martes, 29 de abril de 2014

UN POEMA DE AITOR CUERVO TABOADA


"Por cada desahucio una bomba,
segur que tomba, tomba, tomba..."

"La idea de la cárcel no me asusta
si se trata de una batalla justa"

"No me da pena lo de Miguel Ángel Blanco,
me da pena la familia desahuciada por el banco."

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Sí, vale. Lo de arriba no es un poema, sino tres pareados pertenecientes a tres poemas diferentes. Una selección, digamos. El antólogo no soy yo, por otra parte, sino la Guardia Civil. Las citas constituyen la principal prueba que contra el poeta esgrime la Benemérita, que lo detuvo ayer por un presunto delito de enaltecimiento del terrorismo.

España. Año 2014. Un verso puede llevarte a la cárcel, si eres un poeta comunista, como Aitor. Este tuit, sin embargo, solo se merece un comentario autoexculpatorio tipo "no nos responsabilizamos de las opiniones de nuestros colaboradores":


Y no pasa nada, claro.

Otro ejemplo de tuit por el que tampoco pasa nada (hay miles):


Nadie va a molestar a la Benemérita por estas cosas, claro. Pero ojo, porque este tuit:


le ha costado a un tuitero la detención y ser procesado, junto a Aitor, por el delito de enaltecimiento del terrorismo.

No sé, visualizad a un alemán, ¿vale? Se le ocurre un chiste. Un chiste malo. Una foto de Hitler en su búnker con Eva Braun y un texto en plan "Me gustan las pastillas, rojas verdes y amarillas". Ahora visualizad a ese alemán siendo procesado por un delito de enaltecimiento del Ejército Rojo. ¿No, verdad? Sin embargo, ese alemán tendría muchos problemas si se hiciese una foto de este tipo:


Nada, unas amigas de NNGG de Vila-Real.

Cosas de los jóvenes.

Yo sí sé a qué coño están jugando. Igual que Aitor, que siempre lo ha tenido muy claro, pero ahora lo acaba de aprender por las malas.

Va todo mi apoyo para él. Y a los demás os animo a posicionaros en este asunto. El precio del silencio es un país donde los poetas son encarcelados arbitrariamente y nadie los echa en falta. Y eso no ocurre ni en el puto Irán. Así que, por favor, hablad.

domingo, 27 de abril de 2014

LONDON CALLING



He ido a Londres por todos los motivos adecuados, con mis niños y mi compañera.

Es una buena cosa ir a Londres. Sobre todo si sois letraheridos, como lo llaman los cursis. Londres es un buen antídoto contra la introspección y la neurosis, al menos, que yo sepa, durante los primeros meses.

Londres es un laberinto rojo semiótico, un remolino de mensajes. La fascinación infinita de hundirse en él: los signos de los múltiples subsistemas, herméticos o demóticos, que componen la ciudad. Los dialectos inacabables de la koiné postimperial, sus miles de formas en un simple paseo a través de Harlesden.

La sensación calmante de abandonar ese torrente al entrar, por ejemplo, al British Museum, donde por fin los estímulos se ordenan, cobran un sentido y hasta un recorrido concreto a través de las salas: Egipto, Asiria, Grecia, etc. Pero una parte del viajero quiere volver a salir, al caos.

Aquí y allá localizo hitos del Londres literario: la presencia de Sherlock Holmes en Baker Street, por ejemplo. Eh, mirad, chicos, aquí vivía el detective más famoso del mundo. Ni a Carmen ni a Miguel les interesa esto un pijo, inmersos como están en sus formas infantiles de cabalgar la electricidad londinense. Persiguen cuervos por Marylebone: quién es Arthur Conan Doyle o la ficción popular victoriana al lado de eso. Me doy cuenta de que a mí tampoco me importa un pijo.

El río de turistas al que pertenecemos está debidamente encauzado para que no lo inunde todo, pero en algunas zonas no se ve la orilla. Veo una cola de doce personas esperando para fotografiarse junto a una cabina de teléfonos, una estratégicamente situada ante el Big Ben. Esperando bajo la lluvia. Ocho o nueve murcianos entre ellos.

Al río de turistas se arrima una cantidad salvaje de pescadores. El consumo adquiere unas proporciones suprahumanas. Las mejores cosas de la ciudad (los museos, los jardines y los paseos) son gratuitas, pero de alguna manera el capitalismo ha conseguido impregnarlas de formas aún sorprendentes para un sureuropeo: los museos están abarrotados de cafeterías y tiendas (con más público que las salas), los jardines están salpicados de invitaciones al consumo de todo tipo de servicios, alquiler de tumbonas incluido, y sobre todo las calles son un alfiletero desquiciado de franquicias que prometen experiencias desalienantes. A cambio de un precio. Que oscila entre el riñón y el cojón.

