domingo, 2 de marzo de 2014

EGOS Y NOSOTROS

Hablábamos el otro día (bueno, hablaba yo: vosotros hacíais como que leíais) de poesía y neurosis, y recordábamos cómo, en algún momento de su infancia, el futuro poeta neurótico descubre que puede "enfrentarse" a sus problemas retirándose a algún rincón tranquilo de la casa y rumiándolos durante horas, como un chicle de mierda que, muy poco a poco, va perdiendo su sabor. Otras metáforas escatológicas que podrían ilustrar el fenómeno serían: un tipo que mete una uña no muy limpia en su propia herida para "curársela", alguien que achica agua de un bote que se hunde y orina en él al mismo tiempo, etcétera. Ya paro, porque estoy recién desayunado.

Se supone que esta costumbre infantil determina una personalidad de tipo "mental", un ser analítico pero poco sociable o comunicativo, alguien que suele quedarse "pensando en otra cosa" y que aparcela grandes zonas de su vida para dedicárselas a la soledad y a la quietud, a la recepción de estímulos y, por qué no, a la producción artística. Esa gente que describió el otro día el librero (y poeta) Diego Zaitegui: "Lo que me convierte a mí en poeta no es lo que escribo sino las horas que paso mirando el techo.". Uy, mirad: punto comillas punto. Me encanta cuando pasa eso.

Ahí tenemos a estos poetas miratechos, proyectando sin duda en ellos sus propias películas internas de arte y ensayo en 16mm: mínimos estímulos emocionales de hace seis veranos, recogidos en encuadres extravagantes e interrumpidos por insertos con citas de poesía sincrética brasileña. Música de Isao Tomita, o sin música. Coproducción España-Rumanía-Islas Fidji, 2014. 422 minutos. Technicolor. 

Esas películas.

Cómodamente instalados en esos resorts amnióticos, los poetas miratechos no perciben el acecho de un depredador sigiloso: el solipsismo. Examinemos sus ombligos. Es importante, el ombligo, pero no solo como objeto de adoración, sino porque por él entran cosas. Cuando el universo es una placenta, uno recibe su dosis de estímulos externos a través de él. Examinémoslo más detenidamente: ¿no se trata más bien de un cable ADSL? No. Es fibra ONO. Me gusta esa palabra, que no solo es palindrómica de derecha a izquierda, sino también de abajo hacia arriba.

La información es infinita y, además, exenta, es decir: no pertenece aparentemente a ningún sistema. Como en el libro de arena, uno puede pasar de una página sobre ilustración japonesa del siglo XIX a otra sobre los peligros de las ondas de la telefonía móvil. La sensación es, obviamente, de ingravidez. Es un mundo flotante, compuesto de imágenes efímeras. Detrás de ellas no parece estar el género humano, sino un proyector demiúrgico, que junto con el espectador miratechos constituyen el conjunto de lo existente. No hay un nosotros.

¿No hay un nosotros? ¡Solipsistas del mundo, uníos! El conjunto de sujetos sujetos a un cordón umbilical y a la negación de la colectividad constituye un grupo humano muy extenso, mayoritario incluso en determinados colectivos, como los estudiantes de Bellas Artes, los lectores de Rockdelux o los poetas inéditos. Sus tics amnióticos dirigen el barco de la modernidad, un poco como cuando dos mil millones de chinos decidieron seguir el consejo de una revista de tendencias underground que los convenció de que pegar un salto el 17 de noviembre de 2013 a las 10 y 22 de la mañana sería decisivo en su crecimiento personal. Cambiando así la trayectoria orbital de la tierra, como todos sabemos. 

Siempre hay un nosotros. Siempre. Y ya sé que me arriesgo a sonar a lo que sueno siempre. Pero me da igual. Por mucha y placentera y calentita que sea la sensación de ingravidez que te envuelve a la hora de sentarte a escribir un texto, no eres un ángel que vuela por encima de la historia y las distintas colectividades a que perteneces. Podemos hablar de ángeles, podemos hablar de tu sensación de abandono al contemplar el atardecer del doce de enero de 1987 desde el Pico de la Panocha. Nos gustan los ángeles y la hiperestesia como nos gustan las asambleas y la embriaguez mareática de las manifestaciones, los acontecimientos generacionales o las soluciones compartidas. Somos muchos, y nos gusta todo. Ahora vamos a hacer una cosa. Te vamos a coger por los tobillos y te vamos a dar un par de hostias. No te va a encantar, eso te lo admito. Pero ya verás después qué rico, qué bien sienta cuando te entra el aire en los pulmones.



No hay comentarios:

Publicar un comentario