domingo, 10 de agosto de 2014

CASTA LITERARIA

Carrera literaria es oxímoron. También obra literaria. Sí, claro, claro. Me explico.

Desde que Cortázar le colocase en los sesenta su famosa hache a la palabra obra (que los románticos escribían en mayúscula, fijaos), todo el léxico relacionado con el acceso al Parnaso ha ido revistiéndose de más y más bochorno. Y no solo el léxico. La etiqueta poeta laureado abría hasta esa época la puerta de la docencia universitaria, el periodismo cultural, las agregadurías diplomáticas y el corazón de las mujeres (pero entended esto último bien antes de tirarme las piedras, eh). Ahora se utiliza como una especie de insulto que viene a significar: a/ eres un cursi; b/ eres casta; c/ la a y la b son correctas.

Cioran descubrió una enfermedad que podríamos llamar disolución deshumanizadora. Tomando el número de habitantes del planeta en, pongamos, la Edad de Bronce construyó una fracción: 1/25.000.000. Esto significa que cada persona encarnaba un porcentaje no del todo despreciable de la humanidad en su conjunto. A continuación repitió la misma operación con los datos de población de 1950, y su resultado fue 1/2.518.630.000. La superpoblación implicaba disolución, deshumanización. Tal vez la pertenencia al género humano no pueda compararse con la posesión de acciones, pero, si se pudiese (y en efecto esta manada de nihilistas podía eso y más), se impondría la impresión de que esas acciones están bajando.

Luego llegaron el baby boom, el acceso generalizado a la universidad, la contracultura y la Rockdelux. Hasta tu comunidad de vecinos convocó un concurso de poesía de cierta enjundia. Los niños se saltaban la catequesis para leer a Kierkegaard y, bueno, follar y experimentar con drogas. Las madres dejaban a sus bebés un momentico en el kiosco para meterse en antros de música ye-yé, y claro, al final España se vino abajo.

De repente no había prebendas para todos los poetas laureados, como no fuera una triste agregaduría cultural en tu comunidad de vecinos. Y hasta esas migajas tenía que disputárselas el poeta marxista del 5ºC con el elegíaco del tercero. Las publicaciones y las revistas se multiplicaron gracias a la digitalización de las artes gráficas y las imprentas. No es lo único que se digitalizó. En la segunda mitad de los 90 Patxi Irurzun lanzó Borraska, el primer fanzine literario en castellano de la internet, hasta donde yo sé.

No solo había excéntricos y represaliados en los márgenes del ecosistema cultural de claustros, suplementos literarios y editoriales con secretaria: cada vez había una zona mayor y más viva, y para cuando Isla Correyero sacó, en la indie DVD, la antología Feroces : muestra de las actitudes radicales, marginales y heterodoxas en la última poesía española (1998), el esquema de centros y periferias culturales ya había saltado por los aires. Cada vez que algún hintelectual hespañol presentaba una hextensa hobra al Premio Planeta, Dios mataba un gatito. O, mejor, un adolescente topaba con un libro de PeCasCor. Y el descarrilamiento se producía.

Yo todo esto lo comparo en mi cabeza con la apertura de una esclusa. Que es un acto que, ya de por sí, mola bastante.

Pero que moja bastante, también.

Lo de la superproducción cultural tiene que tener algo malo. Pero todavía no lo he descubierto. Hay quien habla de caos, de la dificultad de orientarse entre la riada de publicaciones como si tal cosa fuese negativa. Y también quien insiste en que la avalancha es de tal envergadura que los libros desaparecen de las librerías en un mes, de la crítica en seis y de la memoria en un año. Hecho que tampoco logra darme pena, si queréis que os diga la verdad. Claro que olvido muchos libros, ¡pero es que necesito espacio en el melón para los que realmente molan!

Luego están los autores que deploran haber publicado veintinueve libros y que aún sigan sin llamarlos desde la concejalía de cultura de su pueblo para, no sé, invitarlos a unas cañas.

Y la culpa es de la superproducción cultural, que ha devaluado su Hobra. Como si Cioran no hubiese descrito el fenómeno hace ya sesenta años.

Nihilismo literario. Literatura sin Hobra, sin proyecto. Pasar de escribir para terminar la novela a tiempo de cumplir el plazo del concurso, para engrosar una biobibliografía, para acceder a las Ligas Mayores, para vivir de lo tuyo, para haber llegado, para etcétera, a escribir, si eso.

Contar un chiste un poco más elaborado de lo normal en Facebook y que alguien llame a eso microrrelato con la mayor naturalidad.

Regalar lo escrito.

Leer cosas infumables publicadas por Mondadori y párrafos luminosos en un Tumblr cualquiera.

No ser un escritor. Tampoco un excretor, porfa.

Que el mercado editorial nos dé risa. Que las estrategias de márketing de algunos nos dén risa. Pero que el malditismo y las pretensiones de pureza nos den risa también.

Pero una risa blanca. Porque estamos jugando, y gana quien juega. No quien gana.

Esto lo saben hasta los niños, ¿no?

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