sábado, 8 de noviembre de 2014

EL MINISTRO DE FOMENTO (DE LA LECTURA)




Si yo dirigiese alguna campaña o actividad de fomento de la lectura, cosa que, por suerte para la lectura, no va a ocurrir jamás, creo que no optaría por el enfoque buenista que impera. No sacaría fotos de gente sonriendo con un libro en la mano, ni describiría los mundos maravillosos que la literatura abre para ti sin moverte de tu sillón. Ni siquiera haría coñas con aquello que supuestamente dijo John Waters acerca de no follarse a nadie que no tuviera libros en casa. No.

Yo optaría por el enfoque DGT.

Que consiste en: acojonar.

Los responsables del tráfico patrio descubrieron que una campaña de anuncios con conductores educados y sonrientes que reducen marchas para detenerse dulcemente ante un paso de cebra, y un niño rubio y risueño que lo cruza lleno de confianza en el futuro de la humanidad no solo aburre hasta a las piedras, sino que no consigue hacernos conducir mejor.

Ahora: saca a ese mismo conductor atropellando al niño rubio y esparciendo sus sesos por el parabrisas, con bien de System of a Down de fondo. Saca al conductor siendo juzgado, condenado y violado en prisión. Saca a la madre del niño abriéndose las venas en la bañera y al padre fumando chinos. Que ya verás tú si frenamos o no frenamos, en el paso de cebra.

Pues con la poesía, igual.

No me pongas vídeoclips de zagales sosos leyendo poemarios de amor frente al lago, y cerrando y abrazando el libro tras una emoción reconfortante. Cómo coño vas a sentir emociones reconfortantes leyendo a Brane Mozetič. De qué te iba a salvar la poesía de Cristina Morano. De nada, pijo. ¿Qué os habéis creído, que la poesía es como el coaching ése? ¿Por qué no os autoayudáis un poco con el redtube punto com? Sí, ahora. Os espero.

A mí sacadme imágenes escalofriantes de qué seríamos si no tuviésemos poesía. Mostradme esos monólogos interiores despojados de lectura. Sí. Aunque os asustéis de solo pensarlo. Sacadme a un consejero delegado. A un consejero delegado enamorado, para más terror. Enseñadme cómo sería que me gustase alguien si jamás hubiese leído un verso. Cómo haríamos el amor. Exponedme qué me pasaría por la cabeza en una manifestación o en un desahucio si no tuviese la poesía que me explica qué estoy haciendo allí, a riesgo de que me partan la cara. Quién me protegería. De la alienación, del mercado todopoderoso, de seguir la corriente como un borrego, de ir a donde me mandan, de decir lo que me dictan, de pagar a la salida. Qué aspecto tendría el mundo sin las gafas de ver, entonces.

Desagradable, cierto. Pero efectivo. O, a lo mejor, con imaginárselo, ya es suficiente. Que os aproveche, en ese caso.

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