jueves, 31 de julio de 2014

HELP THE AGED

En términos estadísticos, la poesía no me gusta. La detesto. En términos estadísticos, repito. Tengo antologías bien gordas que en su práctica totalidad me causan un sopor y un aburrimiento que acaban por devenir en irritación. En su práctica totalidad, repito. A veces, si no estoy ya cabreado y por tanto con el cerebro cerrado, encuentro algún poema que me dice algo. No que me encanta. Que me dice algo. Y ya.

¿Sabéis esos actos poéticos multitudinarios por la parte de los artistas? ¿Esos recitales colectivos de dos horas? Sufro mucho.

¿Pero qué me pasa? ¿Qué problema tengo? ¿Por qué no puedo ser uno de esos ávidos lectores que disfrutan hasta de los ingredientes del champú? Nueve de cada diez novelas que empiezo se me caen de las manos, o las acabo por pura inercia. Joder, a veces me siento sexualmente utilizado por la mierda de texto que me acaba de atravesar sin dejarme nada a cambio.

Esto se extiende a muchos ámbitos. No consigo tolerar el 99% de la música escrita a partir de 2.000. Es como una alergia. Si fuera a un festival, cosa que no hago desde hace mucho, mucho tiempo, me saldrían sarpullidos por toda la cara, de purititos odio e intransigencia.

Al cine, como es lógico, ni me acerco.

Al final acabo refugiado en los mismos discos de siempre, las mismas pelis de siempre, los mismos libros. Como un santuario (más bien un asilo) que me protege de la epidemia de asco que hay ahí afuera.

Llamadlo esclerosis, manías de viejo, ceguera selectiva. Llamadlo estar acabado. Llamadlo patología.

Yo lo llamo amor. Y ahora voy a cerrar la puerta. 

miércoles, 30 de julio de 2014

ID

Llevo un mes en esta ciudad. Ya tengo móvil, cuenta bancaria, médico y (por fin) conexión a internet. Tengo hasta una tarjeta de puntos del supermercado.

Ya me han dicho más veces "sorry" sin que se sepa exactamente por qué de las que puedo contar.

Paseo con mis niños por parques y jardines. Me apoyo en árboles de doscientos años mientras ellos ruedan por la hierba. Y es cierto lo que decía Vilas: que el verano inglés es Dios. Y nosotros ateos.

Vivo cerca del río y leo una novela londinense de Tom McCarthy donde flota un olor constante e intenso a hígado. Y pienso en el Támesis como el pagafantas de Londres, su fiel butler. Constantemente trata de lavar la grasa que el imperio británico ha dejado adherida a la superficie de una ciudad bellísima. El Támesis es el río-hígado. Su agua está siempre, lógicamente, bastante sucia. Y huele un poco. Pero no va a dejar de eliminar toxinas. Es su labor.

A Karl Marx también le preguntaban los gigantescos plátanos quién eres tú cuando vivía en el Soho y sus hijos morían uno tras otro y él, más pobre que las ratas, se dirigía a la biblioteca del British Museum para seguir redactando El Capital, o a la oficina de Correos a tratar de darle otro sablazo postal a Engels.

Solo que Marx ya sabía que era Marx, y probablemente le devolvía la mirada a los venerables árboles de la reina como quien examina, con interés entomológico, la ridiculez y decadencia de un miembro cualquiera de la clase burguesa.

No es mi caso, claro.

Mira, árbol de mis cojones: no sé quién soy. Tengo tres hijos, he escrito unos cuantos libros de poesía. Voy a cumplir treinta y nueve años y me gusta comer, dormir y hacer el amor. Cuido a un niño autista. Compongo un puzzle sabiendo de antemano que le faltan piezas. Me encanta el estado mental en que entro cuando leo o escribo: esa concentración, esa tensión. Pero podría dejarlo y seguiría vivo e igual de perplejo ante más o menos las mismas cuestiones.

¿Cómo? ¿Que I couldn´t care less? ¿Pues entonces pa qué pijo preguntas?

¿Árbol?