lunes, 26 de mayo de 2014

LA PLAYA DE TODOS LOS DOMINGOS

A los niños domingueros se los reconoce, cómo no, por el corte de la camiseta de tirantes que llevan de lunes a sábado. Y por otras cosas. Son los reyes de la playa un rato, de tres y media a cinco y media, pero su reinado no es total ni siquiera en esas dos horas, porque tienen prohibido bañarse debido a los cortes de digestión. Luego vuelven al agua, pero ya están allí esos otros niños, con quienes jamás se mezclan. Empiezan infinitos castillos de arena y no los terminan, porque son las siete y mamá los llama a gritos para que recojan los trastos. Tienen demasiados trastos que deben ser lavados uno a uno. Hay más gritos, después, porque papá no quiere ver ni un grano de arena en esos pies que están a punto de subir al coche. Siempre salen tarde, enfadados, agotados y tristes, y en eso se parecen a sus padres, que finalmente se resignan a largas retenciones en el camino de vuelta.

Pero no vuelven de vacío. Llevan consigo mucha arena. No en los pies, es cierto. En el culo. Como de contrabando. La verá mamá más tarde en el baño y no podrá creerlo, como todo domingo playero. Hará algún comentario despectivo, pero luego dará sus besos y encenderá el ventilador del techo y cantará una canción que los transportará hacia el sueño.

Y saben qué. También están las manadas de adolescentes domingueros, que no cargan con sombrilla ni mobiliario plegable, sino apenas una mochila que contendrá: una toalla, un bocadillo de tortilla envuelto en papel de aluminio (de plata), crema solar, un reproductor de mp3 y una botella templada de tinto de verano Sandevid. En el mp3: techno, Estopa, Platero y tú y Lady Gaga. Hay dos chicas a las que los demás no hacen mucho caso, para las que ya es hermoso haber sido invitadas por la pandilla de la pedanía. Una tiene un poco de sobrepeso, la otra apenas rellena el bikini con los pechos, y no saben qué decir. Participan de soslayo en los juegos de pelota y las aguadillas. Miran y sonríen a los machos alfa del grupo, pero no les dirigen la palabra. La chica espigada recibe una aguadilla de uno de ellos, no se sabe cómo. A ciegas, tratando de sacar la cabeza del agua, palpa los músculos de David y se rinde a una extraña sensación de indefensión sexual que la deja excitada y confundida el resto del día. La escena no se repite para ella (para las otras, para las tetonas y descaradas, se repite muchas veces, e incluso el gallito las premia con una erección que es celebrada con risas y deseo). Las chicas impopulares suben las primeras al autobús y el resto del grupo se sienta más atrás, desde donde no se distinguen las conversaciones. Ellas no hablan de nada mientras anochece en el camino de vuelta. Pero también traen arena de contrabando. En el vello púbico, en los pliegues de los labios de la vagina y en el ombligo. Aparecerá después, durante la ducha caliente que las espera en casa, mientras llaman a la puerta del baño para que se den prisa.

Toda esta arena va a un lugar. Pasa por el desagüe de la ducha pero no entra a los conductos sépticos. Es filtrada. Alimenta la Playa de Todos los Domingos, cuyas arenas son míticas por su blancura y su suavidad. Donde los niños no son llamados a recoger los trastos y elevan torres defensivas hasta que se hace de noche. Donde brillantes bicicletas los esperan para ir a jugar después de eso y sus hermosas madres los acogen en el regazo bajo la luz de las estrellas. Donde las adolescentes desmadejadas y prepúberes ayudan a los chicos a encender hogueras, y beben y fuman marihuana y tienen historias que contar y se bañan desnudas a medianoche y abrazan y besan en el agua a muchachos súbitamente desinteresados por el mundo del tuning. Y también los poetas inéditos que solo registran y escriben los pormenores de este paraíso vacacional tienen permitida la entrada, porque trajeron tanta arena en sus inadecuados zapatos, de contrabando, el domingo en el camino de vuelta.

domingo, 25 de mayo de 2014

DÍA DE LA (QUE TE PARTO LA) MADRE



La comadreja sale de la madriguera e intenta dejar atrás un mundo de metáforas, connotaciones y etimologías basadas en lo materno.

Sube a una colina. Sudando. Bebiendo y fumando. Lo que bebe es testosterona y lo que fuma Lucky Strike. Luego tose.

Luego sube de un salto a un descapotable y apoya el codo en la puerta. Gafas de sol. Cigarrillo en los labios. Necesita espectadores.

Abre el portátil y sí, hay wifi. Lo bueno de internet, piensa, es que nadie sabe que eres una comadreja. Ni con la webcam encendida. Abre una cuenta de Twitter. Pasa veintiocho minutos tratando de acuñar el tuit definitivo, un acceso de genio demoledor capaz de ganarle el estrellato digital con menos de ciento cuarenta caracteres. Cierra Twitter.

Luego abre dos pestañas. Con una de ellas busca trabajo. Tendría que ser algo que pudiera hacer desde casa o desde un Starbucks, que me dejara libre al menos una parte del día, y preferiblemente relacionado con sectores creativos: diseño gráfico, coolhunting, escritura freelance, etc.

Con la otra abre 4chan. Cierra el portátil, baja de la colina, vuelve a su madriguera la desmadrada comadreja.

sábado, 24 de mayo de 2014

¿AUTOLOQUÉ?

He leído un artículo muy interesante de Elvira Navarro en El estado mental sobre la autoedición encubierta, una práctica bastante extendida, como todos sabemos, pero poco comentada fuera del círculo de confianza de los amigos literatos de cada cual, eso que antes se llamaba cenáculo pero que ahora, con la crisis, deberíamos empezar a llamar cervezáculo.

