martes, 12 de agosto de 2014

PODEROSOS CABALLEROS

El hágaselo usted mismo está de moda. No os digo nada ya en la parte que nos toca: tras el cierre del grifo público, la actividad cultural se ha lanzado de lleno al low cost, al reciclaje, a la sostenibilidad y a la imaginación. Pocas veces se había visto tanta actividad, al menos en nuestra provincia: espacios, publicaciones independientes, ediciones de todo tipo e incluso editoriales. Días en que se solapan hasta tres presentaciones interesantes. Proyectos ilusionantes por todas partes. Lujo ibérico.

¿Podemos empezar a celebrar ya la muerte de la gestión cultural pública murciana, tras su larga y dolorosa agonía? No tan rápido. Antes hay que leerse este nuevo post de Joseda el incontinente.

Como a estas alturas ya todos sabéis, la asociación cultural La Azotea no reabrirá sus puertas tras el verano. He escrito sobre el asunto en otros medios, así que no me volveré a extender aquí. Espero que sardineros, huertanos, taurinos y morosycristianos me hayan perdonado ya por decir que La Azotea merecía apoyo público tanto o más que ellos. Aunque, pensándolo bien, me importa un huevo que no me hayan perdonado.

En efecto, La Azotea podría haberse salvado con una mínima ayuda pública, pero eso, tal como están las cosas, es una hipótesis de ciencia ficción. Traer a Kiko Rivera a actuar no sale gratis, ni subvencionar el equipo de baloncesto de la UCAM, y claro, luego no queda pasta para estas cosas de gente que lee y que a lo mejor hasta pasa de votarles. No. Mejor ni lo pensemos, que no me quiero poner de mala leche.

La Azotea podría haberse salvado de dos maneras, descartada la opción a. La opción b habría consistido en orientar la programación hacia lo lucrativo. No sé: noches folklóricas, por ejemplo. O traer al capitán del Murcia a dar charlas. O restringir el acceso al escenario a los "socios premium". Cosas así. Eso ya no habría sido La Azotea, claro está, pero la caja estaría, probablemente, mucho más contenta.

La opción c sería hasta peor: sustituir a Eva y Fernando por dos miembros ociosos y guais de la clase acomodada, sin problemas para atender el alquiler del local ni llegar a fin de mes. No creo que me cayesen mal, estos hipotéticos ultracuerpos de E. y F. Seguramente nos haríamos muchas risas. No les cambiaría la cara al ver pasar por la puerta a la policía, porque atender las multas ya no sería un problema, ni seguramente existiría la amenaza de cierre en este caso. El mobiliario no sería de reciclaje, la música sonaría mejor y el hueco que dejasen esos creadores ideológicamente estigmatizados que papá no quiere tener en el local de sus niños lo ocuparía gente guai, guapa, culta, viajada y estilosa con algo que ofrecer en un escenario.

Eso no sería La Azotea en absoluto. Casi que prefiero lo de las veladas de tonadilleras.

Lo que yo quería decir es que nada es gratis.

El fin de la promoción cultural pública tiene un lado rutilante, dinámico y atractivo. La imaginación al poder y todo eso. Pero no está sola, la imaginación, en el sillón del poder de la cultura privada.

El asunto del dinero no puede meterse debajo de la alfombra. Insiste en volver. Y en tomar las decisiones.

Me siento un poco leninista, al decir todas estas cosas que están tan poco de moda. Y es verdad que el discurso neoliberal parece haberse impuesto en este mundo. Defender lo público, en el ámbito cultural, parece que equivale a defender a un dinosaurio pensado exclusivamente para adoctrinar, remunerar a los creadores afines y castigar con el aislamiento y la indiferencia a los críticos, mientras derrocha dinero de todos a manos llenas.

Y esto nos suena a todos, ¿verdad?

