domingo, 26 de octubre de 2014

UN MICRORRELATO. DE TERROR. O DE AMOR, YO YA NO SÉ.

NOVIEMBRE DULCE

Con la llegada del otoño, cuando se acortan los días, me gusta sentarme delante del fuego y quedarme a solas con tus pensamientos.

jueves, 23 de octubre de 2014

ME VERSUS THE MONGUER POETRY

Un día cualquiera te despiertas, abres la ventana (de Facebook, claro) y está todo lleno de estas cosas:


La, no sé, acción se le ha atribuido a Boa Mistura, que es una peña puntera que se llama así porque hace como una mezcla (mistura) entre Banksy y Ágata Ruiz de la Prada. La, no sé, poesía no es suya, que ellos son los de los colorines. La, no sé, poesía es de personas como los, no sé, músicos Leyva, o Rayden, etcétera.

Otras obras del, no sé, colectivo Boa Mistura, venga:



Ésta en concreto no sé, sinceramente, si es de verdad callejera o ilegal. No me termino de imaginar a este grupillo de "rockeros del graffiti", como les gusta llamarse, madrileños introduciéndose de noche en un barrio de favelas de São Paulo para pintar rockeramente las paredes. Esto tiene toda la pinta de ser un encargo, pero ya digo que yo qué sé. Pero volvamos a los pasos de cebra.

Hay, debe de haber ahí mucho, no sé, arte para arriesgarte a una multa de seis mil leuros por perpetuar una frase así. Respeto eso. Coño, el otro día escribí con un rotulador permanente una frase de Guy Debord en una columna de mi casa y tuve que pelearme todo el rato con una parte de mi cerebro (ciertamente no mi parte lagarta) que me gritaba ¡¡¡estás tó loco!!! y no me dejaba ni concentrarme.

Claro, que la promo que te procura esta, no sé, acción tampoco viene mal, por pensarlo un poco todo, hasta lo mal.

A uno se le vienen a la mente, obviamente, otras, no sé, acciones similares, como ésas de Acción Poética Sucina (o donde quieras) que están por todas partes y que se parecen a esto:


Dependiendo de cómo me pille el cuerpo, a veces estas, no sé, acciones me provocan sarpullidos psicosomáticos. Es que estoy fatal de los nervios. Muchas veces me sorprendo (bueno, tampoco la sorpresa es tan gorda, la verdad) albergando elaborados pensamientos de carácter reaccionario y elitista como dios acho menuda mierda de verso o si lo llego a pillar yo con la brocha le pongo una multa de seis mil collejas o leed, cojones, leed algo que no sea el puto tuíter. Poesía, por ejemplo.

Pero el cabreo se me pasa enseguida.

Con solo darme cuenta de que yo no soy quién para decidir qué es y qué no es poesía ya me encuentro mejor.

La poesía que me gusta no es meramente decorativa ni se basa en retruécanos más o menos ingeniosos y bienintencionados. Tal vez mi relación ideológica con las masas de desposeídos de Latinoamérica me impediría ir a pintar de colores chillones una favela y sentirme genial después. Esto es así y no va a cambiar. Ni ganas de que cambie.

Pero ya estoy demasiado viejo como para comportarme como un jodido viejo.

Pintad lo que os dé la gana y compartidlo como queráis. No pienso dedicaros ni una triste psicopsoriasis más.

Lo único que quedará entre nosotros será mi derecho al unfollow.

martes, 21 de octubre de 2014

MI PARTE LAGARTA

Voy a reconocer una cosa: me encaaaaanta el juego ése de "¿y tú qué harías si te tocaran los euromillones?". Ya, ya lo sé, es una memez. Y consumismo. Y banalidad. Pero no puedo evitarlo. La parte de mi cerebro que comparto con los lagartos (yo la llamo "mi parte lagarta" y a Freud le hace mucha gracia, cuando sueño con él, que es nunca) se pone como loca con la pregunta. En mis pupilas aparece el símbolo del dios euro. Empiezo a salivar. En general, prefiero estar solo para hacer todo esto, porque desde fuera puede resultar un poco desagradable.

Lo que pasa, claro, es que en mi juego no hay yates ni jets privados ni áticos en París. Oiga, un respeto, que soy poeta. En mi juego hay cosas como: escuchar a David González leer en mi ciudad. O unas becas de creación para gente que empieza. O un encuentro de editores independientes (de España o ¡también de toda Latinoamérica!) donde los muchos proyectos que están surgiendo por aquí puedan difundirse y consolidarse. O una residencia para poetas. O apoyo para asociaciones culturales donde escuchar y disfrutar de la poesía. O publicaciones dignas, con distribución amplia. O un premio importante, y donde digo "importante" no digo solo "bien dotado". Cosas así: medios, recursos, interés.

¡En serio! Entrecierro los ojos, entreabro la boca y veo todo eso. De repente estoy en, no sé, La Azotea, que sigue abierta porque ha recibido un poquito de ayuda pública. Está leyendo Isabel Pérez Montalbán, por ejemplo, que ha venido invitada a leer a un ciclo. Noto el fresquito del quinto que tengo en la mano izquierda, la emoción en el pecho ante lo que estoy oyendo, el calor de los amigos que tengo alrededor. El sitio está a reventar, como solía. Justo ahora estoy escuchando esto:

Amargamente vengo del naufragio
–páramo sin botellas mensajeras–
a tenderme en las dunas de la lluvia.
Sospecho del invierno, que ya avanza
la nieve desde el norte con sus bellos
gigantes del recuerdo bien armados.

Porque no existen labios que me asilen.


Y soy bastante feliz, qué queréis que os diga.

Aunque desde fuera la cosa no sea bonita de ver.

¿Y en cuanto al dinero? ¿Qué cantidad es la que recibo, en mi ensueño capitalista? ¿130 millones, como los del eurobote del viernes pasado? No achos. No hace falta tanto ni por allá lejos. Con el 0,1% de la panoja desaparecida según la instrucción del caso Umbra, ya habría. Con el 0,01% de lo que nos va a costar el aeropuerto. Con el 0,025% del último presupuesto que manejó Pedro Alberto (poeta él, por cierto) en su consejería. Con lo que le cuesta al año al ayuntamiento de Murcia el mantenimiento de la alfombra antideslizante que hubo que instalar en el puente de Calatrava entre Vistabella y el Infante (no me refiero al precio de la alfombra, ni por supuesto al del puente, sino al del mantenimiento anual de la alfombra).

Yo pienso en una cantidad de aproximadamente veinte o veinticinco mil euros al año, y salivo. Digo más: me toco. Ya he dicho que la cosa, desde fuera, es desagradable. Y bochornosa.

Un poeta entregándose a estas banalidades. Solazándose en el consumismo. Humedeciéndose pensando en cantidades.

- ¡Qué vergüenza, hombre! ¡Escribe un soneto ya, y deja eso! ¡Eso no es poesía ni es ná! ¡Eres un fraude!

lunes, 20 de octubre de 2014

UN POEMA DE CHARLES BERNSTEIN




GRACIAS POR DECIR GRACIAS


Éste es un poema
totalmente accesible.
No hay nada
en este poema
que sea de algún
modo difícil
de entender.
Todas las palabras
son simples &
van al grano.
No hay nuevos
conceptos, ni
teorías, ni ideas
para confundirte.
Este poema
no tiene pretensiones
intelectuales. Es
puramente emocional.
Expresa enteramente
los sentimientos del
autor: mis sentimientos,
la persona que
ahora te habla.

Su propósito es
comunicarse contigo.
De corazón a corazón.
Este poema te aprecia
& valora como
lector. Celebra
el triunfo de la
imaginación humana
entre riesgos &
calamidades. Este
poema tiene 90 líneas,
269 palabras, y
más sílabas de las
que tengo tiempo
para contar. Cada línea,
palabra & sílaba
ha sido escogida
para transmitir
únicamente el
significado previsto
& nada más.
Este poema abjura de
la oscuridad & el enigma.
No hay nada
escondido. Un centenar
de lectores podría
leer el poema
de manera
idéntica & obtener
el mismo mensaje
de él. Este
poema, como todos
los buenos poemas, cuenta
una historia en un estilo
directo que nunca
deja al lector
suponiendo. Aunque
por momentos exprese
amargura, ira,
resentimiento, xenofobia
& indicios de racismo, su
tono primordial es
afirmativo. Se
regocija aun en
esos amargos momentos
de la vida que
comparte contigo.
Este poema
representa la esperanza
por una poesía
que no dé la espalda
al público, que no
piense que es
mejor que el lector,
que se comprometa
con la poesía como
una forma popular,
como volar una
cometa o pescar
con mosca. Este poema
no pertenece a ninguna
escuela, ni tiene
ningún dogma. No sigue
moda alguna. Sólo
dice lo
que dice. Es
real.