Con este artículo estoy de acuerdo en gran parte pero me genera importantes arrugas en la nariz. Es cierto que esas editoriales, digamos, orientadas a la recaudación existen, pero el texto parece atribuirles todos los males de la industria editorial, exculpando como contrapartida a las majors.

Las majors no deberían ser exculpadas tan alegremente, como sabemos por ejemplo gracias a esta excelente entrevista al mentor de Navarro, Constantino Bértolo

El panorama que pintan estos textos se podría resumir así: ¿no tienes cuatro mil amigos en Facebook o cincuenta mil followers en Twitter? ¿no vives en las capitales y te mueves con la crém letrada de tu ciudad? ¿no te mencionan continuamente tus colegas en los suples y en la Jot Down? Pues no publicas. Porque no creemos que puedas hacernos ganar dinero. Y tu novela nos la pela.

A continuación, el escritor, digamos, sin perfil comercial se arrima a las editoriales indies. Y aquí le piden pasta. Vale, sí. Horror y muerte. Pero el caso es que bajo esta fórmula, de unos años a esta parte, se han publicado algunos de los títulos que más me han emocionado y enriquecido. También bajo la de la autoedición declarada. La realidad no es siempre tan sórdida como la de las anécdotas que relata Navarro. También hay casas que se leen lo que les llega y seleccionan. No tienen contrato de distribución, así que les da igual publicar uno o cien títulos al año. Es cierto que no apuestan por ti en el sentido económico, ni tampoco te ofrecen distribución o promoción, pero tu obra llega al papel, y, muchas veces, los lectores ganamos con la transacción.

Que un autor viva en, digamos, Caravaca de la Cruz, sin cuentas en redes sociales ni contactos en la intelligentsia literaria no siempre significa que su obra sea mala. A veces, esas circunstancias solo implican que no la pueda vender.

Y la industria editorial española es clara al respecto en los últimos tiempos: o pagas, o friegas los platos.

Sí, de acuerdo. Las majors también publican cosas buenas de vez en cuando. Enhorabuena a los agraciados.

Me da hasta un poquito de vergüenza decir esto a estas alturas, pero las editoriales públicas tenían un sentido. La invasión indie ha supuesto un soplo de aire fresco blá blá blá, pero tal vez, con un poco de perspectiva, hicimos mal cuando nos pusimos a bailar sobre la tumba de los proyectos institucionales. Al secarse la fuente pública, lo que queda no es tan indie con respecto al mercado. Y el mercado no es la bolsa de Tokyo: el mercado es quien decide entre publicar al ermitaño de Caravaca (este topónimo no es casual del todo) o al posturitas del Raval. Si no sentís su creciente influencia sobre las mesas de novedades, bueno, pues volved a mirar. Y esa influencia tiene tan poco que ver con la literatura como que te llame el tío de Devenir y te pida tres mil euros por publicarte un libro que dice que le encanta pero que ni siquiera se ha leído. 

Ups.

El puzzle es, desde luego, muy complicado. Lo único que podemos tener claro ya es que está desarmado. Y si antes sabíamos que la autoedición era mal y las editoriales serias eran bien e iban cada una a un lado del cuadro, mientras que los críticos y editores ocupaban el centro con los autores por los filos, ahora ya no.

Pero ey, quién dijo que eso esté mal. Los puzzles desarmados son más divertidos, ¿no? Venga, achos, vamos a buscar las cuatro esquinas. ¿Achos? ¡Eeeeee!


jueves, 22 de mayo de 2014

ZOOLOGÍA

Gente enamorada, gente comprando regalos para toda su familia, gente parada pero feliz, gente encabronada perdida pero inundada de amor, tiroteada de amor, ametrallada de un amor pastoso y total por parte de absolutamente todo el mundo, etcétera, es la gente con que me topo todo el rato, paseando por esta ciudad de la recontraconchadesumadre. Gente rehaciendo su vida, como si su vida fuese un mueble del Ikea que uno puede montar, destruir a patadas y volver a montar. Gente malgastando su vida de puro amor, desatendiendo su trabajo, olvidando a sus amigos, gastando el dinero que no tiene, fumando demasiado. Gente en bicicleta, hermosa como rubíes a la luz del sol. Gente triste capaz sin embargo de provocar desfallecimientos a su paso, sin querer. Tratando sin éxito de proyectar una tormenta interior, perpetua como la mancha roja de Júpiter. Gente fea, mal vestida, calva, pobre, poco aseada, ajada por el sol, maloliente y sonriente y feliz y no soy digno de dar mi vida por defenderla, así de simple. Gente que abre un contenedor tras otro y lleva unos minialtavoces conectados al móvil colgados del cuello y suena por toda la calle la música más bella del mundo, que como todos sabemos es la música popular de los benditos, benditos Balcanes. Gente burguesa y adocenada y con mechas rubias y carísimas botas de montar que solo espera a la persona adecuada para dejarse de tanta hostia y empezar a vivir en serio. Gente hijaputa. Pero hijaputa de verdad: gente que odia y desprecia y juzga y clasifica e insulta y ofende a un montón de personas, todos los días, y que le da igual. Gente con cáncer que se va a morir, y que no se merece morir. Gente poderosa y necia, gente brillante y neutralizada. Gente cuyo poder reside en su palabra (y estamos hablando de mucho, mucho poder). Gente con mucho poder cargado sobre los hombros y gente cuyos hombros soportan el mucho poder de los muchos otros. Gente gris. Mucha. Amor por todas partes. A pesar de todo es una bonita especie. La mejor especie a la que no pertenezco.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Si te digo la verdad, yo no sé qué significa esta felicidad que me encandila por dentro, que no comparto con nadie y que me hace sonreír en la oscuridad toda la noche. Apenas duermo y por la mañana necesito gafas de sol para protegerme de los ataques combinados del sol y de la alegría, sufro erecciones de caballo que el chándal no logra ocultar, las chicas de instituto se ríen de mí y yo me río pero no de ellas, sino porque estoy contento. Me baña la luz. No pronuncio palabra alguna en todo el día. Pero me río. Paseo por la orilla del ídem. Parezco un poeta recién publicado, un chino en un casino, un huertano en un concesionario de Mercedes, un adolescente que acaba de perder la virginidad pero aquí nadie ha follado con nadie, o al menos nadie ha follado con nadie de verdad. Metafóricamente sí: mi corazón con el universo. Y estas cosas ya se sabe cómo ocurren: uno no busca nada, sale a divertirse, se toma unas copas, ji ji jí ja ja já y quién te dice de repente se te pone a tiro la puta Vía Láctea. Y una cosa lleva a la otra. Y aquí estás.

martes, 20 de mayo de 2014


AUTORRITO

Suelo escribir poemas para nadie. Los garrapateo en pequeños trozos de papel que luego meto entre las páginas del libro que esté leyendo en ese momento. Como estos libros suelen pertenecer a bibliotecas, casi nunca vuelvo a ver esos poemas. Si el libro es mío puede que sí, que a los cinco o seis años vuelva a abrirlo y me encuentre el papelito, relea el poema, me encoja de hombros, lo deje donde está.

Nunca los firmo, claro.

Escribir poemas es hermoso, eso lo sabemos todos. Implica una sensación de conexión con corrientes ancestrales desapercibidas. La poesía es un órgano, un sentido que no siempre se pone a funcionar pero que cuando lo hace provoca cierto placer. Pero la cosa no acaba ahí. Porque también está el componente ritual. Hay una liturgia que cumplimos al escribir un poema. E incluso si el texto va a ser sepultado entre las páginas de libros ajenos, es decir, incluso si escribimos para la nada, el rito se celebra. Marcamos el número de lo místico y nos quedamos esperando a que salte el contestador. Después, nos callamos.

Escribimos poemas para alguien o algo que no está. Que sabemos que no está. También las niñas chinas, las huérfanas que no han pasado nunca por los brazos de su madre, bailan así en la oscuridad. Se balancean. Duermen siempre mirando hacia la puerta. Cumplen con una liturgia que no han elegido. A veces cantan.

domingo, 18 de mayo de 2014

UN DESAHUCIO

Hacía algo de frío e iba a haber un desahucio,
un grupo de personas se reunió frente a la casa
con ingenuas pancartas y sonrisas de ánimo.
También estaba el dueño. Su mujer y sus hijos.
Hablaban lo justo y se pusieron muy serios
pero sirvieron un té que sabía a último té
preparado en la cocina, con el resto del azúcar.
Luego aparecieron los agentes, secretarios,
documentos legales, periodistas, y en el banco
alguien miraba el teléfono y esperaba noticias
del tipo "ya está hecho", "ejecutemos", "un almuerzo",
poder cerrar la carpeta con un poco de cara de pena,
y colgar el cartel de "se vende" y cambiar el balance,
y cumplir por una vez los objetivos del trimestre.
Pero eso no ocurrió. Había mucha gente
impidiendo el acceso a la comitiva judicial
y ni un soplo de viento pasó por esa puerta,
esa mañana, en ese lugar. Y luego aplausos,
abrazos, lo común. No era el primero,
ni el último desahucio para todos. Entonces el padre
salió de su mutismo, obviamente emocionado,
se abrazó con uno de ellos, y dijo esto
en un español deficiente, entreverado de árabe:
Amigo mío, no soy nadie. Tal vez antes
sí lo era, jornalero, poca cosa
pero algo, una etiqueta, un atributo
que ahora no poseo. "Parado" e "inmigrante"
no sirven pues solo me describen
lo que ya no soy, de donde no provengo.
No tengo una tarjeta con mi nombre. No puedo
emitir certificados donde conste mi agradecimiento,
la deuda que a partir de este instante nos vincula
y que no podré pagar. Mas si en algún momento
alguien duda de ti, si menosprecia
tu labor para los otros, o te llama irrelevante,
soñador, poeta o diletante, improductivo,
a ése dile que venga a verme. Que pruebe mi té,
que juegue con mis hijos en la alfombra de mi casa,
que era de mis padres. Como si fuésemos
personas libres nos iremos a la cama,
esta noche. Nos abrazaremos. Dormiremos aquí.
No en la calle ni en algún dormitorio de la beneficencia,
sino aquí tras esta puerta que has defendido sin conocerme.
Diles que vengan a verme y yo, que soy nadie,
pronunciaré tu nombre y me llevaré
la mano al corazón. Si eso sirve de algo,
acéptalo, hermano. Y nada más
pudo decir. Ni tampoco el piquetista
logró emitir palabra, por el nudo en la garganta
y los fotógrafos de alrededor. Y tal vez
(pero esto no es seguro) alguna lágrima
de alguno de los dos rodó hasta el suelo
y allí se quedó, inadvertida y olvidada
hasta que comenzaron a dispersarse. Y entonces alguien,
un tipo joven, estudiante de ciencias,
a quien no solo su conciencia había atraído al piquete
sino una atracción morbosa por las chicas marxistas,
sacó un frasco de muestras y se agachó en el sitio
en que habían caído las lágrimas, y las recogió.
Para analizarlas, para descomponerlas, sintetizarlas,
producirlas en serie, como algún principio activo,
derramarlas en el agua, replicar el fenómeno,
la alegría y la victoria. De los que nunca ganan.
Contra los que siempre. Y se marchó calle abajo,
camino de su laboratorio. Contento pero sin un
solo número de teléfono. Y se puso a trabajar.
Si consiguió o no algún resultado eso ya no podemos saberlo.
Lo que pasó después, o antes, o en otros lugares
distintos de esta calle no puede ser conocido
o no en este poema, por lo menos. Pero esto sí.

