martes, 21 de octubre de 2014

MI PARTE LAGARTA

Voy a reconocer una cosa: me encaaaaanta el juego ése de "¿y tú qué harías si te tocaran los euromillones?". Ya, ya lo sé, es una memez. Y consumismo. Y banalidad. Pero no puedo evitarlo. La parte de mi cerebro que comparto con los lagartos (yo la llamo "mi parte lagarta" y a Freud le hace mucha gracia, cuando sueño con él, que es nunca) se pone como loca con la pregunta. En mis pupilas aparece el símbolo del dios euro. Empiezo a salivar. En general, prefiero estar solo para hacer todo esto, porque desde fuera puede resultar un poco desagradable.

Lo que pasa, claro, es que en mi juego no hay yates ni jets privados ni áticos en París. Oiga, un respeto, que soy poeta. En mi juego hay cosas como: escuchar a David González leer en mi ciudad. O unas becas de creación para gente que empieza. O un encuentro de editores independientes (de España o ¡también de toda Latinoamérica!) donde los muchos proyectos que están surgiendo por aquí puedan difundirse y consolidarse. O una residencia para poetas. O apoyo para asociaciones culturales donde escuchar y disfrutar de la poesía. O publicaciones dignas, con distribución amplia. O un premio importante, y donde digo "importante" no digo solo "bien dotado". Cosas así: medios, recursos, interés.

¡En serio! Entrecierro los ojos, entreabro la boca y veo todo eso. De repente estoy en, no sé, La Azotea, que sigue abierta porque ha recibido un poquito de ayuda pública. Está leyendo Isabel Pérez Montalbán, por ejemplo, que ha venido invitada a leer a un ciclo. Noto el fresquito del quinto que tengo en la mano izquierda, la emoción en el pecho ante lo que estoy oyendo, el calor de los amigos que tengo alrededor. El sitio está a reventar, como solía. Justo ahora estoy escuchando esto:

Amargamente vengo del naufragio
–páramo sin botellas mensajeras–
a tenderme en las dunas de la lluvia.
Sospecho del invierno, que ya avanza
la nieve desde el norte con sus bellos
gigantes del recuerdo bien armados.

Porque no existen labios que me asilen.


Y soy bastante feliz, qué queréis que os diga.

Aunque desde fuera la cosa no sea bonita de ver.

¿Y en cuanto al dinero? ¿Qué cantidad es la que recibo, en mi ensueño capitalista? ¿130 millones, como los del eurobote del viernes pasado? No achos. No hace falta tanto ni por allá lejos. Con el 0,1% de la panoja desaparecida según la instrucción del caso Umbra, ya habría. Con el 0,01% de lo que nos va a costar el aeropuerto. Con el 0,025% del último presupuesto que manejó Pedro Alberto (poeta él, por cierto) en su consejería. Con lo que le cuesta al año al ayuntamiento de Murcia el mantenimiento de la alfombra antideslizante que hubo que instalar en el puente de Calatrava entre Vistabella y el Infante (no me refiero al precio de la alfombra, ni por supuesto al del puente, sino al del mantenimiento anual de la alfombra).

Yo pienso en una cantidad de aproximadamente veinte o veinticinco mil euros al año, y salivo. Digo más: me toco. Ya he dicho que la cosa, desde fuera, es desagradable. Y bochornosa.

Un poeta entregándose a estas banalidades. Solazándose en el consumismo. Humedeciéndose pensando en cantidades.

- ¡Qué vergüenza, hombre! ¡Escribe un soneto ya, y deja eso! ¡Eso no es poesía ni es ná! ¡Eres un fraude!

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