[Traducción: Román Luján (@roman_lujan)]

martes, 14 de octubre de 2014

PERSONAS DEL PLURAL

En el centro de muchos debates ideológicos que vienen teniendo lugar en nuestros días (neokeynesianismo vs. neoliberalismo, oligocracia vs. democratización, control de fronteras vs. integración, estatalismo vs. ampliación del estatus ciudadano, fundamentalismo vs. laicismo, etc.) hay un núcleo conceptual muy sencillo, una toma de posición que solo aparentemente no está conectada con ninguna ideología, y cuya falsa inocencia lo hace crucial. Se trata de la antigua dicotomía que consiste en dilucidar si es el hombre un lobo para el hombre o si por el contrario puede existir algún tipo de hermandad o de pacto no necesariamente sostenido por la represión y la violencia. No conozco estudios sociológicos sobre este asunto pero me atrevería a sospechar que la opción licantrópica va ganando por goleada.

No soy un experto pero creo que las religiones suelen llevar este asunto a todos sus consejos de ministros. Ni que decir tiene que uno de los argumentos principales de las manadas de teócratas que ensucian y empobrecen este planeta consiste en que, sin la ley divina que dicen administrar, la humanidad pecadora caería en el vicio, el pecado y la indolencia, y en que las libertades de la gente son una mala cosa simplemente porque somos, en general, una mala cosa que hay que arrebañar, dirigir y esquilmar. Tanto da que sea un hipster con turbante de ésos del ISIS como un obispo agusanao y misógino, el mensaje es idéntico: sois chungos. Cosas malas. Mal.

Pero el asunto trasciende las religiones y uno puede verse rodeado de lobos también desde el ateísmo o la cooltura. Que es mayormente el rollete que venía yo a soltaros hoy. Agarraos.

Por un lado (a) está el nihilismo. Bien. Gente que descree hasta de la división en años, meses y días del tiempo. Sonríen de medio lado con un cigarrillo entre los dientes y se alejan hundiendo las manos en los bolsillos de sus abrigos. Tal vez levantando las solapas. Ignoran por completo la insorportable multitud de clichés que envuelven su vida. Suelen soltar un aforismo mientras expulsan el humo, algo sarcástico para menospreciar a esa plebe inculta que aún llama miércoles al miércoles. Suelen autovisualizarse así:


Por desgracia (para ellos), lo que los demás vemos se parece más a:


Sí. Son Toni Bolinga, la magistral parodia que hizo de ellos el gran (y nunca suficientemente ponderado) Nono Kadáver. Esperan infinita y desencantadamente a Lauren Bacall, pero no saben que Lauren, a quien quería, era a este Bogart:


(manifestándose contra la caza de brujas de McCarthy, en 1947)

Por otro lado (b), además, está lo épico. Oh. Lo épico. Poco que decir, de lo épico. La épica homérica inaugura todo este farragoso asunto que llamamos literatura: fuerzas superiores mueven la espada de los héroes, y, junto al Destino, se cuelan el Bien y el Mal, como si fueran personajes.

El Mal, en literatura (y en todas las artes narrativas) sufre un proceso de inflación. Es una idea que siempre he tenido. Los malos, antes, no eran tan malos. Y no había tantos: la inflación es tanto cualitativa como cuantitativa. En la biblia, las acciones del diablo no dan miedo (a diferencia de las de dios, que en algunos momentos se las traen). Hay que esperar hasta La divina comedia para encontrar ejemplos de maldad satánica mínimamente dignos del adjetivo, y tampoco son de taparse los ojos. Luego el Barroco carga las tintas, como ya sabemos. También la literatura gótica del Romanticismo. En el siglo XX, Kafka introduce el horror de tradición romántica en el centro de la psique y la vida de las sociedades industriales y liquida los restos de ópticas positivistas. A estas alturas, el Mal ya ha roto el equilibrio con el Bien y lo ocupa todo. La épica, por tanto, evoluciona. Los héroes ya han dejado de albergar cualquier tipo de esperanza en la humanidad. Estoy pensando, por ejemplo, en los personajes de Cormac McCarthy, típicos lone rangers que actúan contra un mal ubicuo movidos por a/ puro instinto de supervivencia o b/ un vínculo de amor que se describe como excepcional. No es casual que todo acabe siempre [ALERTA: SPOILER] como el rosario de la aurora en sus novelas. [FIN DEL SPOILER] 