Esto sí lo sabemos.

sábado, 17 de mayo de 2014

AVENTURAS PSICOMÁGICAS EN SUCEDANEOLANDIA CON JOSÉ PEDRO MARTÍNEZ BELTRÁN

Imaginemos, por motivos exclusivamente didácticos, a un personaje que llamaremos José Pedro Martínez Beltrán. Es un tipo peculiar, nuestro colega José Pedro. Yo lo visualizo con un atuendo vagamente perrofláutico, aderezado con abundantes camisetas de Kukuxumusu. Como no termina de atreverse a dejarse la barba, está experimentando con unas ridículas perillicas. Sus tendencias literarias son de una fidelidad digna de admiración: se empezó una de Hermann Hesse en 1998 y ahí sigue, en la mesilla, como diciendo si yo te entiendo, hijo, pero sácame ya de esta agonía. ¿Lo tenéis?

Hasta ahí todo normal, pero eso, hasta ahí. Porque José Pedro tiene cosicas. Lleva una margarita seca en el bolsillo del culo, por ejemplo. Cuando le ocurre algo realmente chungo, como hace un par de meses, que un taxi se saltó un ceda y lo atropelló con la bici, rompiéndole dos costillas y el metacarpiano de la muñeca derecha, lo primero que hace jotapé es sacarse la florecica (en este caso con la mano izquierda, con cierta dificultad) y olerla. Con eso, conjura toda sensación de rabia, todo deseo de insultar, gritar y golpear. O más bien cree que lo conjura, porque se le notaba bastante que el cabreo le estaba inflamando la vena de la frente. Su voz, sin embargo, salía meliflua y buenrrollista: No se preocupe. A todos nos puede pasar un despiste. No, no voy a denunciar

Sus amigos solemos hacer bromas con la margarita, claro está. Decimos que la va a gastar, de tanto como la usa. El pobre no liga mucho, pero, cuando lo hace, las cosas suelen terminar mal para él. ¿Sabéis estas personas que tienen un golpe de suerte una noche, se van con alguien, echan un polvo e inmediatamente empiezan a verse paseando de la mano en una playa con el/la borrachuzo-a que duerme la mona junto a ellos? Joder, apenas duermen, de lo potente que es la imagen romántica que tienen en la cabeza. José Pedro es uno de ellos. Al día siguiente, suele enviar mensajitos de Whatsapp salpicados con esos emoticonos que tú creías que nadie usaba jamás, como el de la rosa, o el del corazón atravesado por una flecha. Durante unos cuantos días más, comprueba el móvil cada veinte minutos, de forma compulsiva. A la altura del jueves o el viernes, se saca la margarita y aspira con todas sus fuerzas.

José Pedro no trabaja. Lleva estudiando Biblioteconomía y Documentación desde hace más de diez años, y es muy probable que jamás la acabe. Pero esto no supone un problema demasiado grave, ya que es igualmente difícil que logre acabar con la paciencia y acomodo económico de sus padres, quienes le entregan una asignación suficiente para llevar una vida de estudiante todos los meses. Nunca va a clase, así que pasa el día paseando en círculos o viendo series por internet. A veces, cuando está de buen humor, con amigos en alguna terraza (no digo nada ya si hay cerca alguna chica que le gusta), pide un papel y dobla una elaborada figura de origami, una rana que, además, salta de verdad. Esta rana:



  


El clímax absoluto, el momento más hermoso de la ceporra vida de nuestro amigo viene cuando, ya con la ranica terminada entre las manos, aparece en escena un niño desconocido, de la mano de sus padres. Entonces, Jotapé se levanta, chequea que su amada esté mirando en dirección a él, se acerca al niño y le hace solemnemente entrega de la puta rana.

Si alguien habla a su alrededor de política, o de dar una respuesta colectiva a un problema común, o de abusos, de imperialismo, de desigualdad o de hambre, él cuenta el siguiente chiste:

-Qué bien habláis, copón. A ver si os dan una corbata y un puesto, y me enchufáis.

Ya, ya sé que un chiste no es un objeto. Y que éste en concreto no constituye en absoluto una rareza en la tierra del catetonihilismo (o sea, Murcia). Pero la forma en que Jotapé lo emite, siempre con las mismas palabras, sin variar ni una coma ni un semitono en la entonación, nos indica que para él se trata más bien de un ensalmo, de un hechizo con el que trata de resolver la conversación.

Por último, aunque esto no es seguro al cien por cien, os cuento la guinda de las rarezas de José Pedro: que, según nuestra amiga Sonia que una noche lo aguantó durante una cata de setas, el pibe es hipocondríaco y suele obsesionarse con que le duele el brazo izquierdo y está al borde del infarto, y lleva un botecico con una especie de caramelos muy pequeños a los que llama "homeopatía", y cuando nota molestias se mete uno debajo de la lengua. 

Y luego están las etiquetas y el lenguaje josepédricos. A oler la margarita lo llama aprender de los errores y crecer como persona. A doblar ranas de origami, aportar a la sociedad. Al chiste sarcástico, pensamiento político y a los caramelos, medicina.

A esas extrañas prótesis defectuosas de nuestro amigo, a esa colección de sucedáneos, a esos atajos que acaban en culos de saco, nosotros le añadimos noes. Es decir: no aprender, no aportar, no pensar y no curarse.

