miércoles, 26 de febrero de 2014

UN POEMA DE MARGARET ATWOOD



ÉL SE TRASLADA DEL ESTE AL OESTE


Porque no tenemos historia
construyo una para ti

usando lo que
tenemos, fragmentos de las vidas
de otras personas, párrafos
que invento, de vez en cuando
un objeto, un reloj, una foto
que reclamas como tuya

(¿Qué pasó en aquel edificio rojo
de ladrillo con la salida
de incendios? ¿De qué río hablas?)

(Dijiste que tomaste
el barco, olvidas demasiadas cosas.)

Te sitúo en las calles, en las ciudades
que nunca he visto, andando
en un cuadro
de pintura realista

que se desintegra y se vuelve gris
cuando lo miro de cerca.

Para qué necesito
explicarte, quizá
este es el lugar adecuado para ti

Las montañas de este
espacio vacío tienen los bordes de estaño
azul, tú apareces sin avisar a medio camino entre
mis ojos y los árboles más cercanos,
tus colores brillantes, tu
perfil aplastado

flotando en el aire, sin más
motivo para aparecer
exactamente aquí, que este cartel de publicidad,
esta autopista o esa nube.


(traducción de Pilar Somacarrera Íñigo) 

martes, 25 de febrero de 2014

LITERA DURA

Los escritores que salen en las pelis y las series suelen ser motivo de risión. Cliché sobre cliché, uno se imagina al director de la cosa pidiéndole al actor más intensidad, más pasión. Más o menos asín:


(si se muerden los carrillos es porque han leído a Foster Wallace)

Muy bohemios, muy intensos, muy serios, nada de frivolidad, pero qué me decís de lo mal que escriben. He soltado más carcajadas de las que debería admitir viendo esas escenas de Lucía y el sexo donde un intensísimo Tristán Ulloa redactaba unas capulladas acojonantes con un procesador de texto blanco sobre negro. Y, luego, la pregunta: ¿escribiendo esas mierdas se paga este pavo ese piso tan guapo en Malasaña, y Javier Cámara trabaja para él y le gestiona adelantos, y las muchachas caen enamoradas a sus pies? La pregunta nunca se ve contestada, según avanza la trama. Tampoco es que importe, eh.

Pero el jodido récord mundial de escritores chorras de las grandes y pequeñas pantallas es para la socia ésa de Sexo en Nueva York, la Carrie Bradshaw knows good sex y tal. Al final de todos los capítulos podíamos echar unas risas con un amplio extracto de su artículo semanal (colaboración que, recordemos, le granjeaba a la zagala una casa flipante en pleno Manhattan, pasta para estrenar modelitos de diseñador en todos los episodios, comer en los restaurantes más pijos, viajar a sitios glamourosos etc. y carteles con su jeto en los autobuses neoyorquinos), en el que además ni siquiera había pelo (publicidad engañosa). Y yo pensaba "joder, qué bien deben de pagar en la Bravo y la Nuevo Vale de los yanquis", hasta que me enteré de que nanai, que las crónicas monguer de Carrie se publicaban en el New York Observer. Ole tu coño, me dije.

Tras la risión, viene una sensación de esperanza. Si estos alumnos retrasados del Taller de Escritura Creativa de la Señorita Pepis han triunfado tan a tope, yo que cito a Valente lo voy a petar. Después de eso, llega la sensación de haber sido engañados -una vez más- por la caja tonta. Pero bah.

Sin embargo, me permito reírme porque no son escritores reales. Ojito ahí, con los escritores reales. Los que se internan en el desierto en busca de ese grano de arena particular con el que iluminar y construir. Un respeto a los buenos, obvio, pero también a los malos. A los que publican sus novelas en un blog. A los que sienten vergüenza (con razón) de enseñar nada. A los que enseñan demasiado, colgando todo lo que escriben en páginas como Poetas en Facebook y sitios así, y casi nunca reciben ningún megusta. Es poca broma, lo de escribir. Aunque sea una mierda. El oficio exige de todos desnudez y vulnerabilidad. ¿Sabéis un músico de jazz que coge y sopla un solo perfectamente mediocre que hace bostezar hasta a las cubiteras? Pues bien, ese saxofonista moñas termina su actuación y se baja del escenario indemne, como si aquello que ha perpetrado ya no fuera con él. ¿Un poeta? Un poeta no puede hacer eso. En sus palabras, en su fraseo, sea soporífero o no, se está empleando a sí mismo. Es lo que tiene el lenguaje, amigos: no hay forma de no retratarse. No hay más combustible que uno mismo.

Son (somos) valientes, los malos escritores, los escritores aficionados. Tontos o no, crédulos o no, inocentes o no, lo primero no nos lo quita nadie. Por eso, cuando llega algún listo como el ideólogo de la Asociación de Escritores Noveles a vender sus muchos servicios editoriales avanzados, como la corrección de textos a precio de cojón o la valoración (sea esto lo que sea) a precio de el otro cojón, pues a uno le puede un sentimiento, digamos, de indignación gremial. Que no digo yo que haya que montar un partido literario (aunque igual es la única manera de pagarse un piso en Malasaña o Manhattan con la literatura), pero sí dejar que el corazón nos diga quiénes son los buenos y quién el listo de turno de este tipo de movidas. Y sí, me prometí hablar de asuntos literarios elevados y cursis en este blog y aquí estoy, metiéndome con una asociación. Pues qué queréis que os diga. Die Wahrheit Ist Konkret, insistía mucho Brecht. La verdad es concreta. Unos salen en los carteles de propaganda de los autobuses, y otros escriben, encerrados una semana entera, dentro del motor.

lunes, 24 de febrero de 2014

BUKOWSKIANA


Sin una zona para el gamberrismo y la iconoclasia, un arte no está viva. De la misma manera, es imposible hacer tuya una ciudad sin pisar sus zonas innobles, donde la gente se ríe, se desespera y se intoxica. Esto no siempre lo sabe el alcalde. A veces se empeña en hacer desaparecer el barrio malo mandando a la poli y a las excavadoras. Otros alcaldes más listos ponen una taquilla y hacen desfilar por allí a los autobuses de los turistas. Ambas ciudades están enfermas. Tienen un grave problema con su ayuntamiento. Todo el rato estoy hablando de literatura.

