domingo, 8 de junio de 2014

ACEROS INOXIDABLES

Seguramente esta perorata que estoy a punto de soltaros con poca premeditación pero mucha alevosía no toque a la madre del cordero de toda esta canallada de la sucesión. La madre del cordero estaría, digamos, en los sucios resortes que se han puesto en movimiento para impedirnos votar en referéndum. Pero yo quería hablar de otra cosa.


De identidad, claro. La mayor necesidad y la mayor adicción de mi generación, de mi cultura, de mi coordenada histórica: la postmodernidad. La sociedad líquida de que habla Bauman y su añoranza irrestañable de cualquier cosa parecida a una isla, o al menos a un iceberg. Nuestros planes de formación, que saltan de un punto a otro del espaciotiempo como, no sé, Rutger Hauer en Blade Runner ("He visto cosas que no creeríais" podría abrir cualquier conversación sobre posgrados, Bolonia, convalidaciones y becas). Nuestros puestos de trabajo, con denominaciones aún más bizarras y líquidas que las de nuestras titulaciones. El reciclaje constante, la reinvención, los períodos de paro, la segmentación del mercado laboral, las mudanzas. Nuestros medios de información, esquizofrénicos y fulgurantes. El bombardeo de novedad estética (nunca ética). La huida hacia adelante (o hacia atrás, no sabemos).


Y sin embargo, necesitamos lo perdurable. Amor, experiencia y pensamiento, para que nos sirvan de soporte. Tenemos una maleta cada vez más pequeña para llevarlo de un sitio a otro. ¿Quiénes somos? Esa pregunta nunca se resuelve del todo, ni tampoco se borra. El mercado nos promete resolverla, pero es una estafa: Compra esto, y serás esto. Tras un período corto de tiempo en que intentamos encajar en lo comprado (-"Aceros inoxidables". - ¿Nos hacemos?), tras la transacción, la pregunta asoma de nuevo. Como ocurre con las adicciones. Ahora supongo que lo que pegaría sería escuchar la musiquilla del Mercadona pero con una letra diferente: "Me-ta-dó-ó-na. Me-ta-do-na.".


Así las cosas, de repente nos vemos obligados a asistir (y solo asistir) al espectáculo de la sucesión borbónica. Un tipo a quien el aparato del estado español lleva desde que era un bebé repitiendo que es rey, que es rey y será rey y su pareja reina y sus hijos príncipes. Rey: qué etiqueta más corta, qué bien se pega. Tu padre abdica, el poder político de tu país pierde el culo para coronarte en dos semanas, los periódicos aplauden como el ¡Hola!, tú te atusas la barba que algún asesor de imagen soplapollas con un sueldo de cinco cifras te ha puesto para reforzar tu imagen se estatista, y a continuación sonríes, y a continuación te colocas tu etiqueta de tres puntas.


Qué fácil, ¿no, campeón?


¿Tú nos representas? En El País no se cansan de decir que eres ecologista y sostenible.


Como el siglo XIII.

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