Peor que eso. Le anteponemos un impedirse. Como en impedirse aprender. Con una sola puta margarita seca.

A la sección de libros de autoayuda del Carreful la llamo "la margarita seca", en homenaje a mi amigo disfuncional con perillica. Ahora voy a tratar de explicar por qué.

Últimamente he estado pensando mucho en las famosas ventajas terapéuticas de la literatura, pero yo no tenía en mente a gente como Paulo Coelho, yo tenía en mente a Kafka, Carta al padre, y calculaba hasta qué punto le habría resultado un alivio convertir públicamente a un típico pequeñoburgués checo, que además era su progenitor, en un enemigo de la especie humana que odiamos en cuarenta lenguas cien años después. ¿Un alivio pasajero, como de pequeño ajuste de cuentas, de ahora te lo comes, o algo más, un nirvana judío, la redención de los pecados, unas vacaciones con pulserita en la Riviera Maya del Ser? En todo caso, cuando hablamos de literatura de autoayuda lo hacemos mal. Autoayuda es escribir En busca del tiempo perdido. Autoayuda es acabar El proceso. Lo que hacía Beckett era autoayuda, pues muchas veces manifestó que necesitaba sacar de sí esa sombra tan negra para poder vivir. Otra cosa es leer todo eso, claro está. Son libros que jamás recomendaríamos a ningún amigo melancólico, porque en el fondo sabemos que el odio no se crea ni se destruye, solo muta. Y yo también quiero que el mío mute, y que deje de estorbarme como una piedra en medio del salón, y que se convierta en una escultura que poder enseñarle a las visitas no melancólicas ni depresivas.

¿Y si la literatura de autoayuda, por tanto, solo está al alcance de quien la escribe, qué demonios es eso que hacen Paulo Coelho o Jorge Bucay? No lo sé. Jamás los he leído. He visto imágenes horribles hechas con Power Point que incluían citas suyas. Se difunden bastante bien por redes sociales. Aparentemente, son bastante malos (si es que eso que se difunde en su nombre lo han escrito ellos de verdad). Mi hijo de siete años lo haría mejor sacando términos abstractos al azar como “libertad”, “sabiduría”, “amor”, etc. de una bolsa y combinándolos sin subordinadas con léxico simbólico en plan “camino”, “fuente”, “río”, y cosas así. Es verdad que estoy hablando de la extensa obra de estas dos personas desde el punto de vista más superficial posible, pero no me voy a tomar más molestias.

Hay otra literatura distinta en la sección “autoayuda” de las librerías que conozco más. Se trata de obras pseudopsicológicas que proponen ejercicios al lector y prometen ventajas: éxito en el amor, el trabajo y los negocios, fama, felicidad, amistad, sabiduría o armonía. Se trata de la autoayuda de no ficción, marchamo que me resulta bastante problemático en todos sus términos, pero en fin. Usted puede sanar su vida, La inteligencia emocional, Tus zonas erróneas, etc. etc. En este caso, el lenguaje que se utiliza ya no es el de la poesía cursi o el de la fábula, sino el de la psicología divulgativa. El objetivo, sin embargo, es similar: tratar de que el lector experimente cierta ilusión de armonía al introducirse en un cubículo lingüístico aséptico, despojado de pulsiones destructivas o entrópicas. Sin embargo y a diferencia de las dulces babas de los gurús de la literatura auto, estos escritores suelen señalar culpables. La inadaptación, el fracaso escolar y laboral, la precariedad, el desamor y la soledad tienen ahora un responsable, y es el lector. Si uno puede entrar en una novela de Coelho, mirar lo bonito que es todo, aburrirse y salir a la media hora igual que ha entrado, y casi estoy por decir que no hay otra forma de acercarse a esos libros, esta operación no es posible con Daniel Goleman, por ejemplo, autor que crea desde la página uno una ficción patológica llamada inteligencia emocional y acusa desde la dos al lector de no poseerla. Todos los males de la sociedad postindustrial no son otra cosa que síntomas de estulticia emocional y usted, que se acaba de comer el insulto, se va a someter ahora a mi terapia. Por lo demás, la terapia consiste básicamente en no enfadarse con las decisiones de nuestros superiores jerárquicos y encontrar formas de cumplir las órdenes incluso antes de que se nos dirijan. Otro best seller dentro de este subgénero, Tus zonas erróneas, se basa en una terapia parecida: conviértase usted en el perfecto empleado, dócil y dispuesto, y ya verá qué bien le va con todo lo demás. En fin, soma de palabras, y bastante efectivo además, si hemos de hacer caso a las cifras de ventas.

Pero inútil. Peor que inútil: paralizante, adictivo y alienante. Josepedrizante. Destructivo.

"Literatura de autoayuda" es un jodido oxímoron. La literatura no es una prótesis diseñada para hacerle a uno sentirse bien o ser más sumiso y productivo en el trabajo. ¿Y entonces qué es? Bueno, hay millones de definiciones. Ésta de William Faulkner, que vi el otro día, me sirve ahora:

"Lo que hace la literatura es equiparable a lo que hace una pobre cerilla en medio del campo en mitad de la noche. Una cerilla no ilumina apenas nada, pero nos permite ver cuánta oscuridad hay a su alrededor". 


"Autoayuda" también es un oxímoron. Además, si la cosa se tratase de ayudarse a uno mismo, para qué íbamos a necesitar metanfetomeopatía como la que vende míster Jodorowsky.