Todos los adolescentes quieren jugar a ser punk y a todos los ponen a leer a Azorín en el instituto, lo que viene a equivaler a subirte a un autobús hacia el Polígono de la Fama con la sana intención de pillar y bajarte en Juan de Borbón con una gorra de las JMJ. Nada más poner un pie en esas limpias aceras, ya sabes que esa noche no va a haber épica, por mucho que te apliques con tu comentario de texto.

Pero una tarde doblas una esquina y ahí está Charles Bukowski, el viejo Hank, partiendo los versos por donde le sale del cipote y diciendo cosas como:

he cagado y
he leído las páginas de deportes,
he abierto la nevera,
he visto un trozo de carne
morada
y la he vuelto a dejar
allí.

(de La vida feliz de los cansados) y ya nada vuelve a ser igual. De repente, la mística no es la materia del tema más abstruso y soporífero de la asignatura de Literatura Española. Hay una mística de la desacralización, de la sordidez, del vaciado, y es posible acceder a ella gracias a unos cuantos versos aleatoriamente partidos y una poética asalvajada, un personaje beat(o) y una forma descarnada de humor. Por si solo recordáis al Bukowski teta-culo-pedo-pis, voy a traer un ejemplo de otro Bukowski, el indefenso, el inocente:

PARA JANE
225 días bajo la hierba
y sabes más que yo.
hace mucho que te has quedado sin sangre,
eres leña seca en una cesta.
¿ es así como son las cosas?
en esta habitación
las horas del amor
aún hacen sombras.

cuando te fuiste
te llevaste casi
todo.
me arrodillo por las noches
ante tigres
que no me dejan tranquilo.

lo que fuiste
no se repetirá.
los tigres me han encontrado
y no me importa.

El deslumbramiento de Bukowski, como el de The Clash, se apaga paulatinamente. Yo, ahora, prefiero la iconoclasia de Hilsenrath, que es igual de bestia pero tiene una dimensión histórica de la que Hank carece. Y prefiero Spoon a los Ramones. La actitud y el carisma de un personaje literario ya no parecen suficientes. Uno se hace viejo y se aficiona a las aristas, a las escalas de grises, a las materias que escapan sutilmente a los intentos de categorización, a la sal fina. Por si fuera poco, la legión de imitadores de Buk te obliga a releerlo con un buen antihistamínico al lado. Pero sigo siendo fiel, y sigo descubriendo cosas nuevas en su obra. Su mayor mérito está, me parece ahora, en la perfecta (no la primera) plasmación literaria del mundo de los cantos rodados (en definición de Dylan) norteamericanos: la miseria y el desarraigo de la posguerra de los que no habían combatido, de las que no tenían maridito y cinturita de avispa, de los descartes de la época dorada, hablando de sí mismos con los suficientes odio, autocomplacencia, ironía y esperanza como para resultar creíbles. Hasta tal punto asociamos con Bukowski a esta gente que muchas veces llamamos bukowskianos a sus modestos santuarios: cuartos de pensiones baratas, taquillas de la Greyhound, vagones de mercancías con gente escondida dentro. Aunque el propio Bukowski viviera toda su vida en Los Ángeles. Este grupo social, tan típicamente U.S.A., ha motivado al menos tres grandes películas con mucho en común: París, Texas, de Wim Wenders, Mi Idaho privado, de Gus van Sant, y Brokeback Mountain, de Ang Lee. Los apellidos de los directores son claramente exógenos (dos de ellos no son norteamericanos), y los títulos están construidos con topónimos: en las tres cintas, esos lugares son el lógico objeto de deseo, la patria emocional de sus protagonistas, el anhelo de una vida mejor que la rodante. Para apreciar en lo que vale la genialidad retrospectiva de Bukowski, nótese cómo sus personajes han superado la tentación de ese fanal terreno y se encaminan directamente hacia el vacío.

jueves, 20 de febrero de 2014

VENTANAS

Os cuento sin más algo que acaba de ocurrirme. Estaba trabajando en mi novela, un pasaje en el que un personaje gordito y entrañable y misógino y psicópata redacta un poema de amor sobre un intento de penetración. El poema abunda en datos como: el peso y la talla de la musa de Jesús, y, en un momento dado, la altura de la chica arrodillada. Como no tengo ni idea de cuál es la altura de una chica arrodillada, se me ha ocurrido buscar en google "longitud media tibia mujer" [Buscar] para luego descontar los centímetros, y el cuarto resultado me ha llevado a una publicación en el International Journal of Morphology en el que tres médicos colombianos describen, con la neutralidad y gelidez que podemos imaginar, el procedimiento con que, para cumplir con el mandato gubernamental de etiquetar los cadáveres con su género, raza, edad y talla, determinan la altura de las víctimas aplicando una ecuación sobre la longitud de sus tibias (cuando se encuentran). El abstract termina con un lacónico de esta manera se contribuye al proceso de identificación de sujetos desaparecidos en Colombia. 

