martes, 18 de noviembre de 2014

DECÁLOGO PARA POETAS DE MIERDA

1. Tu vida mola, sí. Pero a lo mejor no mola tanto. Quiero decir: igual tú eres uno de ésos que empieza a contar anécdotas y la gente se queda como loca escuchándole durante horas. Bueno. A lo mejor deberías pasarte a la novela quinqui a lo Montero Glez, o a la cotillonovela a lo Catherine Millet. Porque no te va a ser fácil montar un poemario con esa loncha que te metiste en el último SOS, o con los seis puntos que tuvieron que darte tras el desahucio aquél, o con el polvo que echaste el 9 de septiembre de 1997 a las 08:21 a.m. detrás de las dunas de la playa de La Llana. Vas a tener que ponerle algo más al guiso, tron. Empieza a rebuscar por el frigo a ver si hay algo.

2. Tu vida no mola, no. Pero a lo mejor sí mola un poco. Porque en tu último libro te has dedicado a hablar de teoría de cuerdas y postestructuralismo escandinavo. Y en el anterior la cosa iba del bosón de Higgs y la representación de la naturaleza en las sagas védicas. Y a partir del poema número ochenta empezamos a leerlos poniéndoles involuntariamente, por dentro, la voz de Sheldon Cooper. Los pelos como escarpias, acho.

3. La quieres mucho, lo sabemos. O lo quieres. Es fácil dejarse llevar. Ver en los poemas oportunidades de comunicarte con tu amado, tanto para asegurarte el kiki de esta noche como para pegarle veinte kilos de dinamita en la columna maestra de su ego. Pero acho, no queremos leer tus whatsapps. En serio que no. Todo el mundo lleva en su móvil trescientos poemarios como ése. De verdad. Todo el mundo.

4. El mundo no va a cambiar cuando el ayuntamiento de Sucina te publique tu librico. El mundo no es tu interlocutor, de hecho. Tus poemas van a ser leídos por personas como tú, más o menos chaladas pero personas con un horario y unos whatsapps por contestar y una cuenta (pendiente) en el banco y una pequeña mala conciencia y una tele con demasiados canales y un facebook mandándoles notificaciones y un millón de cosas que hacer. No los trates como si fueran una placa tectónica. No son el capitalismo, sino gente que lo sufre como lo sufres tú. Así que rebaja el tonito, macho, que yo no soy Amancio Ortega.

5. Si usas un lenguaje y una arquitectura como los de Ashbery, te van a llover collejas. Si usas un lenguaje y una arquitectura como los de Nicanor Parra, te van a llover collejas. Si practicas la evasión como Raquel Lanseros, te van a llover collejas. Si te comprometes como Jorge Riechmann, te van a llover collejas. Si vas a tu puta bola y creas una poética propia como Manuel Vilas, te van a llover collejas. Te van a llover collejas. Ni la humildad ni la fé en ti mismo te van a salvar de eso. ¿Y con esto qué quiero decir, que creas en tu poesía y sigas adelante aun en los períodos de hostilidad crítica? No, que hay una crema muy buena pal pellejolcuello que se llama Bepanthol.

6. La noche de San Juan, coge tu poemario y entiérralo en el limo de la ribera del río en que te bañaste por primera vez. Riégalo con sangre de rana, anfetas y semen de virgen. El tuyo valdrá. En adelante, baila desnudo sobre la tumba de tu poemario cada luna llena, cantando la Canción para una discoteca, de Panero, en versión de Bunbury, Carlos Ann y los otros dos que ahora no me acuerdo. La noche del solsticio de invierno, también llamada Sol Invictus porque era una festividad celta que los cabrones de los católicos se apropiaron porque blablablablablablablablablablá [insertar tres párrafos de rollo perrofláutico coñazo aquí], vuelve a desnudarte y recita la Canción del indio Crow antes de desenterrar los folios. Un cambio maravilloso se habrá operado en ellos. ¿Por el poder mágico del paganismo? No, pardillo. Porque han pasado seis meses, que es el tiempo mínimo que hay que darle a la mandanga antes de ir corriendo a publicarla o presentarla a los concursos. ¿Y eso pá qué? Bueno, tú hazme caso a mí y ya verás cómo luego me lo agradeces. ¿Pero por qué? Porque sí y punto.

7. Un poema no tiene objetivo. Ni un libro de poemas. No. Tiene. Objetivo. Como le asignes un objetivo, sea publicar en Pre-Textos o ganar el Cáceres Patrimonio de la Humanidad o que me cojan los de Voces del Extremo o salir en la antología de Manuel Rico o yo qué sé qué más, la jodiste. Ahora mismo no me apetece explicártelo, pero la jodiste.

8. Los verbos en imperativo molan bastante, lo reconozco. Si no me gustasen, nunca habría pensado en escribir un decálogo monguer como éste. Pero una cosica: si usas más de tres o cuatro en un poema, el poema se va a la mierda. Se convierte en una receta de cocina, la del pastel de merluzo en su tinta o algo así. ¡En serio!

9. Ahora viene el típico anticonsejo en plan "no hagas caso a ningún decálogo", que es como una broma, porque viene dentro de un decálogo. Una broma motivadora: tú vales, tú eres un genio, no hace falta que aprendas nada más de nadie. A escribir, campeón. 

Parece un poco siniestro, ¿no? Como cuando el cabrón de Gollum le dice a Frodo: tú métete en la cueva ésta, sí. No, no te preocupes, que no pasa ná. Yo me quedo aquí fuera, pero tú palante, campeón. No aceptes consejos de nadie. No, no hay ningún bicho venenoso del tamaño de una puta furgoneta, cómo se te ocurre. Entra, entra.

10. Leed a Kenneth Rexroth. Éste sin coñas ningunas. Leed a Kenneth Rexroth. Lo demás os lo podéis saltar.

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