El otro día estuvo en Murcia, capital mundial del catetonihilismo, insisto. Llenazo absoluto, claro. Los asistentes bailaron, se confesaron en público, gritaron la a, la e, la i, la o y la u (esto se llama "catarsis" con dos cojones en la oligolengua de estos vendedores de crecepelo, refractarios a la cultura clásica como el aceite al agua) y "crecieron como personas". En otras palabras:


Tal vez los habitantes del escenario postindustrial necesitamos nuevos ritos para acceder a la trascendencia debido al desgaste y a la resistencia al cambio de nuestras viejas religiones. Tal vez estamos a priori vendidos a estas manadas de encantadores de serpientes tan diestros en la creación de espiritualidades de consumo. Jodorowsky es, entre otras muchísimas cosas, un apreciable guionista de cómics de fantasía (sus colaboraciones con Moebius fueron una droga para mí en la adolescencia), lo que tal vez lo emparenta con L. Ron Hubbard, escritor de ciencia ficción y fundador de la iglesia de la cienciología. Ambos son genios de la creación de fábulas para la evasión, y, en paralelo (pero no tan en paralelo), de pseudorreligiones postmodernas para aburridos de la tradición  Pero, ¿por qué sustituir unas recetas por otras, si tenemos la poesía? ¿Qué coño hacemos dando saltitos en el Teatro Circo al ritmo de un charlatán si podemos leer estas palabras de Roberto Juarroz:?

A veces parece
que estamos en el centro de la fiesta.
Sin embargo,
en el centro de la fiesta no hay nadie.
En el centro de la fiesta está el vacío.

Pero en el centro del vacío hay otra fiesta.



Hay sucedáneos para la poesía, claro que sí, pero llamémoslos por otros nombres. No sé, psicomagia, por ejemplo. Recetas de la Thermomix. Margaritas secas. Sirven para abrir los chakras, simular en media hora una olla gitana de la abuela o evitar partirle la cara a un taxista o llamarle nombres a alguien que no te contesta los whatsapps. Pero no los llaméis poesía. Porque no os vamos a entender.


sábado, 10 de mayo de 2014

MONÓLOGO DEL TOPO




La luz, la percepción de la luz, más bien, de ésta de las tardes de mayo que inunda un aire recién lavado por las brisas del fin de semana, que es la Quinta de Beethoven de la luz, si me permitís. Está o debería estar al principio de todas las cosas, bien en el centro de eso que la gramática generativa llama noema y que es la instancia prelingüística que organiza todo lenguaje, toda poesía, todo mapa del mundo. Para iluminar después el ideal, para crear con ella metáforas, para derramarla sobre el rostro de las personas que amamos o sobre el manifiesto político capaz de redimirnos a todos. Una luz dulce y concreta que siempre parece que está por decir algo o que acaba de decirlo, pero que no abandona nunca el silencio. La de los frescos minoicos o los cuadros de Van Ruysdael o de Edward Hopper. Una luz a la que volver siempre, y en ella callarse un buen rato, como si (cómo que "como si") estuviéramos buceando.

miércoles, 7 de mayo de 2014

LOS MODERNOS VISTEN DE PRADA



Estás, distinguido lector, leyendo este texto porque, en 2005 ó 2006 (siempre olvido el año exacto para poder meter esa o con tilde que adoro), añadí esta frase al encabezamiento de mi blog: Odia a muerte a Juan Manuel de Prada.




Yo no decía aquello muy en serio, pero me di cuenta de que la gente lo había interpretado al pie de la letra, y pensé en quitarlo. Luego pensé en la clase de escritores que borran cosas por miedo a que alguien las tome en serio, y decidí no hacerlo. Ahí sigue, procurándome nuevos enemigos día tras día. Y ahí seguirá.




En realidad, yo no odio a Juan Manuel de Prada por su literatura. Nadie debería ser odiado por algo así. No suelo, tampoco, odiar a nadie por su patinaje. Ni por su peinado. Bueno, a quién pretendo engañar. Por su peinado sí odio a tres o cuatro personas.




A Juan Manuel de Prada lo odio por ser un hipster.




Un hipster no: un überhipster.




Ni que decir tiene que esto no es lo primero que se le ocurre a uno cuando se cruza con el popular escritor, cosa que nunca me ha ocurrido pero que imagino que solo puede pasar en el Madrid más bien y casposo, como en la puerta de su casa, una de ésas del Paseo de la Castellana donde el portero va uniformado, o en el Café Gijón, o en la Catedral de la Almudena o algo así, que no soy yo madrileño ni conozco la ciudad. A Juan Manuel de Prada se lo encuentra uno un domingo por la mañana al salir de misa por el Paseo del Prado (claro), con un buen abrigo de Cortefiel o superior y del brazo de alguna baronesa (la Thyssen o superior), y lo último que piensa es: buah, vaya pedazo de hipster, nen.




De esto no me habría dado cuenta ni yo de no ser por un detalle: las gafas. Un día me topé con su agrio jeto en la prensa y me dije: joder, vaya gafas, compadre. No llegan ni a noventeras. Y pensé: aquí andamos los hipsters de buena fe añadiendo cientos de gramos de pasta a las gafas en una loca carrera hacia la modernidad, en perjuicio de nuestros pobres puentes nasales, y este pibe lleva las mismas gafas desde 1987, como si la cosa no fuera con él. Un día, el cantante de Crystal Castles o el barbudo que toca la guitarra en Black Keys se pondrán esas mismas gafas, a lo guiño revival, y los hipsters se volverán locos y eyacularán y tendrán que hacerse con las mismas, las mismísimas putas gafas de Juan Manuel de Prada, y no sabrán cómo hacerlo. Ese día, el überhipster mayor del reino las tirará a la basura y se comprará otras en alguna óptica de pueblo, un modelo que el optometrista tenía guardado en el cajón más de diez años, sin enseñárselo ya a nadie, pero que cuando vea entrar a Juanma por la puerta recordará, como en una especie de epifanía gafapástica total. Menudo es, Juanma, para estas cosas. Los modernos del 8 y medio corren, pero él (y tal vez Rouco Varela) siempre ha sido más rápido.