He tomado los datos y he vuelto a mi poema, donde mi personaje sigue dándole vueltas y más vueltas a la idea de penetrar a su amada, y previendo las dificultades morfológicas con que va a encontrarse su proyecto.

Luego me he levantado a beber agua. El nudo en la garganta persistía, por lo visto. Aún persiste.

Anoche, tras la presentación del libro de Juande, estuve hablando con mis amigos José Óscar y Alfonso sobre la creación de universos pop en la literatura. No tengo nada en contra de los universos pop. Lo único que te digo, querido novelista postmoderno que estas líneas lees en busca de consejo, es que, si vas a cerrar las ventanas de la torre de marfil para que el mundo no te estorbe, ciérralas bien. El mundo es muy cabrón, le gusta incordiar con sus cosas. Tú estás ahí tranquilamente con tus poemas parafílicos y el mundo se te cuela por una rendija a hablarte de fosas comunes, de mujeres arrastradas a la selva en medio de la noche, de paramilitares, de horror. Y entonces el nudo en la garganta te va a agarrar, y va a convertir tus poemitas en algo que no te va a gustar.


viernes, 14 de febrero de 2014

NOTAS DE RECHAZO (Y 2)

En la entrada anterior hablé de las notas de rechazo desde la perspectiva, digamos, psicoanalítica. Me detuve en frustraciones y pulsiones y cosas así. En este segundo y último round, voy a intentar el enfoque mistico. La mística de las notas de rechazo. Y tal.

Aquí la cosa está en que la poesía, como cualquier otra actividad espiritual, reside en conjuntos de ceremonias, es definida por lo ritual. Está bien que sea así. De no ser así, la poesía sería un cardumen luminoso perdido en el océano de la psique, un fenómeno exclusivamente privado, incomunicable e indistinguible de cualquier otra epifanía hormonal.

Nuestra especie le concede importancia a la poesía, le otorga poderes intersubjetivos, la identifica y la recorta de entre la stream of consciousness. Al mismo tiempo, al nombrarla la traiciona y manipula, como decía Baudrillard. Era un inmenso invertebrado abisal que de golpe etiquetamos y metemos en un acuario: no sería tan raro pensar que se trata de dos animales diferentes.

¿Por qué dos animales? Muy sencillo: la poesía es la taquicardia, la alegría, la ebriedad y la confusión que sentimos de adolescentes al toparnos por primera vez con un caligrama de Apollinaire (por ejemplo), pero también es lo que hace, adónde va, qué piensa, con quién se junta, qué experimenta y qué fuma alguien como Cristina Morano (también por ejemplo), a quien yo admiraba y espiaba profusamente cuando era mozo. Sigo admirándola, que conste, pero, como ahora somos amigos, ya no necesito espiarla.

Los poetas hacen esto y lo otro. Los que no reciben notas de rechazo, se entiende. Los que escriben bien y salen en los suplementos y colocan versos hasta en las bolsas de lona de La Central. ¿Y qué es lo que hacen? Para saberlo, el pequeño padawan atravesará diversas etapas del camino de la iluminación, y llegará clásicamente al siguiente repertorio de conclusiones:

1/ El poeta cree en la poesía.
2/ El poeta no espera a los lectores: los busca y los crea.
3/ El poeta lo es a full time.
4/ El poeta convierte la totalidad de su vida en poesía.
5/ El poeta es apóstol de este dogma.

El dogma, por otra parte, deja el suficiente espacio en blanco para que cierto número de poéticas distintas puedan desarrollarse bajo su manto. En realidad, el dogma puede resumirse en un solo precepto: el primero, la fé: mientras muestres fé, puedes escribir lo que quieras. Esto parece una liberación, pero en el fondo es una importante limitación. Por debajo de cierto nivel de fé, estás fuera.

Sobre religiones de verdad no sé gran cosa. El otro día confundí el limbo con el purgatorio en el muro de Vicente Luis Mora, con eso lo digo todo. Sin embargo, viví un tiempo en un país cuya sociedad se entregaba a la religión a marchas forzadas, tras cuarenta años de socialismo y cinco de guerra civil. Bosnia. Conocías a un tipo y te tomabas unas cerves con él y, a los tres meses, llevaba una barba y te miraba por encima del hombro. ¿Por qué? ¿Hipsterismo repentino? ¿Algo que le echaban al agua? No. Las ventajas de ser religioso en un estado controlado por un partido islamista y nacionalista: que te miren bien los que mandan, que tus hijos tengan trabajo en un país con un 50% (¡uy, qué casualidad!) de paro juvenil, que te den un préstamo en el banco, etcétera. Nada más. Las iluminaciones interiores no tienen nada que ver con esto. No existen las religiones con un solo practicante como no existen las lenguas con un solo hablante o las especies con un solo individuo. La identidad no es un atributo autoinmune: te la dan los demás, a cambio del cumplimiento de una serie de ritos de pertenencia. Tan sencillo como eso.

También los poetas. Administran la palabra de la diosa, y saben exactamente cómo. Hay ceremonias de iniciación, ritos de paso, anatemas y festividades, material para antropólogos. Hay excomuniones temporales en forma de notas de rechazo. Y hay, mucha, profesión de fé. Gente diciendo sin venir a cuento que su vida es la poesía, que solo creen en ella. Superlativos everywhere. Gente diciendo que la poesía va a cambiar el mundo, digan lo que digan las cifras de ventas o los comentarios de texto de los alumnos de la ESO. Gente entregada a mecanismos de pupilaje, donde un poeta consagrado te corrige y te enseña, te promociona y te prologaTe presenta en los recitales. Te guía en el camino recto. Te lleva a conocer a las vacas sagradas y tú, a cambio, pones citas suyas por todas partes. Tú, a cambio, prometes cumplir con los sacramentos. Tú, a cambio de la vida eterna. Etcétera.