Hay obras en que lo épico se presenta en diversos grados de disolución. A priori, el William Stoner de John Williams (un profesor de dedicación plena y un casado infeliz) no tiene nada de heroico, pero nada más entrar en la novela entendemos que estamos ante un western universitario, un Solo ante el peligro de claustro y decanato con malos malísimos y un único bueno buenísimo cuya capacidad para el sacrificio es tan inmensa como inexistentes sus dotes comunicativas.

Sin embargo, los escenarios cuasidistópicos como catálogos de truculencias son un lugar común de la ficción popular de nuestros días. Desde El corazón del ángel (1987) hasta la última de David Fincher, en cine, o desde trabajos iniciales de Alan Moore como Juez Dredd o Hellblazer hasta últimos trabajos de Alan Moore, en cómic (que luego pasa al cine, etc.), el Bien es cosa de un puñado de héroes que salvan a duras penas un mundo podrido donde el Mal está en todas partes. Si dirige Christopher Nolan, además, yo recomiendo el empleo durante el visionado de un traje antirradiaciones protofascistas, pero ése es otro asunto del que hablaremos en alguna otra ocasión.

Pongamos, no sé, Nic Pizzolatto. Su True Detective contiene todo el muestrario de atrocidades esperable, pero la historia parece basarse en el sufrimiento y la degradación que la lucha contra el Mal absoluto inflige a los protagonistas. Y es cierto que sus trabajos parecen inabarcables. El Mal no es una instancia humana, sino sobrenatural, y los estados sureños su sandbox. Matthew McConaughey (creo que lo he escrito bien y JURO que no lo he mirado) se larga unos discursos aquí y allá así como muy de nihilista atormentado. Sin embargo, no todo le da igual. Pillar al malo es su droga. Lo que lo diferencia de los poetas nihilistas españoles aspirantes a Humphrey que hemos analizado más arriba. Para aquéllos, mirarse al espejo es su droga.

En resumen: que yo es poner la tele y querer irme a vivir a una isla, del mal rollazo generalizado.

Y por último (c) está ese típico personaje postmoderno, solipsista e hiperestésico que parece protagonizar, con diferentes nombres de pila para ir despistando, TODAS las novelas de Mondadori, Alpha Decay o, no sé, Blackie Books. A ver si lo visualizáis. Culto. Rico mundo interior. Referencias heterogéneas a todas las artes que molan van salpicando su monólogo interno. Tiene GRAVES problemas de comunicación. Folla bastante, nunca se explica bien por qué, pero las relaciones suelen acabar en catástrofe por motivos como que a/ el sol al aparecer de improviso atravesaba el pelo tintado de azul de la chica y provocaba reflejos nefastos sobre el té de las cinco; b/ la zagala se larga con un macho alfa más estereotípico que el de los anuncios de perfumes o c/ el macho alfa los pilla tomando con arrobo el té de las cinco y el prota opta por la huida. Nunca d/: este personaje femenino que he creado aquí a base de clichés no es más que otra manic pixie dream girl y ya cansa.

No me entendáis mal. Unas coordenadas culturales y socioeconómicas generan sobre sus integrantes (o sea, nosotros) determinados paisajes interiores que solo la literatura puede revelarnos. Parece de lo más obvio diagnosticar que el individualismo radical vinculado a la postmodernidad fomenta el nihilismo epicúreo, la desafiliación a toda estructura colectiva y la incomunicación, y que la sobreabundancia de información y estímulos artísticos genera dificultad de concentración, volatilidad emocional y afectiva y/o hipsterismo generalizado, entre otras patologías. Holden Caulfield enganchado a un iPod. Douglas Coupland lleva escribiendo divertidísimas parodias con este material desde los 80, bajo el magisterio de Kurt Vonnegut. Las de Chuck Palahniuk tampoco están mal.

