sábado, 17 de mayo de 2014

AVENTURAS PSICOMÁGICAS EN SUCEDANEOLANDIA CON JOSÉ PEDRO MARTÍNEZ BELTRÁN

Imaginemos, por motivos exclusivamente didácticos, a un personaje que llamaremos José Pedro Martínez Beltrán. Es un tipo peculiar, nuestro colega José Pedro. Yo lo visualizo con un atuendo vagamente perrofláutico, aderezado con abundantes camisetas de Kukuxumusu. Como no termina de atreverse a dejarse la barba, está experimentando con unas ridículas perillicas. Sus tendencias literarias son de una fidelidad digna de admiración: se empezó una de Hermann Hesse en 1998 y ahí sigue, en la mesilla, como diciendo si yo te entiendo, hijo, pero sácame ya de esta agonía. ¿Lo tenéis?

Hasta ahí todo normal, pero eso, hasta ahí. Porque José Pedro tiene cosicas. Lleva una margarita seca en el bolsillo del culo, por ejemplo. Cuando le ocurre algo realmente chungo, como hace un par de meses, que un taxi se saltó un ceda y lo atropelló con la bici, rompiéndole dos costillas y el metacarpiano de la muñeca derecha, lo primero que hace jotapé es sacarse la florecica (en este caso con la mano izquierda, con cierta dificultad) y olerla. Con eso, conjura toda sensación de rabia, todo deseo de insultar, gritar y golpear. O más bien cree que lo conjura, porque se le notaba bastante que el cabreo le estaba inflamando la vena de la frente. Su voz, sin embargo, salía meliflua y buenrrollista: No se preocupe. A todos nos puede pasar un despiste. No, no voy a denunciar

Sus amigos solemos hacer bromas con la margarita, claro está. Decimos que la va a gastar, de tanto como la usa. El pobre no liga mucho, pero, cuando lo hace, las cosas suelen terminar mal para él. ¿Sabéis estas personas que tienen un golpe de suerte una noche, se van con alguien, echan un polvo e inmediatamente empiezan a verse paseando de la mano en una playa con el/la borrachuzo-a que duerme la mona junto a ellos? Joder, apenas duermen, de lo potente que es la imagen romántica que tienen en la cabeza. José Pedro es uno de ellos. Al día siguiente, suele enviar mensajitos de Whatsapp salpicados con esos emoticonos que tú creías que nadie usaba jamás, como el de la rosa, o el del corazón atravesado por una flecha. Durante unos cuantos días más, comprueba el móvil cada veinte minutos, de forma compulsiva. A la altura del jueves o el viernes, se saca la margarita y aspira con todas sus fuerzas.

José Pedro no trabaja. Lleva estudiando Biblioteconomía y Documentación desde hace más de diez años, y es muy probable que jamás la acabe. Pero esto no supone un problema demasiado grave, ya que es igualmente difícil que logre acabar con la paciencia y acomodo económico de sus padres, quienes le entregan una asignación suficiente para llevar una vida de estudiante todos los meses. Nunca va a clase, así que pasa el día paseando en círculos o viendo series por internet. A veces, cuando está de buen humor, con amigos en alguna terraza (no digo nada ya si hay cerca alguna chica que le gusta), pide un papel y dobla una elaborada figura de origami, una rana que, además, salta de verdad. Esta rana:



  


El clímax absoluto, el momento más hermoso de la ceporra vida de nuestro amigo viene cuando, ya con la ranica terminada entre las manos, aparece en escena un niño desconocido, de la mano de sus padres. Entonces, Jotapé se levanta, chequea que su amada esté mirando en dirección a él, se acerca al niño y le hace solemnemente entrega de la puta rana.

Si alguien habla a su alrededor de política, o de dar una respuesta colectiva a un problema común, o de abusos, de imperialismo, de desigualdad o de hambre, él cuenta el siguiente chiste:

-Qué bien habláis, copón. A ver si os dan una corbata y un puesto, y me enchufáis.

Ya, ya sé que un chiste no es un objeto. Y que éste en concreto no constituye en absoluto una rareza en la tierra del catetonihilismo (o sea, Murcia). Pero la forma en que Jotapé lo emite, siempre con las mismas palabras, sin variar ni una coma ni un semitono en la entonación, nos indica que para él se trata más bien de un ensalmo, de un hechizo con el que trata de resolver la conversación.