Hablo, obviamente, de la zona 1. Obviamente hay otras Londres. La que ven mis niños, por ejemplo, con epicentro en una haya de ramas sumamente escalables, en Green Park. La que visita mi amor, guiada por sus nuevos compañeros de trabajo. Y la mía. En la mía suena esta canción, pero al revés:

sábado, 26 de abril de 2014

UN POEMA DE ADRIENNE RICH



ATLAS DE LA PALABRA DIFÍCIL

He aquí un mapa de nuestro país:
aquí está el Mar de la Indiferencia, barnizado de sal
Aquí el río encantado que fluye del ceño a la ingle
no nos atrevemos a probar sus aguas
Éste es el desierto donde plantan misiles como bulbos
Éste es el granero de las granjas en bancarrota
Ésta es la tierra natal del héroe del rocanrol
Vemos aquí el cementerio de los pobres
que dieron la vida por la democracia        Éste es un campo de batalla
de una guerra del siglo XIX            el santuario es famoso
Ésta es la ciudad del mito y el relato            cuando la flota pesquera
se fundió            aquí es donde estaban los trabajos            sobre el muelle
procesadoras de pescado congelado            paga por hora y sin bonos
Aquí hay otros campos de batalla                        Centralia Detroit
aquí están los bosques vírgenes            el cobre            las minas de plata
aquí los suburbios del conformismo            el silencio sube como humo
desde las calles
Esta es la capital del dinero y del dolor cuyas torres
arden en el aire invertido cuyos puentes se derrumban
cuyos niños andan a la deriva en callejones confinados
entre espirales de alambres de púas
Prometí mostrarte un mapa dices pero esto es un mural
bueno pongamos que lo sea            son distinciones nimias
desde dónde lo miramos es la cuestión.


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Trad. María Negroni.

jueves, 24 de abril de 2014

EL MAL, LA BREVEDAD

Me encantan los aforismos. Qué iba yo a tener en contra de ellos. Son la flor y nata de un cerebro bien engrasado, el bonsai lingüístico con que se adornan todas las mesas de camilla de la inteligencia, la máquina de vapor en miniatura del clasicismo y el proyecto ilustrado. No sería quien soy sin (y por tanto adoro) las filigranas de Heráclito, Catulo, Jayyam, Quevedo, Gracián, Oscar Wilde, Ramón, Groucho Marx o Samuel Beckett, y disfruto mucho, pero mucho lo que hacen dignos herederos contemporáneos como León Molina, Ajo, Carlos Frontera (haceos un favor y añadidlos en Facebook), Will Ferrell o Teresa Mateo (@teremmarcos). Vaya por delante.

Siempre me ha interesado la forma cerrada de lo epigramático o aforístico. Es la que practico cuando me siento a escribir mis chorraditas. Se trata de presentar al lector la ilusión de que regiones más o menos amplias de la realidad pueden ser aprehendidas con un mecanismo lingüístico totalizante. No por nada he hablado antes de clasicismo y del proyecto ilustrado: la literatura de formas cerradas se basa en (y exige) una fé en la capacidad racional del ser humano: en el momento en que Chekhov o Kafka empezaron a plasmar que los cimientos de nuestra vida eran irracionales y hostiles, o más bien que no existían, las formas simétricas y cerradas de la literatura del XIX perdieron su sustancia y se convirtieron en cáscara. Ese descascaramiento es una de las operaciones centrales del siglo literario siguiente, y nuestra tierra natal.

Aún así, repito que adoro esos diseños literarios retro, y que los utilizo continuamente. La palabra clave es: retro.  Lo que no haría jamás es ponerme ahí todo prerrafaelita con el asunto. Henry James mola mil (La lección del maestro, mein Mutter, una de mis novelas favoritas de siempre, la crema total) pero acordaos de los poemas de Cesárea Tinajero, que cierran (es un decir, eh, es totalmente irónico, eso de que cierran) Los detectives salvajes. Y reconoced que ése es vuestro terreno. Quiero decir, si vuestra edad no tiene tres cifras.

