jueves, 31 de julio de 2014

HELP THE AGED

En términos estadísticos, la poesía no me gusta. La detesto. En términos estadísticos, repito. Tengo antologías bien gordas que en su práctica totalidad me causan un sopor y un aburrimiento que acaban por devenir en irritación. En su práctica totalidad, repito. A veces, si no estoy ya cabreado y por tanto con el cerebro cerrado, encuentro algún poema que me dice algo. No que me encanta. Que me dice algo. Y ya.

¿Sabéis esos actos poéticos multitudinarios por la parte de los artistas? ¿Esos recitales colectivos de dos horas? Sufro mucho.

¿Pero qué me pasa? ¿Qué problema tengo? ¿Por qué no puedo ser uno de esos ávidos lectores que disfrutan hasta de los ingredientes del champú? Nueve de cada diez novelas que empiezo se me caen de las manos, o las acabo por pura inercia. Joder, a veces me siento sexualmente utilizado por la mierda de texto que me acaba de atravesar sin dejarme nada a cambio.

Esto se extiende a muchos ámbitos. No consigo tolerar el 99% de la música escrita a partir de 2.000. Es como una alergia. Si fuera a un festival, cosa que no hago desde hace mucho, mucho tiempo, me saldrían sarpullidos por toda la cara, de purititos odio e intransigencia.

Al cine, como es lógico, ni me acerco.

Al final acabo refugiado en los mismos discos de siempre, las mismas pelis de siempre, los mismos libros. Como un santuario (más bien un asilo) que me protege de la epidemia de asco que hay ahí afuera.

Llamadlo esclerosis, manías de viejo, ceguera selectiva. Llamadlo estar acabado. Llamadlo patología.

Yo lo llamo amor. Y ahora voy a cerrar la puerta. 

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