sábado, 12 de abril de 2014

NIGHTSWIMMING

Yo me vengo a levantar como a las cinco. Me levanto a la misma hora que mi hijo pequeño, que tiene problemas con el sueño. Nos levantamos y ya está. Pero son las cinco. Una hora de chichinabo.

Suelo inventarme chistes sobre lo temprano que es y los cuelgo en Twitter, pero no tengo ningún éxito. A ver, ningún éxito. Un RT por aquí, un fav por allá. No está mal. Lo que pasa es que a mí, una vez, me retuiteó Isabel Coixet. ¿Acho sí? preguntaréis vosotros. Como lo oís. Mi gran éxito tuitero. Pero a ver ahora quién supera eso. Reconozco que a veces me siento muy Clap Your Hands Say Yeah! con este asunto. Me siento como en aquel relato de José Óscar López.

Luego se va haciendo de día poco a poco. Con las primeras luces, yo ya tengo hambre, ya se me ha pasado el efecto del café, ya me he aburrido, ya he añadido unas mil palabras inútiles a mi novela, ya he cagado, ya he negociado con Martín la cantidad de galletas y rebanadas de pan bimbo que podía comer, ya he leído las suficientes noticias como para deprimirme, etc.

Ya he leído este poema de Brane Mozetič (en Banalidades, Visor, 2013):


y ya tengo hecho el nudo de la garganta. Entonces se hace la hora de ir al cole. Mis niños van al cole, no yo. Yo me dedico a caminar. En círculos. Del Carmen al Ranero por García Alix y hacia la derecha por la Avenida de los Pinos hasta Juan de Borbón, y una vez en la Fama por la Ronda de Levante hasta el puente de la Fica, para cerrar el círculo por la orilla sur del río hasta el Malecón. Cada vuelta dura una hora y veinte minutos, y yo doy tres. Olvido -para mi bien- el 95% de lo que pienso a lo largo de las caminatas. El otro 5% lo utilizo al día siguiente para escribir mis chorradas. Ésta es una de ellas, claro que sí.

Cuando llego a casa, como y me acuesto. Tengo una doble alarma puesta para despertarme a tiempo de estas siestas e ir a recoger a los niños del colegio. Es uno de mi terrores paternales: que me quedo durmiendo y no voy a por ellos. Así que doble alarma. Pero el caso es que no la necesito. Mi cerebro se despierta solo cinco minutos antes de que suene la primera. Entonces, dependiendo de la luz que haya fuera, o de la apertura de la persiana, suele ocurrir que no sé dónde estoy, ni qué hora es, ni mi misión en este mundo, ni mi nombre.

Ése es el centro de mis días: ese despertar, ese movimiento de reflujo de la conciencia. Harían falta quinientas Ibizas de drogas sintéticas para reproducir de forma artificial esa sensación flotante.

En un par de minutos, todo ha vuelto (excepto lo de mi misión en este mundo, claro) y yo estoy tragándome un café y jopando por la puerta. Siempre llego a tiempo para recoger a los niños. Luego vamos a parques, o a pasear, o a hacer la compra, o a la biblioteca. Ésa es mi mitad blanca.

La vida de quién no es rara. Sin embargo, deberíais verme en el supermercado, arrastrando un carrito lleno de niños y botellas de lejía. Seguro que me preguntaríais por el partido de anoche.

Hacedlo, por favor. Decidme algo como "¿acho el barça qué?". Nadie lo hace. Veo en la mirada de los demás la barrera que se lo impide. También la veo en la de mis hijos. Y no me gusta. 

1 comentario:

  1. La frase "Mi cerebro se despierta solo cinco minutos antes de que suene la primera." ilustra bastante bien por qué pienso que la decisión, por parte de los grammar nazis de la RAE, de suprimir la tilde desambiguadora de la palabra "solo" no fue una buena idea. Poco más que añadir, acerca de este post terapéutico.

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