viernes, 28 de marzo de 2014

BODYSNATCHERS

Cuando atravieso unas horas de insomnio, o madrugo para nada, o me siento en silencio en el sofá durante una larga mañana de día laboral, trato de esforzarme en percibir que no estoy solo. Trato de visualizar a otros que toman café en cocinas a oscuras, o calientan sillas en turnos de noche vacíos, o permanecen quietos en su cama con los ojos abiertos. Pertenezco a una especie quieta, y la visión tiene algo tranquilizador, así como algo perturbador.

Planeamos sobre el tiempo. Ofrecemos una mínima resistencia al tiempo, gracias a nuestro diseño cronodinámico.

Nos hacemos los muertos, pero no estamos muertos. Esto puede comprobarse fácilmente en la respiración y en el pestañeo. Tenemos los ojos abiertos, y vistas a la vida. Menos mal que los vivos no se fijan, porque menudo susto se darían, ¿no?

¿Sabéis esa gente que dice cosas como never look back o I regret nothing? Esa gente no es de los nuestros. 

Nuestra piel es pálida y junto a nosotros suelen encontrarse objetos feos, como un libro, o un samovar.

A veces alguien llega y trata de auditar nuestra posición financiera. Normalmente hay que darle una cocacola y levantarle las piernas hasta que se le pasa la lipotimia.

Pasear en círculos, llamar a números del pasado y escuchar locuciones de rechazo, estudiar los verbos irregulares de una lengua muerta. Son ocupaciones con futuro.

Estábamos todos en Geocities. Ahora a ver cómo nos encontráis. 

Igual en los bolsillos de la ropa de invierno.

En el espejo cuando os levantáis a mear a las 3:30 a eme.

Pero nunca os miráis al espejo a esas horas.

Hacéis bien. 

jueves, 20 de marzo de 2014

UN POEMA DE DAPHNE GOTTLIEB




LO QUE ME ASUSTA DEL DESEO

la deseo
pero no sé
si quiero
ser ella,
follármela
o que me preste su ropa.


 (THE FRIGHTENING TRUTH ABOUT DESIRE: it's on but / i don't know / whether i want / to be / her, fuck her / or borrow / her clothes.)

(trad. el menda)

HACEDME CASO

Cada vez que escucho a un poeta decir que su poesía solo se debe a la Belleza (juro que lo sueltan en mayúscula) suelo poner este jeto:


(si os pilla cerca, no os asustéis. No me voy a comer el hígado de nadie. Es un acto reflejo.)

No sé. No me gustan esas deudas, supongo. O tal vez me ocurre que ese concepto de Belleza me roza el nervio ciático y me produce carraspera y ganas de musealizar al poeta en cuestión (con sus conceptos dentro) y cobrar entrada a los turistas.

Igual en el fondo lo que me pasa es que me deja patituerto encontrar a personas que aún crean que la neutralidad es posible, que la construcción de un espacio impermeable a los acontecimientos puede liberarlos de la engorrosa tarea de tomar posición (o de la aún más engorrosa tendencia de los demás a verles el plumero). 

O me fastidia que me presenten una especie de lista con los materiales con que "la auténtica poesía" puede estar construida. Si usas otros, no te vamos a conceder la denominación de origen, parecen decirme. Nada de política, nada de luchas colectivas, nada de ideología. Eso no es Belleza. Me recuerdan a la Thatcher, cuando decía eso de que la sociedad no existe, solo existen los individuos y las familias. Me hacen pensar en qué diría cualquier persona sensata si yo ahora afirmase que no puede construirse un poema utilizando materiales propios de la astronomía, o de la botánica, o de la música, o de la mística.

O tal vez el problema de las recetas y los cánones ("Si te atienes al concepto novecentista de Belleza, utilizas este repertorio de estrofas y topoi y te abstienes de usar temas incómodos, como los sociales, crearás poesía) reside en que sustituyen una de las formas de creación más complejas y ricas por un mecanismo. Y al revés: que cualquier producto de ese mecanismo recibirá el nombre de poesía. Y no, amigos. Llamadme gourmet si queréis, pero ni de coña es posible reducir la poesía a un mecanismo. Es al revés: la repetición la desgasta y la diluye, como sabemos por Shklovski y su banda.

