viernes, 31 de enero de 2014

AGUJEROS DE GUSANO EN PASTA DURA


No quiero pecar de nostálgico coñazo, pero creo que el lugar en el que uno aluniza por primera vez en la literatura tiene su importancia. Que siempre queda algo del deslumbramiento inicial de los libros, por mucho que nos empeñemos en deconstruir la experiencia o declarar la decadencia o yo qué sé qué más barbaridades que salen por nuestras bocas postureras, sobre todo mientras simultáneamente entran quintos de cerveza.

Yo pisé la literatura por primera vez en este lugar. En ejemplares sueltos de la colección Club Joven de Bruguera que mi madre, que tenía un quiosco, se iba trayendo a casa si no se vendían. El barón de Münchhausen, Fábulas de robots, de Stanisław Lem, Las mil y una noches, La guerra de las salamandras, Verne, Turguéniev, Poe, Hemingway, Fredric Brown, etcétera etcétera.

Además de que están llenos de huellas dactilares de color chorizo y dibujos friquis, son unos libros muy  malos, que se desencolan con el tiempo liberando páginas continuamente. Me recuerdo cenando con ellos todos los días, y no sé si me gusta ese niño tan nerd con ese bigotillo y esas gafas doradas de doble puente que ahora se están poniendo de moda otra vez. Qué haces, pringadillo, que no estás apedreándote con los otros zagales por todo el Polígono, como tus primos. Por qué no sabes montar en bici todavía. ¿Lo veis? Ya estoy en fase nostálgica coñazo. Pero es que, sabéis, de vez en cuando me topo con uno de estos libros que leía yo, una y otra vez, cuando era pequeño y, joder, me gustaría que existiese esa palabra que tendría que utilizar, para darles las gracias.

miércoles, 29 de enero de 2014

LOS VAGABUNDOS DEL KARMA

Me lo tiene dicho mi novia: tu ego es una montaña rusa. Qué digo: tu ego es el jodido Dragón Khan de los egos de los escritores españoles desconocidos. Lo cual podrá ser bueno o malo, pero no me negaréis que tiene mucho mérito. Me he acordado hace un momento, al releer la entrada que escribí ayer aquí mismo y donde, seguramente en pleno looping egoico, me comparaba con Kafka y Li Po, mis iguales en el inquebrantable compromiso con la literatura y la nada.

Lo pone ahí al lado: he publicado tres libros, he salido en unas cuantas antologías, blá blá blá. Si tal cosa os impresiona, poned rumbo inmediatamente a una página como Las afinidades electivas (lasafinidadeselectivas.blogspot.com/‎) y echad un vistazo a la magnitud de la superpoblación de autores con un currículum (los modernos lo llaman biobibliografía) como ése. A la hora de ocultarnos, no tocamos ni a una piedra para cada cien poetas, así que muchos de nosotros estamos recurriendo a los más socorridos granos de arena.

Luego, eso sí, tenemos perfiles de Facebook. A poco que nos añadimos entre nosotros, nos salen mil amigos.

Da la sensación de que un texto, por sí solo (y cuando digo por sí solo me refiero a que lo lea tu madre y te diga que no está mal) no es una herramienta muy útil a la hora de cubrirse uno de gloria. Es donde entra el tema de la promoción. Que es para lo que nos abrimos cuenta en Facebook en primer lugar. Y bueno, también en Twitter. Y para lo que abrimos el blog. Y el Tumblr. Y el Pinterest. Y el Formspring. Y el Tuenti. Sí, sí. El Tuenti. Que aquí se sabe todo. También nos gustaría promocionarnos a través del Whatsapp, pero no podemos. Porque números, lo que se dice números de teléfono, de críticos, editores y periodistas culturales, no tenemos ni uno.