Pero mirad, en los años ochenta y primeros noventa, la Editora Regional de Murcia publicó a Miguel Espinosa y José María Álvarez. Dos autores que reconocemos como imprescindibles y que nos han enriquecido a todos. Que en la época no conseguían publicar con dignidad. Porque sus obras son excéntricas y arriesgadas y no pueden venderse en ningún carreful, o porque desde la periferia cultural o ideológica no abundaban en amiguetes entre la gauche divine del mundo editorial postfranquista.

Nada es gratis, amigos. Tal vez la novela más valiente y hermosa de la década esté en el cajón de un tipo de Bullas sin Facebook ni Twitter ni coleguitas en la industria literaria.

De las editoriales ni le contestan. Ni se leen lo que les manda, claro.

Y la opción a está cerrada.

domingo, 10 de agosto de 2014

CASTA LITERARIA

Carrera literaria es oxímoron. También obra literaria. Sí, claro, claro. Me explico.

Desde que Cortázar le colocase en los sesenta su famosa hache a la palabra obra (que los románticos escribían en mayúscula, fijaos), todo el léxico relacionado con el acceso al Parnaso ha ido revistiéndose de más y más bochorno. Y no solo el léxico. La etiqueta poeta laureado abría hasta esa época la puerta de la docencia universitaria, el periodismo cultural, las agregadurías diplomáticas y el corazón de las mujeres (pero entended esto último bien antes de tirarme las piedras, eh). Ahora se utiliza como una especie de insulto que viene a significar: a/ eres un cursi; b/ eres casta; c/ la a y la b son correctas.

Cioran descubrió una enfermedad que podríamos llamar disolución deshumanizadora. Tomando el número de habitantes del planeta en, pongamos, la Edad de Bronce construyó una fracción: 1/25.000.000. Esto significa que cada persona encarnaba un porcentaje no del todo despreciable de la humanidad en su conjunto. A continuación repitió la misma operación con los datos de población de 1950, y su resultado fue 1/2.518.630.000. La superpoblación implicaba disolución, deshumanización. Tal vez la pertenencia al género humano no pueda compararse con la posesión de acciones, pero, si se pudiese (y en efecto esta manada de nihilistas podía eso y más), se impondría la impresión de que esas acciones están bajando.

Luego llegaron el baby boom, el acceso generalizado a la universidad, la contracultura y la Rockdelux. Hasta tu comunidad de vecinos convocó un concurso de poesía de cierta enjundia. Los niños se saltaban la catequesis para leer a Kierkegaard y, bueno, follar y experimentar con drogas. Las madres dejaban a sus bebés un momentico en el kiosco para meterse en antros de música ye-yé, y claro, al final España se vino abajo.

De repente no había prebendas para todos los poetas laureados, como no fuera una triste agregaduría cultural en tu comunidad de vecinos. Y hasta esas migajas tenía que disputárselas el poeta marxista del 5ºC con el elegíaco del tercero. Las publicaciones y las revistas se multiplicaron gracias a la digitalización de las artes gráficas y las imprentas. No es lo único que se digitalizó. En la segunda mitad de los 90 Patxi Irurzun lanzó Borraska, el primer fanzine literario en castellano de la internet, hasta donde yo sé.

No solo había excéntricos y represaliados en los márgenes del ecosistema cultural de claustros, suplementos literarios y editoriales con secretaria: cada vez había una zona mayor y más viva, y para cuando Isla Correyero sacó, en la indie DVD, la antología Feroces : muestra de las actitudes radicales, marginales y heterodoxas en la última poesía española (1998), el esquema de centros y periferias culturales ya había saltado por los aires. Cada vez que algún hintelectual hespañol presentaba una hextensa hobra al Premio Planeta, Dios mataba un gatito. O, mejor, un adolescente topaba con un libro de PeCasCor. Y el descarrilamiento se producía.

Yo todo esto lo comparo en mi cabeza con la apertura de una esclusa. Que es un acto que, ya de por sí, mola bastante.

Pero que moja bastante, también.