Con todas estas obviedades quiero llegar a la siguiente conclusión: que me está empezando a echar peste la edad de oro de los aforismos de Twitter y resto de redes sociales. La güé 2.0 es bastante nazi a la hora de imponer restricciones de espacio y tiempo de atención a la literatura: para entrar en un timeline no puedes largarte un poema de doscientos versos, ni enlazar a un capítulo completo de una novela. Fuera de Twitter y su cientocuaresma, tienes como mucho veinticinco versos, o un párrafo de unas quince líneas (y todo ello mejor si cabe en una Instagram, o en una composición con una foto en blanco y negro del autor con las frases -en un tipo con serifa- sobreimpresionadas), si quieres que tu mandanga no sea ignorada olímpicamente con un movimiento de ruleta central.

Esto es así. Las escritoras, o al menos muchas de ellas, y en ese grupo un buen número de las que nos gustan, tienen ahora sus cuadernos abiertos y cualquiera puede sopar. Un sueño húmedo de mi generación (no nativa digital), poder husmear entre las notas, las investigaciones, las obsesiones (la cocina, lo llamaba Cortázar) de las autoras que nos fascinan, se ha hecho realidad. Y como siempre que un deseo cerval se materializa, el resultado no mola tanto como cuando soñábamos con él. A ver. Molar, mola. O, si no me creéis, echadle un vistazo al blog de Javi Moreno, o al de Mercedes Díaz Villarías (por no hablar de los casos en que los blogs son mejores que la obra, como pasa con Alberto Olmos, por ejemplo), o al perfil de FB de Vilas o de la Cañamares. Pero tiene sus contraindicaciones. Y éstas son:

El feedback automático. Los comentarios, los compartidos, o el número de megustas. Cuando una autora enfrenta sus borradores con la mente colmena, corre el peligro de creer que se encuentra frente al lector ideal, esa quimera. Y no. Nada más lejos de la realidad. Un poema regulero, pero rico en pornografía emocional, puede cosechar cientos de megustas instantáneamente. Un poema fantástico, capaz de remover el mundo interior de alguien que lo lee al otro lado del Atlántico, tal vez le gustará a esa única persona. Pero es este segundo caso el inolvidable, es esto a lo que aspiramos muchas de nosotras, es ahí donde reside esa famosa madre de Bambi, digo del cordero, que nunca hemos visto pero que perseguimos escopeta en mano.

Es difícil que esa corriente continua de feedback, esa vocecilla de la colmena no afecte al trabajo de una. Que no genere un movimiento darwinista hacia las formas cerradas y la emocionalidad superficial, por ejemplo. Supongo que toda escritora tiene un demonio dentro que le exige satisfacciones inmediatas, y que cada demonio es diferente.

Todo eso lo supongo. Pero hay algo que sé: que el demonio de José Óscar López está bajo control.

¿Y eso a qué ha venido? Pues a que todo el tiempo estoy hablando de Vigilia del asesino.

De que es un libro tan maravilloso que dan ganas de alinearse con él, y de paso con su entrenador, con su 4-4-2 (más bien un NA-π-∞), con su manera de increpar al juez de línea, con sus declaraciones en el Marca.

Me pongo futbolero porque puedo. Porque leo a José Óscar desde los años 90. Porque he aprendido más cosas sobre literatura de él que de nadie. Porque, cuando alguien lo peta, da mucho gustito poder decir yo ya lo conocía cuando solo sacaba maquetas. Hipsterismo ilustrado, ya lo sé, pero y a mí qué me importa.

Porque están las citas monguer de la Acción Poética Murcia (o Tucumán, o Palencia, o Bollullos del Condado) y está este viaje alucinante por un país en ruinas, interior y descentrado, este paseo por los restos del sentido.

Y una de ambas cosas es poesía y la otra no.

 Sin importar el número de megustas.



(les naufragés - François Schuiten)

lunes, 14 de abril de 2014

VEIS LO QUE OCURRE CUANDO NO ME TOMO LA MEDICACIÓN

No me ha pasado mucho, pero alguna vez, en alguna entrevista, sí que me han lanzado a bocajarro la pregunta qué es para tí (sic) la poesía.

Mi reacción en ese momento (reconstrucción de los hechos):


 (*)

Donde yo soy el Tyrion y el periodista cultural el Joffrey, se entiende.

Pero ahora va a pasar una cosa. Que voy a cambiar los papeles. Que voy a hacer de Tyrion Y de Joffrey. Que VOY A RESPONDER A ESA PREGUNTA. Sin ironías. Sin recurrir al postureo de poner cara de guay y soltar un ¿y tú me lo preguntas? poesía eres tú, que tanta risión nos ha proporcionado en el pasado. Coño, voy a intentarlo. Sin miedo ni esperanza. Allá voy.

