jueves, 10 de abril de 2014

EN LEGÍTIMA DEFENSA (BARTLEBY, 2014)

NO HAY SPOILERS

Qué venía yo a decir. Me he levantado tan temprano que se me ha olvidado. He visto la primera temporada de True Detective. Sí, muy chula. Los malos dan mucho miedo. Los actores están genial, especialmente ese Matthew McConaughey que casi consigue hacerme caer otra vez en el tabaco, después de cuatro años. De suspense, bien. De música, sobresaliente. De paisajes, chachi piruli.

Pero lo que yo venía a comentar es, obviamente, otra cosa. La exhibición de atrocidades que contienen sus ocho capítulos, que viene a emparentarla con ese subgénero del cine negro que se puso de moda a finales de los 80, tras El corazón del ángel (con la que True Detective comparte el escenario y el temor por la cultura cajun y criolla y la francofonía sureña de Estados Unidos), y que incluiría El silencio de los corderos, Seven o las sagas Saw y Hostel. Me refiero al noir de la demonización, donde el mal es sublimado hasta llevarlo a lo místico o lo satánico. El bien y el mal dejan de pertenecer por entero al género humano. Lo contrario es cierto en estos productos, por otra parte tan exitosos desde un punto de vista comercial.

El hombre es lógicamente un lobo para el hombre según esta óptica, y ello no como resultado de un proceso comprensible o interrumpible en algún punto, sino como mandato superior. Sin miedo ni esperanza se enfrentan con este Mal imposible de relativizar los héroes de estas historias, siempre casi tan monolíticamente buenos como el arcángel San Gabriel. Es importante que sean buenos por encima de sí mismos, ya que vamos a tener que perdonarles que torturen y asesinen por doquier. Tiene que estar muy claro que son lo único que se interpone entre nosotros y la Mechona. A veces, como con Mickey Rourke, Brad Pitt o Matthew McConaughey, además, están buenos.

Hablo del Mickey Rourke de los 80, claro. Joder, decidme que no:



Me siento muy viejunomarxista cuando estas cosas me indignan, contra el hype generalizado. Nunca he leído tebeos de superhéroes (si exceptuamos Watchmen), pero sus apariciones en las pantallas de cine suelen llegar a unos niveles de protofascismo que la UNESCO desaconseja para niños, ancianos y mujeres embarazadas. Con mención especial a los Batman de Christopher Nolan, donde la grandilocuencia de la puesta en escena y la oligofrenia conceptual me encienden alarmas que no sabía ni que existían, en plan Malaysia Airlines.

 
(este colega no solo era más malo que el baladre: también se dedicaba a repetir lemas del movimiento 
Occupy, en una operación de manipulación ideológica digna [es un decir] de Paco Marhuenda)

Luego recuerdo que le leí o le oí a alguien que trabaja como guionista de series de televisión que las productoras tienen un manual de estilo al que todos tienen que atenerse, y que en ese texto se proscribe explícitamente mencionar las siglas de ningún partido político. Y es verdad que hay personajes que se autodefinen como de izquierdas, como la vieja aquélla que le daba collejas (nunca lo bastante fuerte, sabemos ahora) a Toni Cantó, pero se trataba de una autodefinición. La serie nunca sacaba a la señora movilizándose, nunca la veíamos en ninguna reunión, o manifestación. Ni una triste recogida de firmas.

Las series jamás sacan manifestaciones. No hay reivindicaciones colectivas. De hecho, no hay ni colectivo. Esas cosas quedan para subgéneros de arte y ensayo de los que subtitulan de madrugada en La 2, como el cine de Ken Loach y así.

No es por accidente.

Si la ficción de la cultura popular parece la plasmación de esa distopía totalitaria que emocionaba a Margaret Thatcher (And, you know, there is no such thing as society. There are individual men and women, and there are families, 1988), si el cine y la televisión (y gran parte de la literatura) de masas han proscrito lo común y lo colectivo del catálogo de temas aceptables, no es por accidente.

Sí, ya: ya está el pesao éste largándonos el rollo de la superestructura. Seguro que ahora continúa con lo de la alienación y remata con lo de la enajenación de la plusvalía. Vale. Soy cansino, lo sé. Mi lenguaje es antiguo, lo sé.

El poeta Martín Rodríguez Gaona, de quien tanto he aprendido y a quien tanto debo, me contó que la forma en que Ortega y Gasset abordó el tema de las vanguardias artísticas instituyó una especie de cordón sanitario de asepsia ideológica  en torno a la literatura que los largos años de franquismo solidificaron. Y ése es uno de los rasgos diferenciales fundamentales de la literatura a ambos lados del océano. Y también el motivo por el que a un festival como el Voces del extremo, en el que nos encontrábamos, no asistía nadie ni del mundo académico ni de (apenas) los medios, a pesar de contar con todas las vacas sagradas de la poesía española .

O sea que tal vez tampoco es por accidente la ausencia de lo colectivo en la obra de tantos y tantos escritores, pop y no pop.

Que sí, que ya, que me repito más que el gazpacho del Mercadona. Pero es que luego, a pesar de lo mucho que me decís que me repito, me salís con que lo artificial es lo mío, que qué manía es ésa de utilizar reflexiones sobre el común en-algo-tan-personal-como-la-poesía.

Y ahí viene cuando yo paso a hablar de alienación y se duerme hasta el farlopero de las bermudas.

Pero permaneced atentos a vuestras pantallas, porque igual, cualquier día de éstos, escucho por enésima vez la locución en-algo-tan-personal-como-la-poesía y en lugar de contraatacar con teoría marxiana, o con el correlato objetivo de Eliot, lo que hago es sacarme un cóctel Molotov.

Bueno, todo este rollo venía a cuento de algo que mi cerebro viejuno parece haber traspapelado con el madrugón.

Ah, sí: que mañana se presenta este libro:


En La Azotea a las 20:00. Que a ver si os pasáis, achos.

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