Hay poetas por ahí que parecen Gandhi: integridad y bondad a prueba de balas. Otros, en cambio, venderían a su madre por ser invitados al Cosmopoética. Sin embargo, todos profesan esta fé. Sin esta profesión, no es posible perdurar, no se entra al Parnaso.

Hay detrás de todo este bonito dogma poético una ideología que yo llamo, ejem, espermática. La filosofía del esperma, su cosmovisión, que se resume en una palabra: entrar. En una antología, en un congreso, en una editorial, en una lectura colectiva, en un ciclo de recitales. En todo óvulo poético (en segunda acepción) que se ponga a tiro. En la entrada o su ausencia residen el éxito y el fracaso, y el conjunto de fecundaciones constituye una carrera literaria, una biobibliografía  (ya hablamos de ella por aquí). Hacer de la entrada el leit motiv de toda nuestra actividad no garantiza ni mucho menos que vayamos a entrar a parte alguna, pero se da por sentado que, sin ese automatismo litúrgico, no es posible la penetración. Es perfectamente posible hacer comparaciones cuantitativas entre poetas gracias a este enfoque. De hecho, lo raro sería no hacerlas. No fijarnos en el poeta con mayores dotes espermáticas, no unir a su nombre sus plusmarcas. No obviar a aquél otro de nombre menos reluciente. No tratar de imitar las formas y repertorios de los escribas alfa, mediante la observancia de un canon.

Todo esto lo cuenta mucho mejor Jean Améry en su Años de andanzas nada magistrales:

El capitalismo monopolista refleja fielmente sus abusos en el juego de sociedad intelectual que convierte en norma el hallazgo y la transmisión de pocos nombres, pocos pensamientos y pocas formas de lenguaje. El nombre se convierte en etiqueta de calidad para la compra. Acaba siendo comparable a la empresa gigante que devora a todas las demás del mismo ramo. A lo peor todo concluye en que cada vez más personas hablan y escriben simultáneamente sobre cada vez menos fenómenos intelectuales. Y esta es toda la triste grandeza de la actividad intelectual en la sociedad capitalista.

Llega un momento, por ejemplo después de veinticinco años de actividad poética, en que supongo que es inevitable experimentar cierto desapego por la parte ritual de la poesía, las ceremonias de lo que llamamos carrera literaria. También, me imagino, mirar alrededor y sentir cierta envidia hacia los creyentes. Aunque sean vocaciones postizas. Envidia hacia los que siguen agarrándose fuerte a la maroma. O hacia los que, sin agarrarse mucho, al menos no la ven podrida. Este verano escribí un poema sobre este asunto. Si aún no os habéis desmayado de aburrimiento con el sursum corda que os estoy largando, ahí va una última oportunidad: Ceremonia.

miércoles, 12 de febrero de 2014

NOTAS DE RECHAZO

Ayer recibí una nota de rechazo. Había mandado unos relatos a alguien que lleva un fanzine que va a sacar su primer número, y me contestó para comunicarme que no contaban con ellos para el papel. 

Hacía mucho, mucho tiempo que no recibía una nota de rechazo, esa figura tan literaria sobre la que tantos escritores han volcado tanta visceralidad. Bukowski tenía un cajón lleno de ellas y le encantaba posturear con el tema, ya sabéis. El mismo Bukowski que mandaba sus relatos manuscritos porque no tenía máquina de escribir, y a veces ni dinero para sellos. No sabremos nunca qué sentía en realidad al recibir las notas.

Más que nada, porque ya no se envían. Ahora lo que chana es rechazar mediante silencio administrativo: tú mandas algo a un editor, y a continuación la nada. Aparentemente todo va bien, porque tu libro está en proceso de selección, pero al mes o así empiezas a sospechar algo raro. Más o menos como cuando tu novia está muy callada, y le preguntas ¿te pasa algo, cariño? y ella solo sonríe, como quitándole importancia, pero a ti te da en la nariz que esa noche, de hablar, ni follamos. Exactamente así, pero sin la sonrisa.

Llevo tres años tratando de publicar mi libro de poemas y sé lo que me digo. A veces es complicado hasta el acto de enviar el libro a una editorial que te gusta. Normalmente hay que ponerse en contacto primero por correo electrónico para preguntar la dirección física, porque en la web no aparece. En ocasiones no aparece ni el email, pero ésa ya es otra historia. Voy a darle una mención especial al editor que, tras recibir mi típico mensaje ¿Recibís originales, o tenéis completo el plan de ediciones y todo eso?, me contestó Y todo eso. Nada más. Esas tres palabras. Todavía, si recuerdo la anécdota, como ahora, las oigo en mi cabeza con la voz de Clint Eastwood. Perdón, con la de Constantino Romero doblando a Clint Eastwood, para ser más exactos.

Una vez sí me contestaron de una importante editorial de poesía con distribución nacional. No por email. Por teléfono. A la semana de mandar el libro. El editor en persona. Interesadísimo en publicarme. Fascinado con la obra. Me había preparado ya un calendario de presentaciones en diez ciudades españolas. Coño, había pactado hasta  la aparición de reseñas en el Babelia, el ABCD y El Cultural. Estuvimos hablando una hora de reloj. A los cuarenta y cinco minutos me pidió a bocajarro tres mil euros. Cuando le dije que yo no tenía esa cantidad, porque estaba en paro y no tenía amigos en ningún organismo público, cambió de tercio. Me dijo que mi libro podía tener mucho éxito entre la gente joven como yo. Le pregunté: ¿Tú crees, con ese tema? Contestó: Claro, por qué no, qué más da el tema. Con lo que me dejó claro que no se había leído el poemario, que por si os pica la curiosidad gira en torno a la muerte de mi antigua pareja. Un poco después añadió No sé si has publicado algo antes, pero en las editoriales grandes la cosa funciona así, con lo que pude saber que tampoco se había leído la carta de presentación, de una página, que acompañaba, en archivo separado, al poemario (y donde se detallaban mis publicaciones y otras cosas, como por ejemplo el tema del libro). Un rato después, le colgué. No, de una cuerda no. Le colgué el teléfono.