Así que allá vamos. Llenando los timelines de estas populares redes sociales con nuestra mandanga: nuestros recitales, nuestras publicaciones, nuestras entrevistas, nuestras apariciones en antologías, listas de lo mejor de la década, del año, del mes, de la semana en las papelerías de Villanomolas, etc. Pedeefes de veinticinco megas en los que aparece nuestro nombre una sola vez (si somos educados decimos en qué página, eso sí). Y luego la mandanga de la gente que nos publica, nos entrevista o nos menciona, porque hay que devolver el favor: ey, leed este otro pedeefe, que mi colega el Richi sale mencionado en la página 627. Etiquetamos al tal Richi, quien, al cabo de un rato, le da al megusta. Este megusta nos acerca un poco más a la gloria del Parnaso.

Pero hey, nos volvemos listos. Entre anuncios y anuncios, siempre hay que poner alguna peli, como hacen en Tele 5, o si no la peña va a hacer zapping. De vez en cuando tiramos de selfie. Cambiamos la foto de perfil. Subimos una de un gato gordo y con cara de mala hostia y le agregamos el subtítulo My one and only love <3. Nos cagamos en la puta madre de algún político, que es algo que viste mucho y cansa poco. Si estamos buenas, puede que hasta compartamos material en bikini o ropa interior. Si no, pues fotos haciendo el monguer, o sujetando algún libro, o junto a la tumba de alguna vaca sagrada de la literatura o el rock.

¡O promo, o el desierto! Un desierto de granos de arena. Todos ocupados por algún poeta con la misma biobiblio que tú. Así que elegimos promo. Nos convertimos en annoying, dirty talking, oversharing karma whores. Y unas veces damos pena y otras no. Se nos acusa de tapar, con nuestros aspavientos y nuestro colegueo y nuestra ansiedad por ser leídos, textos más importantes. Se nos acusa de farsa, de márketing, de prostitución y de adicción  a las redes sociales. Nos defendemos disparando solicitudes de Candy Crush.

martes, 28 de enero de 2014

DEJARLO

"El sexo me da asco", "el fútbol es mi vida" y "voy a dejar de escribir" son tres ejemplos de frases gramatical y sintácticamente correctas, y tal vez también semántica y pragmáticamente, que entiendo menos que un rap en coreano. Es obvio que me voy a detener en la tercera de ellas, porque ésta es una web de literatura, no forocoches.

"Estoy pensando en dejarlo" es algo que suelen decir los amigos para que les des ánimos.  Vale. Bien. Ningún problema. Unas cañas, un estado de Facebook con un poema suyo y al ring. Lo raro es lo otro. Gente que de verdad decide dejar de escribir. Lo misterioso. Que a veces no es tan misterioso. A veces, para alguien, la actividad de escribir es solo una actividad, un plan sujeto a la consecución de unos objetivos. A veces la escritura no está adherida a la identidad. Entonces, escribir tiene algo de deporte. Ya sé que está mal visto, pero seguramente es esta concepción de la literatura la que ha generado más obras maestras, y sin duda alguna la que manifestaban los grandes clásicos de los Siglos de Oro. ¿La otra? Bueno, suelo visualizar a Li Po (Li Bai, que dicen ahora los modernos) abandonando su acta de mandarín y escribiendo poemas en trocitos de papel que luego dejaba flotar en el río. Suelo visualizar a Kafka en un balneario, en lo absurdo que resulta imaginarlo "pensando en dejarlo".

Escribir por nada, porque tu naturaleza tiende a ello, como puede tender a lo nocturno, o a bucear, o a la bebida. Mostrar o no mostrar, acogerse o no a los géneros, terminar o no lo que uno empieza, como cuestiones secundarias. Hay grandeza en esa forma de percibir la escritura. Y, si no la hay, ya es tarde para mí.  

jueves, 23 de enero de 2014

LA PLAYA DE TODOS LOS DOMINGOS


A los niños domingueros se los reconoce, cómo no, por el corte de la camiseta de tirantes que llevan de lunes a sábado. Y por otras cosas. Son los reyes de la playa un rato, de tres y media a cinco y media, pero su reinado no es total ni siquiera en esas dos horas, porque tienen prohibido bañarse debido a los cortes de digestión. Luego vuelven al agua, pero ya están allí esos otros niños, con quienes jamás se mezclan. Empiezan infinitos castillos de arena y no los terminan, porque son las siete y mamá los llama a gritos para que recojan los trastos. Tienen demasiados trastos que deben ser lavados uno a uno. Hay más gritos, después, porque papá no quiere ver ni un grano de arena en esos pies que están a punto de subir al coche. Siempre salen tarde, enfadados, agotados y tristes, y en eso se parecen a sus padres, que finalmente se resignan a largas retenciones en el camino de vuelta.

