmente en los subcomités al tono ilusionante y propagandístico que rige los espacios inferiores de coordinación, como los grupos de Facebook o Whatsapp. Entre los musulmanes se suelen producir disensiones, y raro es el día en que no salta alguno a reivindicar "la democracia interna" o algo así, en unos términos que hacen evidente que desearía acceder a niveles superiores, en lugar de compartir emoticonos en las mezquitas del PEV. A veces es conveniente conseguir que otro de los musulmanes-alfa acuse al revoltoso de "indisciplina" o algo así. Estas cosas se me dan particularmente bien. La promesa de ser incluido en un subcomité es muy poderosa con ellos ("¿tú tienes Telegram?" son las palabras mágicas). Más o menos, tenemos confidentes en todos los grupos de revoltosos que se han ido formando. Tal vez mi mayor mérito en el Comité sea éste, dicho sea de paso.

Sin embargo, la corriente emocional es intensa y favorece la colaboración. A las 23:30 se lanza el hashtag, que en seis minutos se convierte en el Trending Topic principal. Organizo una red de comisarios voluntarios para eliminar (solicitándolo primero en un tono proactivo y amable, cómo no) los contenidos discordantes. Voy copiando las cifras del SocialBro y pegándolas en el grupo del subcomité de Redes, cada una un guantazo para quienes han estado estos días cuestionando allí mi estrategia. A las 2:33 me entra un mensaje de Alberto S. Z. transmitiéndome unas palabras de felicitación del director de campaña, junto a "Él quería mandarte la felicitación directamente y todo, pero lo hemos convencido de que no difunda su número xD". Alberto S. Z. es un hijo de puta categoría XL y uno de los tiburones que más están engordando estos días (a base de comerse a otros tiburones), pero esto me indica que de momento he logrado vencer las críticas que han emitido los mencheviques contra mí (y que tal vez él mismo ha suscrito) en los comités invisibles de que forma parte.

Seguimos vivos, todo marcha y el día ha sido un éxito. A las cuatro en punto se me acaba el John Cor. Mi cuerpo ha dejado de tolerar el sofá, mis ojos la pantalla del portátil. El SocialBro indica que solo queda una actividad residual en redes. No puedo evitar levantarme. Doy unas zancadas hasta la puerta de la calle, me detengo un momento y, por fin, libero a Nina. Lleva casi dos días sin comer ni beber y, sin embargo, lo primero que hace es lanzarse a besarme, su prioridad llegar a tiempo a la calle para orinar y defecar allí. Ladra atronadoramente por la escalera, que baja a la carrera. Me arrastro tras ella, su cadera cada vez más visible, su cola agitándose de felicidad y me poseen la (auto)compasión y la tristeza. Me siento en un banco del parque mientras ella busca qué comer y beber. Para cuando me despierta a lametazos grasientos ya es pleno día. Concretamente el 412 desde que me dejaste.


miércoles, 7 de octubre de 2015

ÁNGEL GÓMEZ ESPADA - "LOS HIJOS DE ULISES" (LETOUR1987, 2015)



Ayer se presentó este estupendo libro en Murcia. Se suponía que yo iba a participar en el acto con unas palabras, pero finalmente unos problemas puericulturales me lo impidieron. Que queden aquí a modo de descargo:

EL VIAJE A (NINGUNA) ÍTACA

Destaca Pilar Adón, desde el prólogo de esta obra, la apabullante conexión con la actualidad que la caracteriza, y a poco que conozca uno la obra de Ángel eso será lo primero que le llame la atención: si sus poemarios hasta la fecha se situaban deliberadamente al margen del vértigo del día a día (que no fuera) para aprehender un sentido, en “Los hijos de Ulises” el autor abandona su remanso lateral para bregar en el centro de la corriente de la contemporaneidad. También menciona Adón a T.S. Eliot; en efecto, es difícil pensar en esta obra, en la conjunción de herramientas atemporales y materiales de actualidad que le da su peculiar y único sabor, sin recurrir al concepto eliotiano de correlato objetivo. No es la intención de este poeta ponérselo difícil al lector, pero sí confía en una maquinaria compartida que voy a llamar, con todas las precauciones, “cultura clásica”. Sí confía, pese al tono descreído que adopta en sus poemas, en un vínculo sólido entre los textos y la sociedad en que se producen.


En efecto, se suma el plural del título a la forma verbal que lo abre: “somos”. La foto –el atributo- que sigue a ese verbo es más bien un espejo: somos nosotros, los hijos ni-nis de Ulises, con nuestra afasia, nuestra irrelevancia, nuestra inmovilidad. Infectados de consumismo, de indolencia, de spleen, de lotofagia crónica, pero no por ello menos víctimas de un buen número de agresiones colectivas. “La verdad es concreta” era el lema de Bertolt Brecht, otro autor en que solemos pensar cuando hablamos de vínculos entre la lírica y la épica macroeconómica. No falta a ese lema Ángel en esta obra, recorrida por los relatos y denuncias de –pongamos- la marea verde por la educación, la blanca por la sanidad, la negra por el empleo, la violeta de los emigrantes, las reivindicaciones de los jubilados o, incluso, los trabajadores autónomos.


Pero no empecéis todavía a agitar las manos, porque no encontraréis en estas páginas ni un gramo de fé quincemayista en una democracia real ya, o en un todos unidos contra los recortes, o en al menos un esto solo lo arreglamos entre todos. En esa teomaquia inalterable que presenta Ángel Manuel, Teo es un niño cabrón que disfruta pisando hormigas, y las hormigas somos nosotros. El guión ha sido escrito y la idea de fatum recorre la obra sin dejar un resquicio a la sorpresa o a la posibilidad de que David empalme un levo en tó la frente del gigante Goliat, pero no por falta de puntería o porque la cabeza del gigante sea a prueba de golpes, sino porque –como se nos informa en la página 80 desde la cita de José Emilio Pacheco: “El que derrota al monstruo / y ocupa su lugar/ se vuelve el monstruo”-, en el momento en que la piedra de David abandona la honda a las exactas velocidad y dirección como para partirle la madre a Goliat, los papeles se cambian, y David es Goliat. Kafkiano, ¿eh? Así es mi Angelito, bajo la capa de buen rollo.


