jueves, 24 de abril de 2014

EL MAL, LA BREVEDAD

Me encantan los aforismos. Qué iba yo a tener en contra de ellos. Son la flor y nata de un cerebro bien engrasado, el bonsai lingüístico con que se adornan todas las mesas de camilla de la inteligencia, la máquina de vapor en miniatura del clasicismo y el proyecto ilustrado. No sería quien soy sin (y por tanto adoro) las filigranas de Heráclito, Catulo, Jayyam, Quevedo, Gracián, Oscar Wilde, Ramón, Groucho Marx o Samuel Beckett, y disfruto mucho, pero mucho lo que hacen dignos herederos contemporáneos como León Molina, Ajo, Carlos Frontera (haceos un favor y añadidlos en Facebook), Will Ferrell o Teresa Mateo (@teremmarcos). Vaya por delante.

Siempre me ha interesado la forma cerrada de lo epigramático o aforístico. Es la que practico cuando me siento a escribir mis chorraditas. Se trata de presentar al lector la ilusión de que regiones más o menos amplias de la realidad pueden ser aprehendidas con un mecanismo lingüístico totalizante. No por nada he hablado antes de clasicismo y del proyecto ilustrado: la literatura de formas cerradas se basa en (y exige) una fé en la capacidad racional del ser humano: en el momento en que Chekhov o Kafka empezaron a plasmar que los cimientos de nuestra vida eran irracionales y hostiles, o más bien que no existían, las formas simétricas y cerradas de la literatura del XIX perdieron su sustancia y se convirtieron en cáscara. Ese descascaramiento es una de las operaciones centrales del siglo literario siguiente, y nuestra tierra natal.

Aún así, repito que adoro esos diseños literarios retro, y que los utilizo continuamente. La palabra clave es: retro.  Lo que no haría jamás es ponerme ahí todo prerrafaelita con el asunto. Henry James mola mil (La lección del maestro, mein Mutter, una de mis novelas favoritas de siempre, la crema total) pero acordaos de los poemas de Cesárea Tinajero, que cierran (es un decir, eh, es totalmente irónico, eso de que cierran) Los detectives salvajes. Y reconoced que ése es vuestro terreno. Quiero decir, si vuestra edad no tiene tres cifras.

Con todas estas obviedades quiero llegar a la siguiente conclusión: que me está empezando a echar peste la edad de oro de los aforismos de Twitter y resto de redes sociales. La güé 2.0 es bastante nazi a la hora de imponer restricciones de espacio y tiempo de atención a la literatura: para entrar en un timeline no puedes largarte un poema de doscientos versos, ni enlazar a un capítulo completo de una novela. Fuera de Twitter y su cientocuaresma, tienes como mucho veinticinco versos, o un párrafo de unas quince líneas (y todo ello mejor si cabe en una Instagram, o en una composición con una foto en blanco y negro del autor con las frases -en un tipo con serifa- sobreimpresionadas), si quieres que tu mandanga no sea ignorada olímpicamente con un movimiento de ruleta central.

Esto es así. Las escritoras, o al menos muchas de ellas, y en ese grupo un buen número de las que nos gustan, tienen ahora sus cuadernos abiertos y cualquiera puede sopar. Un sueño húmedo de mi generación (no nativa digital), poder husmear entre las notas, las investigaciones, las obsesiones (la cocina, lo llamaba Cortázar) de las autoras que nos fascinan, se ha hecho realidad. Y como siempre que un deseo cerval se materializa, el resultado no mola tanto como cuando soñábamos con él. A ver. Molar, mola. O, si no me creéis, echadle un vistazo al blog de Javi Moreno, o al de Mercedes Díaz Villarías (por no hablar de los casos en que los blogs son mejores que la obra, como pasa con Alberto Olmos, por ejemplo), o al perfil de FB de Vilas o de la Cañamares. Pero tiene sus contraindicaciones. Y éstas son:

El feedback automático. Los comentarios, los compartidos, o el número de megustas. Cuando una autora enfrenta sus borradores con la mente colmena, corre el peligro de creer que se encuentra frente al lector ideal, esa quimera. Y no. Nada más lejos de la realidad. Un poema regulero, pero rico en pornografía emocional, puede cosechar cientos de megustas instantáneamente. Un poema fantástico, capaz de remover el mundo interior de alguien que lo lee al otro lado del Atlántico, tal vez le gustará a esa única persona. Pero es este segundo caso el inolvidable, es esto a lo que aspiramos muchas de nosotras, es ahí donde reside esa famosa madre de Bambi, digo del cordero, que nunca hemos visto pero que perseguimos escopeta en mano.

Es difícil que esa corriente continua de feedback, esa vocecilla de la colmena no afecte al trabajo de una. Que no genere un movimiento darwinista hacia las formas cerradas y la emocionalidad superficial, por ejemplo. Supongo que toda escritora tiene un demonio dentro que le exige satisfacciones inmediatas, y que cada demonio es diferente.

Todo eso lo supongo. Pero hay algo que sé: que el demonio de José Óscar López está bajo control.

¿Y eso a qué ha venido? Pues a que todo el tiempo estoy hablando de Vigilia del asesino.

De que es un libro tan maravilloso que dan ganas de alinearse con él, y de paso con su entrenador, con su 4-4-2 (más bien un NA-π-∞), con su manera de increpar al juez de línea, con sus declaraciones en el Marca.

Me pongo futbolero porque puedo. Porque leo a José Óscar desde los años 90. Porque he aprendido más cosas sobre literatura de él que de nadie. Porque, cuando alguien lo peta, da mucho gustito poder decir yo ya lo conocía cuando solo sacaba maquetas. Hipsterismo ilustrado, ya lo sé, pero y a mí qué me importa.

Porque están las citas monguer de la Acción Poética Murcia (o Tucumán, o Palencia, o Bollullos del Condado) y está este viaje alucinante por un país en ruinas, interior y descentrado, este paseo por los restos del sentido.

Y una de ambas cosas es poesía y la otra no.

 Sin importar el número de megustas.



(les naufragés - François Schuiten)

No hay comentarios:

Publicar un comentario