O tal vez el problema está en mi interior. Lo del canibalismo y tal. Pero no creo. Va a ser lo otro. Hacedme caso.

miércoles, 19 de marzo de 2014

CINCO RAZONES POR LAS QUE LOS ARTÍCULOS CUYOS TÍTULOS EMPIEZAN POR UN NÚMERO ME COMEN EL COÑO, Y UN VÍDEO DEL PUMA

1.- No son un formato original ni nuevo. El típico titular de portada glossy "10 trucos para hacer gemir de placer a tu hombre" es un invento de la Cosmopolitan de los 70, en manos de la mítica editora Helen Gurley Brown. Esta señora encontró la forma de hacer que su cabecera resultase más visible que las otras, en los atestados expositores de revistas de los Estados Unidos. Alguien de algún medio modernimonguer como el Huffington Post, la Playground o Vice ha decidido intentar lo mismo para destacar en los timelines de Facebook o Twitter. Ahora vais y lo faveáis. 

2.- Son pura oligofrenia textual. Me explico. Un artículo de mil palabras, que es la extensión media de estos textos, puede tener múltiples formas. Puede profundizar en cualquier tema, relacionarlo con cualquier otro, contrastar múltiples puntos de vista, enfrentar una tesis con una antítesis, ampliar un detalle, tomar perspectiva, y etcétera hasta el infinito. Complejos y enriquecedores modelos textuales son descartados sistemáticamente y sustituidos por un diseño de diez párrafos inconexos que ilustran, desde el mismo nivel de importancia conceptual y con más o menos desparpajo, algún fenómeno hype de la actualidad. Son a la Retórica lo que las lasañas Hacendado a la Gastronomía, más o menos.

3.- Son tan digeribles como olvidables. Sí, es cierto, son fáciles de leer. Le exigen a nuestro músculo gris el mismo esfuerzo que se necesita para sumar 1+1 diez veces. Pero, por lo mismo, la sustancia que aportan es poca. Si queréis, haced el experimento de entrar en la Playground, leer un artículo cualquiera y tratar de contármelo pasados unos días. Bueno, mejor contádselo a vuestras abuelas. Que hace tiempo que no vais a verlas. Va.

4.- No son exhaustivos. Da esa impresión, con tanta obsesión por numerarlo todo, pero no. La clave está en el numerito: un 7, un 8, un 10, un 15 o un 25, pero nunca un 6, un 9, un 17 o un 23. No sé quién decía, refiriéndose a los diarios, que es sospechoso que cada día pasen exactamente 32 páginas de cosas. La conclusión a la que podemos llegar es que también es muy sospechoso que solo haya 10 errores comunes que cometen los padres de hoy en día. Concretamente, el menda comete 78,4. Pero claro, con ese título no se metería ni Cristo. Ah.

5.- Vehículo tonto, carretera tonta. Obvio. Si nos montamos en un triciclo, no va a ser para recorrer la senda de la iluminación. Como mucho, recorreremos los pasillos pulidos de un centro comercial, aprovechando la mejor vista de los escaparates. Si no pilláis esta metáfora, os merecéis un millón de artículos con numerico más. O, mejor, que os quedéis atrapados en el tiempo, como Bill Murray, y que todas las mañanas os despierte esto:


(Numerao, numerao, viva la numeración...)

lunes, 17 de marzo de 2014

DE BIRRAS CON FRIEDRICH, DE RAVE CON ADAM

Tal vez una de las citas más reproducidas de la historia de la reproducción de citas sea ésta, del viejo Friedrich:

Quien con monstruos lucha cuide de convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti.

Esto es así. Pero el otro día, uno de mis poetas favoritos, Adam Zagajewski (en entrevista para El Confidencial), dijo algo que me dejó temblando:

Uno puede petrificarse fácilmente en la ironía y en la cotidianidad vivida de forma vulgar, y creo que éste, y no la soberbia de los sacerdotes, es el verdadero peligro del momento histórico actual.