Pero no vuelven de vacío. Llevan consigo mucha arena. No en los pies, es cierto. En el culo. Como de contrabando. La verá mamá más tarde en el baño y no podrá creerlo, como todo domingo playero. Hará algún comentario despectivo, pero luego dará sus besos y encenderá el ventilador del techo y cantará una canción que los transportará hacia el sueño.

Y saben qué. También están las manadas de adolescentes domingueros, que no cargan con sombrilla ni mobiliario plegable, sino apenas una mochila que contendrá: una toalla, un bocadillo de tortilla envuelto en papel de aluminio (de plata), crema solar, un reproductor de mp3 y una botella templada de tinto de verano Sandevid. En el mp3: techno, Estopa, Platero y tú y Lady Gaga. Hay dos chicas a las que los demás no hacen mucho caso, para las que ya es hermoso haber sido invitadas por la pandilla de la pedanía. Una tiene un poco de sobrepeso, la otra apenas rellena el bikini con los pechos, y no saben qué decir. Participan de soslayo en los juegos de pelota y las aguadillas. Miran y sonríen a los machos alfa del grupo, pero no les dirigen la palabra. La chica espigada recibe una aguadilla de uno de ellos, no se sabe cómo. A ciegas, tratando de sacar la cabeza del agua, palpa los músculos de David y se rinde a una extraña sensación de indefensión sexual que la deja excitada y confundida el resto del día. La escena no se repite para ella (para las otras, para las tetonas y descaradas, se repite muchas veces, e incluso el gallito las premia con una erección que es celebrada con risas y deseo). Las chicas impopulares suben las primeras al autobús y el resto del grupo se sienta más atrás, desde donde no se distinguen las conversaciones. Ellas no hablan de nada mientras anochece en el camino de vuelta. Pero también traen arena de contrabando. En el vello púbico, en los pliegues de los labios de la vagina y en el ombligo. Aparecerá después, durante la ducha caliente que las espera en casa, mientras llaman a la puerta del baño para que se den prisa.

Toda esta arena va a un lugar. Pasa por el desagüe de la ducha pero no entra a los conductos sépticos. Es filtrada. Alimenta la Playa de Todos los Domingos, cuyas arenas son míticas por su blancura y su suavidad. Donde los niños no son llamados a recoger los trastos y elevan torres defensivas hasta que se hace de noche. Donde brillantes bicicletas los esperan para ir a jugar después de eso y sus hermosas madres los acogen en el regazo bajo la luz de las estrellas. Donde las adolescentes desmadejadas y prepúberes ayudan a los chicos a encender hogueras, y beben y fuman marihuana y tienen historias que contar y se bañan desnudas a medianoche y abrazan y besan en el agua a muchachos súbitamente desinteresados por el mundo del tuning. Y también los solipsistas del mundo que solo registran y escriben los pormenores de este paraíso vacacional tienen permitida la entrada, porque trajeron tanta arena en sus inadecuados zapatos, de contrabando, el domingo en el camino de vuelta.

martes, 21 de enero de 2014

CÉSAR RENDUELES - SOCIOFOBIA (CAPITÁN SWING, 2013)


No me he propuesto hacer una serie de entradas sobre patologías literarias. Simplemente surgen, por qué será. Hoy le toca el turno a la sociofobia, término con el que Rendueles actualiza lo que conocíamos como misantropía.

En este libro no se habla explícitamente de literatura ni de literatos, pero es fácil extrapolar. De alguna manera, en el centro del texto está la advertencia de que la posmodernidad ha transformado el viejo dictum de Publio Terencio Africano, Homo sum, humani nihil a me alienum puto (soy humano, y nada humano me es ajeno) en todo lo contrario. Los misántropos y los inadaptados son ahora los reyes del baile, y su feroz individualidad, que en otros tiempos era un mal síntoma, es ahora el valioso coltán con que se construye la literatura avanzada. Estoy pensando en Tao Lin, en la delicada poética entomológica con que disecciona las disfunciones del presente. O en Palahniuk, su incesante búsqueda de heterogeneidad para alimentar su circo de monstruos. O en Coupland, santo patrón de geeks y nerds (del mundo, uníos). Los personajes de estos y otros novelistas postmodernos tienen en común dos cosas: la adicción a internet y la sociofobia. Tratan de curar la una con la otra. Obviamente, empeoran.

Rendueles nos demuestra que el cibermundo 2.0 es una prótesis que posibilita la vida de los sociófobos, pero al mismo tiempo hace crónica su enfermedad, creando la ilusión de una comunidad auténtica donde no hay más que débiles redes de intereses comunes que se forman y se deshacen a gusto del consumidor, sin compromiso ni vínculo. Yo leo esto y pienso en la vocación literaria, que muchas veces nace de la inadaptación adolescente. Pienso en qué diferencia a un literato de un hikikomori de baja intensidad, si tenemos en cuenta las muchas horas que pasa encerrado delante del ordenador. Visualizo a escritores tratando de escribir algo y mirando facebook cada cinco minutos, para comprobar si alguno de esos cientos de amigos escritores que en esos momentos también tratan de escribir algo han puesto algún chiste. Y no tengo que hacer muchos esfuerzos para visualizar todo eso, no creáis.

Internet es muchas cosas buenas. También es un ombligo. Si escribes, si tu utopía es amniótica, bueno, amigo, cuidado con los ombligos, entonces. Todos sabemos en qué se convierte la literatura cuando se escribe con este simpático muñón que tenemos en la panza,

Vamos, que salgas a la calle. Te lo decimos Rendueles y yo, que ya me lo he leído. Y ya que estás abajo, invítate a unas cañas.    

domingo, 19 de enero de 2014

POESÍA Y NEUROSIS

Si estáis leyendo estas líneas pertenecéis a un grupo de riesgo. Pero quién no pertenece a uno u otro grupo de riesgo de padecer neurosis, la enfermedad de Occidente, tan cool y postmoderna que el daño te lo infliges tú mismo y las herramientas las compras de saldo en cualquier gran superficie de la cultura popular, como una especie de Ikea de la patología mental.

Básicamente, la neurosis es horror vacui. En algún momento de nuestra infancia, por el motivo que sea, tratamos de aliviar una sensación de abandono llenándola de palabras, y esa rumiación nos hace sentir un poco mejor. Nos administramos un medicamento cuyo compuesto activo es un veneno lento, angustia para curar la angustia. Y nos hacemos adictos.

Insomnio, sobreanálisis, parálisis, hiperestesia, fobia social... ¿os suenan de algo? Nuestro mecanismo de "defensa" (sic) consiste en encerrarnos en una habitación interior y ensayar un monólogo dañino e inacabable que gira sobre sí mismo como una cinta de Möbius. Da igual que estemos tratando de dormir o en medio de una fiesta.

Puede que nos cansemos de ser un puto giroscopio interno y tratemos de frenar a cualquier precio esa vía recurrente de escape. Puede que recurramos a la farmacología (sic). Queridos amigos: cuidado con la farmacología.

Sin duda la solución más valiente es la poesía, que consiste en entrar sin escudo hasta el centro del remolino y tratar de poner orden y dirección en ese maremágnum emocional, darle un sentido al río de palabras, convertirlas en algo transmisible, en un objeto. Escribir un poema detiene por un rato la agresión, porque las armas arrojadizas devienen materiales de construcción. ¿Construcción de qué? Tal vez del poema más tenebroso de la historia, de acuerdo. Pero al menos estará fuera, al menos no servirá únicamente contra nosotros.

Es casi un tópico declarar que esa batalla está perdida de antemano y que la poesía es un arma muy pobre si nuestra mente y nuestra cultura se empeñan en convertirnos en ordenadores averiados o en eremitas solipsistas del culto del hiperanálisis. En este punto se impone leer el siguiente poema de Roberto Bolaño, y callarse a continuación:

RESURRECCIÓN

La poesía entra en el sueño
como un buzo en un lago.
La poesía, más valiente que nadie,
entra y cae
a plomo
en un lago infinito como Loch Ness
o turbio e infausto como el lago Balatón.
Contempladla desde el fondo:
un buzo
inocente
envuelto en las plumas
de la voluntad.
La poesía entra en el sueño
como un buzo muerto
en el ojo de Dios.             

jueves, 16 de enero de 2014

CHOMSKY VS. FOUCAULT


El debate entre Chomsky y Foucault de noviembre de 1971  es, en el mundo de la filosofía, como el Mohamed Alí contra Foreman de Kinsasha en 1974. El gran clásico. La cumbre de este deporte, y que me perdone quien se ofenda.

La charla estaba llena de elementos situacionistas, dada la proximidad y el prestigio del entonces reciente Mayo del 68. El presentador trataba de conseguir que los invitados se pusiesen unas pelucas rojas, y todos (excepto Chomsky, claro) estaban bajo el efecto de alguna droga. Foucault pasó meses riéndose de Noam a cuenta de un paquete de hachís que le regalaron ese día. Mientras se lo iba fumando con sus amigos, se referían a él como el hachís de Chomsky.

No solo en las pelucas y el polen flotaba el sesentayochismo en la reunión. El odio a lo obvio, a los lugares comunes, se hacía sentir. En parte, la incapacidad de Foucault de aceptar mínimamente los planteamientos de Chomsky se debió a que sonaban normales. Y así se enzarzaron. Se discutía sobre el poder y la justicia (una discusión que llega hasta hoy, oh si llega hasta hoy ). Foucault hablaba de lo primero, de sus desplazamientos, de sus formas sutiles, de su ubicuidad. Pero muy poco de lo segundo. Chomsky, un tipo de tradición anarquista, defendía ese valor, que para Foucault era un concepto subjetivo, dictado ad hoc por el poder. 

¿Describir o denunciar? Cuarenta años más tarde, Foucault sigue peleándose con Chomsky en las mesas de novedades de las librerías. Siguen hablando de literatura. Y gana el francés, claro, por goleada. Pero en una de éstas, quién te dice.

miércoles, 15 de enero de 2014

UN POEMA DE KENNETH REXROTH


LAG-PROP

A altas horas de una noche fría y húmeda,
La atmósfera está cargada con humo de tabaco.
Estoy preocupado y mentalmente exhausto.
Cojo el volumen LAG-PROP de la enciclopedia y
Me parece haberlo leído entero en tantas
Otras noches como ésta. Me siento y miro con
La mente en blanco el artículo "pinzón".
Mientras escucho la barahúnda y el ronroneo
Persistentes de vagones y locomotoras
A lo lejos, recuerdo de pronto un atardecer
A comienzos del verano en que volvía
Por la larga morrena de bañarme en Ten Mile Creek
Con el cabello mojado e impregnado de olor
A algas y barro. Recuerdo un sicómoro frente a
Una granja en ruinas y al instante la
Revelación nítida de un canto increíblemente
Puro y gozoso, mi primer pinzón de pecho
Rosado, mirando al sol bajo y con el cuerpo inundado
De luz. Me quedé inmóvil, helado, en el
Cálido atardecer, hasta que alzó el vuelo y seguí
Mi camino, consciente, con tan solo doce
Años de edad, de que se había producido uno de
Los grandes acontecimientos de mi vida.
Treinta fábricas arrojan sus desechos a la caleta
En los terrenos de la granja se alza un
Suburbio depauperado. En los secos céspedes hay estorninos
Foráneos y agresivos, y yo llevo, en el otro
Extremo del continente, diez años en una ciudad hostil.