En nuestros tiempos, escritores enrollados y hipsters como Tao Lin apuestan por la multidisciplinareidad y el continuo salto de plataforma: que si literatura web, que si literatura-tweet, que si esto que si lo otro. Juanma es escritor, articulista, tertuliano, locutor de radio, presentador de televisión, crítico de cine, actor y nazareno.




¿Esos escritores modernillos aficionados a las voces más excéntricas, más perturbadas, como por ejemplo Jon Obeso, cuya última novela está protagonizada por un tipo que se deja comer por una colonia de moscas? Leed alguna de Juanma, troncos. Los narradores son caballeros carlistas del siglo XIX. ¡Y el efecto está súper bien conseguido!




Y qué decir de este rollo tan out de posicionarse a favor del 15M, como esos poetillas de la antología de Origami o la de Bartleby, o en contra, como Alberto Olmos. No señor. Un auténtico überhipster deja eso para el vulgo que se viste en H&M. ¿Que hay que adoptar una ideología? Pues el Antiguo Régimen (o superior).




¿Que la intertextualidad es lo más, que lo ha dicho Agustín Fernández Mallo y se ha marcado una polémica con la viuda de Borges y tal y cual? Juanma le fusiló páginas enteras a Marías en los años 90 y se fumó un puro. Bueno, no. Escribió un artículo en el que se autoindultaba con el argumento de que el robo era lícito si mejoraba al autor original. Madre mía, qué cojones tiene, el Juanma. Siempre en boca de todos. ¿Tú, moderner de pacotilla, te crees algo porque escribes en la Jot Down? Juanma escribe en Alfa y Omega. Supera eso. ¿Crees que eres radical porque has escrito en tu blog un par de frases en las que sugieres que lo último de Ben Brooks no te ha terminado? Juanma nos mira a todos a la cara y nos dice que la teoría de la evolución es un camelo y que Darwin fumaba y comía bebés.




Superad eso, hipsters of the world.




Y así que llegamos al final de este artículo. De esta confesión. Yo no odio a Juan Manuel de Prada. Me gustaría ser como él. Pero como él sólo puede haber uno. Y de ahí mi rabia y frustración.

MO YAN - LAS BALADAS DEL AJO (KAILAS, 2008)






Mo Yan, “el que no habla”, ejerce de guía turístico. El viaje se extiende hacia el paisaje interior de esa masa rural de chinos que nunca sale en las noticias, los “tíos del pueblo” de esos chicos que fabrican iPods en Shenzhen y tienen esa molesta costumbre de suicidarse y provocan plenos extraordinarios del Consejo de Administración de Apple y mantienen a tantos directivos de responsabilidad social corporativa sin dormir durante cuatro días. El viaje es muy largo. Mo Yan nos mira y sabe que muchos de nosotros no lograremos terminarlo con bien. Pero es benévolo. Mo no juzga, no se irrita. Algunos viajeros llevan estrellas rojas en la camiseta; otros, la efigie de Liu Xiaobo. Mo sonríe como ante un ciego que tratase de sacarse el carnet de conducir. Otros vienen por el asunto del Nobel de Literatura. Todos tienen hueco en el minibús. Mo lleva un micrófono en la mano, pero es evidente que no piensa usarlo. Arrancamos. Dirección: río arriba.






Estamos ya cerca de Condado Paraíso, vemos a parientes cercanos de los personajes de Las baladas del ajo. Nadie tiene zapatos, y miran el minibús como se mira los platillos volantes. Llevamos catorce horas pegados a las ventanillas contemplando paisajes: ahora que vemos gente, queremos saber. Oiga, guía, queremos saber. Mo se limita a abrir las ventanas del vehículo. Entra un olor intensísimo y alienígena a tierra removida, almacenes llenos de hortalizas en estado de putrefacción, hacinamiento humano, flores silvestres, sudor y leña húmeda. Si supiésemos leerlo, descubriríamos que en ese olor está escrita la novela entera. Pero no es así. Preguntamos, todo el rato le preguntamos cosas a Mo. Hay una pareja a lo lejos en un campo de boniatos. Mo pone música: una canción tradicional china con arreglos de inspiración occidental que baila al filo de lo kitsch y narra una historia de amor desgraciado. Y en efecto, esos campesinos jóvenes pueden ser los de la leyenda, por lo que sabemos. Nosotros qué sabemos. Hay una niña ciega merodeando alrededor de su cabaña, llamando a alguien cuyo paradero ignoramos. ¿Están vivos o muertos, los padres de esta niña? ¿Están detenidos? ¿Recolectan ajo? ¿Volverán? Mo calla, muy en su papel de peli de chinos. Señala a otro ciego, un mendigo viejo que canta canciones tradicionales a cambio de limosnas o de manojos de ajo. El olor de la boca de todos estos campesinos es muy parecido. ¿Deberíamos preguntarle al rapsoda, entonces, Mo? Oiga, anciano, ¿qué pasa con todos esos guardias que vienen por la carretera que lleva al gobierno de la prefectura? ¿De qué están hechos esos palos, que tienen color de madera pero textura de acero? ¿Adónde va la gente arrastrando su peso en ajo?