La verdad, para eso, prefiero el silencio administrativo.

Lo jodido del silencio administrativo es que a nuestro cerebro le cuesta trabajo aceptar la indefinición. Estamos cableados para saber. Si no tenemos datos, los deducimos. Y si no hay pistas suficientes para deducir nada, las inventamos. Lo malo de esto es que, puestos a inventar, siempre vamos a generar narraciones en donde salgamos guapos, íntegros, buenísimos escritores, limpios y honrados, y en estas fábulas suele haber una némesis imaginaria que impide nuestro éxito: el editor malvado que no tiene ni puta idea de poesía y solo publica a amiguetes, el poeta trepa que no tiene ni puta idea de poesía pero se pasa la vida invitando a lonchas a los editores, la poeta joven que no tiene ni puta idea de poesía pero sube a su blog y su facebook un montón de fotos en ropa interior, el crítico que no tiene ni puta idea de poesía pero le hace la promo a las del apartado interior para ver si se las lleva al catre, é té cé, é té cé.

Poeta que tienes entre manos un libro que no le gusta a nadie: guárdate de esas fábulas. Al principio te harán sentir bien, porque te librarás momentáneamente de tener que tragarte el sapo de que no eres tan bueno como te crees, pero qué viene después. Después las darás por supuestas, por obvias. Sacarás ese tema cuando estés con otros poetas. Si no te dan la razón, meterás a tus amigos en uno u otro apartado, y entonces, Pessoa no lo quiera, tendrás todas las papeletas para convertirte en un jodido troll de las páginas de literatura, aprovechando el anonimato para acusar a todo el mundo de todo, desde la existencia de los premios Planeta hasta la muerte por tuberculosis de Franz Kafka. Y eso no mola, acho. O acha.

¿Y cuando recibas una nota de rechazo o te apliquen la lenta tortura del silencio administrativo? Pues ponte de mala hostia, claro que sí. Ni postureo ni pollas: esa mierda escuece y hay que cagarse en dios para que se te pase. Y no te digo nada cuando tus amigos están en racha y sacan un libro tras otro: ¿por qué yo no, copón? A mí a veces me entran ganas de romper algo con la cabeza. Pero hay una diferencia entre a/ volcar una mesa del cabreo y b/ quedarse lamiéndose las heridas, y creo que reside en que la sangre está buena. Engancha, aunque envenena.

sábado, 8 de febrero de 2014

CRÍTICA Y PARACRÍTICA

No me gustaba Punset. Encontraba tramposa su fe en el determinismo biológico, y muchas veces me venían aromas reaccionarios en sus argumentos. Dejé de ver su programa hace muchos años, así que no me dio mucha pena que lo cancelasen. Le reconozco el mérito de haber enganchado a mucha gente con su actividad divulgativa. Pero me surgen muchas dudas sobre qué era lo que divulgaba. ¿Ciencia o paraciencia? ¿Filosofía o autoayuda? Todo esto lo resume muy bien Antonio Martínez Ron (partidario de siempre del presentador) en su ajustado ¿Hay vida más allá de Punset? (eldiario.es, 25/01/14)

El artículo nos lleva de cabeza al viejo debate sobre la imposibilidad de disfrutar en nuestro país de contenidos divulgativos dignos en los mass media que consigan mantener una cuota de audiencia mínima. Siempre se habla de la BBC y siempre se percibe ese estereotipo implícito sobre el subdesarrollo cultural español, capaz de confundir a Punset con un sabio, a Alejandro Sanz con un músico y a Toni Cantó con un diputado. Y es cierto que el consenso ha elevado a estos tres personajes a esas categorías, pero algo nos impide, a los afrancesados, aceptar sin malestar esas atribuciones.

¿Y qué pasa en la literatura? Si aceptamos que, tras la desaparición de La Mandrágora de Félix Romeo de la parrilla, nada bueno puede salir de la mezcla de lo literario y lo catódico, hay que saltar a internet para encontrar la pomada. Un número decente de blogs de carácter crítico, abiertos al debate, han conseguido audiencias consistentes sin tener que afrontar los problemas de independencia, espacio, medios y tiempo que sufren la televisión y las revistas. Se percibe que las editoriales cuidan más este medio que la posibilidad de una aparición anecdótica en los programas culturales de la caja tonta, y también es indiscutible que, en general, las webs no suelen caer en los clásicos nepotismo y mercantilismo de los suplementos culturales nacionales.

¿Significa esto que, aprovechando las posibilidades de internet, los aficionados a la literatura del ámbito hispánico han abierto espacios divulgativos y críticos dignos, independientes y masivos? La respuesta corta es, obviamente, no. Los matices, a continuación.

