sábado, 5 de abril de 2014

UNA ÓRBITA




Posiblemente porque era más barato, las productoras yanquis de series de televisión decidieron abandonar los rodajes en los centros urbanos icónicos de Estados Unidos. Vamos, que nada de Nueva York. HBO se llevó a los Soprano a un grisáceo y achaparrado New Jersey. El doctor House curra a las afueras de Los Ángeles. The Wire lleva las escuchas policiales no a la lóbrega y rutilante trastienda de Manhattan, sino a Baltimore, Maryland. Breaking Bad saca, con bien de filtros Instagram, el lado texmex de la América profunda en Albuquerque, Nuevo México. Y True Detective explora la psicoesfera de Louisiana para que nosotros no tengamos que hacerlo. Que ni ganas, por otra parte.

Con este movimiento centrífugo, la cultura popular abandonaba los escenarios de plástico rosa Mattel de, digamos, Sexo en Nueva York. Los centros culturales se quedaban para espectáculos más rentables económicamente, y también como es lógico más artificiosos, tanto en lo ético como en lo estético: películas románticas con Jennifer Aniston ambientadas en el glamour, cosas de superhéroes o catástrofes donde las capitales arden, etcétera.

Nos trasladamos a la periferia como quien se muda a la realidad. El cine indie de los 90 ya había explorado esta vía costumbrista (no sé por qué pero me acuerdo de Ruby en el paraíso), y los hermanos Coen, alérgicos a las postales turísticas, ambientaron en Texas su primera película, Sangre fácil. Luego vendrían Arizona Baby o Fargo para demostrar su querencia por lo periférico. Al otro lado del océano, reconocemos esta escenografía. Miramos a nuestro alrededor y el paisaje es la indefinición periurbana, donde los descampados lindan con almacenes en ruinas, bares dudosos, rotondas con una sola salida (como las que salpican los relatos de José Óscar López) y promociones en venta. Nuestra generación, la del baby boom de los 70, ya no se ubica en centro alguno. Cuando llegamos a los veintipico había esperándonos una burbuja inmobiliaria hinchándose sobre todos los extrarradios. Primero tomamos las pedanías, después tomamos las afueras. Si Manhattan era un atributo de Warhol, y París de Cortázar, nosotros nos reconocemos en el cámping Estrella de Mar, de Castelldefels. Entendemos Los detectives salvajes como la crónica de esa aventura centrífuga donde el D.F. es el punto A, y el B la nada.

En algún sentido somos como Atila. Donde pisamos, lo que brota es el no-lugar. El escenario intercambiable. El sitio sin atributos.

Murcia. Donde los esqueletos de edificios abandonados a medio construir se alzan en la tierra baldía de las ruinas (las reinas) de la huerta. Donde avenidas nuevas atraviesan descampados erizados de carteles, y esos carteles anuncian promociones fantasma o locales de prostitución. Los restos de ese plan general de desordenación urbana llamado catetismo cementero.

Abundan las visiones literarias de Murcia que juegan con esa idea de no lugar. La novela de Miguel Ángel Hernández, Intento de escapada, sustituye los topónimos por términos genéricos (la Ciudad, la Región). Francisco Miranda la llama Pantanosa en su obra homónima. Dialoga con éstas la de Francisco Béjar, Mirando al suelo, donde la toponimia deviene campo de batalla ética.

El blog de Miguel Ángel Hernández, por cierto, se llama No (ha) lugar. El de Alfonso García Villalba, otro narrador murciano, Periferia über alles (flotando fuera del centro). El de Javier Moreno, Peripatetismos. El de José Óscar López, Un mundo flotante

Hay tres pelis norteamericanas que me gustan mucho y, aunque no tienen absolutamente nada que ver, muestran una coincidencia que me parece interesante. Se trata de (en orden cronológico): París, Texas, Mi Idaho privado y Brokeback Mountain.

Las tres tienen topónimos en el título, y las tres ilustran la imposibilidad tanto del retorno como de la fuga. Las tres están protagonizadas por memorables encarnaciones de ese personaje tan yanqui: el rolling stone. Que deberíamos empezar a ver más bien como satélite.

Fernando Alfaro en una gasolinera de carretera poco transitada.

Franki Malamente en el sudeste asiático.

Ulises Lima, Arturo Belano.

Rubén en no sé qué sitio de nombre impronunciable del estado de Maine.

Nuestra alergia a la centralidad, a la unidad, a la identidad.

Travis. El puto Travis. Que por cierto ahora pasaría por hipster, con esa gorra, esa barba y esa indumentaria vintage.

Dónde está el centro de mi vida, te preguntas, cuando pierdes a quien amas.

Y a tu alrededor el paisaje incluye rastrojos, casas abandonadas, naves industriales sin estrenar, bares que abren a las seis de la mañana, vías de tren, chabolas de chapa y desguaces.

Decides seguir las vías, porque aún no sabes que no llevan a ninguna parte, que solo trazan un círculo.

Una órbita.

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