jueves, 5 de junio de 2014

NANDO CRUZ - UNA SEMANA EN EL MOTOR DE UN AUTOBÚS. LA HISTORIA DEL DISCO QUE CASI ACABA CON LOS PLANETAS (LENGUA DE TRAPO, 2011)



He leído este libro ahora, con tres años de retraso. Ya conocía muchas de las anécdotas y revelaciones que contiene, y además he de decir que Nando Cruz será un excelente crítico musical, cronista decano del indie nacional, pero que como narrador es bastante regulero. Cada vez que aparece un personaje la óptica con que se registran sus movimientos es diferente, por ejemplo. El motor de la historia es el chascarrillo jugoso sobre las adicciones o las peleas o los sucesos bizarros, no el famoso autobús de J. Hay abundantes inconsistencias y lagunas rellenadas con suposiciones. El estilo es muy E.S.O.

Pero.

Partimos del hecho de que este libro es para fans de Los Planetas. Como el menda, sí. Mi banda española favorita. Así de previsible soy, así de treintañero cliché. Los grupos que nos gustan siempre lo hacen porque identificamos en ellos un sabor cósmico que no hallamos en nadie más, y el de este chicle, que mastico desde hace más de veinte años, no se gasta para mí. Puedo definir mi juventud, o al menos mi década prodigiosa (de los 14 a los 24: de 1990 a 2000) como un proceso de identificación creciente con la música de estas personas. Una semana en el motor de un autobús es, además y como le ocurre a mucha otra gente, el disco que más me gusta. Si en cualquier momento de 1998 y 1999 alguien hubiese abierto mi cabeza habría escuchado con toda seguridad las cuerdas de Línea 1. En medio de un montón de mierda, por otra parte.

¿Cómo no rendirme, dadas esas circunstancias, a semejante sobredosis de detalles sobre la producción del disco? ¿A la crónica de los muchos problemas que iba poniendo la compañía? ¿Al listado de los discos que escuchaba J. en esa época? ¿A la biografía del marciano Kieran, el escocés que sustituía a Mai Oliver? Yo también pensaba que el tema del disco eran el tóxico desamor y la tóxica evasión química asociada con él, ¿cómo no rendirme al relato pormenorizado de que, en realidad, el  al que canta J. todo el rato es su amigo Florent, guitarra y alma de Los Planetas, extraviado en esa época en ciertas aventuras por los polígonos de Perico?

También se puede leer entre líneas, a lo largo de todo el texto, detalles de la personalidad megalómana y en última instancia insoportable del líder de la banda, su condición de niño mimado, primero por sus padres, a continuación por el moderneo granadino y nacional. Bueno. Vale. Nunca he sentido mayores deseos de irme de cañas con Juan. Me limito a adorar sus canciones. A constatar el hecho incontrovertible de que un enfoque más humilde, una visión del disco no basada en la firme creencia de que esas canciones iban a cambiar el curso de la música popular patria habrían servido para grabar algo muy chulo y muy digno, pero no Una semana en el motor de un autobús.

 Y ése es el centro de esta pequeña recensión: tal vez sea necesaria una cantidad mínima de ambición y de fé para enunciar la primera persona del plural que define lo generacional, el teen spirit de que hablaba Kurt Cobain, o el porque seremos cientos por cada uno de los vuestros que entona J. en Ciencia Ficción, el sexto corte del álbum. Un tema, por cierto, que demuestra una habilidad endiablada para la poesía didáctica y política sin sonar a, digamos, Maïakovski y que recoge todos los delirios de grandeza de su autor, que se representa en él como el líder de una revolución sonora.