Lucha hay a cascoporro. Lo que no hay es solución. Nec spe nec metu, creo que se llamaba eso, según Cicerón, y así está la cosa. Sin miedo ni esperanza, los hijos de Ulises recorremos los pasillos del centro comercial que han puesto en Ítaca, buscando una mortaja nueva en el Primark porque la que hizo mamá ya está pasada de moda.


No sabemos si la culpa es de la alienación galopante que nos causan el consumismo y las evanescentes relaciones virtuales que establecemos entre nosotros, o el O tempora, o mores (por volver un poco a Cicerón, de quien sospecho que este poeta bebe continuamente), pero la plaga de chichinabo ha invadido hasta nuestras relaciones con El que está allá arriba, que en este poemario aparece retratado como una especie de director de recursos humanos con la cabeza en otras cosas, la liga BBVA por ejemplo. Para completar la operación de desacralización también pasa por las páginas del libro la curia, representando el papel de encargao de tienda. No hay excomuniones, no hay diluvio universal, no hay siete plagas de Egipto. Por no haber no hay ni cincopadrenuestrosydoceavemarías. Silencio administrativo. Apagado o fuera de cobertura.


De eso va, Los hijos de Ulises. Del aquí y el ahora. En estos poemas, Ángel Manuel encara las grandes batallas políticas y socioeconómicas que estamos perdiendo todos los días tan de frente como lo hace en su faceta de periodista, o en su cuenta de Facebook, o con sus clientes en su trabajo. Los instrumentos aquí, sin embargo, son muy otros porque son netamente poéticos: la gran veta de la lírica latina, donde se ha formado como poeta y que da consistencia y profundidad a su lenguaje y familiaridad a sus topoi. Y creo que ésa es la singularidad que hace este libro sea tan atractivo: que a través de él imaginamos a Horacio en un CSO, a Ovidio en un desahucio, a Virgilio en un círculo de Podemos (creo que no habría salido en la lista de Pablo). La poesía como anclaje, como escudo contra la alienación, pero también como instrumento óptico, como Linterna Verde. La belleza de las imágenes que convoca Ángel (y estáis a punto de escuchar un buen puñado de ejemplos), como brújula de marear, como faro y guía. Y si no nos ayudan a encontrar el camino a Ítaca, al menos sí a acordarnos de ese lugar, que de repente aparece, entre la niebla del loto. Porque ya estamos allí, ya estamos en Ítaca, pero Ítaca era otra cosa, y la hemos perdido.

jueves, 16 de julio de 2015

UN POEMA DE EAVAN BOLAND




CUARENTENA


En la peor hora de la peor estación 
del peor año de todo un pueblo,
un hombre sale de su taller con su esposa.
Él caminaba -ambos caminaban- hacia el norte.

Ella estaba enferma por la fiebre del hambre y no podía mantenerse en pie.
Él la levantó y se la echó a la espalda.
Él caminaba hacia el oeste y oeste y el Norte,
hasta que al anochecer llegaron bajo las estrellas de helada.


Por la mañana fueron encontrados muertos
de frío. De hambre. De las toxinas de toda una historia,
pero los pies de ella se mantenían contra el pecho de él.
El último calor de su carne fue el último regalo para ella.


No dejes que ningún poema de amor llegue a este umbral.
No hay lugar aquí para la alabanza inexacta
de la gracia fácil y de la sensualidad del cuerpo.
Sólo hay tiempo para este inventario sin piedad:


su muerte juntos en el invierno de 1847.
También lo que sufrieron. Cómo vivieron.
Y qué hay entre un hombre y una mujer.
Y en qué oscuridad se puede demostrar mejor.



(Trad.: Antonio Linares Familiar)

jueves, 2 de julio de 2015

SABÁTICO




Ser nadie engancha
como heroína quemada.

Otoño de 2003. Desciendo
a una depresión de quince meses.
Nunca he llegado tan lejos
a puro pulmón.

No estoy hablando de una
melancolía de niños pijos:
hablo de sudar hasta poner
gris la almohada
y no salir de la casa
en ningún momento durante semanas
y semanas.

Hablo de pedir
dinero a quienes venían
a preocuparse por mí,
y deber cuatro meses
de renta del cuarto.

A veces releo lo que escribí
y nada tiene que ver
con lo que yo recuerdo.

No recuerdo casi nada.

Tampoco a la mujer
que tanto nombraba.

¿Quién era el fantasma, yo
o las personas que quería
y estaba diluyendo?

Durante quince meses me alimenté
casi exclusivamente de patatas.

Mi cuerpo las rechazaba: recuerdo
-eso sí que lo recuerdo- la náusea,
sobre todo al final.

Ni una palabra se dice en mis textos
sobre esas patatas.

Las robaba -como el gel,
el papel higiénico o la pasta
de dientes.

Y no las mencionaba.

Hablaba de mi alma y de mi amor
y de noches sin estrellas.

La mala poesía engancha
como heroína quemada,
pero yo no tenía para fumar,
ni para beber, ni para corromperme.

Todo el tiempo peleándome
por el dinero del alquiler
con una técnica de sparring,
o más bien de saco.

De saco de patatas.

Defecando
puré.

Hecho
puré.

¿Construí con eso un personaje
verosímil, avancé en mi poesía,
me convertí en artista yonqui
seduje a alguna chica del wild side?

No.
Esas cosas nunca están
al alcance de los pobres.