Es cierto que cualquiera puede abrir un blog y decir cosas sobre literatura y literatos que no se pueden decir en ningún otro lugar. También que el contraste entre la florida coprolalia de algunos blogueros y el aburridísimo sonsonete laudatorio de los sospechosos habituales de Babelia o El Cultural puede producir cierta adicción transitoria, por lo novedoso o lo (en apariencia) insolente de los textos. Sin embargo, es obvio que la crítica literaria es otra cosa, algo mucho más difícil y enriquecedor, pero también algo que no genera los torrentes de adhesiones incondicionales y trolleo envenenado de los blogs de grano grueso. Hace un par de años se produjo un debate muy interesante sobre este asunto que podemos resumir enlazando las opiniones de los dos Albertos, Santamaría (La crítica kitsch, 18/02/2012) y Olmos (Silencio, 05/03/2012). La obra de Olmos me gusta más, pero aquí un servidor está muy de acuerdo con Santamaría. Mucho.

¿Y todo esto a qué viene? Ya llevo cinco párrafos sin llegar a ninguna parte, ¿lo conseguiré? Voy a intentarlo. Allá voy. Lo que yo quería decir aquí hoy es que el Tongoy es Punset. Un Punset castizo, malhablado, implacable y fundamentalista. Un Punset gracioso a veces, lo reconozco, pero ¿crítico? ¿Eso es crítica? ¿Esa figura a lo Boyero? ¿Ese entrar a un museo con un puro en la boca y cara de mala virgen, diciendo éste mola, éste es una puta mierda? ¿Ese conjunto de clichés sobre las supuestas bonhomía e hipersensibilidad de los escritores con que construye sus chistes? ¿Ese sacar de contexto párrafos de una obra y copiarlos para ilustrar argumentos que no se dan en ningún momento? ¿Esas listas de lo mejor y lo peor (no del por qué) del año? ¿Es eso crítica o, no sé, paracrítica? ¿Y qué decir de sus ejércitos de trolls? ¿No se parecen a los conversos a la fe del punsetismo?

Tal vez la comparación esté un poco traída por los pelos, os lo reconozco. Pero me da igual, porque me ha servido para decir lo que venía a decir. Y sobre todo para preguntaros. Que cómo lo veis, achos.

jueves, 6 de febrero de 2014

LA CURA DE LA HIPSTERIA

¿Qué hay tras el insulto más frecuente de la ancha internet? ¿De qué va eso de ser un hipster? ¿Se trata de un término confuso y sobreexplotado que retrata a quien lo utiliza como un calumniador mainstream y demodé? ¿O podemos fiarnos de su poder a la hora de etiquetar un conjunto estable de clichés culturales? ¿Somos, nosotros, hipsters? ¿Cómo se cura esto?

Para empezar, es cierto que el término tiene una etimología confusa. Hipster viene de hip, y éste de hep, y denominaba, durante la primera mitad del siglo pasado, a los entendidos en la subcultura musical negra, es decir, en el jazz. Con el tiempo pasó a aplicarse a los blancos aficionados al jazz, con lo que ello implicaba en cuanto a adopción de rasgos de identidad de una subcultura diferente. Con todo, los gatos acuñaron otra palabra para designar a los advenedizos y diletantes que pululaban por sus garitos, ésta sí con connotaciones netamente negativas. Utilizaron la misma raíz: hippy. Por supuesto, no se la aplicaron a la pandilla de Kerouac, gente que elevó el hipsterismo y las formas de vida asociadas al jazz y a la cultura negra a la categoría de universal literario.

Fundido a negro. A principios de este siglo, el término vuelve para referirse a las dosis industriales de postureo que se meten (y producen) muchos jóvenes habitantes de la localidad más gafapasta de EE.UU.: Williamsburg, Brooklyn, Nueva York. Sus primeros usos documentados, que datan de 2003, ya denotan una intención burlesca y ridiculizatoria, etiquetando un divertido repertorio de tics estéticos y opiniones prefabricadas que seguro que cumplen a rajatabla más de media docena de amigos tuyos.

¿Y eso es todo? Oh, no, claro que no. Once años más tarde, el término sigue vivo y coleando, y parece haber llegado al lenguaje común de una lejana pedanía del Imperio llamada Murcia. Es en este lugar, a principios de 2014, donde me acomete este deseo de investigar y clarificar, y poner en común con todos vosotros mis resultados, la palabreja maldita. Murcia. Donde a veces la sueltas y te contestan ¿jíhteh?  ¿eso qué é, jíhteh?, y también donde, a poco que se deje uno la barba un centímetro más larga de lo usual, el insulto le llueve cual monzón. Sí, es mi caso.

Ya, ya sé lo que estáis pensando. Y sí, sí es cierto que porto una barba épica, unas pesadas gafas de pasta y una sempiterna camisa de cuadros. ¿Soy lo que denuncio? También yo me lo pregunto. Joder, es que no me habéis dejado terminar.

Para los que nacimos a mediados de la década de los setenta, el término indie no es solo la etiqueta que uno le coloca con condescendencia a esas bandas clónicas que publicitan en Radio 3. Un poquito de empatía y comprensión, por favor: cuando la invasión, nosotros teníamos dieciocho añicos. El rudimentario lema Córtate el pelo. Cambia de vida. El grunge ha muerto era para nosotros lo más de lo más. Había escena indie en Murcia (la NOM, por Nueva Ola Murciana), fanzines (en uno de ellos publiqué poemas por primera vez), Ángel Sopena y garitos. Y nosotros nos esforzábamos. Oh, si nos esforzábamos. Recuerdo haberme gastado muchísimo dinero que no tenía en discos (a casi dos mil pesetas) sin haber escuchado antes apenas nada. Recuerdo, también, haberme cagado en todo muchas veces, con mención especial al segundo de Australian Blonde, Aftershave (Subterfuge, 1994).