Cuando acabé de temblar, se me ocurrió que quien con la banalidad lucha cuide de convertirse a su vez en banal, y que cuando miras largo tiempo a la ironía, la ironía también mira dentro de ti, que es una frase que debería darnos mucho más miedo, a los aprendices de escritores en la era de la postmodernidad, que la de Nietzsche que dije al principio. O yo qué sé.

sábado, 15 de marzo de 2014

UNA DE METÁFORAS REBUSCADAS QUE TRATAN DE CONECTAR LA ESCRITURA, EL CERCO DE SARAJEVO, EL CONSUMO DE MARIHUANA Y LOS ÍNDICES BURSÁTILES

Agolparse a las puertas de las editoriales me recuerda un poco a hacer la cola del pan, en una ciudad sitiada. Ahora que caigo: me recuerda a alguna de estas imágenes, que formaban parte del día a día del Cerco de Sarajevo (1992-1995):


(obviamente, las colas del pan eran un objetivo claro para los artilleros)

El pan es la identidad. Tú publicar: tú ser escritor. Tú no publicar: tú pasar hambre. Tú no saber si sonar ridículo cuando decir tú ser escritor. Tú pasar frío en ciberespacio.

Os voy a contar un secreto: el panadero no lo da gratis. El panadero no tiene un rostro amable y unos ojos enrojecidos de tanto llorar en solidaridad por sus conciudadanos. De hecho, las fotos nunca captan su cara. Solo sus manos: con una suelta la lepinja de pan grisáceo, con la otra agarra el billete. No fía. No se le fía a un cliente si éste es susceptible de recibir una certera bala serbia en la colleja, desde las colinas, en cualquier momento. Tampoco vale cualquier divisa. ¿Dinares yugoslavos? ¿Tú me has visto cara de tonto? Deutsche mark, vecino. Aquí deutsche mark, o a llorar a la iglesia. O a la mezquita. O a la sinagoga. O al centro de sniper´s alley a plena luz del día, tú que tienes cara de valiente. Marš! 

Pero hay que comer. Hay que vender cosas y hacerse con marcos alemanes, y a continuación madrugar para ponerse en la cola. No hay otra opción.

¿No hay otra opción? Siempre hay otra opción. Según las crónicas, los pequeños delincuentes fueron excarcelados y puestos a ejercer las funciones de la policía municipal, en la Sarajevo sitiada. Los verdaderos policías fueron enviados a (morir en) las colinas, mientras éstos, de quienes se sospechaba con toda razón que desertarían nada más pisar el frente, quedaban a cargo del uniforme, la placa y el arma federales. Si esto no es carnavalización balcánica, decidme vosotros qué es.

Como resultado, los parques de la ciudad se convirtieron en indisimuladas plantaciones de marihuana. Entre los constantes tiroteo y bombardeo, la pérdida de seres queridos, el invierno, la precariedad extrema y el suministro ilimitado de excelente grifa (por no hablar del hecho de que ser considerados locos eximía a los zagales de ser enviados al frente), la enfermedad mental se disparó. Hikikomoris psicóticos a dieta de marihuana y limosnas comestibles de los vecinos. Que escribían estas cosas por las paredes (espero que aprovechando la noche):


(Aquí nadie es normal)

O incluso se permitían aportar su granito de arena al debate geopolítico que, en forma de guerra civil, estaba teniendo lugar en esa época por encima de sus cabezas, con Miterrand, Clinton y Solana jugando al parchís mientras charlaban:


(-Esto es Serbia. - Idiota, esto es Correos

Tal vez no estaría mal ser un fantasma. Abrigarse bien, y escribir en el ciberespacio. Mejor, darse al lo-fi y escribir bellos manifiestos surrealistas en el teletexto. Sí, sí, en el teletexto.