Si acaso aprendí
a no olvidar hablar de las patatas,
de las cosas que te comes
y te mantienen en pie.
A construir, con ese asunto
algún tipo de diálogo
o al menos una pregunta
que alguien contestase.

jueves, 7 de mayo de 2015

ULISES XXXI



Entrar en Gran Hermano XXXI mediante todo tipo de tretas.
Comportarse histriónica y patológicamente en el cásting.
Pasar los cortes.
Meter de contrabando en la casa Sein und Zeit, de Martin Heidegger.
Una vez en directo, sentarse en una silla y abrir el mamotreto.
No responder al ser interpelado. Estar en el aire.
Leer Sein und Zeit (1927) y alimentarse de patatas.
Defecar con Heidegger y ser retransmitido
24/7 excepto ese momento en que entran
seis directivos de Tele 5 en mitad de la noche
y cuatro abogados
y gritan. Gritan.
No responder.
Aprovechar para internarse en el Erschlossenheit.
Hacerse famoso como un monje troglodita.
Estilita.
Evitar ser (Sein) nominado, semana tras semana.
Convertirse en un reclamo inesperado en Tele 5.
Los tertulianos comentan tus expresiones faciales
al abordar la primacía del Dasein.
Ganar gracias a Heidegger el concurso de los imbéciles.
Ser (Sein) descalificado, por doping.

martes, 14 de abril de 2015

PLASMASPLEEN

Pero entonces, ¿cómo piensa un suicida? ¿Qué música escucha? ¿Qué partes visita, y a qué hora, de la ciudad? Suelo hacerme esas preguntas a lo largo de mis paseos. Trato de imaginar el último paseo de un terrorista suicida, por ejemplo. Un tipo con un chaleco de dinamita de camino a la parada del autobús, con el detonador en la mano. A veces me da miedo: logro hacerme una idea de ese nivel de ansiedad y de pánico. Pero otras lo que me da es envidia: visualizo el brillo inigualable de los últimos objetos: el último árbol, el último cartel publicitario, el último culo. Oh, ese brillo. ¿No?

En Murcia hay torres, esqueletos de rascacielos, de la época del boom inmobiliario, desde lo alto de los cuales podría saltar, pero suelen estar vigilados. No quiero problemas. Hasta de madrugada te ven, si intentas colarte. Son gente dura, los vigilantes. No duermen. Están hartos de nosotros.

¿Qué lee un suicida de verdad? Trato de imaginar un texto tan trascendental que fuese capaz de drenar tus ganas de seguir viviendo: tu alegría, tu esperanza, tu curiosidad o, incluso, tu pereza. Tu apego a la inercia del segundero: la homeostasis. Oh, qué texto. Y trato de imaginar esa lectura, con el mayor detalle posible. Entrar en la madrugada, revelación tras revelación, sin sentir la menor somnolencia, arrastrado por el hilo de oro de ese Necronomicón. Eso lee un suicida, ¿no?

Ensayo frente al espejo. Mi cara de Kurt Cobain. Para ponerla el sábado por la noche. Pero disfruto más de la preparación de mi pose de suicida, de mis ensayos generales, que de la representación en sí. La mayoría de mis amigos trabajan ahora como camareros, o están en paro como yo, o se han largado al extranjero. Quedan cuatro gatos, y Mauricio, por ejemplo, ha empezado también a morderse los carrillos y a mirar al infinito. Con la mano derecha, mientras, se rasca el bolsillo en busca de monedas sueltas con que pagarse otra cerve. Como yo.

He vuelto a casa de mis padres y podría utilizarlos de público, pero no quiero problemas.

¿A qué renuncia un suicida? ¿Cómo era la exnovia del piloto alemán? ¿Como Beatriz?

¿Estará en el Meetic, Beatriz? ¿Saldrá por las discos de divorciatas de Murcia?

Tomemos a Nicholas Cage. En Las Vegas. Parece que está quemando las naves, que lo ha vendido todo para pegarse unas últimas semanas de festival a lo grande. Se le ve casi feliz, ahí en la licorería, ¿no? ¿Y por cuánto le va a salir esa bacanal? ¿Y los hoteles?

¿Llama un suicida a Cofidis? Sí, ¿no?

¿Se pelea un suicida con su padre, por el mando de la tele? ¿Le mandan mensajes pasivoagresivos, para que busque trabajo?

¿Hace un suicida captaciones para Aldeas Infantiles y es despedido a los quince días?

¿Le pide dinero a su madre, para el abono del Ciudad, y ésta se lo niega? Sí, definitivamente un suicida se hace hincha del Ciudad.

¿Qué series ve un suicida en su mala tablet de 7', hasta las cuatro de la mañana, todos los días? No por nada, sino porque ya no sé cuál empezar. La de Masters of Sex, ¿no?

Me gustaría saber si es posible matarse caminando en círculos por las rotondas de Murcia. Si es aceptable tomarse descansos entre vuelta y vuelta, echando un vistazo por el Media Markt.

No quiero problemas. Igual con convertirse en ectoplasma es suficiente, ¿no?

jueves, 9 de abril de 2015

EXHALACIÓN, INHALACIÓN

A veces uno intuye aquí o allá algún mito fundacional válido para hablar sobre qué cosa sea la poesía, cuáles sus métodos y cuál su alcance. ¿Y qué hace con esa fábula? ¿Interrumpir la conversación que estuviese desarrollándose alrededor de uno para cambiar abruptamente el tema y largarse una teoría seminal de la poiesis que se le acaba de ocurrir? No, ¿verdad? No. La verdad es que este tipo de narraciones sobran, un poco. Se percibe un desequilibrio, una hipertrofia de la parte meta en el conjunto de actividades que denominamos poesía. Un poco al revés de lo que ocurre, por ejemplo, en el proceloso mundo de la tintorería. Por un azar familiar que no viene al caso, he pasado tiempo junto a ellos, los tintoreros, y puedo aseverar que no ceden a la metatintorería ni siquiera tras el cuarto whisky de después de un congreso. Jamás les he escuchado dispararse a bocajarro un mal "¿Qué es para ti la tintorería?", y sus publicaciones colegiales carecen sana y absolutamente de consideraciones del tipo: "Me llamo José Pedro y, antes de empezar, tengo que hablaros de mi particular tintorética". Ellos van más bien a la forma de sacar la mancha de sangre de la blusa de seda, o al eterno dilema: ¿cobrarle o no cobrarle al cliente que recoge el edredón con siete meses de retraso?