Suelo recordar aquellos maravillosos años sin poder creer aún lo tonto que era. La fe en el indie responde, sin embargo, al cansancio de la industria, a algo que resume muy bien el incidente que protagonizó Jarvis Cocker al interrumpir, al grito de Stop this bullshit!!!, el show que desplegaba en esos momentos Michael Jackson, cantando Heal the world en la entrega de los Brit de 1996, entre coristas caracterizados de aborígenes africanos y demás parafernalia bochornosa.

El grito, el grito de Jarvis, es lo que resume el hartazgo de todos nosotros, ante la industrialización de la cultura popular, la idiotización de las masas.

Claro que nos subimos al carro como fanáticos y fundamentalistas. Claro que adoptamos todos los clichés. Encendíamos la tele y salía Milli Vanilli, por dios misericordioso.

El movimiento era claramente formalista. No había una ética definida, pero sí una estética. En los primeros tiempos, al menos en España, las bandas eran nominalmente de izquierda, como Los Planetas, o El inquilino comunista. Pero no resultaba necesario. Sí que resultaba necesario, en cambio, no sonar en ningún momento a rock radical vasco ni a -god forbid- cantautores. Jota le dedicó un tema al asunto: Vuelve la canción protesta. Aprendimos simultáneamente a huir del estereotipo y a que las camisas de cuadros molaban, como ilustra este vídeo:


(Un secreto os cuento pa que os riáis: diecinueve años después, yo sigo vistiéndome así)

El resto es historia. La asimetría entre lo ético y lo estético llevó al indie por el camino de la barroquización, y en última instancia del cliché. La huida del mercado y la creación de subcultura independiente y de imágenes de tribu terminaron con todos nosotros y nuestros ideales en las fauces del mercado. Cualquier productor meapilas puede sacarse de la chistera un grupo como Supersubmarina en una tarde, y la homogeneización estética de consumo de la chavalada que hace cola para entrar al SOS nos podría recordar a esas zagalicas que iban con su rebeca a ver a Kilie Minogue en los años ochenta, o a Duran Duran, etcétera. Por otra parte, el gusto por lo semidesconocido podría habernos salvado, pero nada más ridículo que la coletilla el primer disco molaba más, o no creo que los conozcas. Sobre todo ahora, que se sigue diciendo. El prestigio de las producciones pequeñas e independientes trajo consigo el prestigio de lo desconocido (lo libre de márketing, lo libre de industria), y éste el esnobismo y, en última instancia, el solipsismo hiperestésico que identificamos con el peor indie, el ombliguista. Las cosas están cambiando a pasos agigantados, pero es patente que la música recogida en los recopilatorios de las mejores canciones españolas de cada año de la revista Rockdelux no ha dado idea del momento histórico reciente que hemos atravesado en nuestro país, y sí mucho desamor, hedonismo y costumbrismo surrealista. Ni una palabra sobre 15-M, mareas diversas, 50% de paro y diáspora generacional ha salido por esas bocas barbudas, o encarminadas de Russian Red (ese color de barra de labios) hasta ahora. De hecho, lo generacional es un adjetivo a evitar. Si en los 90 la gente presumía durante horas de haber visto a Nirvana en Las Ventas, los modernos actuales se dedican a informar a todo el mundo en sus Tumblrs (Facebook es demasiado mainstream) que han ido al Primavera pero NO HAN VISTO A LOS CABEZAS DE CARTEL, porque molaba más un dj set de un oscuro drumanbasista de Nueva Zelanda que visitaba España por primera vez.

La huida hacia adelante sigue dándose, como si lo mainstream fuese un monstruo que hubiera de comernos el culo. Aquí el único monstruo es, obviamente, el mercado, que nos espera cómodamente con la boca abierta delante de nosotros, predecibles como un salmón. No por nada se ha definido lo hipster como una subcultura parásita de todas las demás, que sin inventar nada nuevo ha arramblado con las señas de identidad de todo lo inventado en el siglo XX para crear un pastiche caracterizado por la inautenticidad y el consumismo (Lorentzen, 2007). Mi generación es culpable. Y se merece castigos como este retrato que nos ha dedicado Cristóbal Fortúnez, que me escuece como limón en padrastro:


(Aquí para leer el texto, que no tiene desperdicio)

Bueno, y a todo esto, ¿hay una literatura hipster? Yo creo que sí. Una literatura orientada a la sorpresa estética más que a la emoción, construida con materiales reciclados y referencias heterodoxas y rica en namedropping, alérgica a lo épico, lo colectivo y lo ético e inclinada al solipsismo y la hiperestesia, muy lúdica pero poco subversiva, merecería la etiqueta.

A veces, personajes paradigmáticamente hipsters se ponen a achacarle a esta simpática subcultura hasta la muerte de Manolete. En cualquier número de la Rockdelux encontraréis, amables lectores, encendidas diatribas contra todo lo hipster, un poco sin venir a cuento, como ese compañero de instituto que no paraba de soltar comentarios homófobos y que luego te encontraste una noche dándolo todo en la Metropol. Pero me estoy refiriendo en concreto a la charla entre Kiko Amat y Stephen Pastel que publicó hace unos meses la Playground (otros que tal bailan). Estaban súper de acuerdo en que el hipsterismo era una cultura oligofrénica y el fin del mundo. Repito. Kiko Amat:


y Stephen Pastel:


Soy optimista. Creo que lo hipster es la zona esclerotizada y cliché de la posmodernidad a través de la cual puede empezar a reírse de sí misma, a ser consciente de sí misma, a dibujar siquiera de forma provisional, y en negativo, las líneas maestras de lo que ha de venir después. Y hago hincapié en lo de después, porque es muy fácil atacar nuestro clima cultural con argumentos reaccionarios, como si el futuro de la música pop actual, con lo que tiene de ultrarreferencial y neutralizada, tuviesen que ser las melodías étnico-perrofláuticas de Pachamama. Como si la evolución natural de todas esas novelas sobre jóvenes aburridos e hiperestésicos que publica Mondadori fuesen los pestiños ruralizantes de John Berger. Obviamente no. A dios gracias.

