martes, 14 de octubre de 2014

PERSONAS DEL PLURAL

En el centro de muchos debates ideológicos que vienen teniendo lugar en nuestros días (neokeynesianismo vs. neoliberalismo, oligocracia vs. democratización, control de fronteras vs. integración, estatalismo vs. ampliación del estatus ciudadano, fundamentalismo vs. laicismo, etc.) hay un núcleo conceptual muy sencillo, una toma de posición que solo aparentemente no está conectada con ninguna ideología, y cuya falsa inocencia lo hace crucial. Se trata de la antigua dicotomía que consiste en dilucidar si es el hombre un lobo para el hombre o si por el contrario puede existir algún tipo de hermandad o de pacto no necesariamente sostenido por la represión y la violencia. No conozco estudios sociológicos sobre este asunto pero me atrevería a sospechar que la opción licantrópica va ganando por goleada.

No soy un experto pero creo que las religiones suelen llevar este asunto a todos sus consejos de ministros. Ni que decir tiene que uno de los argumentos principales de las manadas de teócratas que ensucian y empobrecen este planeta consiste en que, sin la ley divina que dicen administrar, la humanidad pecadora caería en el vicio, el pecado y la indolencia, y en que las libertades de la gente son una mala cosa simplemente porque somos, en general, una mala cosa que hay que arrebañar, dirigir y esquilmar. Tanto da que sea un hipster con turbante de ésos del ISIS como un obispo agusanao y misógino, el mensaje es idéntico: sois chungos. Cosas malas. Mal.

Pero el asunto trasciende las religiones y uno puede verse rodeado de lobos también desde el ateísmo o la cooltura. Que es mayormente el rollete que venía yo a soltaros hoy. Agarraos.

Por un lado (a) está el nihilismo. Bien. Gente que descree hasta de la división en años, meses y días del tiempo. Sonríen de medio lado con un cigarrillo entre los dientes y se alejan hundiendo las manos en los bolsillos de sus abrigos. Tal vez levantando las solapas. Ignoran por completo la insorportable multitud de clichés que envuelven su vida. Suelen soltar un aforismo mientras expulsan el humo, algo sarcástico para menospreciar a esa plebe inculta que aún llama miércoles al miércoles. Suelen autovisualizarse así:


Por desgracia (para ellos), lo que los demás vemos se parece más a:


Sí. Son Toni Bolinga, la magistral parodia que hizo de ellos el gran (y nunca suficientemente ponderado) Nono Kadáver. Esperan infinita y desencantadamente a Lauren Bacall, pero no saben que Lauren, a quien quería, era a este Bogart:


(manifestándose contra la caza de brujas de McCarthy, en 1947)

Por otro lado (b), además, está lo épico. Oh. Lo épico. Poco que decir, de lo épico. La épica homérica inaugura todo este farragoso asunto que llamamos literatura: fuerzas superiores mueven la espada de los héroes, y, junto al Destino, se cuelan el Bien y el Mal, como si fueran personajes.

El Mal, en literatura (y en todas las artes narrativas) sufre un proceso de inflación. Es una idea que siempre he tenido. Los malos, antes, no eran tan malos. Y no había tantos: la inflación es tanto cualitativa como cuantitativa. En la biblia, las acciones del diablo no dan miedo (a diferencia de las de dios, que en algunos momentos se las traen). Hay que esperar hasta La divina comedia para encontrar ejemplos de maldad satánica mínimamente dignos del adjetivo, y tampoco son de taparse los ojos. Luego el Barroco carga las tintas, como ya sabemos. También la literatura gótica del Romanticismo. En el siglo XX, Kafka introduce el horror de tradición romántica en el centro de la psique y la vida de las sociedades industriales y liquida los restos de ópticas positivistas. A estas alturas, el Mal ya ha roto el equilibrio con el Bien y lo ocupa todo. La épica, por tanto, evoluciona. Los héroes ya han dejado de albergar cualquier tipo de esperanza en la humanidad. Estoy pensando, por ejemplo, en los personajes de Cormac McCarthy, típicos lone rangers que actúan contra un mal ubicuo movidos por a/ puro instinto de supervivencia o b/ un vínculo de amor que se describe como excepcional. No es casual que todo acabe siempre [ALERTA: SPOILER] como el rosario de la aurora en sus novelas. [FIN DEL SPOILER] 

Hay obras en que lo épico se presenta en diversos grados de disolución. A priori, el William Stoner de John Williams (un profesor de dedicación plena y un casado infeliz) no tiene nada de heroico, pero nada más entrar en la novela entendemos que estamos ante un western universitario, un Solo ante el peligro de claustro y decanato con malos malísimos y un único bueno buenísimo cuya capacidad para el sacrificio es tan inmensa como inexistentes sus dotes comunicativas.

Sin embargo, los escenarios cuasidistópicos como catálogos de truculencias son un lugar común de la ficción popular de nuestros días. Desde El corazón del ángel (1987) hasta la última de David Fincher, en cine, o desde trabajos iniciales de Alan Moore como Juez Dredd o Hellblazer hasta últimos trabajos de Alan Moore, en cómic (que luego pasa al cine, etc.), el Bien es cosa de un puñado de héroes que salvan a duras penas un mundo podrido donde el Mal está en todas partes. Si dirige Christopher Nolan, además, yo recomiendo el empleo durante el visionado de un traje antirradiaciones protofascistas, pero ése es otro asunto del que hablaremos en alguna otra ocasión.