Seguramente, la palabra es jugar. Jugar a resguardo de miradas fiscalizadoras. No firmar, donde firmar no sea imprescindible. Bailar batuka latin como respuesta a las imposiciones del canon, que no olvidemos que puede tener cara de moderno y exigirnos textos llenos de caca, culo y pis, si es que el deutsche mark cotiza alto en pollas en ese momento. Quedarnos en casa mientras otros hacen la cola del pan, y sacar el Risk. Me apetece. O me desapetece. Tengo hambre. De la que da la grifa, claro está.

sábado, 8 de marzo de 2014

UN POEMA DE JOHANN WOLFGANG VON GOETHE



Ahora siento entusiasmo en el clásico suelo,
con más encanto me habla el mundo de hoy y de antes.
Cada día hojeo, dócil, obras de los antiguos,
con mano ágil y siempre con placer renovado.
Mas me tiene en las noches el amor ocupado.
Seré así medio docto, mas dos veces feliz.
¿No aprendo acaso viendo las formas de los dulces
pechos? ¿Acariciando de cintura hacia abajo?
Ahora comprendo el mármol; reflexiono y comparo;
con mano que ve siento; veo con ojo sintiente.
Si bien horas del día me roba la querida,
las horas de la noche me da de recompensa.
No siempre nos besamos; conversamos con juicio,
y cuando ella se duerme, pienso mucho acostado.
Hartas veces he creado mis poemas en sus brazos,
hexámetros contando suavemente en su espalda
con los dedos. Respira ella en el dulce sueño
y se adentra su aliento hasta el fondo en mi pecho.
Mientras, Amor la llama nutre y piensa en los tiempos
en que el mismo servicio prestaba a su triunviros.

(Elegías romanas, V)

TÉCNICAS DE BÚSQUEDA DE EMPLEO PARA SALMONES




La poesía no puede cambiar el mundo, obvio. Pero puede cambiarte a ti. Será sin embargo un cambio a contrapelo. Un asalmonamiento por ensalmo. La poesía puede parar el tiempo. Pero solo para ti. El tiempo sigue su marcha mientras tú estás ahí congelado, cristalizado por un poema de Goethe. Y en ese tiempo, alguien te espera. Las tareas se acumulan. Tu currículum amarillea. La entrevista que estabas manteniendo languidece. El de recursos humanos se levanta y se va. Y te deja la cuenta.

La poesía va a dificultar que tomes las decisiones financieras más adecuadas. La poesía va a impedirte disfrutar de una dieta equilibrada. La poesía corroerá toda tu proactividad. La poesía enturbiará tu visión del mercado inmobiliario. La poesía elevará tus costes de oportunidad. La poesía afeará tu perfil de Meetic. La poesía es un pasivo en tu balance. La poesía es grasa monoinsaturada. La poesía es un bono basura.

El candidato deberá demostrar experiencia en el sector comercial, tener buena presencia, dotes comunicativas y un discurso interior luminoso y cristalino. Fluirá río abajo con determinación y alegría. Su carne no será rosada. Ni vendrá del mar.

Ese tiempo congelado corre contra ti. Un poeta trabaja la mitad y envejece el doble de rápido.

La poesía no puede cambiar el mundo. Pero, por si acaso, no toques el tema, en la entrevista.

Y hazte bien el nudo de la corbata.

Y dúchate, joder, que hueles a salitre.

Y pon cara de trucha.

Y, por lo que más quieras, nada de saltar.

