domingo, 29 de junio de 2014

UNHEIMLICH DEL COPÓN



Es obvio que no soy el primero que relaciona la novela gótica con la revolución industrial, pero es que he estado releyendo La casa de hojas (obra que reseñé para este mismo medio hace unos meses) y he llegado a la siguiente conclusión:

Las casas encantadas, a lo largo de la historia de la literatura, tienen una cosa en común: que odian la idea de que sus moradores partan.

Para evitarlo, son capaces de casi cualquier cosa. La más típica es autocerrar puertas y ventanas. Con la gente dentro.

Las casas encantadas son una proyección de nuestro terror al cambio, a la mudanza. No fue hasta finales del XVIII cuando a los occidentalitas nos entró ese miedo. La típica casa con poltergeist es antigua y tiene una historia traumática en su pasado. Los habitantes de la Inglaterra rural veían a sus vecinos partir hacia los apresurados suburbios de Liverpool y Manchester, diciendo adiós a la tierra y las paredes de su linaje. En ese contexto se publica The Castle of Otranto. Cómo no lo iba a petar, decidme.

La casa de Danielewski, que constituye un enrevesado tropo del subconsciente, nos atrapa, parejamente, porque supone una proyección de nuestro pánico a abandonar la profundidad, la personalidad, la identidad sumergida de que el cambio cultural trata de despojarnos.

La revolución industrial con todos sus terrores es la madre de la literatura gótica. La postmodernidad parece serlo de La casa de hojas. La desigualdad y superpoblación galopantes, con sus presagios revolucionarios, han llenado de zombies la cultura popular, como analiza, con agudeza escalpelaria, Diego Sánchez Aguilar para El coloquio de los perros.

¿Sí o qué?

lunes, 16 de junio de 2014

TUONE UDAINA



Siempre que sufro de insomnio pienso en Tuone
Udaina. Pienso en mi riachuelo particular,
de palabras. Y pienso en que adónde van.

Y pienso en Tuone,
que murió en una mina.

Todos llevamos adentro una lengua muerta
que desemboca en la insolación,
en la evaporación. En los valles interiores
de la provincia de la madrugada.

Luego decimos te amo
con vocablos polvorientos.

Comunicamos
la muerte materna

Como Tuone burbur,
que murió en una mina.

Que el idioma te sea leve.
Pensaremos en ti

en la madrugada

e intentaremos llevar
nuestra palabra escondida
hasta los mares del sueño
a puro contrabando.

miércoles, 11 de junio de 2014

OCB BLUES


para Yolanda Abellón



Estuvimos discutiendo
sobre lo mismo de siempre
desde las siete de la tarde
y hacía calor.

No habíamos comido nada
junto a las doce cervezas
de marca Emdbrau.
Nos dolían la cabeza, la lengua y el corazón.

No habíamos llegado a conclusión alguna.
Recuerdo el sudor, la sensación de encierro.
Continuamente te levantabas a mear.
Yo te miraba moverte.

A eso de las dos te quedaste sin papel
de fumar
y aún no habíamos decidido nada
pero bajamos a la calle.

En silencio.

Y en lugar de dirigirnos
a la gasolinera
tomamos hacia el centro
en busca de un chino
abierto a esas horas.

Tú estabas triste y yo enfadado.
En mí, además, latía deseo.
No sé si en ti también.
Pero todo fue borrándose
en esa caminata.

Mucho después, en un barrio
del otro lado del río, lo encontramos.
El dueño contemplaba la luna,
sentado sin camiseta a la puerta
y parecía esperarnos a nosotros.

Sin mediar palabra saltó el mostrador
y sacó un librillo de OCB blue,
exactamente tu marca.

Y dijo sincuenta
séntimo.

Y tú pagaste
y nada más salir liaste un cigarrillo
y me besaste antes de encenderlo
y te alejaste fumando.

Nada más.

No sé por qué, si pienso en nosotros
después de tanto tiempo recuerdo eso,
el paseo nocturno sin palabras
por una ciudad deshabitada
que extraños vehículos azules trataban de borrar.

Las calles mojadas
(que olían a insecticida)
y el sudor de tu frente medio calva.

Al salir de mi casa éramos S. y S.
discutiendo todavía, apurando
la amargura y la tristeza del final de las historias,
dándole vueltas a todo una vez más.

Después no.

Después ya no éramos nada.

Hay un camino que sale de todo lo que eres,
rápido y sin curvas. Como sale
un pelo de un vaso de leche,
según la Torah.

Esto aprendí contigo.
Ahora digo gracias.


domingo, 8 de junio de 2014

ACEROS INOXIDABLES

Seguramente esta perorata que estoy a punto de soltaros con poca premeditación pero mucha alevosía no toque a la madre del cordero de toda esta canallada de la sucesión. La madre del cordero estaría, digamos, en los sucios resortes que se han puesto en movimiento para impedirnos votar en referéndum. Pero yo quería hablar de otra cosa.