miércoles, 5 de febrero de 2014

EL PLAN B



Tengo un plan. Por fin he dado con uno, qué diablos. Se trata de un trabajo de espionaje. No. Más bien un trabajo de infiltración. Me explico. Voy a convertirme, a partir de mañana, en uno de vosotros. Sé cómo hacerlo. Por la mañana me voy a pasar por la asociación de vecinos del barrio. Voy a hacer comentarios chistosos. Tienen que ser muy buenos, porque ya sé que la gente de allí me tiene fichado como el bicho raro de la calle del kiosco. Muy buenos, y también muy normales. Pero ya los tengo pensados, uno por uno, el primero sobre el tiempo (el caló queace por dióh), el segundo sobre los árboles de la zona, el tercero sobre las fuentes de los jardines, el cuarto sobre los inmigrantes que abusan de ellas, el quinto sobre la pertinencia de la asociación. Etcétera. Por la tarde me voy a inscribir en otra asociación, ésta de ocio y tiempo libre. Organizan viajes. Me voy a apuntar. Voy a llegar con una mochila de Decathlon y una camisa de Springfield y una sonrisa de gilipollas tan alucinantemente creíble que me van a acoger con los brazos abiertos, como lo que soy: uno de vosotros. Iremos a Mojácar. Haré amigos. Comentaré algo de la Liga (seré del Atleti), de pelis de superhéroes, de las chicas de la expedición. Comenzaré cada frase dándole un golpecito en el hombro al cretino que tenga delante. Es posible (solo posible) que me haga una pequeña cresta a lo Cristiano Ronaldo en la peluquería. Luego, ligaré. Elegiré a una chica al azar y le lanzaré piropos. Entonces colocaré alguna referencia de pasada a que yo paso de las tías. Me preguntarán si soy homosexual y diré: no, pero después de lo de mi ex me entran ganas. Por la noche bailaremos cosas latinas y, en un momento dado, casi al final del viaje, nos iremos juntos. Entonces empezaremos a salir. Mis nuevos amigos me dirán qué cabrón tío qué cabrón tío. Será todo genial.

También empezaré a trabajar. Vía ETT. Como reponedor de supermercado. Diré que tengo doce años de experiencia en el sector y me inventaré un millón de referencias que nadie va a comprobar. En el mismo Eroski me compraré una tele de plasma grande que te cagas para ver la Eurocopa. Invitaré a mi novia y a mis amigos. Tomaremos cubalibres. Los cuartos de final, en cambio, los veré en casa de mis suegros. Ahí conoceré a mi cuñado. Las cursivas son mías. De quién iban a ser si no.

En agosto, para las fiestas del barrio, que organiza la asociación de vecinos y la junta de distrito, iré a la verbena con mi chica y sus padres. Aún no podré coger vacaciones, pero pasaré los domingos en la playa, con mi nueva familia. Diré que la mía ha muerto, para ahorrarme explicaciones. Y ser normal.

Una noche, después de hacer el amor, Noelia me dirá que me quiere y yo me sentiré mal, empezaré a tener dudas, jugaré con la idea de suspender todo el plan. Pero sabéis qué. Seguiré adelante. Me atendré a lo planeado con un par de cojones.

Porque entonces llegará el día D. El final del verano. Ese día podré decir en voz alta: esta mierda para qué. Diré: ya soy como vosotros, y tengo exactamente las mismas ganas de suicidarme que antes. Qué coño, tengo más. La misma zozobra, el mismo insomnio, la misma angustia. Y un millón de molestias más. Sí, vale, follo, y qué. Tengo amigos, familia política, un trabajo de mierda, y qué. Os lo dije. Os dije que esto no iba a servir para nada. Qué placer, tío, decir te lo dije. Te lo dije, con todas las letras, con conocimiento de causa, con razones aplastantes. Qué guai va a ser. Mañana, lo primero, la pelu. Con esa foto en la mano. Nec spes nec metus. Como un campeón.

lunes, 3 de febrero de 2014

MANIFIESTO NEONERD



Me horroriza la reciente moda de exaltación de lo nerd. Ya reivindicaron a los freaks y a los geeks, así que no debería sorprenderme. Y bueno, no me sorprende: he dicho que me horroriza, a ver si sabemos leer. Yo fui un nerd, un caso galopante a finales de los años 80. Gafas doradas de doble puente, incipiente bigote, escasa limpieza personal, pelo extragraso. Seis horas al día pegado al Spectrum, pero no sólo jugando al Barbarian: programando Basic. Lector compulsivo de Tolkien, Heinlein, Blish y Fredric Brown, Michael Moorcock y Byron Preiss. Si me veía obligado a hablar con una compañera de clase lo hacía rápido, dando saltitos de uno a otro pie y mirando al suelo, sonriendo sin motivo. Tenía grabado en una cinta VHS algo pringosa el vídeo de Sabrina, Boys, boys, boys, y extraje de él toda mi educación sentimental y sexual (y de mi médula hasta el tuétano, al mismo tiempo). Ah, neonerds, qué me vais a contar a mí que yo no sepa. Además, ¿con cuántas chicas os habéis acostado? Pues si el número es mayor de 2, y una de ellas no es vuestra madre (retorciendo a vuestro favor los términos en que está formulada la pregunta), quitaos esas putas gafas de 200€ de la cara, que vosotros no sois, ni seréis, ni habéis sido jamás un auténtico nerd. Por suerte para vosotros.