Yo tenía una profesora de griego en tercero de B.U.P. y C.O.U. (estás viejuno, acho) que se llamaba Conchita. ¿Cuánto le debo, a doña Conchita? No me enseñó solo su materia, claro, aunque aún me sorprende de vez en cuando que lograse meter para siempre el alfabeto, la flexión nominal y unas cien palabras de griego homérico en mi cerebro adolescente. Me enseñó una actitud ante la cultura y el arte que aún conservo en lo esencial y que constituye el mayor jodido regalo que un profesor de cualquier cosa puede hacerle a alguien, un enriquecimiento esencial de la vida de un chaval que ella llamaba, simplemente, su trabajo y que a mí me viene a la mente cada vez que me entero de que algún hijo de puta con corbata ha decidido desde la caverna de su propia miseria mental marginar las enseñanzas clásicas, o imponer puta religión en los currículums de la escuela pública, o precarizar el trabajo de gente como ella. No me voy a extender mucho sobre el tema, pero: que os follen. Sabéis quiénes sois y qué: gusanos, veneno, mercachifles, ladrones, paletos y beatos. Sois nuestros enemigos. Lo sabéis. Y algún día seremos cientos por cada uno de los vuestros.

En fin. Doña Conchita. Que se me hincha la vena y se me va. Volvamos ahí, al joven y pringado Joseda sentado ante esa mujer en su aula de C.O.U a principios-mediados de los 90, disfrazado de Kurt Cobain, que aún estaba vivo, y armado con el diccionario Griego-Español de VOX. Abrimos la Ilíada: Μῆνιν ἄειδε θεὰ Πηληϊάδεω Ἀχιλῆος. Y la profesora dedica una clase entera a que entendamos lo importante que es no perder nunca, jamás, bajo ningún concepto la idea de canto en la traducción de ese primer verbo. Nada de "Habla, musa" ni "Cuenta, diosa". Canta. Los dioses antiguos no hablan, ni cuentan, ni relatan, ni narran. Las musas cantan. No es lo mismo.

La poesía es eso. Una dignificación de la vida humana, una aproximación a la misma capaz de añadirle dignidad. Un intento, al menos. Mediante la palabra, según la definición del DRAE. O mediante cualquier jodido método que caiga en tu mano, según la mía. Alex Gross, Charlie Kaufman, Banksy, Antonio Galvañ, Cristina Fallarás o Erika Trejo, por poner unos cuantos ejemplos en plan random, tal vez no han escrito un poema en su vida, pero sus acciones pertenecen a ese país, si he de decir yo por dónde están sus fronteras. Se trata de una materia increíblemente compleja, por otra parte, e imposible de reducir a ecuaciones. Mientras los psicoanalistas y los físicos teóricos estaban firmando la partida de defunción del proyecto ilustrado, a principios del siglo XX, una panda de locos que conocemos por el nombre de formalistas rusos hicieron lo propio con la concepción romántica de la poesía a partir un sencillo concepto:  la necesidad del ostranénie (остранение): el extrañamiento, la ruptura del canon, el movimiento centrífugo, el alejamiento del grado cero. Me gusta la metáfora que sugiere que escribir un poema se parece a diseñar un artefacto infinitamente complejo, pero olvidando antes la carrera de ingeniería. Es muy Shklovsky, esa metáfora. Mola.

También hay poetas que no escriben, ni pintan, ni danzan, ni crean, ni nada de nada. Dignifican su propia vida y, tal vez, las de los que los rodean, pero éstas siempre involuntariamente. Cada vez que oigo hablar del nirvana -por volver un poco a Cobain-, que como toda doctrina religiosa no es otra cosa que una metáfora, me acuerdo de est@s beat(o)niks, que siempre he querido tener cerca y que siempre me han recordado que solo hay una dignidad verdadera. Y no es la del consumo, con sus promesas oligofrénicas y alienantes, ni la de la religión, con sus ídem, sino la de la poesía. Dulce, eterna y luminosa, como decía Pacheco.  

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(*) Estos gifs están sacados del alucinante tumblr Vida de escritores. Si aún no lo conocéis, tirad pallá jopando. De nada.

sábado, 12 de abril de 2014

NIGHTSWIMMING

Yo me vengo a levantar como a las cinco. Me levanto a la misma hora que mi hijo pequeño, que tiene problemas con el sueño. Nos levantamos y ya está. Pero son las cinco. Una hora de chichinabo.

