lunes, 14 de abril de 2014

VEIS LO QUE OCURRE CUANDO NO ME TOMO LA MEDICACIÓN

No me ha pasado mucho, pero alguna vez, en alguna entrevista, sí que me han lanzado a bocajarro la pregunta qué es para tí (sic) la poesía.

Mi reacción en ese momento (reconstrucción de los hechos):


 (*)

Donde yo soy el Tyrion y el periodista cultural el Joffrey, se entiende.

Pero ahora va a pasar una cosa. Que voy a cambiar los papeles. Que voy a hacer de Tyrion Y de Joffrey. Que VOY A RESPONDER A ESA PREGUNTA. Sin ironías. Sin recurrir al postureo de poner cara de guay y soltar un ¿y tú me lo preguntas? poesía eres tú, que tanta risión nos ha proporcionado en el pasado. Coño, voy a intentarlo. Sin miedo ni esperanza. Allá voy.

Yo tenía una profesora de griego en tercero de B.U.P. y C.O.U. (estás viejuno, acho) que se llamaba Conchita. ¿Cuánto le debo, a doña Conchita? No me enseñó solo su materia, claro, aunque aún me sorprende de vez en cuando que lograse meter para siempre el alfabeto, la flexión nominal y unas cien palabras de griego homérico en mi cerebro adolescente. Me enseñó una actitud ante la cultura y el arte que aún conservo en lo esencial y que constituye el mayor jodido regalo que un profesor de cualquier cosa puede hacerle a alguien, un enriquecimiento esencial de la vida de un chaval que ella llamaba, simplemente, su trabajo y que a mí me viene a la mente cada vez que me entero de que algún hijo de puta con corbata ha decidido desde la caverna de su propia miseria mental marginar las enseñanzas clásicas, o imponer puta religión en los currículums de la escuela pública, o precarizar el trabajo de gente como ella. No me voy a extender mucho sobre el tema, pero: que os follen. Sabéis quiénes sois y qué: gusanos, veneno, mercachifles, ladrones, paletos y beatos. Sois nuestros enemigos. Lo sabéis. Y algún día seremos cientos por cada uno de los vuestros.

En fin. Doña Conchita. Que se me hincha la vena y se me va. Volvamos ahí, al joven y pringado Joseda sentado ante esa mujer en su aula de C.O.U a principios-mediados de los 90, disfrazado de Kurt Cobain, que aún estaba vivo, y armado con el diccionario Griego-Español de VOX. Abrimos la Ilíada: Μῆνιν ἄειδε θεὰ Πηληϊάδεω Ἀχιλῆος. Y la profesora dedica una clase entera a que entendamos lo importante que es no perder nunca, jamás, bajo ningún concepto la idea de canto en la traducción de ese primer verbo. Nada de "Habla, musa" ni "Cuenta, diosa". Canta. Los dioses antiguos no hablan, ni cuentan, ni relatan, ni narran. Las musas cantan. No es lo mismo.

La poesía es eso. Una dignificación de la vida humana, una aproximación a la misma capaz de añadirle dignidad. Un intento, al menos. Mediante la palabra, según la definición del DRAE. O mediante cualquier jodido método que caiga en tu mano, según la mía. Alex Gross, Charlie Kaufman, Banksy, Antonio Galvañ, Cristina Fallarás o Erika Trejo, por poner unos cuantos ejemplos en plan random, tal vez no han escrito un poema en su vida, pero sus acciones pertenecen a ese país, si he de decir yo por dónde están sus fronteras. Se trata de una materia increíblemente compleja, por otra parte, e imposible de reducir a ecuaciones. Mientras los psicoanalistas y los físicos teóricos estaban firmando la partida de defunción del proyecto ilustrado, a principios del siglo XX, una panda de locos que conocemos por el nombre de formalistas rusos hicieron lo propio con la concepción romántica de la poesía a partir un sencillo concepto:  la necesidad del ostranénie (остранение): el extrañamiento, la ruptura del canon, el movimiento centrífugo, el alejamiento del grado cero. Me gusta la metáfora que sugiere que escribir un poema se parece a diseñar un artefacto infinitamente complejo, pero olvidando antes la carrera de ingeniería. Es muy Shklovsky, esa metáfora. Mola.

También hay poetas que no escriben, ni pintan, ni danzan, ni crean, ni nada de nada. Dignifican su propia vida y, tal vez, las de los que los rodean, pero éstas siempre involuntariamente. Cada vez que oigo hablar del nirvana -por volver un poco a Cobain-, que como toda doctrina religiosa no es otra cosa que una metáfora, me acuerdo de est@s beat(o)niks, que siempre he querido tener cerca y que siempre me han recordado que solo hay una dignidad verdadera. Y no es la del consumo, con sus promesas oligofrénicas y alienantes, ni la de la religión, con sus ídem, sino la de la poesía. Dulce, eterna y luminosa, como decía Pacheco.  

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(*) Estos gifs están sacados del alucinante tumblr Vida de escritores. Si aún no lo conocéis, tirad pallá jopando. De nada.

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