lunes, 6 de octubre de 2014

CORTAZARIANA



Leí a Cortázar a mediados de los años 90: primero los dos tomos de sus cuentos en la edición de Alfaguara, a continuación sus novelas, su poesía y sus misceláneas (Nicaragua tan violentamente dulce, por ejemplo). Todo lo saqué de la biblioteca Nebrija. Tardé un par de meses.

Al cerrar el último, Los premios, no percibí ningún cambio. Claro que estaba en el centro exacto de mi juventud y tampoco me había percatado de nada especial. El curso acababa de empezar, recuerdo. Pasaba muchas horas en esa biblioteca, o fumando por sus alrededores. Debía de estar enamorado, como siempre. Imitaba a T.S. Eliot, a quien acababa de descubrir. Tenía un trabajo de mierda que cumplía con la compañía de un walkman Sanyo con la tapa cogida con fixo. Se me iban los días suspirando por amor, generando metáforas herméticas y dándole vueltas a las cintas con un boli BIC. Noooo, pajas no me hacía, cómo se os ocurre.

Está bien que los acontecimientos fundamentales no se anuncien, que pasen sin ser percibidos. Bueno, no. En realidad no está bien. Es una putada. Leí Rayuela una de esas semanas de octubre de 1995 ó 1996 y no tenía ni idea de lo que acababa de ocurrir. Si me hubiese fijado bien habría descubierto que el plan general que había sido preestablecido para el resto de mi vida acababa de recibir un buen montón de tachaduras, que ya no me iba a ser posible cumplir con la conciencia pequeñoburguesa que mi pequeña ciudad esperaba de mí, ni con el esquema de consumo, votación cuatrianual, respeto a las instituciones, comedimiento, reproducción y muerte que se me había asignado.

Las novelas y los cuentos de Cortázar son prodigios tecnológicos, desde un punto de vista lingüístico y literario. Jamás podré olvidarme de la sensación de opresión, estupefacción y desesperación que transmite "Cefalea", uno de los relatos del Bestiario, utilizando solo combinaciones léxicas e incertidumbres narratológicas. Pero el impacto de Cortázar (eso sí: la edad del lector es un factor fundamental) trasciende esa genialidad, me parece a mí, para pegar en el centro de una diana diferente: la de la identidad, la de la vida que uno persigue, la del ideal y la esperanza y todas esas palabras que don Julio solía escribir con una hache preventiva, pero que escribía de todas formas.

Otro autor de esa estirpe, Roberto Bolaño, relacionó para siempre la adolescencia y la poesía mediante la figura de un detective. El caso que ha de resolver es su propia vida y las pistas pueden ser falsas, o conducir a conclusiones banales, pero él se arroja a por la pista más salvaje de todas: la poesía. Y la sigue hasta el final. Esos mismos detectives que Bolaño coloca en el desierto de Sonora en busca de una poeta perdida podrían ser los que se apiñan en buhardillas de madrugada, en el Club de la Serpiente.

La adolescencia, esto es así, termina un día. Al siguiente, uno desarrolla una panza, un seguro de hogar y una dieta contra la hipercolesterolemia. Recuerda su guión y se dispone a seguirlo. Pero puede que no.

En ese momento en que dejamos de ser detectives a la búsqueda perpetua de pistas para convertirnos en jueces, puede que decidamos seguir siendo detectives.

Son cosas bonitas que se suelen decir en los homenajes: que la obra de tal autor nos influyó en este o aquel sentido, etcétera. Ya lo sé. Pero yo añado: ¿esa persona con mi nombre y mi cara que jamás leyó a Cortázar y está ahí al lado, en una dimensión paralela pero contigua? No quiero conocerla. No quiero saber nada de ella. Algo me dice que me juzgaría.

Así que de momento me voy a quedar de este lado, con vosotros.

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