sábado, 24 de mayo de 2014

¿AUTOLOQUÉ?

He leído un artículo muy interesante de Elvira Navarro en El estado mental sobre la autoedición encubierta, una práctica bastante extendida, como todos sabemos, pero poco comentada fuera del círculo de confianza de los amigos literatos de cada cual, eso que antes se llamaba cenáculo pero que ahora, con la crisis, deberíamos empezar a llamar cervezáculo.

Con este artículo estoy de acuerdo en gran parte pero me genera importantes arrugas en la nariz. Es cierto que esas editoriales, digamos, orientadas a la recaudación existen, pero el texto parece atribuirles todos los males de la industria editorial, exculpando como contrapartida a las majors.

Las majors no deberían ser exculpadas tan alegremente, como sabemos por ejemplo gracias a esta excelente entrevista al mentor de Navarro, Constantino Bértolo

El panorama que pintan estos textos se podría resumir así: ¿no tienes cuatro mil amigos en Facebook o cincuenta mil followers en Twitter? ¿no vives en las capitales y te mueves con la crém letrada de tu ciudad? ¿no te mencionan continuamente tus colegas en los suples y en la Jot Down? Pues no publicas. Porque no creemos que puedas hacernos ganar dinero. Y tu novela nos la pela.

A continuación, el escritor, digamos, sin perfil comercial se arrima a las editoriales indies. Y aquí le piden pasta. Vale, sí. Horror y muerte. Pero el caso es que bajo esta fórmula, de unos años a esta parte, se han publicado algunos de los títulos que más me han emocionado y enriquecido. También bajo la de la autoedición declarada. La realidad no es siempre tan sórdida como la de las anécdotas que relata Navarro. También hay casas que se leen lo que les llega y seleccionan. No tienen contrato de distribución, así que les da igual publicar uno o cien títulos al año. Es cierto que no apuestan por ti en el sentido económico, ni tampoco te ofrecen distribución o promoción, pero tu obra llega al papel, y, muchas veces, los lectores ganamos con la transacción.

Que un autor viva en, digamos, Caravaca de la Cruz, sin cuentas en redes sociales ni contactos en la intelligentsia literaria no siempre significa que su obra sea mala. A veces, esas circunstancias solo implican que no la pueda vender.

Y la industria editorial española es clara al respecto en los últimos tiempos: o pagas, o friegas los platos.

Sí, de acuerdo. Las majors también publican cosas buenas de vez en cuando. Enhorabuena a los agraciados.

Me da hasta un poquito de vergüenza decir esto a estas alturas, pero las editoriales públicas tenían un sentido. La invasión indie ha supuesto un soplo de aire fresco blá blá blá, pero tal vez, con un poco de perspectiva, hicimos mal cuando nos pusimos a bailar sobre la tumba de los proyectos institucionales. Al secarse la fuente pública, lo que queda no es tan indie con respecto al mercado. Y el mercado no es la bolsa de Tokyo: el mercado es quien decide entre publicar al ermitaño de Caravaca (este topónimo no es casual del todo) o al posturitas del Raval. Si no sentís su creciente influencia sobre las mesas de novedades, bueno, pues volved a mirar. Y esa influencia tiene tan poco que ver con la literatura como que te llame el tío de Devenir y te pida tres mil euros por publicarte un libro que dice que le encanta pero que ni siquiera se ha leído. 

Ups.

El puzzle es, desde luego, muy complicado. Lo único que podemos tener claro ya es que está desarmado. Y si antes sabíamos que la autoedición era mal y las editoriales serias eran bien e iban cada una a un lado del cuadro, mientras que los críticos y editores ocupaban el centro con los autores por los filos, ahora ya no.

Pero ey, quién dijo que eso esté mal. Los puzzles desarmados son más divertidos, ¿no? Venga, achos, vamos a buscar las cuatro esquinas. ¿Achos? ¡Eeeeee!


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