De In What Hour (1940). Traducción de Carlos Manzano

lunes, 13 de enero de 2014

LA CASA DE HOJAS / MARK Z. DANIELEWSKI (PÁLIDO FUEGO/ALPHA DECAY, 2013)


De esta novela tuve noticia hace unos diez años, cuando, tras publicarse en Estados Unidos, generó un tremendo hype y se ganó el inevitable apelativo de novela de culto. Leí sobre ella. Se la consideraba intraducible dado el número de juegos textuales, tanto lingüísticos como paralingüísticos. Aprendí el significado del término “literatura ergódica”, que me ha venido muy bien desde entonces para entenderme no solo con Danielewski, sino con J.J. Abrams o Vicente Luis Mora, por ejemplo.

También me enteré del argumento. Un vistazo a la página de la novela en la Wikipedia es suficiente. Una casa que se descoloca, que se añade pasillos, bóvedas y escaleras de caracol en inmensos espacios que no deberían estar ahí, pero están. Y, encima, sin ventanas.

¿Esto de qué va, entonces? ¿Es una especie de El Resplandor para gafapastas? Sí. Exacto. ¿Con muchas notas a pie de página? Sí. Muchísimas. Y algunas con otras notas, a su vez. ¿Y juegos borgianos? Oh, sí, colega. Juegos borgianos a cascoporro: citas de obras ficticias, interpolaciones, manuscritos encontrados, léxico académico, citas en griego y en latín… Todo eso envolviendo (y acrecentando) un horror central de los de no poder dormir en un mes. Exactamente como Borges. Exactamente.


¿Os la recomiendo? Sí. ¿Es la mejor novela del siglo? No. ¿Es un digno ejemplar de la especie de Ulises o Rayuela? No, es un milleches. ¿Cuánto vale? Veintinueve leuros del ala. Acho, pues no sé. Pues tú mismo, tron, que yo no soy crítico literario, y esto lo hago pá reírme.

viernes, 10 de enero de 2014

BARRIGAS Y PELUCAS

Uno de esos trolecillos de internet coloca un comentario sin desperdicio en mi muro de Facebook, llamándome con toda la ironía del mundo "poeta maldito". Al pibe le parece mal: a/ que yo haya ganado premios; b/ que me guste hacerme fotos con pelucas; c/ que tenga pareja y d/ que se me note la "cómoda barriga" (sic). Pocas veces me han llamado burgués con tan poca sutileza. Le respondo con un cómodo "Gracias por lo de 'maldito'".

El asunto me ha hecho pensar. Primero con nostalgia, recuperando el tiempo en que yo mismo iba por la vida viendo falsos poetas malditos por todas partes, y burgueses acomodados sin nada que decir ni desde lo ético ni desde lo estético, apuntalando el canon a base de lugares comunes y cobrando dietas por hacer de jurado.

Sigo siendo así.

Segundo con ternura, por el trol y por mí, por lo equivocados que estamos, por las muchas patas de sofá con que chocan nuestros ingenuos meñiques desnudos. Enterarte, en pleno subidón de fandom, de que Luis Alberto es secretario de estao, y García Montero catedrático y presidente de todo, o de que Justo Navarro tiene panza y está calvo, o de que Gil de Biedma.... bueno, a Gil de Biedma dejémoslo aparte. Visualizar a Bolaño dando el cambio en su tienda de souvenirs, o haciendo el friqui entre los aficionados a los wargames de Blanes, duele. Este no es Arturo Belano, ¿verdad?

Ternura por nuestras expectativas, por nuestra tonta esperanza. Porque leímos Los nadadores o La caja de plata o Los detectives salvajes y creímos. Oh, creímos que la literatura podía salvarnos. Creímos que había un espacio para la vida a refugio del mercado y la banalidad y la servidumbre, y que podía accederse a él a través de los libros.

Antes de que esa fe se disuelva en rituales, antes de que terminemos apuntalando nosotros también no sé qué canon y antes de que digamos en público que la poesía es no sé qué soplapolleces que se nos ocurran, seremos trolls e insultaremos a todo el mundo. Como infrarrealistas mexicanos borrachos colándose en recitales de Octavio Paz. Qué más dará si somos justos o injustos, mientras sigamos defendiendo esa esperanza.