domingo, 27 de abril de 2014

LONDON CALLING



He ido a Londres por todos los motivos adecuados, con mis niños y mi compañera.

Es una buena cosa ir a Londres. Sobre todo si sois letraheridos, como lo llaman los cursis. Londres es un buen antídoto contra la introspección y la neurosis, al menos, que yo sepa, durante los primeros meses.

Londres es un laberinto rojo semiótico, un remolino de mensajes. La fascinación infinita de hundirse en él: los signos de los múltiples subsistemas, herméticos o demóticos, que componen la ciudad. Los dialectos inacabables de la koiné postimperial, sus miles de formas en un simple paseo a través de Harlesden.

La sensación calmante de abandonar ese torrente al entrar, por ejemplo, al British Museum, donde por fin los estímulos se ordenan, cobran un sentido y hasta un recorrido concreto a través de las salas: Egipto, Asiria, Grecia, etc. Pero una parte del viajero quiere volver a salir, al caos.

Aquí y allá localizo hitos del Londres literario: la presencia de Sherlock Holmes en Baker Street, por ejemplo. Eh, mirad, chicos, aquí vivía el detective más famoso del mundo. Ni a Carmen ni a Miguel les interesa esto un pijo, inmersos como están en sus formas infantiles de cabalgar la electricidad londinense. Persiguen cuervos por Marylebone: quién es Arthur Conan Doyle o la ficción popular victoriana al lado de eso. Me doy cuenta de que a mí tampoco me importa un pijo.

El río de turistas al que pertenecemos está debidamente encauzado para que no lo inunde todo, pero en algunas zonas no se ve la orilla. Veo una cola de doce personas esperando para fotografiarse junto a una cabina de teléfonos, una estratégicamente situada ante el Big Ben. Esperando bajo la lluvia. Ocho o nueve murcianos entre ellos.

Al río de turistas se arrima una cantidad salvaje de pescadores. El consumo adquiere unas proporciones suprahumanas. Las mejores cosas de la ciudad (los museos, los jardines y los paseos) son gratuitas, pero de alguna manera el capitalismo ha conseguido impregnarlas de formas aún sorprendentes para un sureuropeo: los museos están abarrotados de cafeterías y tiendas (con más público que las salas), los jardines están salpicados de invitaciones al consumo de todo tipo de servicios, alquiler de tumbonas incluido, y sobre todo las calles son un alfiletero desquiciado de franquicias que prometen experiencias desalienantes. A cambio de un precio. Que oscila entre el riñón y el cojón.

Hablo, obviamente, de la zona 1. Obviamente hay otras Londres. La que ven mis niños, por ejemplo, con epicentro en una haya de ramas sumamente escalables, en Green Park. La que visita mi amor, guiada por sus nuevos compañeros de trabajo. Y la mía. En la mía suena esta canción, pero al revés:

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