Todo este rollo tan obvio lo cuento porque es lo que he tenido en mente estos días, después de dar con la enésima metáfora fundacional. Un género literario tan aburrido que merece ser lo que es: un género literario. Una pajuela.

El caso es que, en el transcurso de mis pesquisas, he dado con una coincidencia etimológica. La palabra hebrea חַוָּה y la griega Ζωή tienen tres cosas en común: en primer lugar, que son onomatopéyicas, rasgo que suele asociarse con el léxico primigenio; en segundo, que son polisémicas, y ambas pueden significar tanto "soplo" como "vida"; en tercero, por fin, que son nombres de mujer. Eva y Zoé.

Semejanzas así hacen pensar, más que en un préstamo entre lenguas, en una raíz primitiva en común. Muy, muy primitiva.

Anterior a la redacción del Génesis, donde dios insufla vida a los montones de barro (y a sus costillas) por el expediente de soplarles encima.

Tan anterior a todo que uno acaba pensando en una radiación de fondo del universo vivo, una respiración primigenia. Que no empezó con un Big Bang, sino con un suspiro. Como lo que decía Eliot:

This is the way the world ends
This is the way the world ends
This is the way the world ends
Not with a bang but a whimper.

Pero al revés.

Al revés.

¿Y todo esto qué diablos tiene que ver con la poesía? Ah, oquei, perdón. Estábamos hablando de poesía. ¿De qué poesía? De la buena, evidentemente. De un fragmento de Goethe o de Jayyam o de Safo o de Li Bai o de Mark Strand capaz de hacerte tragar aire un momento. Y qué aire tragas, a ver, cuando ocurre eso. Una pista: el acondicionado no es.

Tragas el aire nuestro de que hablaba Vilas. La vida como soplo, pero al revés. La vida cuando entra.

miércoles, 1 de abril de 2015

DOGTOWN

Que haya una ciudad dentro de ti
con muchos monumentos y un casco peatonal
y parques y portales para besos del pasado
y un río. Que haya una ciudad
pegada a tus ojos que puedas recorrer
tan solo con cerrarlos. Que a la sombra
del árbol de tu plaza consigas descansar
y verte con amigos. Y ten muchos,
que todos te conozcan, en esa ciudad
repleta de cafés donde comprenden tu jerga
y encuentras a quien buscas, en el momento exacto.

Que haya una ciudad dentro de ti
que haya una ciudad dentro de ti
de la que partan los trenes.

viernes, 27 de marzo de 2015

IMPRESIONANTE SUPERMENTE ESPECTACULAR

1.- La impresionante supermente Te observa mientras duermes, Te conduce al supermercado, al cine y al matadero, Te dicta pensamientos y deseos, pero también Te trata como Dios. Dios eres Tú (a ratos). Las cosas como son.

2.- La supermente es azul como una naranja.

4.- La supermente produce en cada momento las matemáticas que necesita.

3.- La impresionante supermente espectacular está creando AHORA todos los anuncios de lejía del pasado y el futuro.

5.- ¿Estabas Tú en 1999 enamorado, deprimido, ansioso o en control? La supermente tiene otra versión.

6.- Todos necesitan creer en la supermente espectacular. Pero pocos están dispuestos a dejarse enchufar un cable a la médula. O bueno, sí, pero que Yo no me entere. Que parezca un accidente. Que no me duela, ¿eh? Y hacerse los suecos. -Oye, que tienes un cable enchufado a la médula. - Qué me dices.

7.- Los partidarios de la impresionante supermente hacen tic, sus enemigos hacen tac. Muy seguido.

8.- La supermente tiene muy poca memoria RAM. Tan poca, que un móvil moderno normal tiene cientos de veces más. Y fíjate.

lunes, 9 de marzo de 2015

UN POEMA DE MANUEL VILAS



EL ÚLTIMO ELVIS

No fear, no envy, no meanness
LIAM CLANCY



Respeta siempre la destrucción de las mujeres
y de los hombres que amaron o intentaron, al menos, amar
la vida y esta les quemó o les rompió los huesos de la cara,
las entrañas y las venas y el hígado y el buen corazón,
respeta todos los sagrados y los más humildes hundimientos
de los seres humanos.

Respeta a quienes se suicidaron.

Respeta a quienes se arrojaron a los océanos.

No hables mal de ellos, te lo ruego, te lo pido de rodillas.

Ama a toda esa gente, esa muchedumbre, ese río amarillo
de la Historia de todos cuantos perdieron tan injustamente,
o tan justamente,
da igual.

Gente que aceleró en una curva.

Gente que escondía botellas en los rincones de su casa.

Gente que lloraba en los parques de las afueras de las ciudades.

Gente que se envenenaba con pastillas, con alcohol,
con insomnios aterradores, con veinte horas de cama todos los días.

Lo intentaron, pero no lo consiguieron.

Gente a quien le sobraba tres cuartas partes de su pequeño frigorífico.

Gente que no tenía con quién hablar semanas enteras.

Gente que no comía por no comer sola.

Son hermosos igualmente, te lo juro.

Resplandecerán un día.

