martes, 5 de agosto de 2014

SPEED & BACON

A veces pienso en la economía doméstica de los poetas que me gustan.

Pienso en un debe y en un haber. En la columna del Haber pongo una serie de libros luminosos, poderosos, irrepetibles. Una vibración que no he encontrado en ninguna otra parte y que ha enriquecido mi vida. Bla bla blá.

El impacto económico de esos libros solo puede calcularse utilizando instrumentos de medición extremadamente precisos, y suele ser inferior al impacto de una valla publicitaria cualquiera de un supermercado indie en una carretera secundaria.

A veces pienso en esa valla: "Supermercado Juanjo" en letras rojas, con seis filetes de pierna de cordero recién cortados detrás, a la derecha, y tres tomates y una rama de perejil a la izquierda. La valla tiene un árbol raquítico delante que impide la visión de parte de los filetes, además.

Esa valla aumenta en unos mil quinientos euros anuales las ventas del supermercado Juanjo, que debe de estar en Los Pulpites, una pedanía de Las Torres. Juanjo la renueva todos los años desde 2009, pero los pagos no los lleva al día.

Apliquemos esos sofisticadísimos instrumentos de medición microeconómica a calcular el impacto de un best seller de poesía, un triunfo absoluto de público y crítica, una obra de ésas que solo asoman una vez por década para influenciar a una generación entera de poetas. No sé, pongamos, "Los perros románticos", por ejemplo.

Con la colaboración de Lumen y de Acantilado, claro. Bueno, y con la de la Kutxa ésa.

La valla de Juanjo tiene un impacto económico mucho mayor. Mucho.

Y sin embargo, hemos decidido que sean versos de "Los perros románticos" lo que nos venga a la cabeza cuando nos acostemos en una cama para no levantarnos nunca más. En aquel tiempo yo tenía veinte años / y estaba loco. / Había perdido un país / pero había ganado un sueño. / Y si tenía ese sueño / lo demás no importaba, por ejemplo.

Le doy muchas vueltas a esto. Al hecho de que las cosas que me interesan son ectoplasmas económicos, existen en una dimensión paralela en que las leyes de la oferta y la demanda no parecen regir. Como una especie de singularidad cósmica. Le doy muchas vueltas a esto ahora que parece que las bibliotecas van a tener que pagar un canon por prestar libros. Bueno, y todo lo demás que sea que presten.

Luego está la columna Debe. Porque los poetas, queridos amigos, no son ectoplasmas. Tienen su peso en kilos y su estómago y todo. Y los camareros siguen insistiendo en que les paguen, casi siempre.

No sé por qué siempre pienso en los gastos de los poetas que me gustan. No sé por qué me fascinan las páginas en que Bolaño habla de su economía de inmigrante, o ese momento en que cuenta que pasaba los días buceando, en busca de pulpos, y que por la noche escribía en el suelo, porque no tenía mesa, sobre la mirada del pulpo de mediodía, y que todo le parecía fantástico.

No sé por qué siempre quiero saber a qué se van dedicando, los poetas que me gustan, con qué trabajitos alimenticios se pagan los recibos. Y los poetas-profe son ok, no me entendáis mal, pero por qué me producen tanta curiosidad las andanzas de Villon, o las de Rimbaud en México y el África colonial, o las de Bartleby y compañía, o las de los escritores beat, o las de los infrarrealistas. Qué coño me pasa que me engancha tanto el análisis de la precariedad, sobre todo cuando hay cifras. Como en las novelas de Gopegui, o en la de Miguel Serrano Larraz. Numeritos que colocar bajo el Debe. La verdad es concreta, como decía Bertolt Brecht.

Y sé que esto me predispone al cliché o, aún peor, al prejuicio.

Pero, ¿existe una desconexión total, entre tu cosmovisión y tu plato de lentejas? ¿Qué hay de cierto en ese dicho (uno de los más tristes del acervo ibérico) que reza donde tengas la olla nunca metas la polla

¿Entre tus ética y estética y las de la marca de ropa que te gusta ponerte? ¿Se puede escribir de verdad contra lo que uno es?

Creo que ya sé por qué me fascinan tanto las historias de la orden mendicante de la poesía: porque insinúan que es posible un orden, una coherencia final para un problema imposible de resolver definitivamente y que deberíamos comprender de otra forma. 

Es imposible ser libre, pero eso no significa que la claudicación sea el nuevo negro.

Es posible disfrutar de la obra de Octavio Paz sin olvidar que olvidó hablar contra los gobiernos de Díaz y Echeverría, que además de asesinar estudiantes le pagaban un buen sueldo.

Es posible (yo lo hago casi todos los días) disfrutar de Bertolt Brecht, pero casi puedo verlo aplaudiendo a una columna de tanques rusos que venían a aplastar la revuelta obrera de Berlín de 1953.

Ese momento acabó con Brecht, cuya obra necesitaba (y sigue necesitando) una dosis considerable de coherencia humanista. Se dio cuenta. Se convirtió en un débil enemigo interno del régimen, y para cuando escribió los memorables versos: Tras el levantamiento del 17 de Junio / El secretario del Sindicato de Escritores / Repartió panfletos por toda la Stalinallee / Que decían que el pueblo / Había traicionado la confianza del Gobierno / Y solo podría recuperarla / Redoblando sus esfuerzos. // ¿No sería más sencillo / En ese caso, para el Gobierno / Disolver al pueblo / Y elegir a otro? Brecht ya estaba acabado. Moriría poco después, en 1956. Pero esta historia ya no nos habla de pureza, sino de algo muy distinto: de redención y de disidencia. Asuntos que tampoco están mal.

Bueno, yo qué sé, mira, ya me he liado. Que me gustan los debe y los haber de los poetas, porque nunca tienen nada que ver. Porque son como la velocidad y el tocino. Y porque por esa grieta pasa algo, una corriente de aire. Y a ver quién le dice que no, en pleno agosto. A una corriente de aire.

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