A partir del siguiente disco, ya superada la crisis que casi acaba con el grupo, la música de Los Planetas se serena en buena medida. El desamor sigue siendo desamor, impostado o real, pero no ya un recurso con que exorcizar la desunión interna de la banda. La megalomanía de J. se reposa. El quinto disco, Encuentros con entidades, se dedica a explorar uno de los grandes asuntos de los granadinos: la lucha por la integridad creativa frente a las influencias mercantilistas (Corrientes circulares en el tiempo, El artista madridista et al.), pero con otras dimensiones, otras escalas. Como las que separan la tragedia del drama, y aun de la farsa, por hacer el guiño marxista de todos los artículos.

Obviamente, Los Planetas dejan paulatinamente de ser los estandartes del indie nacional. Al llegar los ´00, la ironía parece tintar todo lo que producen unos veinteañeros que miran a J., a Florent y a Eric como si fueran sus abuelos. Ni la ironía fina ni el costumbrismo que informan las propuestas de, pongamos, Astrud o Chico y Chica son un terreno en el que los sureños puedan desenvolverse con soltura, y las nuevas generaciones festivaleras se internan con alegría en él. Es la década del revival electropop, la fase barroca del indie, que alguien etiqueta como hipster en 2003, la generalización de esa extraña y frenética huida hacia adelante de los gustos musicales y la moda en que el consumo era tu única ayuda en la búsqueda de la individualidad total, la alienación total, la gilipollez supina. El empleo de la primera persona del plural era un no-no en una tribu increíblemente homogénea en el intento de declarar que cada uno era único e inimitable tras exactamente el mismo irónico bigote a lo Burt Reynolds, y, si fuimos capaces de internarnos en la primera legislatura del aznarato al grito de lo de Ciencia Ficción, para cuando la segunda invasión de Irak ninguna Canción nacional de 2003 según los lectores de Rockdelux hablaba de otra cosa que no fuera la hiperestesia costumbrista e ingeniosa de un minidrama (o una minifarsa) de pareja, como si ninguna otra cosa mereciese música o poesía.

No hay identidad sin colectivo. No hay yo sin nosotros. Las identidades para montar en casa uno mismo, ahí en plan Ikea, son trola y estafa. El solipsismo no da nada. Lo sabemos desde Kafka, desde Bartleby, desde Un homme qui dort (encabezado por esa estupenda cita de Consideraciones acerca del pecado, el dolor, la esperanza y el camino verdadero, de Franz K. que condena y se mofa, aun con el significado terrible que iba a cobrar solo veinte años más tarde, de todo solipsismo, y que reproduzco aquí porque viene al caso y porque es una de mis consignas de cabecera:

No es necesario que salgas de casa. Quédate en tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, espera solamente. Ni siquiera esperes, quédate completamente solo y en silencio. El mundo llegará a ti para hacerse desenmascarar; no puede dejar de hacerlo, se prosternará extático a tus pies.)

Todas las décadas cambian y todas las fases barrocas se agotan. Está en su naturaleza. Tal vez no me esté engañando a mí mismo si digo que el quince de mayo de dos mil once algunas cosas cambiaron en un terreno que nadie quería pisar pero que de repente era el de todo el mundo: el generacional, el colectivo. Tal vez una forma nueva de ingenuidad o de pureza brotó para llevarse la cáscara de una ironía gastada que ya no era capaz de arrancar ni una sola carcajada sarcástica. Yo qué sé. Me gustaría creerlo. Me gustaría creer que no soy solo yo el que se da cuenta de que los nuevos trovadores pop han ampliado el repertorio, y la involución hiperestésica de años atrás ha pasado de moda, y, pongamos, León Benavente hablan por todos cuando dicen algo como que se pudra este ramo de rosas / pero no antes que usted, / señor presidente.

Otra más de mis citas de cabecera ya para acabar. Pertenece a uno de mis poetas favoritos, Adam Zagajewski, y lo resume todo:

Oh dinos cómo curarse de la ironía, de la mirada
que ve pero que no penetra. Oh dinos cómo curarse
del vacío.  

¿Y qué puedo añadir a eso? Obviamente, nada. Salú, amigos.

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