Nombremos todo aquello
que nos convirtió en seres humanos.

Para que no haya miedo, ni envidia, ni maldad.

Amo, celebro, y exalto todos los hundimientos
de todos los seres humanos que pisaron este mundo.

Porque el fracaso no existió jamás,
porque no es justo el fracaso y nadie merece fracasar,
absolutamente nadie.




[De El hundimiento (Visor, 2015)]

martes, 3 de marzo de 2015

ZURDO

A los dieciséis
metí la mano izquierda
en una prensadora
de la fábrica de conservas
en el último minuto
de mi turno. fue
un corte tan limpio
que casi no dolió
recuerdo ver blanco
y despertarme
así.

pensaba en Mariola
pensaba en Mariola.

mi novia
con quien nunca me acosté.

la noche que fuimos
al cine de verano
y recorrí con mi
mano izquierda
su muslo derecho
subiendo por él
durante casi
veinte minutos.

toqué con el meñique
su ropa interior
húmeda
y puedo recordar
cada uno de esos
veinte minutos
con sus exactas
temperatura
textura
y humedad.

no los recuerdo yo.
los recuerda ella
mi mano izquierda
dondequiera que esté
me dicta.

no nos dijimos te quiero
ni te voy a recordar
ese recorrido
por ese territorio
equivalió.

mi mano izquierda
que sigue allí
limpia
enamorada
feliz
recorriendo
el muslo de Mariola
en mil novecientos
noventa y uno
y me habla.
me habla.

mi mano derecha
no está tan limpia.
todo lo que sabe
lo sé yo también.
he crecido con ella.

no le preguntéis
por Mariola
ni tampoco
por casi nadie
más.

me pica por las noches
el meñique
perdido.

la inocencia
de los fantasmas.

a veces
cuando quiero
mucho a alguien
les acerco
el muñón.

quiero tocarlos
bien.

ponen caras.

luego me río
les hago el chiste
de siempre les digo
que soy zurdo.
zurdo.

TUESDAY MORNING PSYCHE ROCKER

La chica rubia
- amarillo ceniza-
de veintipocos
que me mira
cree que es rockera
y lleva una camiseta
de Jim Beam
negra

yo ya no bebo
y menos a esta hora
pero puedo
eso sí
imaginarlo

-qué borrachera-

y me pregunto
por la sustancia tóxica
que busca ella en mí
ahora

mira a la pizarra
rockera.

sábado, 28 de febrero de 2015

DANIEL CANOGAR - INCONTABLE (SALA VERÓNICAS, HASTA EL 12 DE ABRIL)



El jueves estuve en la Sala Verónicas, en Murcia, viendo la expo de Daniel Canogar, "Incontable". Fue mi tercera vez.

Recomiendo entrar rápido desde la calle, un día soleado.

Canogar proyecta (in)significantes culturales descontextualizados sobre materiales desechados, detritus tecnológico como cintas de vídeo, cedés, teclas rotas, una calculadora inservible o discos duros viejos. Vemos números y palabras sueltas, fragmentos de vídeos caseros o películas grabadas de la tele, garabatos y patrones acelerándose, girando hasta salir de su eje, creando dibujos que colapsan continuamente, emborronando y desapareciendo.

Y eso es todo.

¿Y entonces, el nudo en la garganta de dónde viene? Probablemente, de que es difícil no reconocerse en esos vídeos caseros, en la música que contenían esos tropocientos cedés de la pieza principal, en los textos ilegibles que produce un teclado fantasmático, bajo el proyector.

La obsolescencia programada de nuestros productos culturales, la fugacidad de nuestros significantes.

Ciclos de consumo contabilizados en teraflops. Ejes que se parten y son sustituidos. Píxeles negros en pantallas. Cómprate otra.

Y luego sal a la calle de golpe. Te van a picar los ojos, claro. Pero no te coloques las gafas de sol ni te pongas la mano en la frente a modo de visera. No. En lugar de eso, piensa en la poesía negra y en la poesía blanca y en la frontera que acabas de atravesar. Y alégrate de que esté, la poesía, en tu vida. Igual ya tienes una mano en tu negro móvil, que espera en el bolsillo a que lo desbloquees y le eches un vistazo. Mírate, ahora, y ojalá que esa imagen se quede contigo, y te sirva de algo.

jueves, 26 de febrero de 2015

FIDEICOMISO

También somos familia de la gente de la sombra
que susurra confidencias cuando estamos dormidos:
sus palabras permanecen. Se preocupan por ti,
se alimentan de ti. Y tú puedes culparlos,
y encontrarte con ellos a la mesa
y entreabrir los baúles de siempre a la hora de la cena.
Ellos siempre dicen "ven" y tú siempre "tal vez luego",
y te hacen sentir inocente
pero más adelante lo arreglarás. Oh, sí: lo arreglarás
y todo firmaréis, ante notario.

viernes, 6 de febrero de 2015

UN POEMA DE MARÍA ELOY-GARCÍA




BIEN INMUEBLE


la nostalgia vive en el sexto piso
tira un papel por la ventana
y por un segundo
se confunde con el vuelo migratorio
de un pájaro que quiere aparearse
la mierda que lanza desde su arriba
cae sobre la raya en medio
de un preso en libertad condicional
que no recuerda cómo se iba a su casa
aquí el niño que lo ve todo
crea en ese momento en la parte izquierda del cerebro
un comienzo de neura
que asociará a la placidez veinte años más tarde
la bondad vive en el tercero
tiene una casa confortable pero incómoda
el odio tiene siempre un perro en la puerta del cuarto
pero la decoración de su casa es impecable
la timidez que vive en el quinto 
ve por la mirilla de su puerta blindada
la cabeza distorsionada de un gordo que es el mundo
en el noveno vive la veneración
la soltera que comparte piso con la envidia
el del octavo que es el tiempo
se quedó justamente encerrado en el ascensor
aquel día que viniste a mi casa
y yo soy ese edificio
pero nunca subo al décimo
la casa de la perfección que es una déspota
suelo sin embargo quedarme en el primero
del que nunca sé salir
allí vive el hastío que nunca pagó la comunidad
la memoria
que vive en el segundo
tiene el síndrome de diógenes
todo lo que sube a su casa
es digno de ser guardado
cualquier tontería tiene la dignidad de un tesoro
pero nunca recuerda al que se olvidó de ella
ese día subiré al séptimo
porque es justo allí donde habita el olvido