Lo de la superproducción cultural tiene que tener algo malo. Pero todavía no lo he descubierto. Hay quien habla de caos, de la dificultad de orientarse entre la riada de publicaciones como si tal cosa fuese negativa. Y también quien insiste en que la avalancha es de tal envergadura que los libros desaparecen de las librerías en un mes, de la crítica en seis y de la memoria en un año. Hecho que tampoco logra darme pena, si queréis que os diga la verdad. Claro que olvido muchos libros, ¡pero es que necesito espacio en el melón para los que realmente molan!

Luego están los autores que deploran haber publicado veintinueve libros y que aún sigan sin llamarlos desde la concejalía de cultura de su pueblo para, no sé, invitarlos a unas cañas.

Y la culpa es de la superproducción cultural, que ha devaluado su Hobra. Como si Cioran no hubiese descrito el fenómeno hace ya sesenta años.

Nihilismo literario. Literatura sin Hobra, sin proyecto. Pasar de escribir para terminar la novela a tiempo de cumplir el plazo del concurso, para engrosar una biobibliografía, para acceder a las Ligas Mayores, para vivir de lo tuyo, para haber llegado, para etcétera, a escribir, si eso.

Contar un chiste un poco más elaborado de lo normal en Facebook y que alguien llame a eso microrrelato con la mayor naturalidad.

Regalar lo escrito.

Leer cosas infumables publicadas por Mondadori y párrafos luminosos en un Tumblr cualquiera.

No ser un escritor. Tampoco un excretor, porfa.

Que el mercado editorial nos dé risa. Que las estrategias de márketing de algunos nos dén risa. Pero que el malditismo y las pretensiones de pureza nos den risa también.

Pero una risa blanca. Porque estamos jugando, y gana quien juega. No quien gana.

Esto lo saben hasta los niños, ¿no?

martes, 5 de agosto de 2014

SPEED & BACON

A veces pienso en la economía doméstica de los poetas que me gustan.

Pienso en un debe y en un haber. En la columna del Haber pongo una serie de libros luminosos, poderosos, irrepetibles. Una vibración que no he encontrado en ninguna otra parte y que ha enriquecido mi vida. Bla bla blá.

El impacto económico de esos libros solo puede calcularse utilizando instrumentos de medición extremadamente precisos, y suele ser inferior al impacto de una valla publicitaria cualquiera de un supermercado indie en una carretera secundaria.

A veces pienso en esa valla: "Supermercado Juanjo" en letras rojas, con seis filetes de pierna de cordero recién cortados detrás, a la derecha, y tres tomates y una rama de perejil a la izquierda. La valla tiene un árbol raquítico delante que impide la visión de parte de los filetes, además.

Esa valla aumenta en unos mil quinientos euros anuales las ventas del supermercado Juanjo, que debe de estar en Los Pulpites, una pedanía de Las Torres. Juanjo la renueva todos los años desde 2009, pero los pagos no los lleva al día.

Apliquemos esos sofisticadísimos instrumentos de medición microeconómica a calcular el impacto de un best seller de poesía, un triunfo absoluto de público y crítica, una obra de ésas que solo asoman una vez por década para influenciar a una generación entera de poetas. No sé, pongamos, "Los perros románticos", por ejemplo.

Con la colaboración de Lumen y de Acantilado, claro. Bueno, y con la de la Kutxa ésa.

La valla de Juanjo tiene un impacto económico mucho mayor. Mucho.

Y sin embargo, hemos decidido que sean versos de "Los perros románticos" lo que nos venga a la cabeza cuando nos acostemos en una cama para no levantarnos nunca más. En aquel tiempo yo tenía veinte años / y estaba loco. / Había perdido un país / pero había ganado un sueño. / Y si tenía ese sueño / lo demás no importaba, por ejemplo.

Le doy muchas vueltas a esto. Al hecho de que las cosas que me interesan son ectoplasmas económicos, existen en una dimensión paralela en que las leyes de la oferta y la demanda no parecen regir. Como una especie de singularidad cósmica. Le doy muchas vueltas a esto ahora que parece que las bibliotecas van a tener que pagar un canon por prestar libros. Bueno, y todo lo demás que sea que presten.