Suelo inventarme chistes sobre lo temprano que es y los cuelgo en Twitter, pero no tengo ningún éxito. A ver, ningún éxito. Un RT por aquí, un fav por allá. No está mal. Lo que pasa es que a mí, una vez, me retuiteó Isabel Coixet. ¿Acho sí? preguntaréis vosotros. Como lo oís. Mi gran éxito tuitero. Pero a ver ahora quién supera eso. Reconozco que a veces me siento muy Clap Your Hands Say Yeah! con este asunto. Me siento como en aquel relato de José Óscar López.

Luego se va haciendo de día poco a poco. Con las primeras luces, yo ya tengo hambre, ya se me ha pasado el efecto del café, ya me he aburrido, ya he añadido unas mil palabras inútiles a mi novela, ya he cagado, ya he negociado con Martín la cantidad de galletas y rebanadas de pan bimbo que podía comer, ya he leído las suficientes noticias como para deprimirme, etc.

Ya he leído este poema de Brane Mozetič (en Banalidades, Visor, 2013):


y ya tengo hecho el nudo de la garganta. Entonces se hace la hora de ir al cole. Mis niños van al cole, no yo. Yo me dedico a caminar. En círculos. Del Carmen al Ranero por García Alix y hacia la derecha por la Avenida de los Pinos hasta Juan de Borbón, y una vez en la Fama por la Ronda de Levante hasta el puente de la Fica, para cerrar el círculo por la orilla sur del río hasta el Malecón. Cada vuelta dura una hora y veinte minutos, y yo doy tres. Olvido -para mi bien- el 95% de lo que pienso a lo largo de las caminatas. El otro 5% lo utilizo al día siguiente para escribir mis chorradas. Ésta es una de ellas, claro que sí.

Cuando llego a casa, como y me acuesto. Tengo una doble alarma puesta para despertarme a tiempo de estas siestas e ir a recoger a los niños del colegio. Es uno de mi terrores paternales: que me quedo durmiendo y no voy a por ellos. Así que doble alarma. Pero el caso es que no la necesito. Mi cerebro se despierta solo cinco minutos antes de que suene la primera. Entonces, dependiendo de la luz que haya fuera, o de la apertura de la persiana, suele ocurrir que no sé dónde estoy, ni qué hora es, ni mi misión en este mundo, ni mi nombre.

Ése es el centro de mis días: ese despertar, ese movimiento de reflujo de la conciencia. Harían falta quinientas Ibizas de drogas sintéticas para reproducir de forma artificial esa sensación flotante.

En un par de minutos, todo ha vuelto (excepto lo de mi misión en este mundo, claro) y yo estoy tragándome un café y jopando por la puerta. Siempre llego a tiempo para recoger a los niños. Luego vamos a parques, o a pasear, o a hacer la compra, o a la biblioteca. Ésa es mi mitad blanca.

La vida de quién no es rara. Sin embargo, deberíais verme en el supermercado, arrastrando un carrito lleno de niños y botellas de lejía. Seguro que me preguntaríais por el partido de anoche.

Hacedlo, por favor. Decidme algo como "¿acho el barça qué?". Nadie lo hace. Veo en la mirada de los demás la barrera que se lo impide. También la veo en la de mis hijos. Y no me gusta. 

jueves, 10 de abril de 2014

EN LEGÍTIMA DEFENSA (BARTLEBY, 2014)

NO HAY SPOILERS

Qué venía yo a decir. Me he levantado tan temprano que se me ha olvidado. He visto la primera temporada de True Detective. Sí, muy chula. Los malos dan mucho miedo. Los actores están genial, especialmente ese Matthew McConaughey que casi consigue hacerme caer otra vez en el tabaco, después de cuatro años. De suspense, bien. De música, sobresaliente. De paisajes, chachi piruli.

Pero lo que yo venía a comentar es, obviamente, otra cosa. La exhibición de atrocidades que contienen sus ocho capítulos, que viene a emparentarla con ese subgénero del cine negro que se puso de moda a finales de los 80, tras El corazón del ángel (con la que True Detective comparte el escenario y el temor por la cultura cajun y criolla y la francofonía sureña de Estados Unidos), y que incluiría El silencio de los corderos, Seven o las sagas Saw y Hostel. Me refiero al noir de la demonización, donde el mal es sublimado hasta llevarlo a lo místico o lo satánico. El bien y el mal dejan de pertenecer por entero al género humano. Lo contrario es cierto en estos productos, por otra parte tan exitosos desde un punto de vista comercial.