El problema tal vez esté en renunciar a ese enfoque amplio, entomológico. En compartir con tus personajes esa cosmovisión patológica, o cuanto menos parcial. En aceptar y celebrar el solipsismo consumista y su estrecho catalejo, y escribir a través de él. Por supuesto, este diagnóstico es complejo y las diferencias son muy sutiles. Es facilísimo equivocarse. Cuando una autora abiertamente marxista como Belén Gopegui declara su fascinación por la obra de Alberto Olmos Trenes hacia Tokyo es posible que esté cometiendo el mismo error que nos hizo ver en La colmena la crítica más deliberadamente demoledora de la sociedad franquista que un maquis de las letras podía componer y colarle a la censura, pero la deriva posterior de Olmos y Cela nos han hecho entender que su intención no era precisamente corrosiva hacia el statu quo. Es un hermoso error, sin embargo. Un error enriquecedor. Si estos errores no fuesen posibles, tal vez no tendría sentido hablar de algo llamado literatura. Cuando mi amigo Diego Sánchez me sugirió este ejemplo de Cela, estábamos hablando sin duda alguna de literatura.

Pensad en ese alter ego de Ben Lerner paseando enamorado por el Madrid del 11-M con los auriculares puestos en Al salir de la estación de Atocha, incapaz de entender por qué demonios se juntaba la gente en la calle ni de qué iban las protestas. Y con muy poquicas ganas de preguntar.

El problema del holdencaulfieldismo (buen momento para echaros una gotica de colirio si le tenéis alergia a los palabros) no está en que defienda el viejo homo homini lupus, sino en que instaura entre tú y el resto de habitantes del planeta un muro, clásicamente de metacrilato, en el que pegar imágenes de Aubrey Plaza y portadas de Pavement y otras cosas guais, pero por dentro. Y, joder, la vida no es un Pinterest, o qué. Qué esperanza tenemos de aprender a construir con el resto de nuestra especie si no podemos quitarnos la prótesis del mercado. Qué idea tendremos de los demás habitantes del planeta si nuestra forma de interactuar con ellos es cada vez más estrecha, protésica, de pago, fragmentada, sesgada, condicionada, manipulada y dictada.

Yo creo que la gente, en general, mola. Siempre he confiado en la gentileza de los desconocidos, digamos. Hay mierda, obvio, pero no va ganándole por goleada a la belleza y la dignidad. Aunque a veces, no sé si interesadamente, sea difícil encontrar un libro o una peli que partan del mismo principio.


lunes, 6 de octubre de 2014

RECOMENDACIONES DEL TITI, 1



El otro día me llevé un guantazo. Uno metafórico, qué más quisiérais. Estaba leyendo El salón Barney, una extraña antología de poetas con facebook o algo así. El 60% de los integrantes me estaba resultando un coñazo supino, y el otro cuarenta, el decente, estaba compuesto por autores que ya conocía, con textos que en muchos casos ya había leído. Fue en ese contexto donde me llevé la hostia.

La hostia es la poesía de Silvia Oviedo. La poesía de Silvia Oviedo es la hostia.

Hacía que no me llevaba una merla así, de ésas que te tiran las gafas al suelo y te saltan las narices, un siglo largo.

La poesía de Silvia Oviedo va de una plataforma digital a otra, de un tablero de Pinterest a un vídeo de Youtube. Las herramientas que utiliza son adolescentes. El lenguaje, también.

Pero cuidado, porque justo ahí te mete el hostiazo. Tapaos la cara, majos.

Es decir, que no os la tapéis.

CORTAZARIANA



Leí a Cortázar a mediados de los años 90: primero los dos tomos de sus cuentos en la edición de Alfaguara, a continuación sus novelas, su poesía y sus misceláneas (Nicaragua tan violentamente dulce, por ejemplo). Todo lo saqué de la biblioteca Nebrija. Tardé un par de meses.