jueves, 6 de marzo de 2014

UN POEMA DE LEOPOLDO MARÍA PANERO




LA CANCIÓN DEL INDIO CROW


Qué larga es la ribera de la noche,
qué larga es.
No hay animales ya ni estrellas
y el matorral de los recuerdos
la vida es una línea recta,
qué larga es la ribera de la noche
qué larga es.
El mar, al lado, tan oscuro               
ya ni la luna quiere verme 
y allá en el pozo sepultada 
la miel aquella de esos labios               
que de algo como amor me hablaron, 
luego en silencio se quedaron:
qué larga es la ribera de la      noche,
qué larga es.
Flotan cabellos en el agua
de una mujer que no existió
y en la cabeza hay unas letras
la A, la V más dos Os:
qué larga es la ribera de la noche
qué larga es.
      Tal vez sea un oso lo que anda
con una pierna y luego otra,
las huellas son como de oso,
no de yo.
Qué larga es la ribera de la noche,
qué larga es.
No se terminará nunca la playa
con esa sombra que recorre
ese desierto tal un péndulo:
qué larga es la ribera de la noche,
qué larga es.
Cómo saber si ya estoy muerto
o si aún vivo como dicen
si allá en la playa sólo hay playa
atrás, delante sólo hay playa
cómo saber si yo soy indio
si yo soy Crow o yo soy Cuervo,
si ni la Luna quiere verme
y Padre Sol nunca aparece:
qué larga es la ribera de la noche,
qué larga es.               
No es que esté solo, es que no existo 
es que no hay nadie en esta playa               
y ya ni yo aun me acompaño
son estos ojos cual dos cuevas               
y en mi cabeza sopla el viento: 
será la muerte como un vino?
habrá mujeres en la tumba?
Qué larga es la ribera de la noche,
qué larga es.



de El que no ve (1980)

TÉCNICAS DE VENTA

Hace un tiempo, mis amigos Héctor y Cristina me pusieron en contacto con un editor que estaba montando una antología de poesía "15M". Un tipo encantador. Le mandé un par de poemas y me los aceptó. El subidón fue grande cuando me enteré de que el plan era que el libro saliese gratuito junto con el periódico Público, en una tirada de miles de ejemplares. Cristina maquetó la obra y le puso título. Ilusionaza.

Ya sabemos todos lo que pasó con Público (más detalles aquí). Nuestro gozo pasó temporalmente por un pozo, pero al final el promotor encontró editorial, una nacional, con buena distribución, y allí que nos fuimos los cincuenta poetas quinceemeros, muy contentos.

Hasta que un día recibimos un correo del promotor diciéndonos que la editorial solo nos enviaría un ejemplar de cortesía de la antología si participábamos activamente en su difusión, asistiendo a presentaciones y promoviéndola en blogs y redes sociales.

El hecho en sí de no recibir el ejemplar de cortesía ya me daba un poco igual, porque al fin y al cabo esta edición tenía fines benéficos, y porque... bueno, porque ya estoy acostumbrado a esas cosas. He participado en cinco antologías hasta ahora y solo me han regalado un ejemplar de una de ellas... supongo que son malos tiempos para la lírica y aquí tiene que apoquinar hasta el autor. Lo que me removió los jugos gástricos era que nos ofrecieran el ejemplar como un incentivo a la labor comercial, como una comisión. Eso, exactamente.

Luego, el director de la editorial cambió de idea con respecto a esto (aunque yo no he recibido ningún libro todavía, claro está). En otro momento, alguien osó afearle sus prácticas comerciales en Facebook y se armó una bronca que tembló dios, pero eso ya no viene al caso. El caso es que, cada vez más, la faceta de vendedor de los poetas es determinante a la hora de acceder a las publicaciones. No quiero sonar como el típico poeta incapaz de publicar que se dedica a odiar a las editoriales y a ponerlas a caer de un burro a la mínima oportunidad, como por ejemplo cuando le dan un blog en una revista, pero qué demonios, ¿a qué coño queréis que suene?

No estoy hablando del potencial comercial de los textos. No creo que ese parámetro tenga demasiada importancia. Hablo de la capacidad del poeta de generar público: su actividad en redes sociales, el número de sus seguidores, la gente que puede arrastrar a una presentación, las caras conocidas que salen en sus fotos. No es (o no es solo) la aptitud para las RR.PP. que muestre en los saraos: es una cualidad etérea que puedes adquirir haciendo uno de esos cursos monguer de community management que se anuncian en Facebook. Estoy hablando de la habilidad para desarrollar la marca tú, para hacerte un nombre vendedor, para dar un valor añadido a tus poemas.

