viernes, 14 de noviembre de 2014

LO PEOR DE LA ENTOMOLOGÍA ES CUANDO TE CLAVAN EL ALFILER

Pues ná, que estaba yo el otro día tomándome unas cañas celebrando Halloween con mi amigo Tirso, que coordina una asociación de aficionados al cómic, y salió el tema de Por los caminos oscuros, que es esa serie alucinante de David B. sobre la conquista, por parte de Gabriele D'Annunzio, de la ciudad de Fiume (actual Rijeka, Croacia) en 1919. Voy a poner una imagen de esa maravilla gráfica un poco porque sí, sin venir a cuento:


Ahí estábamos los dos deshaciéndonos en elogios hacia B. y hacia la obra, y entonces lo veo que pone su sonrisilla de medio lao y suelta:

- Y luego está el D'Annunzio ése, eh. Madre mía, qué hombre. Nadie diría que era poeta.

Se me congeló la mía en la cara, todo sea dicho. Todas las historias de la literatura del XX hablan de D'Annunzio como una de las figuras fundamentales de la vanguardia de entreguerras. Y se lo iba a decir. Pero me detuve a tiempo. Porque traté de imaginarme a un poeta vivo conquistando una ciudad. Pensé en Radovan Karadžić, que era, manda huevos, también poeta y psiquiatra. Pensé en Limónov (me la estoy leyendo ahora). Pensé que el arquetipo del poeta-guerrero garcilasiano es un exotismo, que es en lo que se convierten los arquetipos justo antes de desaparecer.

¿Por qué nadie diría que D'Annunzio era poeta? Por su voracidad, por su compromiso con el aquí y el ahora, por su inquebrantable voluntad (inquebrantable y fascista, importa recordar) de romper lo real. En cierto sentido, el príncipe de Montenevoso era el exacto contrario a un poeta. Que es lo que me estaba echando a la cara mi compadre Tirso, entre caña y caña entre calabazas y trucotratos, el otro día.

Entonces, ¿cuál es el arquetipo ortodoxo del poeta contemporáneo? Alguien que lee textos inextricables y brinda al sol por Twitter. Alguien a quien le urge un psicólogo pero no iría ni por todo el oro del mundo ni puede pagarlo tampoco. Alguien que sufre, así en general, excepto cuando: a/ se sube a un escenario con unos folios en la mano; b/ alguien comparte una foto de su libro en facebook y lo etiqueta. Alguien más bien intenso, un poco como el Matthew McConaughey (lo he escrito sin mirar, lo prometo) de True Detective pero, obviamente, sin pistola ni intención de meterse en sitio chungo alguno, si excluimos la ropa interior de la mitad de la parroquia. Alguien que siempre pide cerveza y nunca nada para picar. Alguien con barba y gafas. Sí, ése. ¿Lo tenéis? Ah, genial. Paro ya, entonces.

Se nos presupone a los poetas la nostalgia y el tono elegíaco. Y no he hecho ningún estudio estadístico, pero yo creo que se nos presupone bien. El tiempo pasado y tal y cual. Sin embargo, yo creo que lo elegíaco es un efecto secundario. Algo colateral. Parecer abducido por el pasado es el precio que hay que pagar por esta labor de rescate del presente. Los días de nuestra vida no son un timeline en el que se van sucediendo historias que reclaman un momento nuestra atención para sumergirse a continuación para siempre en la oscuridad. Ni un conjunto de actos de consumo. Ni un coto de caza para que se alimente nuestro ego. Todo eso es el excipiente, pero hay otra cosa. Lo sabemos porque nuestro marco teórico exige la existencia de esa materia. Y porque la hemos tocado aquí y allá.

Al lado de eso, lo de Fiume se queda en pendejada. Conquistamos y (sobre todo) perdemos Fiume todos los días, o al menos, en el peor de los casos, podemos deciros dónde está, por dónde se va, cómo se llama ahora en otra lengua. Y además adornamos, y no salimos caros. Nos sabemos los bares más baratos de todas las ciudades, y no nos importa demasiado que nos lancen clichés.

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