El hombre es lógicamente un lobo para el hombre según esta óptica, y ello no como resultado de un proceso comprensible o interrumpible en algún punto, sino como mandato superior. Sin miedo ni esperanza se enfrentan con este Mal imposible de relativizar los héroes de estas historias, siempre casi tan monolíticamente buenos como el arcángel San Gabriel. Es importante que sean buenos por encima de sí mismos, ya que vamos a tener que perdonarles que torturen y asesinen por doquier. Tiene que estar muy claro que son lo único que se interpone entre nosotros y la Mechona. A veces, como con Mickey Rourke, Brad Pitt o Matthew McConaughey, además, están buenos.

Hablo del Mickey Rourke de los 80, claro. Joder, decidme que no:



Me siento muy viejunomarxista cuando estas cosas me indignan, contra el hype generalizado. Nunca he leído tebeos de superhéroes (si exceptuamos Watchmen), pero sus apariciones en las pantallas de cine suelen llegar a unos niveles de protofascismo que la UNESCO desaconseja para niños, ancianos y mujeres embarazadas. Con mención especial a los Batman de Christopher Nolan, donde la grandilocuencia de la puesta en escena y la oligofrenia conceptual me encienden alarmas que no sabía ni que existían, en plan Malaysia Airlines.

 
(este colega no solo era más malo que el baladre: también se dedicaba a repetir lemas del movimiento 
Occupy, en una operación de manipulación ideológica digna [es un decir] de Paco Marhuenda)

Luego recuerdo que le leí o le oí a alguien que trabaja como guionista de series de televisión que las productoras tienen un manual de estilo al que todos tienen que atenerse, y que en ese texto se proscribe explícitamente mencionar las siglas de ningún partido político. Y es verdad que hay personajes que se autodefinen como de izquierdas, como la vieja aquélla que le daba collejas (nunca lo bastante fuerte, sabemos ahora) a Toni Cantó, pero se trataba de una autodefinición. La serie nunca sacaba a la señora movilizándose, nunca la veíamos en ninguna reunión, o manifestación. Ni una triste recogida de firmas.

Las series jamás sacan manifestaciones. No hay reivindicaciones colectivas. De hecho, no hay ni colectivo. Esas cosas quedan para subgéneros de arte y ensayo de los que subtitulan de madrugada en La 2, como el cine de Ken Loach y así.

No es por accidente.

Si la ficción de la cultura popular parece la plasmación de esa distopía totalitaria que emocionaba a Margaret Thatcher (And, you know, there is no such thing as society. There are individual men and women, and there are families, 1988), si el cine y la televisión (y gran parte de la literatura) de masas han proscrito lo común y lo colectivo del catálogo de temas aceptables, no es por accidente.

Sí, ya: ya está el pesao éste largándonos el rollo de la superestructura. Seguro que ahora continúa con lo de la alienación y remata con lo de la enajenación de la plusvalía. Vale. Soy cansino, lo sé. Mi lenguaje es antiguo, lo sé.

El poeta Martín Rodríguez Gaona, de quien tanto he aprendido y a quien tanto debo, me contó que la forma en que Ortega y Gasset abordó el tema de las vanguardias artísticas instituyó una especie de cordón sanitario de asepsia ideológica  en torno a la literatura que los largos años de franquismo solidificaron. Y ése es uno de los rasgos diferenciales fundamentales de la literatura a ambos lados del océano. Y también el motivo por el que a un festival como el Voces del extremo, en el que nos encontrábamos, no asistía nadie ni del mundo académico ni de (apenas) los medios, a pesar de contar con todas las vacas sagradas de la poesía española .

O sea que tal vez tampoco es por accidente la ausencia de lo colectivo en la obra de tantos y tantos escritores, pop y no pop.

Que sí, que ya, que me repito más que el gazpacho del Mercadona. Pero es que luego, a pesar de lo mucho que me decís que me repito, me salís con que lo artificial es lo mío, que qué manía es ésa de utilizar reflexiones sobre el común en-algo-tan-personal-como-la-poesía.

Y ahí viene cuando yo paso a hablar de alienación y se duerme hasta el farlopero de las bermudas.

Pero permaneced atentos a vuestras pantallas, porque igual, cualquier día de éstos, escucho por enésima vez la locución en-algo-tan-personal-como-la-poesía y en lugar de contraatacar con teoría marxiana, o con el correlato objetivo de Eliot, lo que hago es sacarme un cóctel Molotov.

Bueno, todo este rollo venía a cuento de algo que mi cerebro viejuno parece haber traspapelado con el madrugón.

