martes, 20 de mayo de 2014

AUTORRITO

Suelo escribir poemas para nadie. Los garrapateo en pequeños trozos de papel que luego meto entre las páginas del libro que esté leyendo en ese momento. Como estos libros suelen pertenecer a bibliotecas, casi nunca vuelvo a ver esos poemas. Si el libro es mío puede que sí, que a los cinco o seis años vuelva a abrirlo y me encuentre el papelito, relea el poema, me encoja de hombros, lo deje donde está.

Nunca los firmo, claro.

Escribir poemas es hermoso, eso lo sabemos todos. Implica una sensación de conexión con corrientes ancestrales desapercibidas. La poesía es un órgano, un sentido que no siempre se pone a funcionar pero que cuando lo hace provoca cierto placer. Pero la cosa no acaba ahí. Porque también está el componente ritual. Hay una liturgia que cumplimos al escribir un poema. E incluso si el texto va a ser sepultado entre las páginas de libros ajenos, es decir, incluso si escribimos para la nada, el rito se celebra. Marcamos el número de lo místico y nos quedamos esperando a que salte el contestador. Después, nos callamos.

Escribimos poemas para alguien o algo que no está. Que sabemos que no está. También las niñas chinas, las huérfanas que no han pasado nunca por los brazos de su madre, bailan así en la oscuridad. Se balancean. Duermen siempre mirando hacia la puerta. Cumplen con una liturgia que no han elegido. A veces cantan.

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