jueves, 6 de marzo de 2014

TÉCNICAS DE VENTA

Hace un tiempo, mis amigos Héctor y Cristina me pusieron en contacto con un editor que estaba montando una antología de poesía "15M". Un tipo encantador. Le mandé un par de poemas y me los aceptó. El subidón fue grande cuando me enteré de que el plan era que el libro saliese gratuito junto con el periódico Público, en una tirada de miles de ejemplares. Cristina maquetó la obra y le puso título. Ilusionaza.

Ya sabemos todos lo que pasó con Público (más detalles aquí). Nuestro gozo pasó temporalmente por un pozo, pero al final el promotor encontró editorial, una nacional, con buena distribución, y allí que nos fuimos los cincuenta poetas quinceemeros, muy contentos.

Hasta que un día recibimos un correo del promotor diciéndonos que la editorial solo nos enviaría un ejemplar de cortesía de la antología si participábamos activamente en su difusión, asistiendo a presentaciones y promoviéndola en blogs y redes sociales.

El hecho en sí de no recibir el ejemplar de cortesía ya me daba un poco igual, porque al fin y al cabo esta edición tenía fines benéficos, y porque... bueno, porque ya estoy acostumbrado a esas cosas. He participado en cinco antologías hasta ahora y solo me han regalado un ejemplar de una de ellas... supongo que son malos tiempos para la lírica y aquí tiene que apoquinar hasta el autor. Lo que me removió los jugos gástricos era que nos ofrecieran el ejemplar como un incentivo a la labor comercial, como una comisión. Eso, exactamente.

Luego, el director de la editorial cambió de idea con respecto a esto (aunque yo no he recibido ningún libro todavía, claro está). En otro momento, alguien osó afearle sus prácticas comerciales en Facebook y se armó una bronca que tembló dios, pero eso ya no viene al caso. El caso es que, cada vez más, la faceta de vendedor de los poetas es determinante a la hora de acceder a las publicaciones. No quiero sonar como el típico poeta incapaz de publicar que se dedica a odiar a las editoriales y a ponerlas a caer de un burro a la mínima oportunidad, como por ejemplo cuando le dan un blog en una revista, pero qué demonios, ¿a qué coño queréis que suene?

No estoy hablando del potencial comercial de los textos. No creo que ese parámetro tenga demasiada importancia. Hablo de la capacidad del poeta de generar público: su actividad en redes sociales, el número de sus seguidores, la gente que puede arrastrar a una presentación, las caras conocidas que salen en sus fotos. No es (o no es solo) la aptitud para las RR.PP. que muestre en los saraos: es una cualidad etérea que puedes adquirir haciendo uno de esos cursos monguer de community management que se anuncian en Facebook. Estoy hablando de la habilidad para desarrollar la marca tú, para hacerte un nombre vendedor, para dar un valor añadido a tus poemas.

Hace unos meses leí con mucho estupor un artículo en VICE donde la ex-mujer de Tao Lin (un autor a quien admiro profundamente) se colaba o algo así en su apartamento y contaba con todo lujo de detalles lo que había visto. Es más: aportaba fotos que ilustraban las muchas excentricidades del piso de este señor: que si un barreño gigante, que si objetos extraños colgando del techo, etc. Hacía una lista (cómo no) de las drogas que había por allí, en una operación tan descarada e ingenua de márketing (pero a la vez tan extraña) que podía haber salido de la mente del propio Tao, tan propenso por otra parte a la autoficción multimodal.

¿Importaremos este tipo de prácticas? Casi estoy por decir que me gustaría, si con ello desplazan un poco al cansino community management (término por cierto que solo se usa en España) literario de por acá. Me llegan noticias de editoriales que te exigen, para publicar tu libro, el compromiso de vender un número de ejemplares. La cláusula parece estar popularizándose entre las indies.


Somos comerciales. Bajamos al subsuelo a por los metales. Después los fundimos para construir con ellos artefactos. Después nos ponemos un traje barato y una sonrisa profidén y pulsamos timbres, para venderlos.


La clave está en ser proactivo, mostrar seguridad en ti mismo y en tu producto, empatizar con el cliente y resultar simpático.

Simpático como en el relato de José Óscar López, donde una epidemia zombie de simpatía amenaza con acabar con los restos de cordura.

Simpático como Joseda en una de esas noches de Azotea, quintico fresco en mano, saludando a todo el mundo y sintiéndose como el jodido John Travolta de la literatura murciana. Sé que os gustaría bailar así, chicos, pero a nadie le sientan estos pantalones como me sientan a mí.

Simpático como los textos que acompañan esos eventos de Facebook que creamos para invitar a todos nuestros contactos. Simpático como en calladico estás más simpático, cuando surge algún tema espinoso y alguien se puede molestar.

Simpático como ir a pedirle a Roger Wolfe que te firme un libro, y que te eche una mirada en la que se contiene todo este post (pero eso he tardado varios días en descubrirlo).

Simpático como contar chistes entre poema y poema, cuando tienes que recitar. Simpático como ir a todo acto en el que te ofrezcan participar, aunque sea fuera de tu ciudad, aunque te venga fatal, aunque tengas que pagar canguros para poder acercarte, o pedirte días libres, o yo qué sé.

La simpatía controla la comunidad. La simpatía genera comentarios. La simpatía sine qua non.

¿Es la simpatía un régimen totalitario y nosotros su policía secreta? ¿Qué estamos haciendo con los disidentes? ¿Os lo habéis preguntado alguna vez? ¿Dónde está esa gente que falta?

¿Funciona bien la economía de este sonriente país? ¿Qué obtienen sus súbditos a cambio de tanto, y tan bueno, rollo? ¿Pueden subsistir? ¿Venden sus libros, se hacen nombrecitos, llega a alguna parte su poesía, son leídos, iluminan el paisaje interior de los desconocidos?

¿Cómo van los hígados de los simpáticos? ¿Y sus cuentas corrientes? ¿Y sus identidades? Cuando alguien les pregunta: ¿y tú, a qué te dedicas?, ¿se les pasa al menos por la cabeza contestar soy poeta? Tal vez con eso sería suficiente (desde luego, sería suficiente para mí). ¿Sacan eso en claro, por lo menos?

Preguntémosles, a los simpáticos. Pensémonos la respuesta.

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