Por último, aunque esto no es seguro al cien por cien, os cuento la guinda de las rarezas de José Pedro: que, según nuestra amiga Sonia que una noche lo aguantó durante una cata de setas, el pibe es hipocondríaco y suele obsesionarse con que le duele el brazo izquierdo y está al borde del infarto, y lleva un botecico con una especie de caramelos muy pequeños a los que llama "homeopatía", y cuando nota molestias se mete uno debajo de la lengua. 

Y luego están las etiquetas y el lenguaje josepédricos. A oler la margarita lo llama aprender de los errores y crecer como persona. A doblar ranas de origami, aportar a la sociedad. Al chiste sarcástico, pensamiento político y a los caramelos, medicina.

A esas extrañas prótesis defectuosas de nuestro amigo, a esa colección de sucedáneos, a esos atajos que acaban en culos de saco, nosotros le añadimos noes. Es decir: no aprender, no aportar, no pensar y no curarse.

Peor que eso. Le anteponemos un impedirse. Como en impedirse aprender. Con una sola puta margarita seca.

A la sección de libros de autoayuda del Carreful la llamo "la margarita seca", en homenaje a mi amigo disfuncional con perillica. Ahora voy a tratar de explicar por qué.

Últimamente he estado pensando mucho en las famosas ventajas terapéuticas de la literatura, pero yo no tenía en mente a gente como Paulo Coelho, yo tenía en mente a Kafka, Carta al padre, y calculaba hasta qué punto le habría resultado un alivio convertir públicamente a un típico pequeñoburgués checo, que además era su progenitor, en un enemigo de la especie humana que odiamos en cuarenta lenguas cien años después. ¿Un alivio pasajero, como de pequeño ajuste de cuentas, de ahora te lo comes, o algo más, un nirvana judío, la redención de los pecados, unas vacaciones con pulserita en la Riviera Maya del Ser? En todo caso, cuando hablamos de literatura de autoayuda lo hacemos mal. Autoayuda es escribir En busca del tiempo perdido. Autoayuda es acabar El proceso. Lo que hacía Beckett era autoayuda, pues muchas veces manifestó que necesitaba sacar de sí esa sombra tan negra para poder vivir. Otra cosa es leer todo eso, claro está. Son libros que jamás recomendaríamos a ningún amigo melancólico, porque en el fondo sabemos que el odio no se crea ni se destruye, solo muta. Y yo también quiero que el mío mute, y que deje de estorbarme como una piedra en medio del salón, y que se convierta en una escultura que poder enseñarle a las visitas no melancólicas ni depresivas.

¿Y si la literatura de autoayuda, por tanto, solo está al alcance de quien la escribe, qué demonios es eso que hacen Paulo Coelho o Jorge Bucay? No lo sé. Jamás los he leído. He visto imágenes horribles hechas con Power Point que incluían citas suyas. Se difunden bastante bien por redes sociales. Aparentemente, son bastante malos (si es que eso que se difunde en su nombre lo han escrito ellos de verdad). Mi hijo de siete años lo haría mejor sacando términos abstractos al azar como “libertad”, “sabiduría”, “amor”, etc. de una bolsa y combinándolos sin subordinadas con léxico simbólico en plan “camino”, “fuente”, “río”, y cosas así. Es verdad que estoy hablando de la extensa obra de estas dos personas desde el punto de vista más superficial posible, pero no me voy a tomar más molestias.