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BOLA EXTRA: Un vídeo de Lee SonicYouth Ranaldo featuring María:

 Sevilla Shades May 2011 from Lee Ranaldo on Vimeo.

jueves, 29 de enero de 2015

VÍCTOR LENORE - INDIES, HIPSTERS Y GAFAPASTAS. CRÓNICA DE UNA DOMINACIÓN CULTURAL (CAPITÁN SWING, 2014)




Sí, ya lo sé: a buenas horas traigo yo el tema éste aquí, que está más pasado que las hombreras. Pero tengo una buena excusa: con este texto le doy la bienvenida a Rubén Ángel, flamante colaborador de La Galla Ciencia. Va por las vueltas que le hemos dado al asunto, bróder.

Indies, hipsters y gafapastas, así todos juntos cual churras y merinas, son la infantería del ejército de dominación cultural del capitalismo, según Lenore. Los que aplastan con su estética corrupta y sus medios hegemónicos las propuestas emancipadoras de escenas como el rap, el reggaetón, la world music o, yo qué sé, el dubstep norcoreano. De eso va este libro. Y es verdad que, así a bocajarro, uno visualiza el cliché del niño pijo entregaíto al festivaleo, las drogas de moda y el Urban Outfitters y se predispone a darle la razón.

Pero, entonces, recuerda.

¿Qué recuerda? La adolescencia, los primeros 90, lo que entraba por las orejas recién abiertas. La ingenuidad, vale, admitida la ingenuidad. La necesidad de pertenencia, claro. Sense of belonging, aquella canción de Television Personalities que versionaban Los Planetas, lo explicaba muy bien.

Vamos, Víctor, tú también puedes. Retrotráete, weón.

A un mundo sónico verdadera y directamente capitalista: a ese pop de los 80 donde todo el mundo era guapo y salía maquillado y producciones fastuosas y ultratecnológicas se daban codazos por copar las listas de ventas. A la caída del muro de Berlín, a la explosión de la autoayuda, al fin de la historia, a la primera guerra de Irak (cuando invadir países era de izquierdas), al trompeteo ubicuo del neoliberalismo thatcheriano, que aplastaba a milicos argentinos y mineros con un solo golpe triunfal. A la guerra de las galaxias de Reagan, a ritmo de caja Roland TR-909.

Retrotráete. Uno ponía la radio y todos y cada uno de los sonidos decían: triunfa. Folla. Sé divina. O: sé más bestia que nadie, más joven, pásatelo mejor. Está de moda ahora lamentarse de que el rock radical vasco estaba infrarrepresentado en los mass media de los 80. Una polla. Todo lo que no fuera asertividad confiada, inocuidad retro y tecnología consumista estaba infrarrepresentado. No, la Movida no estaba infrarrepresentada. Sacad vosotros vuestras propias conclusiones.

Con esas coordenadas estéticas e ideológicas, la vida del típico adolescente de provincias (y no me hagáis repetir, llegados a este punto, el topicazo de que el indie en España siempre fue una cosa muy de provincias) era una pura alienación. Las pobres tribus urbanas murcianas daban la impresión de constituir comparsas para carnaval, con sus peinados cliché y sus cosmovisiones de cartón piedra, sus bandas fetiche y sus convicciones postizas, su arrogancia con acné.

¿Qué nos quedaba, a los niños de los 80? ¿A los que no nos encandilaba la fotografía übercolorida de Robert Zemeckis, ni las texturas tecnológicas de los años dorados de la industria del pop? ¿A quienes no nos creíamos la fanfarria lacada (y hombrerada) de la luna de miel del pensamiento único?

Una ética de resistencia.

Sonidos subóptimos, del garage al lo-fi. Actitudes subóptimas, sin la arrogancia del punk ni el exhibicionismo del glam, sin el compromiso impostado de la canción de autor de la época. Voces llenas de dudas. Historias a medio, sin el digestivo planteamiento-nudo-desenlace del pop regente. Costumbrismo antiépico. Amateurismo y desafinación, fracaso infratrágico, inadaptación gratuita, etcétera.

Llenar con todo eso nuestros pisos francos, desde donde imprimíamos octavillas (o más bien fanzines) que declaraban que era posible la disidencia. Desapuntarse. No querer triunfar, renunciar a quedarse con todo. Dijese lo que dijese Raisa Gorbachev, en el anuncio de Pepsi. Poblamos nuestro imaginario con héroes subóptimos, neuróticos, dubitativos. Los personajes de Coupland, los de Jaime Hernández, los de Daniel Clowes, los de Iván Zulueta y Jaime Chávarri. Las historias de amor subóptimo y grisura del Pablo García Casado de Las afueras (DVD, 1997), con sus formas lacónicas y, por decirlo así, infraelaboradas, por traer aquí también un ejemplo de poesía que, según su propio autor, era imposible de comprender en su complejidad estética sin haber escuchado a Belle & Sebastian. Era necesario poner bien cerca la oreja de esas voces casi inaudibles, porque por la otra entraba un estruendo insoportable.

También era posible enfrentar al discurso dominante, desde la disidencia emocional, una educación sentimental para machos no-alfa. Y esas historias, donde el chico sufre y la chica toma decisiones, donde se llora y se baila y nadie habla de hacer realidad no sé qué sueños de consumo, estaban por inventar.