De identidad, claro. La mayor necesidad y la mayor adicción de mi generación, de mi cultura, de mi coordenada histórica: la postmodernidad. La sociedad líquida de que habla Bauman y su añoranza irrestañable de cualquier cosa parecida a una isla, o al menos a un iceberg. Nuestros planes de formación, que saltan de un punto a otro del espaciotiempo como, no sé, Rutger Hauer en Blade Runner ("He visto cosas que no creeríais" podría abrir cualquier conversación sobre posgrados, Bolonia, convalidaciones y becas). Nuestros puestos de trabajo, con denominaciones aún más bizarras y líquidas que las de nuestras titulaciones. El reciclaje constante, la reinvención, los períodos de paro, la segmentación del mercado laboral, las mudanzas. Nuestros medios de información, esquizofrénicos y fulgurantes. El bombardeo de novedad estética (nunca ética). La huida hacia adelante (o hacia atrás, no sabemos).


Y sin embargo, necesitamos lo perdurable. Amor, experiencia y pensamiento, para que nos sirvan de soporte. Tenemos una maleta cada vez más pequeña para llevarlo de un sitio a otro. ¿Quiénes somos? Esa pregunta nunca se resuelve del todo, ni tampoco se borra. El mercado nos promete resolverla, pero es una estafa: Compra esto, y serás esto. Tras un período corto de tiempo en que intentamos encajar en lo comprado (-"Aceros inoxidables". - ¿Nos hacemos?), tras la transacción, la pregunta asoma de nuevo. Como ocurre con las adicciones. Ahora supongo que lo que pegaría sería escuchar la musiquilla del Mercadona pero con una letra diferente: "Me-ta-dó-ó-na. Me-ta-do-na.".


Así las cosas, de repente nos vemos obligados a asistir (y solo asistir) al espectáculo de la sucesión borbónica. Un tipo a quien el aparato del estado español lleva desde que era un bebé repitiendo que es rey, que es rey y será rey y su pareja reina y sus hijos príncipes. Rey: qué etiqueta más corta, qué bien se pega. Tu padre abdica, el poder político de tu país pierde el culo para coronarte en dos semanas, los periódicos aplauden como el ¡Hola!, tú te atusas la barba que algún asesor de imagen soplapollas con un sueldo de cinco cifras te ha puesto para reforzar tu imagen se estatista, y a continuación sonríes, y a continuación te colocas tu etiqueta de tres puntas.


Qué fácil, ¿no, campeón?


¿Tú nos representas? En El País no se cansan de decir que eres ecologista y sostenible.


Como el siglo XIII.

jueves, 5 de junio de 2014

NANDO CRUZ - UNA SEMANA EN EL MOTOR DE UN AUTOBÚS. LA HISTORIA DEL DISCO QUE CASI ACABA CON LOS PLANETAS (LENGUA DE TRAPO, 2011)



He leído este libro ahora, con tres años de retraso. Ya conocía muchas de las anécdotas y revelaciones que contiene, y además he de decir que Nando Cruz será un excelente crítico musical, cronista decano del indie nacional, pero que como narrador es bastante regulero. Cada vez que aparece un personaje la óptica con que se registran sus movimientos es diferente, por ejemplo. El motor de la historia es el chascarrillo jugoso sobre las adicciones o las peleas o los sucesos bizarros, no el famoso autobús de J. Hay abundantes inconsistencias y lagunas rellenadas con suposiciones. El estilo es muy E.S.O.

Pero.

Partimos del hecho de que este libro es para fans de Los Planetas. Como el menda, sí. Mi banda española favorita. Así de previsible soy, así de treintañero cliché. Los grupos que nos gustan siempre lo hacen porque identificamos en ellos un sabor cósmico que no hallamos en nadie más, y el de este chicle, que mastico desde hace más de veinte años, no se gasta para mí. Puedo definir mi juventud, o al menos mi década prodigiosa (de los 14 a los 24: de 1990 a 2000) como un proceso de identificación creciente con la música de estas personas. Una semana en el motor de un autobús es, además y como le ocurre a mucha otra gente, el disco que más me gusta. Si en cualquier momento de 1998 y 1999 alguien hubiese abierto mi cabeza habría escuchado con toda seguridad las cuerdas de Línea 1. En medio de un montón de mierda, por otra parte.

¿Cómo no rendirme, dadas esas circunstancias, a semejante sobredosis de detalles sobre la producción del disco? ¿A la crónica de los muchos problemas que iba poniendo la compañía? ¿Al listado de los discos que escuchaba J. en esa época? ¿A la biografía del marciano Kieran, el escocés que sustituía a Mai Oliver? Yo también pensaba que el tema del disco eran el tóxico desamor y la tóxica evasión química asociada con él, ¿cómo no rendirme al relato pormenorizado de que, en realidad, el  al que canta J. todo el rato es su amigo Florent, guitarra y alma de Los Planetas, extraviado en esa época en ciertas aventuras por los polígonos de Perico?