Al cerrar el último, Los premios, no percibí ningún cambio. Claro que estaba en el centro exacto de mi juventud y tampoco me había percatado de nada especial. El curso acababa de empezar, recuerdo. Pasaba muchas horas en esa biblioteca, o fumando por sus alrededores. Debía de estar enamorado, como siempre. Imitaba a T.S. Eliot, a quien acababa de descubrir. Tenía un trabajo de mierda que cumplía con la compañía de un walkman Sanyo con la tapa cogida con fixo. Se me iban los días suspirando por amor, generando metáforas herméticas y dándole vueltas a las cintas con un boli BIC. Noooo, pajas no me hacía, cómo se os ocurre.

Está bien que los acontecimientos fundamentales no se anuncien, que pasen sin ser percibidos. Bueno, no. En realidad no está bien. Es una putada. Leí Rayuela una de esas semanas de octubre de 1995 ó 1996 y no tenía ni idea de lo que acababa de ocurrir. Si me hubiese fijado bien habría descubierto que el plan general que había sido preestablecido para el resto de mi vida acababa de recibir un buen montón de tachaduras, que ya no me iba a ser posible cumplir con la conciencia pequeñoburguesa que mi pequeña ciudad esperaba de mí, ni con el esquema de consumo, votación cuatrianual, respeto a las instituciones, comedimiento, reproducción y muerte que se me había asignado.

Las novelas y los cuentos de Cortázar son prodigios tecnológicos, desde un punto de vista lingüístico y literario. Jamás podré olvidarme de la sensación de opresión, estupefacción y desesperación que transmite "Cefalea", uno de los relatos del Bestiario, utilizando solo combinaciones léxicas e incertidumbres narratológicas. Pero el impacto de Cortázar (eso sí: la edad del lector es un factor fundamental) trasciende esa genialidad, me parece a mí, para pegar en el centro de una diana diferente: la de la identidad, la de la vida que uno persigue, la del ideal y la esperanza y todas esas palabras que don Julio solía escribir con una hache preventiva, pero que escribía de todas formas.

Otro autor de esa estirpe, Roberto Bolaño, relacionó para siempre la adolescencia y la poesía mediante la figura de un detective. El caso que ha de resolver es su propia vida y las pistas pueden ser falsas, o conducir a conclusiones banales, pero él se arroja a por la pista más salvaje de todas: la poesía. Y la sigue hasta el final. Esos mismos detectives que Bolaño coloca en el desierto de Sonora en busca de una poeta perdida podrían ser los que se apiñan en buhardillas de madrugada, en el Club de la Serpiente.

La adolescencia, esto es así, termina un día. Al siguiente, uno desarrolla una panza, un seguro de hogar y una dieta contra la hipercolesterolemia. Recuerda su guión y se dispone a seguirlo. Pero puede que no.

En ese momento en que dejamos de ser detectives a la búsqueda perpetua de pistas para convertirnos en jueces, puede que decidamos seguir siendo detectives.

Son cosas bonitas que se suelen decir en los homenajes: que la obra de tal autor nos influyó en este o aquel sentido, etcétera. Ya lo sé. Pero yo añado: ¿esa persona con mi nombre y mi cara que jamás leyó a Cortázar y está ahí al lado, en una dimensión paralela pero contigua? No quiero conocerla. No quiero saber nada de ella. Algo me dice que me juzgaría.

Así que de momento me voy a quedar de este lado, con vosotros.

viernes, 3 de octubre de 2014

OVERSCORE

He llegado a la siguiente conclusión: borrar no es posible. Los errores, los cul-de-sac, las oportunidades perdidas, lo mal dicho y lo mal no dicho, lo pospuesto y lo apresurado no admiten que uno les pase una goma por encima para desaparecer como si no hubiesen ocurrido nunca. Y mira que he probado medicinas, como cantaba el amigo Jota. No. No es posible borrar. Ninguna droga o terapia alternativa o lobotomía de consumo puede ayudarte en eso. Esto es así.

Puesto que no es posible borrar, el único recurso que nos queda es el de tachar. La vida de todo el mundo es una tachadura creciente que va a parar al fundido a negro, que es el morir. Llegados a cierto punto, es difícil encontrar un espacio en blanco para apuntar un número de teléfono.

Sin embargo, me gustan las tachaduras. Los espacios en blanco están sobrevalorados, ¿no? Dejémoslos para los creativos del Ikea. Aquí copiopego unos poemas de Fernando Millán y José Miguel Ullán que encontré en el blog de Vicente Luis Mora: