miércoles, 26 de noviembre de 2014

POESÍA Y DINERO



A veces parece como si nos jodiera que un poeta tenga que pagar el recibo del agua. Me refiero a esa forma de odio telúrico que nos posee cuando vemos a la banda emergente de indie rock prestando su canción y su imagen para una campaña publicitaria. ¿Pero publicidad de qué? Ah, no sé. De papel higiénico. O mejor, de embutidos low cost: chopped, galantina, fiambre en barra con el jeto de Mickey Mouse en cada loncha, cosas así.

Parece como si nos jodiera. Como si según qué cosas no estuvieran bien: Manuel Vilas ingresando un cheque, Najwa Nimri comprándose un abono del metro, Santiago Cirugeda saliendo con dos bolsas grandes del puto Hipercor.

Qué mal, ¿no?

Ese tipo de transacciones alienantes son nuestras, ése es el charco de caca en que chapoteamos nosotros y que llamamos vida. Lo que suena de fondo, que por si sentís curiosidad os diré que es el último de Extremoduro, que me lo bajé ayer, no huele o no debería oler.

¿Cómo? ¿Que Robe Iniesta ha ido a la Guardia Civil a denunciar al carretillero de la fábrica de los cedés por piratería? Coño, eso ya sí que huele un poco.

Robe Iniesta haciendo cola en el banco para actualizar la cartilla. Robe Iniesta cabreado porque no sabe ese cargo de 27,40€ de qué es. Hasta que ata cabos y se da cuenta de que es de Jazztel. Aroma.

Robe Iniesta, el poeta del pueblo, presidiendo una asociación de músicos extremeños en contra de la piratería. Redactando los estatutos. La parte en la que se habla de emprender acciones legales contra blablablá. Declarando en un juzgado de lo mercantil. Llegando diez minutos tarde a la vista de conciliación. Fumándose un truja en la puerta con el abogado. Mirando con deseo a la pasante. Olor.

Robe Iniesta, apparatchik del partido de la industria cultural. Coño, qué peste, ¿no?

¿Por qué nos jode?

Porque que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno. Las artes pertenecen al terreno de lo sagrado y los artistas deberían ser monjes. O, si no, que sean al menos telepredicadores multimillonarios, pero que no toquen el dinero con las manos. Ante la duda, releed El perseguidor en esos términos. Buscad la sacralidad en la semblanza de Charlie Parker. En concreto el pasaje del bistec con patatas.

La alienación, los números rojos y el precio de la pescadilla están a este lado, al nuestro. Que no contaminen el de allá. Porque necesitamos esa asepsia, esa inmaculada concepción. Y podemos ponernos muy talibanes. Podemos ser los Guardianes de la Revolución si insistes demasiado en que te paguemos el bolo.

-¿Hola? -contestas-. Estos poemas me han costado miles de horas de trabajo. La redacción de este libro me ha dejado el hígado graso. Llevo veinticinco años escribiendo y salgo en más antologías de las que puedo recordar. Te he llenado el bar de santos bebedores. ¿Y me estás diciendo que te pague el quinto que me he tomado mientras recitaba?
-Sí.
-(...)
-Escribe un soneto sobre romperme la botella en la cabeza si quieres, pero me debes 1,50€. Tú ya has cobrado. En promoción.

Escenas como ésta sobre la simpática escena cultural de una ciudad cualquiera de provincias se repiten una y otra vez. No hay charla de artistas que no incluya dos o tres anécdotas parecidas. Y cuanto más te ocurran, mejor. Es tu via crucis. Tu martirologio. Que tus apóstoles monten una buena biblia con todo ello. Porque si el día de mañana lo petas y te acusan de (¡oh, dios mío!) cobrar dinero a cambio de tu arte, podrás defenderte con ella. No, no es necesario que la abras para leer en voz alta ese pasaje tan jugoso de la página setecientos noventa y seis. Con que la lances bien fuerte a la cabeza de alguien ya vale.

Igual se la vuelas.

Pero dará igual. Aquí seguiremos todos: bajándonos discos, leyendo gratis, durmiendo en sofás. Trabajando como jodidos chinos a cambio de recompensas puramente espirituales. Había que empezar por alguna parte a construir la República Utópica Postmonetaria y se ha decidido que sea por aquí. Esto puede que sea una milonga para que te calles y pagues el quinto o tal vez no. Por una vez, voy a dejaros opinar. ¿Sí o qué, achas?

3 comentarios:

  1. El artista:
    Ejemplo más nítido de la subversión de cartón piedra, el artista “reclama no sólo el derecho a la transgresión sin sanción, sino a la institucionalización de la transgresión –y sólo un espíritu de los de antes podría ver la contradicción que ello implica”. La Cultura es uno de esos sustantivos que sobreviven a la transformación de su contenido. Lo que hoy se llama “cultura” es uno de los agentes más eficaces del Bien radical. Y los “artistas” –alegremente asimilados a los “intelectuales”– son los mejor situados para diseminar el imaginario del Bien entre el cuerpo social. Como señala el filósofo Jean Claude Michéa, “el reciclaje de la mitología romántica del artista rebelde permite a todos los artistas oficiales del showbusiness encontrarse en la escena de todos los combates en los que está en juego la defensa del orden económico y cultural que asegure su rentable celebridad”[6]. La “rebelión” es una operación de blanqueo por la cual el capitalismo se rehace una virginidad, lo que a su vez permite reconciliar el nivel de vida burgués con el estilo de vida del artista: el artista se beneficia de las ventajas materiales y morales del conformista, además del prestigio del disidente. “En su boca, la “cultura” y el “arte” sólo sirven para instrumentalizar la historia secular de la conciencia inmaculada de la izquierda – que sólo ahora comienza a verse que no es más que una historia de tartuferías.” El artista es “progre” por definición.

    “Nunca antes los artistas habrían pretendido ser los médicos de la humanidad sufriente, los líderes, los comprometidos, los solidarios, los liberadores y los redentores del mundo. Nunca antes se les hubiera ocurrido auto-designarse como conciencia moral perpetua, poco menos que por derecho divino. Nunca antes habrían exigido que los poderes públicos les subvencionen su libertad privada, y que esa subvención tenga que defenderse con uñas y dientes como si fuera una conquista social inalienable. Élite autodesignada, aristocracia ilustrada, su buena conciencia –tan astuta como ingenua – les mantiene en la ilusión de creerse la guía y la conciencia del pueblo”. Muray tiene un nombre para ellos: artistócratas.[7]
    http://www.elmanifiesto.com/articulos.asp?idarticulo=3937

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  2. Es verdad que nos encontramos con ese tópico a menudo, lo peor de todo es cuando aparece como
    un dilema en la conciencia. Pero, ¿hay realmente una contradicción?
    ¿Existe un dilema de verdad entre el flotante mundo del artista y las necesidades de la vida práctica?
    ¿Es incompatible la pureza espiritual del poeta con la facturación de productos poéticos y, en general,
    con ganar dinero por medio de ellos?...
    Yo creo que la confusión que nos impide dar una respuesta adecuada está basada en una idea
    absurda sobre la humanidad, por un lado -Humanidad que supuestamente debería encarnar en plan paradigmático
    el artista o poeta, entendiendo a este como a un ser humano singular con una relación muy especial con el mundo-,
    y una confusión emocional entre el interés material y el espiritual que nos producen las cosas que nos atraen,
    muy dificil de conceptualizar, pero más aún de separar en uno mismo.

    1) Una idea absurda sobre la humanidad según la cual toda acción verdaderamente positiva -y cualquier producto
    artístico lo es, al margen de la cantidad de rechazo de realidad que haya en él, su calidad formal y ética
    y los gustos-, es "desinteresada". Se desacredita supuestamente a sí misma si hay en ella un interés
    que vaya más allá de su campo específico.

    2) Una confusión emocional entre el interés material y espiritual, que se basa en la falsa idea de que
    ambos son incompatibles, o pertenecen a planos tangenciales diferentes, no conectados.

    Se espera absurdamente que la materia sea de interés y los contenidos internos desinteresados
    (Nociones románticas que bien podrían tener antecedentes platónicos, a la vez que familiares
    cristianos, kantianos y en general cierta clase de ...).

    Los artistas, por nefelibatas que sean, ¿no están hechos de la misma materia-espíritu que el resto?.
    Y su trabajo, -con independencia de la cantidad de amor que haya en él-, ¿¡acaso no es un trabajo¡?.

    Por otro lado, ¿hay algo menos material y dado a transformaciones de todo tipo -podríamos decir incluso,
    si se permite la licencia poética, más "espiritual"- que el dinero?
    ¿Existiría si no creyeramos en él y que no es necesario para nuestras interacciones sociales?

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  3. Completamente de acuerdo con tu idea pero, ¿en qué se diferencia un artista de cualquiera que curre en un bar, en un chiringuito de playa o en un mercadona? ¿No tenemos todos hambres y otras necesidades?Creo que el artista debe ser bipolar si no quiere mancharse las manitas. Por un lado dejarse el espinazo en horarios de 7 u 8 horas, arrugando su mente creativa y llevándose un dinerito pa casa, y, por otro lado, ser artista sin tener la presión de la pasta. Prostitución si, pero para el pringado que somos, no para el artista que pretendemos ser.

    (enhorabuena por el texto, mu weno).

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