El hombre no responde directamente, por supuesto. Sigue su narración por fascículos: primavera, verano, otoño etcétera. El resumen de todo viene a ser que el ajo se pudre por culpa del prefecto, que ordenó el monocultivo sin prever que el exceso de oferta haría invendible la cosecha. Esto satisface a algunos turistas, que más o menos consideran que la historia de China empieza y acaba en Tiananmen. Estamos ahora frente al edificio de la Prefectura y asistimos al proceso contra los agricultores que causaron daños en estas mismas instalaciones. Los turistas con la camiseta de Liu Xiaobo hacen gestos de os lo dijimos, visiblemente aburridos de la excursión. Otros empiezan a impacientarse con el Homero chino: pero quién es este señor y por qué habla tan raro. Qué demagogia es ésta. Para tan poca chicha no hacían falta trescientas páginas, etcétera. Mo sonríe, pero no pide calma. Mira a lo lejos, a lo que parece ser un hombre atado a un árbol. Se está haciendo de noche, pero aún se distingue. A continuación, mira al otro lado, donde la niña ciega ha encontrado unos ajos en el suelo y los chupa. Al final termina por entrar en la cabaña, sin dejar de llorar. Desde el improvisado centro de internamiento llega el sonido de las risas. El frescor de la noche aplaca la fetidez de los ajos e introduce una gama diferente de olores y sonidos. En esa frontera entre el día y la noche, los sentidos y las leyendas, Homero y Li Bai, el llanto y la risa, la política y la lírica, Oriente y Occidente, el Interior y la costa, está por producirse una revelación, pero ésta nunca llega y no podemos estar seguros de si es por nuestra culpa o por la suya. En el camino de vuelta, Mo nos mira en la oscuridad. Borges llamaba a este silencio “el hecho estético”. Literatura, en suma.





domingo, 4 de mayo de 2014

THE WALKING DEAD

para Diego Sánchez Aguilar, que tuvo la idea.


Es posible sobrevivir con solo
40 céntimos de pan al día
hasta una semana sin caer enfermo.
Añade a eso fruta machucada
de la que sobra en el mercado
y para las proteínas una lata de atún
por cincuenta céntimos más
y tu dieta es sostenible
en términos dietéticos
y sigue por debajo
del euro diario.

Ese euro puedes obtenerlo
pidiendo una hora en la puerta del supermercado
o juntando quince kilos de cartón
y llevándoselo a los gitanos.

La intemperie envejece pero puedes
hacerte el simpático en una Caixa
y convencer al director
de que no envíe a la policía para sacarte
del hueco del cajero en mitad de la noche.
Asegúrate de estar despierto cuando llegue
por las mañanas, tener recogido el saco
y decir buenos días con una sonrisa.

Reserva las fuerzas: evita deambular.
Protégete del frío y del calor.
Tu sitio está en los parques, no lejos de las fuentes,
o en los soportales, en lo umbrío.
No te separes de tus cuatro cosas.
No llames la atención.
Si alguien te grita o te insulta, levántate
y aléjate tranquilo, sin darte la vuelta,
y mirando hacia abajo.

Nadie estará allí para impedirte
drogarte o beber, pero si lo haces
cometerás errores, y esos errores
acabarán contigo donde puedes imaginar.
A nadie le sorprenderán esos errores.
Tampoco nadie te perdonará.
Te aconsejamos que no los cometas,
pero en eso estás solo,
como en todo lo demás.

Puede que tengas que cambiar
de ciudad de vez en cuando.
Elige el Sur, y en verano
dirígete a la costa.

Celebra el Uno de Mayo
y, si has de disparar,
hazlo a la cabeza. Dos veces.

Y si te muerden
cárgate al menos a ése.
Si puedes, a más. Pero al menos a ése.
Ocupa su sitio. No cabemos todos.
Es tu responsabilidad.

I ATE HIS LIVER WITH SOME FAVA BEANS AND A NICE CHIANTI



Últimamente ando tan espeso que hasta me llaman la atención las citas monguer del Facebook. Ya sabéis, esas imágenes tan compartidas y megusteadas donde aparece la foto en B/N de un autor famoso (con el fondo en negro) y -sobreimpresionada en blanco con una tipografía de ésas con bien de serifa- una frase puntera de ese mismo autor (o puede que de otro). Como en este ejemplo, de uno de los reyes absolutos del pollo frito aforístico que obstruye las arterias de tu timeline:


El caso es que últimamente me he visto asaltado por dos de estas, no sé, cosas. Paralelas. La primera del viejo Friedrich:

Si quieres volverte sabio, primero tendrás que escuchar a los perros del sótano.


Y la segunda del un poco menos viejo Carl Gustav:

Uno no alcanza la iluminación fantaseando sobre la luz sino haciendo consciente la oscuridad.


¿Cuál preferís? Yo personalmente me decanto por la segunda. No solo porque la desmesura de Nietzsche me produzca deseos de invadir Polonia, como en aquel chiste de Woody Allen. Sino también porque me parece que la primera pertenece a la religión y la segunda a la poesía. Y esta página va de poesía, ¿no? De poesía, oquei. Es que también colaboro con el Alfa & Omega y a veces me lío. Oquei.

Compartimos la celda -y una larga condena- con un tipo que nos mira fijamente. A algunos nos toca Torrebruno, y a otros nos toca Hannibal Lecter. No sabemos qué delito ha cometido, así que será mejor que no le quitemos la vista de encima. Que escuchemos con mucha atención las historias que cuenta. Tal vez nuestra primera intención sea ponernos a parlotear sobre que somos inocentes o sobre trapichear con la metadona o sobre que solo faltan cuatro días para nuestro vis à vis. Pero el mejor consejo es el que nos recomienda guardar silencio y escuchar. La poesía. Constituyendo este párrafo una de las más farragosas y enrevesadas alegorías jamás compuestas para referirse a la misma.

Escuchad a vuestro Hannibal. En el fondo sabéis que no habrá siesta hasta que lo hagáis. Me refiero a que leáis poesía. O gastronomía, mira, yo qué sé. A veces me pierdo un poco, con tanta metáfora.