Ah, sí: que mañana se presenta este libro:


En La Azotea a las 20:00. Que a ver si os pasáis, achos.

lunes, 7 de abril de 2014

Justo cuando estabas peor,
y nada parecía tener sentido,
se presentan todos los vecinos
con sus alegres antorchas.

sábado, 5 de abril de 2014

UNA ÓRBITA




Posiblemente porque era más barato, las productoras yanquis de series de televisión decidieron abandonar los rodajes en los centros urbanos icónicos de Estados Unidos. Vamos, que nada de Nueva York. HBO se llevó a los Soprano a un grisáceo y achaparrado New Jersey. El doctor House curra a las afueras de Los Ángeles. The Wire lleva las escuchas policiales no a la lóbrega y rutilante trastienda de Manhattan, sino a Baltimore, Maryland. Breaking Bad saca, con bien de filtros Instagram, el lado texmex de la América profunda en Albuquerque, Nuevo México. Y True Detective explora la psicoesfera de Louisiana para que nosotros no tengamos que hacerlo. Que ni ganas, por otra parte.

Con este movimiento centrífugo, la cultura popular abandonaba los escenarios de plástico rosa Mattel de, digamos, Sexo en Nueva York. Los centros culturales se quedaban para espectáculos más rentables económicamente, y también como es lógico más artificiosos, tanto en lo ético como en lo estético: películas románticas con Jennifer Aniston ambientadas en el glamour, cosas de superhéroes o catástrofes donde las capitales arden, etcétera.

Nos trasladamos a la periferia como quien se muda a la realidad. El cine indie de los 90 ya había explorado esta vía costumbrista (no sé por qué pero me acuerdo de Ruby en el paraíso), y los hermanos Coen, alérgicos a las postales turísticas, ambientaron en Texas su primera película, Sangre fácil. Luego vendrían Arizona Baby o Fargo para demostrar su querencia por lo periférico. Al otro lado del océano, reconocemos esta escenografía. Miramos a nuestro alrededor y el paisaje es la indefinición periurbana, donde los descampados lindan con almacenes en ruinas, bares dudosos, rotondas con una sola salida (como las que salpican los relatos de José Óscar López) y promociones en venta. Nuestra generación, la del baby boom de los 70, ya no se ubica en centro alguno. Cuando llegamos a los veintipico había esperándonos una burbuja inmobiliaria hinchándose sobre todos los extrarradios. Primero tomamos las pedanías, después tomamos las afueras. Si Manhattan era un atributo de Warhol, y París de Cortázar, nosotros nos reconocemos en el cámping Estrella de Mar, de Castelldefels. Entendemos Los detectives salvajes como la crónica de esa aventura centrífuga donde el D.F. es el punto A, y el B la nada.

En algún sentido somos como Atila. Donde pisamos, lo que brota es el no-lugar. El escenario intercambiable. El sitio sin atributos.

Murcia. Donde los esqueletos de edificios abandonados a medio construir se alzan en la tierra baldía de las ruinas (las reinas) de la huerta. Donde avenidas nuevas atraviesan descampados erizados de carteles, y esos carteles anuncian promociones fantasma o locales de prostitución. Los restos de ese plan general de desordenación urbana llamado catetismo cementero.

Abundan las visiones literarias de Murcia que juegan con esa idea de no lugar. La novela de Miguel Ángel Hernández, Intento de escapada, sustituye los topónimos por términos genéricos (la Ciudad, la Región). Francisco Miranda la llama Pantanosa en su obra homónima. Dialoga con éstas la de Francisco Béjar, Mirando al suelo, donde la toponimia deviene campo de batalla ética.

El blog de Miguel Ángel Hernández, por cierto, se llama No (ha) lugar. El de Alfonso García Villalba, otro narrador murciano, Periferia über alles (flotando fuera del centro). El de Javier Moreno, Peripatetismos. El de José Óscar López, Un mundo flotante

Hay tres pelis norteamericanas que me gustan mucho y, aunque no tienen absolutamente nada que ver, muestran una coincidencia que me parece interesante. Se trata de (en orden cronológico): París, Texas, Mi Idaho privado y Brokeback Mountain.

Las tres tienen topónimos en el título, y las tres ilustran la imposibilidad tanto del retorno como de la fuga. Las tres están protagonizadas por memorables encarnaciones de ese personaje tan yanqui: el rolling stone. Que deberíamos empezar a ver más bien como satélite.

Fernando Alfaro en una gasolinera de carretera poco transitada.

Franki Malamente en el sudeste asiático.