Luego está la columna Debe. Porque los poetas, queridos amigos, no son ectoplasmas. Tienen su peso en kilos y su estómago y todo. Y los camareros siguen insistiendo en que les paguen, casi siempre.

No sé por qué siempre pienso en los gastos de los poetas que me gustan. No sé por qué me fascinan las páginas en que Bolaño habla de su economía de inmigrante, o ese momento en que cuenta que pasaba los días buceando, en busca de pulpos, y que por la noche escribía en el suelo, porque no tenía mesa, sobre la mirada del pulpo de mediodía, y que todo le parecía fantástico.

No sé por qué siempre quiero saber a qué se van dedicando, los poetas que me gustan, con qué trabajitos alimenticios se pagan los recibos. Y los poetas-profe son ok, no me entendáis mal, pero por qué me producen tanta curiosidad las andanzas de Villon, o las de Rimbaud en México y el África colonial, o las de Bartleby y compañía, o las de los escritores beat, o las de los infrarrealistas. Qué coño me pasa que me engancha tanto el análisis de la precariedad, sobre todo cuando hay cifras. Como en las novelas de Gopegui, o en la de Miguel Serrano Larraz. Numeritos que colocar bajo el Debe. La verdad es concreta, como decía Bertolt Brecht.

Y sé que esto me predispone al cliché o, aún peor, al prejuicio.

Pero, ¿existe una desconexión total, entre tu cosmovisión y tu plato de lentejas? ¿Qué hay de cierto en ese dicho (uno de los más tristes del acervo ibérico) que reza donde tengas la olla nunca metas la polla

¿Entre tus ética y estética y las de la marca de ropa que te gusta ponerte? ¿Se puede escribir de verdad contra lo que uno es?

Creo que ya sé por qué me fascinan tanto las historias de la orden mendicante de la poesía: porque insinúan que es posible un orden, una coherencia final para un problema imposible de resolver definitivamente y que deberíamos comprender de otra forma. 

Es imposible ser libre, pero eso no significa que la claudicación sea el nuevo negro.

Es posible disfrutar de la obra de Octavio Paz sin olvidar que olvidó hablar contra los gobiernos de Díaz y Echeverría, que además de asesinar estudiantes le pagaban un buen sueldo.

Es posible (yo lo hago casi todos los días) disfrutar de Bertolt Brecht, pero casi puedo verlo aplaudiendo a una columna de tanques rusos que venían a aplastar la revuelta obrera de Berlín de 1953.

Ese momento acabó con Brecht, cuya obra necesitaba (y sigue necesitando) una dosis considerable de coherencia humanista. Se dio cuenta. Se convirtió en un débil enemigo interno del régimen, y para cuando escribió los memorables versos: Tras el levantamiento del 17 de Junio / El secretario del Sindicato de Escritores / Repartió panfletos por toda la Stalinallee / Que decían que el pueblo / Había traicionado la confianza del Gobierno / Y solo podría recuperarla / Redoblando sus esfuerzos. // ¿No sería más sencillo / En ese caso, para el Gobierno / Disolver al pueblo / Y elegir a otro? Brecht ya estaba acabado. Moriría poco después, en 1956. Pero esta historia ya no nos habla de pureza, sino de algo muy distinto: de redención y de disidencia. Asuntos que tampoco están mal.

Bueno, yo qué sé, mira, ya me he liado. Que me gustan los debe y los haber de los poetas, porque nunca tienen nada que ver. Porque son como la velocidad y el tocino. Y porque por esa grieta pasa algo, una corriente de aire. Y a ver quién le dice que no, en pleno agosto. A una corriente de aire.

domingo, 3 de agosto de 2014

UN POEMA DE BERTOLT BRECHT

EPITAPH

Den Tigern entrann ich
Die Wanzen ernährte ich
Aufgefressen wurde ich
Von den Mittelmässigkeiten.

(EPITAFIO: No me expuse a los tigres / Me comieron las chinches / Fui devorado / Por la mediocridad.)

(Trad.: J.J. Batista)