Hay otra literatura distinta en la sección “autoayuda” de las librerías que conozco más. Se trata de obras pseudopsicológicas que proponen ejercicios al lector y prometen ventajas: éxito en el amor, el trabajo y los negocios, fama, felicidad, amistad, sabiduría o armonía. Se trata de la autoayuda de no ficción, marchamo que me resulta bastante problemático en todos sus términos, pero en fin. Usted puede sanar su vida, La inteligencia emocional, Tus zonas erróneas, etc. etc. En este caso, el lenguaje que se utiliza ya no es el de la poesía cursi o el de la fábula, sino el de la psicología divulgativa. El objetivo, sin embargo, es similar: tratar de que el lector experimente cierta ilusión de armonía al introducirse en un cubículo lingüístico aséptico, despojado de pulsiones destructivas o entrópicas. Sin embargo y a diferencia de las dulces babas de los gurús de la literatura auto, estos escritores suelen señalar culpables. La inadaptación, el fracaso escolar y laboral, la precariedad, el desamor y la soledad tienen ahora un responsable, y es el lector. Si uno puede entrar en una novela de Coelho, mirar lo bonito que es todo, aburrirse y salir a la media hora igual que ha entrado, y casi estoy por decir que no hay otra forma de acercarse a esos libros, esta operación no es posible con Daniel Goleman, por ejemplo, autor que crea desde la página uno una ficción patológica llamada inteligencia emocional y acusa desde la dos al lector de no poseerla. Todos los males de la sociedad postindustrial no son otra cosa que síntomas de estulticia emocional y usted, que se acaba de comer el insulto, se va a someter ahora a mi terapia. Por lo demás, la terapia consiste básicamente en no enfadarse con las decisiones de nuestros superiores jerárquicos y encontrar formas de cumplir las órdenes incluso antes de que se nos dirijan. Otro best seller dentro de este subgénero, Tus zonas erróneas, se basa en una terapia parecida: conviértase usted en el perfecto empleado, dócil y dispuesto, y ya verá qué bien le va con todo lo demás. En fin, soma de palabras, y bastante efectivo además, si hemos de hacer caso a las cifras de ventas.

Pero inútil. Peor que inútil: paralizante, adictivo y alienante. Josepedrizante. Destructivo.

"Literatura de autoayuda" es un jodido oxímoron. La literatura no es una prótesis diseñada para hacerle a uno sentirse bien o ser más sumiso y productivo en el trabajo. ¿Y entonces qué es? Bueno, hay millones de definiciones. Ésta de William Faulkner, que vi el otro día, me sirve ahora:

"Lo que hace la literatura es equiparable a lo que hace una pobre cerilla en medio del campo en mitad de la noche. Una cerilla no ilumina apenas nada, pero nos permite ver cuánta oscuridad hay a su alrededor". 


"Autoayuda" también es un oxímoron. Además, si la cosa se tratase de ayudarse a uno mismo, para qué íbamos a necesitar metanfetomeopatía como la que vende míster Jodorowsky.


El otro día estuvo en Murcia, capital mundial del catetonihilismo, insisto. Llenazo absoluto, claro. Los asistentes bailaron, se confesaron en público, gritaron la a, la e, la i, la o y la u (esto se llama "catarsis" con dos cojones en la oligolengua de estos vendedores de crecepelo, refractarios a la cultura clásica como el aceite al agua) y "crecieron como personas". En otras palabras:


Tal vez los habitantes del escenario postindustrial necesitamos nuevos ritos para acceder a la trascendencia debido al desgaste y a la resistencia al cambio de nuestras viejas religiones. Tal vez estamos a priori vendidos a estas manadas de encantadores de serpientes tan diestros en la creación de espiritualidades de consumo. Jodorowsky es, entre otras muchísimas cosas, un apreciable guionista de cómics de fantasía (sus colaboraciones con Moebius fueron una droga para mí en la adolescencia), lo que tal vez lo emparenta con L. Ron Hubbard, escritor de ciencia ficción y fundador de la iglesia de la cienciología. Ambos son genios de la creación de fábulas para la evasión, y, en paralelo (pero no tan en paralelo), de pseudorreligiones postmodernas para aburridos de la tradición  Pero, ¿por qué sustituir unas recetas por otras, si tenemos la poesía? ¿Qué coño hacemos dando saltitos en el Teatro Circo al ritmo de un charlatán si podemos leer estas palabras de Roberto Juarroz:?

A veces parece
que estamos en el centro de la fiesta.
Sin embargo,
en el centro de la fiesta no hay nadie.
En el centro de la fiesta está el vacío.

Pero en el centro del vacío hay otra fiesta.



Hay sucedáneos para la poesía, claro que sí, pero llamémoslos por otros nombres. No sé, psicomagia, por ejemplo. Recetas de la Thermomix. Margaritas secas. Sirven para abrir los chakras, simular en media hora una olla gitana de la abuela o evitar partirle la cara a un taxista o llamarle nombres a alguien que no te contesta los whatsapps. Pero no los llaméis poesía. Porque no os vamos a entender.


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