Dicho esto, también hay que reconocer que en esta, digamos, escena imperaban el solipsismo, la hiperestesia y una descreencia maximalista hacia todo lo colectivo, no solo los ritmos enlatados de consumo que he mencionado antes. La desconfianza y un agudo sentido del ridículo se extendían a cualquier movimiento de masas, desde los baños hippies de Woodstock a la fábrica de hits en que se había convertido la Movida madrileña, pasando por los cantautores que le pusieron la banda sonora a la Transición (como se puede apreciar en este gráfico documento sonoro).

Obviamente, semejante sesgo individualista implica un aumento de la desafiliación política, que es una crítica recurrente que se le suele hacer a la sociedad postmoderna. Lenore va por ahí en su crítica. Y es cierto. Recordad los 90, una década que veía vaciarse las calles, donde, prácticamente en solitario, apenas los irreductibles galos de Izquierda Unida contestaban aquella Gran Marcha Adelante del felipismo en la que no solo meternos en la OTAN o degradar los derechos de los trabajadores era de izquierdas, sino hasta encarcelar insumisos o recurrir al terrorismo de estado. Y, a continuación, acordaos del aznarismo. Malos tiempos, desde luego, para la lírica colectiva. Aunque, y esto también hay que decirlo, nunca vimos a ningún niñato de Nuevas Generaciones en ningún concierto de Sex Museum o El inquilino comunista.

Pero no estoy de acuerdo con ese cliché que pesa sobre el indie y que pinta a la muchachada a que pertenecí como una manada políticamente analfabeta que solo sabía irse de rave y escribir canciones de amor en plena bajona. En este punto me voy a apoyar, como suelo, en las tesis del crítico literario Martín Rodríguez Gaona, que interpreta la postmodernidad con una óptica más rica [En Mejorando lo presente. Poesía española última: postmodernidad, humanismo y redes (Caballo de troya, 2010)] y que defiende -y yo tras él- que, paralelamente al proceso de desafiliación, iban creciendo mecanismos críticos (de base antiburocrática-situacionista, pero también humanista) capaces de vacunarnos a todos contra un amplio espectro de alienación política, y cruciales en la respuesta -nada "repentina" ni "espontánea" a no ser que te dediques al "análisis" político en El País o La Razón- que habría de brotar, rizomática e ingobernable, solo un poco después. Es decir: que la zagalada que nació durante la transición, y que se pasó la adolescencia y la primera juventud riéndose de la nomenclatura cultural española y escuchando a Sonic Youth, no dudó a continuación en sentarse en las plazas de la revolución del quince de mayo. En una de ellas, en la de Murcia, escuché un concierto de Iván Ferreiro. Nacho Vegas suele acompañar a la PAH en las habituales ocupaciones de sucursales bancarias, y se lleva la guitarra. Sus músicos de siempre han formado una banda, que se llama León Benavente. Si aún no acabas de ver claro lo que te estoy contando, si para ti el indie equivale a evasión apolítica y toxicomanía, hazte un favor y dale a este play:





No hay nada más postmoderno que cambiar de raíz, nada más hipster que reinventarse. Ahora que los clichés de la década indie han devenido objetos de consumo masivo, ahora que no hay veinteañero que no adopte la pose hiperestésica del nerd inadaptado, abundan las solicitudes de desafiliación, cuando no los practicantes de autobiografía estalinista que pretenden no haber estado jamás allí. Pero ¿qué necesidad hay de cambiar el pasado? El indie implosionó en algún momento al final de la década de los 90 o principios de siglo: sus muchas contradicciones hicieron que dejase de tener sentido para la muchachada, mientras sus sonidos y tics estéticos iban siendo asimilados a marchas forzadas por una industria que no dejó caer la advertencia en saco roto, y substituyó el coolmaking por el coolhunting. Quienes habíamos hecho nuestra su ética y estética seguimos avanzando en nuestra biografía musical, ampliando en otras secciones nuestra discoteca personal, sin necesidad de borrarnos de nada. Sin reinventarnos. Y a mucha honra.

lunes, 19 de enero de 2015

MONDAY BLUES

A amar la jaula en un extraño
y vano intento de que así desaparezca
ya te enseñan en la escuela de los pájaros
además de a cantar,

pero yo me pregunto qué soy
si no soy una tenia
ni una caja de música de plástico
hecha en China dijo una vez
un jilguero.

UN POEMA DE PEDRO MONTEALEGRE




Pedro Montealegre murió el otro día. A mí me sonaba vagamente su nombre, y ahora he comprobado que lo asociaba correctamente, con el colectivo Alicia Bajo Cero. Pero no había leído nada suyo. Un poeta chileno de mi quinta, la del 75, un poeta de la diáspora latinoamericana que se instaló en Manises, a la vuelta del siglo.

A Montealegre lo he conocido de muerto. Cosas muy hermosas se han escrito sobre él estos días, y sus poemas han sido copiados y pegados por todas partes. Poemas como (tomad aire) éste:

Yo te daré esta miel y este mal: ponte ahora a crujir; te daré este panal
de abejas asesinas; ponte ahora a cremar y a crujir; mete tus labios
en la ranura aquélla y di: rajar. Di: despertar
en otro meridiano –en la aridez de tu cama. Verás un hombre
–troca en falo a otro–, una mujer rota, su pie en la espuma:
sus manos son copas. Su materialidad es copa. Dice palabras
¿qué nombre tienen? En su útero hay niñas –un cisne de celofán,
un cisne de papel de caramelo rojo – cada 28 días
cambia el sitio a las urbes. Y tú, allí, con tu máquina de afeitar,
tu áloe, tu radio irradiando la mesa ¿se trata de la rabia?
No se llaman muertos –no hay alguna manera. Los ricos son lo otro
–di: nos termina concerniendo de un modo, asfixiándonos con esdrújulas
llenas de metal– esas sílabas con que se hace una imagen
–ceros y unos– fonemas de fuel –arrojada a la playa–
morfemas de gases invernadero sobre el invernadero
–ínfimo– de un ojo. Es un ojo y no se llama ballena;
la pupila es Jonás: grita desde adentro: ¡déjame ir! ¡Déjame ir!
dijo la muchacha a la otra que la miraba, oh, espejo del gimnasio.
Es tu currículum: 12 millones 883 mil 827: ¿cómo te llaman,
que vengo de París? Dime tu apodo al final del trazado.
Me llaman hora. Me llaman niña y Marx sueña conmigo.