Hace unos meses leí con mucho estupor un artículo en VICE donde la ex-mujer de Tao Lin (un autor a quien admiro profundamente) se colaba o algo así en su apartamento y contaba con todo lujo de detalles lo que había visto. Es más: aportaba fotos que ilustraban las muchas excentricidades del piso de este señor: que si un barreño gigante, que si objetos extraños colgando del techo, etc. Hacía una lista (cómo no) de las drogas que había por allí, en una operación tan descarada e ingenua de márketing (pero a la vez tan extraña) que podía haber salido de la mente del propio Tao, tan propenso por otra parte a la autoficción multimodal.

¿Importaremos este tipo de prácticas? Casi estoy por decir que me gustaría, si con ello desplazan un poco al cansino community management (término por cierto que solo se usa en España) literario de por acá. Me llegan noticias de editoriales que te exigen, para publicar tu libro, el compromiso de vender un número de ejemplares. La cláusula parece estar popularizándose entre las indies.


Somos comerciales. Bajamos al subsuelo a por los metales. Después los fundimos para construir con ellos artefactos. Después nos ponemos un traje barato y una sonrisa profidén y pulsamos timbres, para venderlos.


La clave está en ser proactivo, mostrar seguridad en ti mismo y en tu producto, empatizar con el cliente y resultar simpático.

Simpático como en el relato de José Óscar López, donde una epidemia zombie de simpatía amenaza con acabar con los restos de cordura.

Simpático como Joseda en una de esas noches de Azotea, quintico fresco en mano, saludando a todo el mundo y sintiéndose como el jodido John Travolta de la literatura murciana. Sé que os gustaría bailar así, chicos, pero a nadie le sientan estos pantalones como me sientan a mí.

Simpático como los textos que acompañan esos eventos de Facebook que creamos para invitar a todos nuestros contactos. Simpático como en calladico estás más simpático, cuando surge algún tema espinoso y alguien se puede molestar.

Simpático como ir a pedirle a Roger Wolfe que te firme un libro, y que te eche una mirada en la que se contiene todo este post (pero eso he tardado varios días en descubrirlo).

Simpático como contar chistes entre poema y poema, cuando tienes que recitar. Simpático como ir a todo acto en el que te ofrezcan participar, aunque sea fuera de tu ciudad, aunque te venga fatal, aunque tengas que pagar canguros para poder acercarte, o pedirte días libres, o yo qué sé.

La simpatía controla la comunidad. La simpatía genera comentarios. La simpatía sine qua non.

¿Es la simpatía un régimen totalitario y nosotros su policía secreta? ¿Qué estamos haciendo con los disidentes? ¿Os lo habéis preguntado alguna vez? ¿Dónde está esa gente que falta?

¿Funciona bien la economía de este sonriente país? ¿Qué obtienen sus súbditos a cambio de tanto, y tan bueno, rollo? ¿Pueden subsistir? ¿Venden sus libros, se hacen nombrecitos, llega a alguna parte su poesía, son leídos, iluminan el paisaje interior de los desconocidos?

¿Cómo van los hígados de los simpáticos? ¿Y sus cuentas corrientes? ¿Y sus identidades? Cuando alguien les pregunta: ¿y tú, a qué te dedicas?, ¿se les pasa al menos por la cabeza contestar soy poeta? Tal vez con eso sería suficiente (desde luego, sería suficiente para mí). ¿Sacan eso en claro, por lo menos?

Preguntémosles, a los simpáticos. Pensémonos la respuesta.

domingo, 2 de marzo de 2014

EGOS Y NOSOTROS

Hablábamos el otro día (bueno, hablaba yo: vosotros hacíais como que leíais) de poesía y neurosis, y recordábamos cómo, en algún momento de su infancia, el futuro poeta neurótico descubre que puede "enfrentarse" a sus problemas retirándose a algún rincón tranquilo de la casa y rumiándolos durante horas, como un chicle de mierda que, muy poco a poco, va perdiendo su sabor. Otras metáforas escatológicas que podrían ilustrar el fenómeno serían: un tipo que mete una uña no muy limpia en su propia herida para "curársela", alguien que achica agua de un bote que se hunde y orina en él al mismo tiempo, etcétera. Ya paro, porque estoy recién desayunado.

