sábado, 13 de diciembre de 2014

EL FINAL DE LA CRISIS

Madre mía cómo odio despertarme en mitad de la noche. Imposible no empezar inmediatamente a pensar en un día siguiente de somnolencia, irritabilidad y dificultades de todo tipo para estar a la altura. Imposible también no ponerse a repasar esas tareas que te esperan y que tendrás que encarar con desventaja. Pero eso viene después: ahora es el odio. Aún no he abierto los ojos, pero ya noto el temblor de mi pie derecho, el desacomodamiento de mi respiración, el repunte de mi nivel de ansiedad. No puedo, siendo realista, esperar volver a dormirme en menos de una hora. Me conozco.

¿Qué hora es? Por la intensidad del malestar sé que he interrumpido un ciclo de sueño, y por la nula claridad que atraviesa mis párpados entiendo que aún no es de madrugada. Con esos datos, calculo que las cuatro de la mañana. La hora más tranquila de la noche, aun en este barrio de mierda: los borrachos ya se han dormido en su curda y los curritos aún no están subiendo a sus infernales furgonetas y encendiendo Kiss FM a todo volumen.

Todo lo cual no explica los ruidos.

De la escalera me llegan murmullos, personas que la bajan tratando de hacer el mínimo ruido posible, pero que cargan con algo (¿mochilas, maletas?) que tropieza cada poco con el suelo o las paredes. ¿Cuántos vecinos tengo, exactamente? Abren la puerta de la calle, se preocupan de que no dé portazo, suben a sus coches, los cargan, arrancan y se van.

Hay más coches arrancando, más operaciones de carga y más murmullos que llegan desde la calle. Salen los coches, sin encender Kiss FM, casi sin acelerones, con una cortesía fuera de lo común.

Pero muchos.

 ¿Debería esa procesión de luces eléctricas provocar una claridad que tal vez podría atravesar mis párpados cerrados? No podría decirlo. ¿Tal vez circulan con las luces apagadas?

Mis hijos, por suerte, no parecen haberse despertado. De la habitación de al lado no llega el menor susurro. Pero llegará, de eso no cabe duda, si se mantiene este maremágnum acolchado.

Pienso en alguna extraña festividad religiosa local de la que no hubiese tenido noticia. Mi jefe sí, seguro que habría tenido noticia, me digo con un leve tono irónico que me ayuda a tranquilizarme.

El ritmo del ruido parece ir descendiendo poco a poco, afortunadamente.

Y ahora sí: llega esa claridad del amanecer. Deben de ser las cinco y media. Hay algo de silencio, interrumpido a intervalos cada vez más largos por algún coche rezagado. Quedan dos horas para que suene el despertador.

El dilema ahora es: tratar de dormir esas últimas dos horas, o abrir de una vez los ojos, e ir a mirar.

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