De la particular tensión de su poesía, y en particular de La pobre prosa humana (Amargord, 2012), se percibe la pelea por ampliar el espacio lingüístico -que si nos ponemos wittgensteinianos equivale al espacio, a secas- de la vida del homo sapiens sapiens. Ahora bien, esta pelea puede convertirse, también, en un mecanismo (“El surrealismo huele a Francia. Y crea sus tribunales, y lanza sus excomuniones, y condena a todo el mundo a trabajos forzados, es decir, a la escritura automática y a sus estúpidos jueguecitos...", nos recordaba el otro día Alberto Santamaría que decía Deleuze). Montealegre, que sabía esto, y también que el poema es solo un proyectil que no se mueve sin pólvora, formó parte de la revoltosa Unión de Escritores del País Valenciano, del colectivo Alicia Bajo Cero, del II Foro Social de las Artes y de la revista Lunas Rojas.

Yo, esta madrugada, quería añadir una subversión más a su haber, antes de que se cierre para siempre. Y mira que es raro (a lo mejor no tanto) que se cierre del todo el poemario de la vida de alguien que solo tiene treinta y nueve años. Pero he pensado que no está tan mal. Nada, nada mal. Llegar aquí, vivir lo que te toque, añadir un poema o dos a un mundo parecido al de El Bosco, como decía Lawrence Ferlinghetti y, a continuación, que tus amigos y tus lectores escriban resplandecientes epitafios sobre ti, con un rotulador permanente. En una esquinica te escribo esto, Pedro Montealegre. Por tu vida buena.

viernes, 9 de enero de 2015

UNA MODESTA TOMA DE POSICIÓN

Seré muy breve.

Recientemente he hecho eso que todo el mundo llama "dar un paso adelante". He decidido incorporarme a una candidatura. A unas elecciones primarias. De un partido político, sí. Sí, ya sabéis, esas organizaciones con siglas y con logos que sirven (a veces) para intervenir en la sociedad que nos envuelve. En este caso, en la vida colectiva de mi ciudad. Que es Murcia.

Esta decisión ha hecho levantarse algunas cejas delante de mí. Y detrás también, eh, que me he enterado.

Mis amigos me han apoyado con pocos paliativos, aunque he recogido en un bote de muestras algunos comentarios salaces de tipo "¿Ánde vas tú ahora?", "Mira que eres pájaro" o "Con lo tranquilo que tú estabas, menudo berenjenal". ¡Los colecciono!

Y también tengo, en un lugar especial de mi casa, las miradas, ceños, cejas, muecas y expresiones de disgusto que se reservan para esos poetas que traicionan su arte al salir de su chambre de bonne, cerrar al resbalón y bajar a la calle a ver qué se cuece.

Seré muy breve.

La sociedad capitalista relega a los creadores a un cuarto de juegos acolchado en el que pueden ser todo lo bestias que quieran, romper lo que les dé la gana, gritar etcétera. Pero sin salir, eh. Ni ellos ni sus juguetes. Fuera, se respeta lo que diga el señor de la casa. Y lo que suele querer, el señor de la casa, es silencio.

Pero vaya, ¿cómo va a cambiar en nada una sociedad que deshabilita a quienes imaginan? ¿Qué tienen en la chola esos politotecnócratas de carrera con sus perfectas dentaduras, su peinado inamovible y sus no menos perfectos e inamovibles discursos, politotécnicamente correctos? Sí, he dicho politotécnicamente correctos, no políticamente. La diferencia es muy sencilla. Cuando, por ejemplo, la PAH interviene en una oficina bancaria y llama cobarde a su director, por negarse hasta a recibir a la familia que está tratando de desahuciar, no está siendo politotécnicamente correcta. Políticamente, en cambio, está siendo más correcta que el copón. Así de easy, bro.

¿Por qué debo quedarme en no sé qué torre de marfil, puliendo el mármol de mi obra? ¿Por qué mi misión no puede ser otra que la producción de una obra comercializable? Y, si no soy más que eso, un obrero cultural, ¿dónde están, al menos, mis vacaciones pagadas, mis días de asuntos propios y mi cesta de navidad?

Era broma. Yo lo que quiero es poder salir del jodido cuarto de los niños. Ya está. No me gustan los argumentos con que se me invita a "dedicarme a la poesía". Sobre todo me disgusta cuando los propios creadores alegan que, fuera, todo es demasiado complicado. Zapatero a tus zapatos. ¿Zapatero a tus zapatos? Lo que nosotros hacemos no son zapatos, pendejos. Hemos leído a Cortázar y a Guy Debord. Nos hemos sentado en las plazas de la revolución del quince de mayo. Lo que queremos es escribir en las paredes de la ciudad la poesía que la hace habitable. Lo que queremos es ese otro mundo posible. Y sabemos que ese cambio es factible mediante las acciones adecuadas*.

Seré muy breve. No contéis conmigo, para la mierda ésa del silencio.




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* Informe sobre la construcción de situaciones y sobre las condiciones de la organización y la acción de la tendencia situacionista internacional. Guy Debord, 1957