También se puede leer entre líneas, a lo largo de todo el texto, detalles de la personalidad megalómana y en última instancia insoportable del líder de la banda, su condición de niño mimado, primero por sus padres, a continuación por el moderneo granadino y nacional. Bueno. Vale. Nunca he sentido mayores deseos de irme de cañas con Juan. Me limito a adorar sus canciones. A constatar el hecho incontrovertible de que un enfoque más humilde, una visión del disco no basada en la firme creencia de que esas canciones iban a cambiar el curso de la música popular patria habrían servido para grabar algo muy chulo y muy digno, pero no Una semana en el motor de un autobús.

 Y ése es el centro de esta pequeña recensión: tal vez sea necesaria una cantidad mínima de ambición y de fé para enunciar la primera persona del plural que define lo generacional, el teen spirit de que hablaba Kurt Cobain, o el porque seremos cientos por cada uno de los vuestros que entona J. en Ciencia Ficción, el sexto corte del álbum. Un tema, por cierto, que demuestra una habilidad endiablada para la poesía didáctica y política sin sonar a, digamos, Maïakovski y que recoge todos los delirios de grandeza de su autor, que se representa en él como el líder de una revolución sonora.

A partir del siguiente disco, ya superada la crisis que casi acaba con el grupo, la música de Los Planetas se serena en buena medida. El desamor sigue siendo desamor, impostado o real, pero no ya un recurso con que exorcizar la desunión interna de la banda. La megalomanía de J. se reposa. El quinto disco, Encuentros con entidades, se dedica a explorar uno de los grandes asuntos de los granadinos: la lucha por la integridad creativa frente a las influencias mercantilistas (Corrientes circulares en el tiempo, El artista madridista et al.), pero con otras dimensiones, otras escalas. Como las que separan la tragedia del drama, y aun de la farsa, por hacer el guiño marxista de todos los artículos.

Obviamente, Los Planetas dejan paulatinamente de ser los estandartes del indie nacional. Al llegar los ´00, la ironía parece tintar todo lo que producen unos veinteañeros que miran a J., a Florent y a Eric como si fueran sus abuelos. Ni la ironía fina ni el costumbrismo que informan las propuestas de, pongamos, Astrud o Chico y Chica son un terreno en el que los sureños puedan desenvolverse con soltura, y las nuevas generaciones festivaleras se internan con alegría en él. Es la década del revival electropop, la fase barroca del indie, que alguien etiqueta como hipster en 2003, la generalización de esa extraña y frenética huida hacia adelante de los gustos musicales y la moda en que el consumo era tu única ayuda en la búsqueda de la individualidad total, la alienación total, la gilipollez supina. El empleo de la primera persona del plural era un no-no en una tribu increíblemente homogénea en el intento de declarar que cada uno era único e inimitable tras exactamente el mismo irónico bigote a lo Burt Reynolds, y, si fuimos capaces de internarnos en la primera legislatura del aznarato al grito de lo de Ciencia Ficción, para cuando la segunda invasión de Irak ninguna Canción nacional de 2003 según los lectores de Rockdelux hablaba de otra cosa que no fuera la hiperestesia costumbrista e ingeniosa de un minidrama (o una minifarsa) de pareja, como si ninguna otra cosa mereciese música o poesía.

No hay identidad sin colectivo. No hay yo sin nosotros. Las identidades para montar en casa uno mismo, ahí en plan Ikea, son trola y estafa. El solipsismo no da nada. Lo sabemos desde Kafka, desde Bartleby, desde Un homme qui dort (encabezado por esa estupenda cita de Consideraciones acerca del pecado, el dolor, la esperanza y el camino verdadero, de Franz K. que condena y se mofa, aun con el significado terrible que iba a cobrar solo veinte años más tarde, de todo solipsismo, y que reproduzco aquí porque viene al caso y porque es una de mis consignas de cabecera:

No es necesario que salgas de casa. Quédate en tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, espera solamente. Ni siquiera esperes, quédate completamente solo y en silencio. El mundo llegará a ti para hacerse desenmascarar; no puede dejar de hacerlo, se prosternará extático a tus pies.)

Todas las décadas cambian y todas las fases barrocas se agotan. Está en su naturaleza. Tal vez no me esté engañando a mí mismo si digo que el quince de mayo de dos mil once algunas cosas cambiaron en un terreno que nadie quería pisar pero que de repente era el de todo el mundo: el generacional, el colectivo. Tal vez una forma nueva de ingenuidad o de pureza brotó para llevarse la cáscara de una ironía gastada que ya no era capaz de arrancar ni una sola carcajada sarcástica. Yo qué sé. Me gustaría creerlo. Me gustaría creer que no soy solo yo el que se da cuenta de que los nuevos trovadores pop han ampliado el repertorio, y la involución hiperestésica de años atrás ha pasado de moda, y, pongamos, León Benavente hablan por todos cuando dicen algo como que se pudra este ramo de rosas / pero no antes que usted, / señor presidente.

Otra más de mis citas de cabecera ya para acabar. Pertenece a uno de mis poetas favoritos, Adam Zagajewski, y lo resume todo:

Oh dinos cómo curarse de la ironía, de la mirada
que ve pero que no penetra. Oh dinos cómo curarse
del vacío.  

¿Y qué puedo añadir a eso? Obviamente, nada. Salú, amigos.