Ulises Lima, Arturo Belano.

Rubén en no sé qué sitio de nombre impronunciable del estado de Maine.

Nuestra alergia a la centralidad, a la unidad, a la identidad.

Travis. El puto Travis. Que por cierto ahora pasaría por hipster, con esa gorra, esa barba y esa indumentaria vintage.

Dónde está el centro de mi vida, te preguntas, cuando pierdes a quien amas.

Y a tu alrededor el paisaje incluye rastrojos, casas abandonadas, naves industriales sin estrenar, bares que abren a las seis de la mañana, vías de tren, chabolas de chapa y desguaces.

Decides seguir las vías, porque aún no sabes que no llevan a ninguna parte, que solo trazan un círculo.

Una órbita.

martes, 1 de abril de 2014

GOING FETAL

La relación entre alienación y neurosis es un asunto eminentemente lacaniano, pero no es necesario leerse las obras completas de este chispeante autor francés para percibirla. La sociedad postindustrial se presenta a sí misma como una cornucopia, un catálogo de todos los goces (en sentido lacaniano, otra vez). El imperativo que ejerce sobre sus miembros-socios es, parejamente, infinito, ubicuo, contradictorio y persistente. Debes ser esto. Ahora debes ser esto otro. Con esta apariencia. O con esta. Redefínete. Hazte una selfie. Cambia de coche. Aprende espiritualidades orientales. Córtate el pelo. Viaja a Sudáfrica. Come orgánico. Alárgate la polla. Cómprate el abono del SOS y tres gramos de farlopa de la mala. Lee a Lacan.

Guy Debord ya nos informó de los terribles efectos secundarios de esta dictadura de la juventud, entendiendo juventud como la hipertrofia del proceso de construcción de la identidad, donde ésta nunca se completa. Un socio del espectáculo nunca es, nunca ya es. Sigue añadiendo habitaciones, como Lady Winchester, y duerme cada noche en una nueva. A este angustioso proceso le da el nombre de crecimiento personal. Sí, este sintagma se lo ha sacado de algún anuncio.

La neurosis es el resultado (más bien el producto) de este proceso. Está prohibido detenerse, está prohibido perder tiempo. Hay que seguir las indicaciones pero las indicaciones son contradictorias, esquizofrénicas, imposibles y categóricas. A veces se nos exige haber estado: tenemos entonces que rehacer nuestro pasado. No sé vosotros, pero a mí en esta tarea me ayudan mucho esos críticos monguer de la Rockdelux que todos los meses dicen que algo que siempre ha apestado de repente siempre ha molado, y viceversa hasta el infinito y ya veremos en el número de abril.

El síntoma es el consumo. La cura también. El consumo.

Me he dado cuenta este último par de meses. He tomado la costumbre (ya he dejado de hacerlo, adelanto) de ver series en la cama, con una tablet. Solo, con la luz apagada. El brillo de la pantalla táctil inundando la habitación de líquido amniótico, apagando el inapagable ruido interior, la rumiación, la ansiedad. Un chute de placenta a través de la wifi umbilical.

La renuncia. El retorno. El abandono.

Lo de ver series en la cama con la tablet (y no te digo nada ya pasarte las mañanas laborales viéndolas en el sofá) es un hikikomori de bolsillo, en píldoras.

Madre mía, qué colleja tengo.

Escuchad, escuchad lo que dice E.:


(Everyone is going fetal / It's the dance the kids all feel / Just get down under your desk / Feels like your mama's nest alright)

ADIÓS, ANA SANTOS



El puto cáncer se ha llevado a Ana Santos con apenas cuarenta años. Esto no va a influir en la contabilidad macroeconómica de esta mierda de país, pero en la nuestra, en la que cuenta, sí. Mucho. Para mal. Para muy mal. Como solo se me ocurren tacos creo que voy a copiapegar un soneto de John Donne traducido por Víctor Botas. Y a tomarme un whisky. A tu memoria, gaviera.

Ten más modestia, Muerte, aunque se te haya
erróneamente dicho poderosa
y temible; pues ésos que has borrado
no mueren, pobre Muerte, incapaz hasta
de aniquilarme a mí. Si el reposo
y el sueño son tan gratos, cuánto más
no debes serlo tú: así se explica
que los mejores antes den contigo
libertad a sus almas y a sus huesos
descanso. Azar, reyes, suicidas,
son tus amos, habitante de pócimas,
enfermedad y guerras. Y más diestros
que tú son los hechizos. Menos humos,
que veremos tu fin; tu muerte, Muerte.