domingo, 18 de mayo de 2014

UN DESAHUCIO

Hacía algo de frío e iba a haber un desahucio,
un grupo de personas se reunió frente a la casa
con ingenuas pancartas y sonrisas de ánimo.
También estaba el dueño. Su mujer y sus hijos.
Hablaban lo justo y se pusieron muy serios
pero sirvieron un té que sabía a último té
preparado en la cocina, con el resto del azúcar.
Luego aparecieron los agentes, secretarios,
documentos legales, periodistas, y en el banco
alguien miraba el teléfono y esperaba noticias
del tipo "ya está hecho", "ejecutemos", "un almuerzo",
poder cerrar la carpeta con un poco de cara de pena,
y colgar el cartel de "se vende" y cambiar el balance,
y cumplir por una vez los objetivos del trimestre.
Pero eso no ocurrió. Había mucha gente
impidiendo el acceso a la comitiva judicial
y ni un soplo de viento pasó por esa puerta,
esa mañana, en ese lugar. Y luego aplausos,
abrazos, lo común. No era el primero,
ni el último desahucio para todos. Entonces el padre
salió de su mutismo, obviamente emocionado,
se abrazó con uno de ellos, y dijo esto
en un español deficiente, entreverado de árabe:
Amigo mío, no soy nadie. Tal vez antes
sí lo era, jornalero, poca cosa
pero algo, una etiqueta, un atributo
que ahora no poseo. "Parado" e "inmigrante"
no sirven pues solo me describen
lo que ya no soy, de donde no provengo.
No tengo una tarjeta con mi nombre. No puedo
emitir certificados donde conste mi agradecimiento,
la deuda que a partir de este instante nos vincula
y que no podré pagar. Mas si en algún momento
alguien duda de ti, si menosprecia
tu labor para los otros, o te llama irrelevante,
soñador, poeta o diletante, improductivo,
a ése dile que venga a verme. Que pruebe mi té,
que juegue con mis hijos en la alfombra de mi casa,
que era de mis padres. Como si fuésemos
personas libres nos iremos a la cama,
esta noche. Nos abrazaremos. Dormiremos aquí.
No en la calle ni en algún dormitorio de la beneficencia,
sino aquí tras esta puerta que has defendido sin conocerme.
Diles que vengan a verme y yo, que soy nadie,
pronunciaré tu nombre y me llevaré
la mano al corazón. Si eso sirve de algo,
acéptalo, hermano. Y nada más
pudo decir. Ni tampoco el piquetista
logró emitir palabra, por el nudo en la garganta
y los fotógrafos de alrededor. Y tal vez
(pero esto no es seguro) alguna lágrima
de alguno de los dos rodó hasta el suelo
y allí se quedó, inadvertida y olvidada
hasta que comenzaron a dispersarse. Y entonces alguien,
un tipo joven, estudiante de ciencias,
a quien no solo su conciencia había atraído al piquete
sino una atracción morbosa por las chicas marxistas,
sacó un frasco de muestras y se agachó en el sitio
en que habían caído las lágrimas, y las recogió.
Para analizarlas, para descomponerlas, sintetizarlas,
producirlas en serie, como algún principio activo,
derramarlas en el agua, replicar el fenómeno,
la alegría y la victoria. De los que nunca ganan.
Contra los que siempre. Y se marchó calle abajo,
camino de su laboratorio. Contento pero sin un
solo número de teléfono. Y se puso a trabajar.
Si consiguió o no algún resultado eso ya no podemos saberlo.
Lo que pasó después, o antes, o en otros lugares
distintos de esta calle no puede ser conocido
o no en este poema, por lo menos. Pero esto sí.

Esto sí lo sabemos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario