miércoles, 7 de mayo de 2014

MO YAN - LAS BALADAS DEL AJO (KAILAS, 2008)






Mo Yan, “el que no habla”, ejerce de guía turístico. El viaje se extiende hacia el paisaje interior de esa masa rural de chinos que nunca sale en las noticias, los “tíos del pueblo” de esos chicos que fabrican iPods en Shenzhen y tienen esa molesta costumbre de suicidarse y provocan plenos extraordinarios del Consejo de Administración de Apple y mantienen a tantos directivos de responsabilidad social corporativa sin dormir durante cuatro días. El viaje es muy largo. Mo Yan nos mira y sabe que muchos de nosotros no lograremos terminarlo con bien. Pero es benévolo. Mo no juzga, no se irrita. Algunos viajeros llevan estrellas rojas en la camiseta; otros, la efigie de Liu Xiaobo. Mo sonríe como ante un ciego que tratase de sacarse el carnet de conducir. Otros vienen por el asunto del Nobel de Literatura. Todos tienen hueco en el minibús. Mo lleva un micrófono en la mano, pero es evidente que no piensa usarlo. Arrancamos. Dirección: río arriba.






Estamos ya cerca de Condado Paraíso, vemos a parientes cercanos de los personajes de Las baladas del ajo. Nadie tiene zapatos, y miran el minibús como se mira los platillos volantes. Llevamos catorce horas pegados a las ventanillas contemplando paisajes: ahora que vemos gente, queremos saber. Oiga, guía, queremos saber. Mo se limita a abrir las ventanas del vehículo. Entra un olor intensísimo y alienígena a tierra removida, almacenes llenos de hortalizas en estado de putrefacción, hacinamiento humano, flores silvestres, sudor y leña húmeda. Si supiésemos leerlo, descubriríamos que en ese olor está escrita la novela entera. Pero no es así. Preguntamos, todo el rato le preguntamos cosas a Mo. Hay una pareja a lo lejos en un campo de boniatos. Mo pone música: una canción tradicional china con arreglos de inspiración occidental que baila al filo de lo kitsch y narra una historia de amor desgraciado. Y en efecto, esos campesinos jóvenes pueden ser los de la leyenda, por lo que sabemos. Nosotros qué sabemos. Hay una niña ciega merodeando alrededor de su cabaña, llamando a alguien cuyo paradero ignoramos. ¿Están vivos o muertos, los padres de esta niña? ¿Están detenidos? ¿Recolectan ajo? ¿Volverán? Mo calla, muy en su papel de peli de chinos. Señala a otro ciego, un mendigo viejo que canta canciones tradicionales a cambio de limosnas o de manojos de ajo. El olor de la boca de todos estos campesinos es muy parecido. ¿Deberíamos preguntarle al rapsoda, entonces, Mo? Oiga, anciano, ¿qué pasa con todos esos guardias que vienen por la carretera que lleva al gobierno de la prefectura? ¿De qué están hechos esos palos, que tienen color de madera pero textura de acero? ¿Adónde va la gente arrastrando su peso en ajo?






El hombre no responde directamente, por supuesto. Sigue su narración por fascículos: primavera, verano, otoño etcétera. El resumen de todo viene a ser que el ajo se pudre por culpa del prefecto, que ordenó el monocultivo sin prever que el exceso de oferta haría invendible la cosecha. Esto satisface a algunos turistas, que más o menos consideran que la historia de China empieza y acaba en Tiananmen. Estamos ahora frente al edificio de la Prefectura y asistimos al proceso contra los agricultores que causaron daños en estas mismas instalaciones. Los turistas con la camiseta de Liu Xiaobo hacen gestos de os lo dijimos, visiblemente aburridos de la excursión. Otros empiezan a impacientarse con el Homero chino: pero quién es este señor y por qué habla tan raro. Qué demagogia es ésta. Para tan poca chicha no hacían falta trescientas páginas, etcétera. Mo sonríe, pero no pide calma. Mira a lo lejos, a lo que parece ser un hombre atado a un árbol. Se está haciendo de noche, pero aún se distingue. A continuación, mira al otro lado, donde la niña ciega ha encontrado unos ajos en el suelo y los chupa. Al final termina por entrar en la cabaña, sin dejar de llorar. Desde el improvisado centro de internamiento llega el sonido de las risas. El frescor de la noche aplaca la fetidez de los ajos e introduce una gama diferente de olores y sonidos. En esa frontera entre el día y la noche, los sentidos y las leyendas, Homero y Li Bai, el llanto y la risa, la política y la lírica, Oriente y Occidente, el Interior y la costa, está por producirse una revelación, pero ésta nunca llega y no podemos estar seguros de si es por nuestra culpa o por la suya. En el camino de vuelta, Mo nos mira en la oscuridad. Borges llamaba a este silencio “el hecho estético”. Literatura, en suma.





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