sábado, 15 de marzo de 2014

UNA DE METÁFORAS REBUSCADAS QUE TRATAN DE CONECTAR LA ESCRITURA, EL CERCO DE SARAJEVO, EL CONSUMO DE MARIHUANA Y LOS ÍNDICES BURSÁTILES

Agolparse a las puertas de las editoriales me recuerda un poco a hacer la cola del pan, en una ciudad sitiada. Ahora que caigo: me recuerda a alguna de estas imágenes, que formaban parte del día a día del Cerco de Sarajevo (1992-1995):


(obviamente, las colas del pan eran un objetivo claro para los artilleros)

El pan es la identidad. Tú publicar: tú ser escritor. Tú no publicar: tú pasar hambre. Tú no saber si sonar ridículo cuando decir tú ser escritor. Tú pasar frío en ciberespacio.

Os voy a contar un secreto: el panadero no lo da gratis. El panadero no tiene un rostro amable y unos ojos enrojecidos de tanto llorar en solidaridad por sus conciudadanos. De hecho, las fotos nunca captan su cara. Solo sus manos: con una suelta la lepinja de pan grisáceo, con la otra agarra el billete. No fía. No se le fía a un cliente si éste es susceptible de recibir una certera bala serbia en la colleja, desde las colinas, en cualquier momento. Tampoco vale cualquier divisa. ¿Dinares yugoslavos? ¿Tú me has visto cara de tonto? Deutsche mark, vecino. Aquí deutsche mark, o a llorar a la iglesia. O a la mezquita. O a la sinagoga. O al centro de sniper´s alley a plena luz del día, tú que tienes cara de valiente. Marš! 

Pero hay que comer. Hay que vender cosas y hacerse con marcos alemanes, y a continuación madrugar para ponerse en la cola. No hay otra opción.

¿No hay otra opción? Siempre hay otra opción. Según las crónicas, los pequeños delincuentes fueron excarcelados y puestos a ejercer las funciones de la policía municipal, en la Sarajevo sitiada. Los verdaderos policías fueron enviados a (morir en) las colinas, mientras éstos, de quienes se sospechaba con toda razón que desertarían nada más pisar el frente, quedaban a cargo del uniforme, la placa y el arma federales. Si esto no es carnavalización balcánica, decidme vosotros qué es.

Como resultado, los parques de la ciudad se convirtieron en indisimuladas plantaciones de marihuana. Entre los constantes tiroteo y bombardeo, la pérdida de seres queridos, el invierno, la precariedad extrema y el suministro ilimitado de excelente grifa (por no hablar del hecho de que ser considerados locos eximía a los zagales de ser enviados al frente), la enfermedad mental se disparó. Hikikomoris psicóticos a dieta de marihuana y limosnas comestibles de los vecinos. Que escribían estas cosas por las paredes (espero que aprovechando la noche):


(Aquí nadie es normal)

O incluso se permitían aportar su granito de arena al debate geopolítico que, en forma de guerra civil, estaba teniendo lugar en esa época por encima de sus cabezas, con Miterrand, Clinton y Solana jugando al parchís mientras charlaban:


(-Esto es Serbia. - Idiota, esto es Correos

Tal vez no estaría mal ser un fantasma. Abrigarse bien, y escribir en el ciberespacio. Mejor, darse al lo-fi y escribir bellos manifiestos surrealistas en el teletexto. Sí, sí, en el teletexto.

Seguramente, la palabra es jugar. Jugar a resguardo de miradas fiscalizadoras. No firmar, donde firmar no sea imprescindible. Bailar batuka latin como respuesta a las imposiciones del canon, que no olvidemos que puede tener cara de moderno y exigirnos textos llenos de caca, culo y pis, si es que el deutsche mark cotiza alto en pollas en ese momento. Quedarnos en casa mientras otros hacen la cola del pan, y sacar el Risk. Me apetece. O me desapetece. Tengo hambre. De la que da la grifa, claro está.

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