Se supone que esta costumbre infantil determina una personalidad de tipo "mental", un ser analítico pero poco sociable o comunicativo, alguien que suele quedarse "pensando en otra cosa" y que aparcela grandes zonas de su vida para dedicárselas a la soledad y a la quietud, a la recepción de estímulos y, por qué no, a la producción artística. Esa gente que describió el otro día el librero (y poeta) Diego Zaitegui: "Lo que me convierte a mí en poeta no es lo que escribo sino las horas que paso mirando el techo.". Uy, mirad: punto comillas punto. Me encanta cuando pasa eso.

Ahí tenemos a estos poetas miratechos, proyectando sin duda en ellos sus propias películas internas de arte y ensayo en 16mm: mínimos estímulos emocionales de hace seis veranos, recogidos en encuadres extravagantes e interrumpidos por insertos con citas de poesía sincrética brasileña. Música de Isao Tomita, o sin música. Coproducción España-Rumanía-Islas Fidji, 2014. 422 minutos. Technicolor. 

Esas películas.

Cómodamente instalados en esos resorts amnióticos, los poetas miratechos no perciben el acecho de un depredador sigiloso: el solipsismo. Examinemos sus ombligos. Es importante, el ombligo, pero no solo como objeto de adoración, sino porque por él entran cosas. Cuando el universo es una placenta, uno recibe su dosis de estímulos externos a través de él. Examinémoslo más detenidamente: ¿no se trata más bien de un cable ADSL? No. Es fibra ONO. Me gusta esa palabra, que no solo es palindrómica de derecha a izquierda, sino también de abajo hacia arriba.

La información es infinita y, además, exenta, es decir: no pertenece aparentemente a ningún sistema. Como en el libro de arena, uno puede pasar de una página sobre ilustración japonesa del siglo XIX a otra sobre los peligros de las ondas de la telefonía móvil. La sensación es, obviamente, de ingravidez. Es un mundo flotante, compuesto de imágenes efímeras. Detrás de ellas no parece estar el género humano, sino un proyector demiúrgico, que junto con el espectador miratechos constituyen el conjunto de lo existente. No hay un nosotros.

¿No hay un nosotros? ¡Solipsistas del mundo, uníos! El conjunto de sujetos sujetos a un cordón umbilical y a la negación de la colectividad constituye un grupo humano muy extenso, mayoritario incluso en determinados colectivos, como los estudiantes de Bellas Artes, los lectores de Rockdelux o los poetas inéditos. Sus tics amnióticos dirigen el barco de la modernidad, un poco como cuando dos mil millones de chinos decidieron seguir el consejo de una revista de tendencias underground que los convenció de que pegar un salto el 17 de noviembre de 2013 a las 10 y 22 de la mañana sería decisivo en su crecimiento personal. Cambiando así la trayectoria orbital de la tierra, como todos sabemos. 

Siempre hay un nosotros. Siempre. Y ya sé que me arriesgo a sonar a lo que sueno siempre. Pero me da igual. Por mucha y placentera y calentita que sea la sensación de ingravidez que te envuelve a la hora de sentarte a escribir un texto, no eres un ángel que vuela por encima de la historia y las distintas colectividades a que perteneces. Podemos hablar de ángeles, podemos hablar de tu sensación de abandono al contemplar el atardecer del doce de enero de 1987 desde el Pico de la Panocha. Nos gustan los ángeles y la hiperestesia como nos gustan las asambleas y la embriaguez mareática de las manifestaciones, los acontecimientos generacionales o las soluciones compartidas. Somos muchos, y nos gusta todo. Ahora vamos a hacer una cosa. Te vamos a coger por los tobillos y te vamos a dar un par de hostias. No te va a encantar, eso te lo admito. Pero ya verás después qué rico, qué bien sienta cuando te entra el aire en los pulmones.