Pongamos, no sé, Nic Pizzolatto. Su True Detective contiene todo el muestrario de atrocidades esperable, pero la historia parece basarse en el sufrimiento y la degradación que la lucha contra el Mal absoluto inflige a los protagonistas. Y es cierto que sus trabajos parecen inabarcables. El Mal no es una instancia humana, sino sobrenatural, y los estados sureños su sandbox. Matthew McConaughey (creo que lo he escrito bien y JURO que no lo he mirado) se larga unos discursos aquí y allá así como muy de nihilista atormentado. Sin embargo, no todo le da igual. Pillar al malo es su droga. Lo que lo diferencia de los poetas nihilistas españoles aspirantes a Humphrey que hemos analizado más arriba. Para aquéllos, mirarse al espejo es su droga.

En resumen: que yo es poner la tele y querer irme a vivir a una isla, del mal rollazo generalizado.

Y por último (c) está ese típico personaje postmoderno, solipsista e hiperestésico que parece protagonizar, con diferentes nombres de pila para ir despistando, TODAS las novelas de Mondadori, Alpha Decay o, no sé, Blackie Books. A ver si lo visualizáis. Culto. Rico mundo interior. Referencias heterogéneas a todas las artes que molan van salpicando su monólogo interno. Tiene GRAVES problemas de comunicación. Folla bastante, nunca se explica bien por qué, pero las relaciones suelen acabar en catástrofe por motivos como que a/ el sol al aparecer de improviso atravesaba el pelo tintado de azul de la chica y provocaba reflejos nefastos sobre el té de las cinco; b/ la zagala se larga con un macho alfa más estereotípico que el de los anuncios de perfumes o c/ el macho alfa los pilla tomando con arrobo el té de las cinco y el prota opta por la huida. Nunca d/: este personaje femenino que he creado aquí a base de clichés no es más que otra manic pixie dream girl y ya cansa.

No me entendáis mal. Unas coordenadas culturales y socioeconómicas generan sobre sus integrantes (o sea, nosotros) determinados paisajes interiores que solo la literatura puede revelarnos. Parece de lo más obvio diagnosticar que el individualismo radical vinculado a la postmodernidad fomenta el nihilismo epicúreo, la desafiliación a toda estructura colectiva y la incomunicación, y que la sobreabundancia de información y estímulos artísticos genera dificultad de concentración, volatilidad emocional y afectiva y/o hipsterismo generalizado, entre otras patologías. Holden Caulfield enganchado a un iPod. Douglas Coupland lleva escribiendo divertidísimas parodias con este material desde los 80, bajo el magisterio de Kurt Vonnegut. Las de Chuck Palahniuk tampoco están mal.

El problema tal vez esté en renunciar a ese enfoque amplio, entomológico. En compartir con tus personajes esa cosmovisión patológica, o cuanto menos parcial. En aceptar y celebrar el solipsismo consumista y su estrecho catalejo, y escribir a través de él. Por supuesto, este diagnóstico es complejo y las diferencias son muy sutiles. Es facilísimo equivocarse. Cuando una autora abiertamente marxista como Belén Gopegui declara su fascinación por la obra de Alberto Olmos Trenes hacia Tokyo es posible que esté cometiendo el mismo error que nos hizo ver en La colmena la crítica más deliberadamente demoledora de la sociedad franquista que un maquis de las letras podía componer y colarle a la censura, pero la deriva posterior de Olmos y Cela nos han hecho entender que su intención no era precisamente corrosiva hacia el statu quo. Es un hermoso error, sin embargo. Un error enriquecedor. Si estos errores no fuesen posibles, tal vez no tendría sentido hablar de algo llamado literatura. Cuando mi amigo Diego Sánchez me sugirió este ejemplo de Cela, estábamos hablando sin duda alguna de literatura.

Pensad en ese alter ego de Ben Lerner paseando enamorado por el Madrid del 11-M con los auriculares puestos en Al salir de la estación de Atocha, incapaz de entender por qué demonios se juntaba la gente en la calle ni de qué iban las protestas. Y con muy poquicas ganas de preguntar.

El problema del holdencaulfieldismo (buen momento para echaros una gotica de colirio si le tenéis alergia a los palabros) no está en que defienda el viejo homo homini lupus, sino en que instaura entre tú y el resto de habitantes del planeta un muro, clásicamente de metacrilato, en el que pegar imágenes de Aubrey Plaza y portadas de Pavement y otras cosas guais, pero por dentro. Y, joder, la vida no es un Pinterest, o qué. Qué esperanza tenemos de aprender a construir con el resto de nuestra especie si no podemos quitarnos la prótesis del mercado. Qué idea tendremos de los demás habitantes del planeta si nuestra forma de interactuar con ellos es cada vez más estrecha, protésica, de pago, fragmentada, sesgada, condicionada, manipulada y dictada.

Yo creo que la gente, en general, mola. Siempre he confiado en la gentileza de los desconocidos, digamos. Hay mierda, obvio, pero no va ganándole por goleada a la belleza y la dignidad. Aunque a veces, no sé si interesadamente, sea difícil encontrar un libro o una peli que partan del mismo principio.


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