miércoles, 24 de septiembre de 2014

"ATRAPA EL PEZ DORADO" (DAVID LYNCH, 2006) Y "KUNG FU PANDA" (JOHN STEVENSON, 2008): UNA APROXIMACIÓN AL SACROCAPITALISMO ILUSTRADO

He estado leyendo estos días el libro ése de David Lynch que sacó hace poco Mondadori. Menudo coñazo. Si os gustan las pelis de este hombre, y la verdad es que hay que ser bastante duro de corazón para que ninguna te diga nada desde Corazón salvaje hasta Inland Empire, mi consejo es que ni os acerquéis. Igual os pica la curiosidad, como a mí, de asomaros al extraño mundo interior del director, donde es cierto que tiene que haber, no ya peces dorados, sino morenas fluorescentes jugando al backgammon con Isabella Rossellini en una cueva forrada de terciopelo azul. Pero nada de eso vais a encontrar. Lo que vais a encontrar es un tosco manual de autoayuda religiosa para emprendedores de las industrias creativas, articulado en forma de estampitas zen. Se guarda la chicha el amigo Lynch: alguna anécdota sobada sobre tal o cual rodaje, o sobre cuando conoció a Fellini (cosas que los fans recordarán de decenas de entrevistas viejas). El resto, versículos de catecismos budistas con la interpretación que de los mismos hace el director: que la meditación puede hacerte triunfar, que si te lo propones, puedes conseguirlo todo y que, de premio, además de triunfar te convertirás en un ser armonioso y pacífico.

Ya estaréis pensando que les tengo manía a las religiones orientales por mi materialismo dialéctico y bla bla blá. Yo he meditado bastante. Usaba un mantra: sarvakarmafalatyaga (lo tomé de, agarraos, Cioran). Mi mantra significa: desapego por el fruto del acto.

No es precisamente desapego por el fruto del acto lo que impera en este budismo de Los Ángeles que nos vende aquí con poca gracia David Lynch. La meditación como método de eliminar la negatividad o la neurosis, sí, pero todo ello para crear, para producir, para ser mejor, para imponerte en las competiciones.

No estoy seguro de si habréis tenido como yo la oportunidad de visionar Kung Fu Panda entre cien y ciento cincuenta veces. Si no es así os resumo lo esencial: Po, un panda rechoncho y venal es nombrado, tras un cúmulo de casualidades, Guerrero del Dragón. Una vez en el cuartel donde ha de entrenarse para vencer a un enemigo imbatible, el feroz leopardo de las nieves Tai Lung, Po abraza el camino de la sabiduría, uno sumamente zen donde aprende a a/ no pensar b/ no desanimarse c/ cumplir la misión. A partir del visionado número 125, empecé a imaginar entre fotogramas que el reclutamiento de jóvenes de zonas deprimidas para ir a luchar a Irak o Afganistán debe parecerse mucho a las enseñanzas del maestro Shifu, que a la sazón es una ardilla, o un conejo, o una rata bigotuda.

El sueño americano está gastado y ya huele un poco a caca. Es el momento de vehicular el mensaje del neocapitalismo a través de cosas guais y poco sospechosas como las religiones. La cristiana no que se cabrean. La musulmana la necesitamos para otra cosa. Ésta de los chinos mismo.

Al final Po gana porque el otro rebota en su panza o algo así. O sea, de puta chiripa. Uy, no, perdón: su fé le hace ganar. Eso, eso.


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